Sin distinción de estado, clase ni sexo: la Cruzada de Gerona de 1809

Por . 31 diciembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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Gerona, 20 de febrero de 1976. El flamante rey Juan Carlos I visita la ciudad de Gerona en el marco de una gira que el nuevo jefe de Estado está realizando por toda España. El alcalde de entonces, Ignasi de Ribot, recuerda al nuevo rey las promesas hechas a Gerona por Fernando VII después de la guerra contra Napoleón: grandilocuentes homenajes a la ciudad y a sus habitantes y guarnición, especialmente a los miembros de la Cruzada Gerundense, los cuales habían sido recompensados “con el uso de uniforme y el de espada y con el tratamiento de Don”. Ninguna de estas promesas se cumplió en su momento.

 

¿Qué fue la Cruzada Gerundense?

La Cruzada Gerundense fue un cuerpo de hombres armados formado en junio de 1809 para mejorar las defensas de la ciudad ante el que sería el asedio definitivo por parte de las tropas napoleónicas.

El 11 de junio se formaron las primeras compañías, y el día 13 se dio la única lección de instrucción militar puesto que los franceses iniciaron su bombardeo. En total, 944 individuos formados en diez compañías, dos de las cuales destinadas únicamente a trabajadores. La unidad se convertirá, hasta la actualidad, en una referencia de la lucha de la Iglesia católica fanática contra los valores revolucionarios de la Francia de Napoleón, así como ejemplo de un patriotismo emocional hacia el trono y de unos valores cívicos burgueses.

Estas apreciaciones son, como mínimo, incompletas o por lo menos matizables, subyugadas como están a la potencia del mito de los asedios de Gerona y, por extensión, a todo aquello que envuelve la llamada guerra de la Independencia de 1808 a 1814. Algunos de esos conceptos son defensa espontánea e igualdad.

En esencia, la Cruzada Gerundense es una milicia urbana, heredera de una forma de organización militar que en el caso catalán y español ya estaba en vías de desaparición desde el siglo XVII, arrinconada por el desarrollo de los ejércitos reales. Este tipo de tropa era utilizada para mantener el estatus político y social de las autoridades de las ciudades, íntimamente relacionadas con las clases patricias mercantiles, y que casaban muy mal con las movilizaciones de las tropas del rey.

Con los Decretos de Nueva Planta de 1716 se habían suprimido las organizaciones armadas catalanas. El ejemplo más claro sería la Coronela de Barcelona, especialmente activa en la guerra de Sucesión contra el bando felipista; una supresión que nos muestra hasta qué punto los gremios perdieron peso político en la nueva organización local borbónica.

A partir de aquel momento la presencia de los Ejércitos Reales será constante en el principado de Cataluña, apareciendo unidades policiales de nuevo cuño, como por ejemplo las Rondas Volantes Extraordinarias, las compañías fijas o las Escuadras de Valls.

Pero las viejas instituciones armadas continuaron apareciendo en momentos puntuales del siglo XVIII. Durante la revuelta de Barcelona de 28 de febrero de 1789 a causa del precio y la calidad del pan blanco, medio y moreno, para mantener el orden se permitió que los gremios hiciesen rondas por la ciudad; era el tímido retorno de la Coronela.

Más adelante, durante el colapso del ejército español durante la guerra contra Francia de 1793 a 1795, algunas poblaciones decidieron organizar su propia defensa. Fue este el caso de las villas de Camprodon y Olot, creándose en este último lugar una Junta de Defensa y Somatén en 1794. Durante aquella guerra la ciudad de Gerona se preparó para resistir un asedio que nunca llego a producirse.

La experiencia se repitió de nuevo en 1809, esta vez con ataques reales y directos de las tropas francesas. La Junta de Gerona buscó entonces soldados por todas partes, utilizando a los revoltosos para trabajos relacionados con la mejora de las defensas de la ciudad y arreglar caminos. En este contexto se buscó la colaboración de gremios y colegios con tal de poder mejorar las defensas de la ciudad. Podría parecer (para los casos de Barcelona en 1789 y Gerona en 1809) que los gremios recuperaron poder frente a la nobleza en el ámbito municipal, pero eso equivaldría a pensar en una historia demasiado simple, basada en la búsqueda por parte de los gremios catalanes del poder perdido a raíz de los decretos de 1716. En la Junta Gobernativa creada el 5 de junio de 1808 solo 3 de los 23 miembros eran de los gremios, una muestra más de como se había desactivado cualquier movimiento popular.

 

Gerona en guerra contra el francés invasor

Desde el principio detectamos cómo el estamento eclesiástico y la parte militar controlan la situación: el 21 de junio de 1808, después del primer ataque de las tropas napoleónicas del general Duhesme, salió de Gerona una delegación con la idea de rendición. Estaba formada por seis miembros, uno por cada uno de los siguientes estamentos: clero regular, clero secular, nobleza, guarnición, estado medio y estado bajo. La distancia entre los grupos dirigentes de la Junta y el resto de la población gerundense eran evidentes incluso para los propios mandos imperiales, los cuales habían llegado a las puertas de ciudad proponiendo “que no entraría en la plaza más tropa francesa que aquella que quisiese el pueblo, y se daría a la Junta toda la necesaria que pidiese.” Para sorpresa de los delegados los franceses ya habían abandonado sus posiciones de Palau-sacosta, rumbo a Barcelona.

La guarnición resistió un primer asedio formal los meses de julio y agosto de aquel mismo año. En ninguno de estos casos se dieron armas o se tuvo en cuenta a la población gerundense para tareas que no fueran las de trabajo y reparación. El 2 de diciembre Julián de Bolíbar, Joan Panella y Martí de Burgués comunicaron a la Junta Suprema del Principado que la Junta de Gerona “no mantiene en el día paisanos armados para su guardia”. Paisanos o paisanaje era el término que la administración borbónica reservaba como forma despectiva a los habitantes de un territorio, pero también era sinónimo del conjunto de habitantes de una ciudad capaz de organizarse para la guerra. Tradicionalmente, las clases dirigentes actuaban con auténtico pánico ante la posibilidad de que la población plebeya accediese a cuotas de poder (como por ejemplo las armas).

La reorganización de la defensa en Cataluña con la llegada de la Vanguardia bajo las órdenes de Mariano Álvarez de Castro cambió el panorama. Entre agosto de 1808 y mayo de 1809 se fueron concentrando tropas en territorio gerundense mientras la fortaleza de Rosas caía en manos de las tropas del VII Cuerpo del general Saint-Cyr, y Álvarez de Castro se convertía en la principal autoridad civil y militar del corregimiento de Gerona el 1 de febrero de 1809. Se tomaron medidas extraordinarias en materia económica y desde el mes de agosto del año anterior se habían convocado nuevos reclutamientos de voluntarios en todo el corregimiento, muchos de ellos mal recibidos por la población. En este estado de cosas se lanzaron un conjunto de bandos destinados a perseguir a los desertores y a castigar con la muerte a los que no participaran activamente en la defensa.

Las guerras revolucionarias habían traído cambios a la hora de sobrellevar un asedio. El más importante fue el papel relevante que adquirió la población civil encerrada en un espacio urbano amurallado o una plaza fuerte. La población civil, atrapada entre la guarnición del propio bando y el ejército atacante, podía ser un poderoso aliado o un poderoso enemigo según la habilidad del comandante de la plaza a la hora de disciplinar al paisanaje. En este sentido los sucesivos gobernadores de Gerona —Bolíbar, y después Álvarez de Castro— entendieron que la única forma de sobrevivir era aplicar las ordenanzas de carácter militar a toda la población bajo su cargo. Las construcciones y defensas físicas de una fortaleza o ciudad no servían de nada si la guarnición estaba desmoralizada y la población civil no estaba disciplinada de alguna manera. Por ejemplo, el 5 de junio de 1809 Álvarez de Castro ordenó que cada vecino sacara y almacenara los adoquines de la parte de la calle que quedasen más cerca. La orden iba dirigida tanto a evitar mayores daños causados por las bombas francesas como a obligar a la población civil a participar en la lucha con las mismas piedras guardadas. Estas disposiciones se tomaron en contra del parecer del Ayuntamiento de Gerona y de la Junta Militar.

En este orden de cosas el 3 de abril de 1809 la Junta de Gobierno pidió una lista de todos los hombres de 16 a 60 años residentes en la ciudad o que estuviesen de paso —como por ejemplo los expatriados. La medida era preventiva, reclamando la colaboración de los tres alcaldes de barrio de la ciudad. A lo largo de aquel mes se movilizaron vecinos, gremios y clero para vigilar tramos concretos de las murallas y baluartes de la ciudad.

Zapateros, arrieros, sastres y carpinteros eran los gremios mayoritarios en la ciudad, pero no necesariamente de los que más armas podían aportar. La excepción fue la siempre peligrosa profesión de arriero. Se trata de armas de fuego largas porque las pistolas estaban prohibidas para casi toda la población, aunque el hecho de que una de cada cinco personas de gremio o colegio poseyera arma de fuego denota un cierto grado de privilegio dentro del conjunto de la población gerundense. El 8 de mayo se organizaron las guardias para todos los miembros de este alistamiento general.

A medida que avanzaba el año 1809 la situación en el norte de Cataluña era cada vez más delicada para el bando patriota. Se pidieron más voluntarios para los tercios de migueletes, se levantaron más somatenes y se enviaron muchos autóctonos a las filas de los regimientos de línea, como el de Borbón o el de Ultonia. Es precisamente un miembro de este último regimiento, el coronel Enrique O’Donnell, el que el 3 de junio propondrá a Álvarez de Castro instruir a sesenta hombres y formar con ellos una unidad de patricios para añadirlos a su regimiento en caso de ataque. O’Donnell era un soldado de origen irlandés que durante su acuartelamiento en Gerona se casó con una de las hijas de la oligarquía de la ciudad, Maria Ignàsia de Burgués.

El límite de edad estaba en los cuarenta años y podían escoger a sus capitanes y oficiales, pero el armamento y la instrucción correría a cargo del Regimiento de Ultonia. El día 9, ante el crecido número de voluntarios, la Junta de Gerona pidió al obispo Ramírez de Arellano hacer una pastoral invitando al clero a formar parte, naciendo así la Cruzada Gerundense. La idea del nombre procedía de una iniciativa de Badajoz el 22 de abril de aquel año, una alarma general de carácter religioso de tres cuerpos que había animado a la Junta Central a predicar con el ejemplo. La unidad se puso bajo la advocación de san Narciso, la figura casi legendaria de un antiguo obispo de la ciudad que ya había sido utilizado como líder de tropas en asedios anteriores al de 1809.

La nueva unidad aumentada tendría, a parte de las compañías de estudiantes, paisanos, monjes y clero, una reserva del general, la cual actuaría desde la casa de Álvarez de Castro para acompañarlo en sus reconocimientos y hacer de policía a las otras compañías —multa de diez libras catalanas para los que faltasen a su servicio. Está claro que esta compañía de sesenta hombres era el núcleo de la compañía patricia que el coronel O’Donnell quería instruir.

Algunas voces se levantaron en contra de esta militarización total de lo que hasta entonces era un sistema de guardias. Son los llamados “bastardos hermanos” que intentaban convencer a los otros gerundenses de no participar en la Cruzada Gerundense. El miedo estaba en que una vez acabado el conflicto aquella compañía “se reputaría como cuerpo de milicias”, viéndose obligada a salir en campaña fuera de las murallas de la ciudad. Algunos religiosos tampoco estaban del todo convencidos de actuar como soldados en guerra. Nos encontramos ante el miedo secular a las quintas, muy arraigado en el principado de Cataluña, pero también ante la idea de que la milicia urbana en armas había muerto definitivamente como forma de estatus y promoción social. Cien años antes, un alistamiento de todos los miembros de colegios y cofradías mayores de quince años había levantado recelos en la Gerona de la guerra de Sucesión. Los 890 hombres, agrupados en el llamado Regimiento de los Naturales de la Ciudad, sólo se movilizaron, y de mala gana, con la noticia de la caída de Barcelona a manos de las tropas de Carlos III (el archiduque Carlos de Austria) el año 1705.

Una resistencia como esta se repetiría durante el alistamiento y organización de las rondas de abril y mayo de 1809. El Gremio de los Hortolanos informaba el 8 de mayo que trece de sus miembros habían faltado a sus rondas. De entre los sazonadores, Pere Giral se negó a participar. Entre los drogueros, Francesc y Joan Brunells aparecen como ausentes. Y los ceramistas presentaron también el 8 de mayo una lista de los faltaban: ocho en total. Incluso el subteniente de la tercera compañía, Narcís Bacó, se ausentó del asedio sin licencia. En 1815 se realizó un recuento de las personas que no habían sufrido el asedio de 1809. Unos 240 individuos, entre agremiados y no agremiados, que tiran por tierra la idea de unanimidad de la resistencia gerundense y dan pleno sentido a las medidas de confiscación de bienes a las personas que habían abandonado la ciudad contraviniendo las órdenes. Medidas estas aplicadas en toda España tanto contra colaboradores de los franceses como contra no colaboradores de las juntas.

Además, sabemos que fueron necesarias medidas expeditivas para reclutar y disciplinar a los miembros de la Cruzada. El servicio en este cuerpo se reveló voluntariamente obligado: los miembros llevarían las insignias como símbolo de distinción a lo largo de toda su vida, pero la Junta de Gerona, a través de su vocal Francesc Puig i Dorca, advertía el 9 de junio a los que “desprecien este medio suave, se les compelerá al cumplimiento de la citada orden con todo rigor, y no se les dispensará la distinción honrosa y patriótica, que tan generosamente ahora se les ofrece”. Y seguía: “dad a la Junta el consuelo de ver que correspondéis a la confianza con que se entrega a vuestro noble entusiasmo, y al ardiente amor que tenéis a la religión, al rey, y a la patria, evitando así las medidas que se vería en la dolorosa necesidad de adoptar, si su esperanza saliese frustrada.”

En cuanto a la resistencia de algunos miembros del clero, la participación del obispo Ramírez de Arellano fue crucial. El clero gerundense tenía un importante peso demográfico, económico e ideológico, y en emergencias anteriores monjes y curas habían participado en la defensa de la ciudad. La afirmación de que la función del clero era incompatible con el oficio de guerrear se demostró completamente inválida durante las guerras contra Francia de 1793-95 y 1808-1813. Muchas de las partidas de guerrillas estuvieron dirigidas y/o formadas por eclesiásticos, habitualmente del clero regular, el más castigado por las medidas napoleónicas. La imagen del fanatismo religioso que nos ha llegado hasta hoy en día proviene de la propaganda que ingleses y franceses crearon para la España del momento. Un argumento que no soporta el más mínimo estudio riguroso sobre la guerra napoleónica. La Iglesia, como institución, contenía un fuerte corpus ideológico vinculado con las ideas de cuándo y cómo se podía guerrear, y un rival como Napoleón podía venderse fácilmente como enemigo al cual abatir dentro de sus parámetros de guerra justa.

En total, la base de la Cruzada fueron los 750 hombres de los colegios y gremios de Gerona. Los eclesiásticos añadieron 385 más, incluyendo eclesiásticos expatriados en Gerona y maestros de gramática, los cuales no formaban parte de ninguna congregación. Entonces vendrían los no agremiados de los tres barrios de la ciudad, 582 hombres repartidos entre los 185 del barrio de Joaquim Pi, los 160 del de Narcís Escarrà, y los 237 del de Miquel Pujol. La retórica de la documentación y de los primeros historiadores del conflicto nos habla de una resistencia sin distinción de clases. Un discurso que podemos detectar incluso en la idea de igualdad ante la muerte cuando, el 26 de abril, Álvarez de Castro pidió que en el recientemente bendecido cementerio cercano al monasterio de San Daniel se enterrasen “los cadáveres de todas las personas, sin distinción de estado, clase ni sexo (incluso yo mismo) que mueran dentro de la presente ciudad”.

Nada más alejado de la verdad. Todavía quedaban años para que valores como los de estado y clase fuesen olivados y sustituidos por los de una nueva forma de organización social, más liberal, en la cual se tenderá más a agrupar a las personas según la edad —utilizando una palabra relacionada con el mundo militar, la quinta a la cual uno pertenece—, y las rentas. Todavía era reciente la posición de los nobles gerundenses el año 1793, cuando más de la mitad se negaron a participar en la defensa de las puertas porque no estaban dispuestos a mezclarse con plebeyos. Narcís de Burgués —del lado de los nobles— manifestó abiertamente su rechazo a esta especie de igualdad a la que los quería someter el Ayuntamiento.

La Cruzada Gerundense no fue en absoluto un movimiento democrático o igualitario, y no sólo por la existencia de patricios que hacían de policía de las otras compañías, sino también por la diferencia entre los gremios, entre vecinos no agremiados y los que sí, entre el clero y el resto, qué punto defendía cada uno, etcétera. A los estudiantes, por ejemplo, se les asignó el baluarte de San Pedro, el lugar más peligroso de las defensas. Diferente estamento también implicaba diferente gratificación. A los de clase elevada se les prometió estar exentos de la contribución personal. Años más tarde, el 12 de febrero de 1817, el Ministerio de la Guerra concedió premios sólo a algunos de los miembros de la Cruzada.

El peso de las clases patricias en el servicio de milicia se había constatado ya durante la guerra de 1793, cuando se formó un cuerpo de somatén especial formado enteramente de nobles y patricios voluntarios para defender la frontera del corregimiento de Vic de las penetraciones francesas por Camprodón y el valle de Ribas. En 1808 la compañía de cazadores que apareció en Olot bajo las órdenes de Josep Ventós se formó “amb els fills de famílies de casa bona”, mientras en septiembre de 1811 los hijos de patricios vieron con buenos ojos entrar en la “honrada guardia” de las Compañías de Tiradores del Corregimiento de Figueras porque les facilitaba la protección de sus hogares. Incluso cuando el 5 de julio de 1809 se creó la Compañía de Santa Bárbara, se reservaron los cargos dirigentes a mujeres de cierta posición social, algunas de ellas esposas de oficiales del Regimiento de Ultonia.

El valor de la posición social empezó a ir por delante incluso del propio sentido que pudiera tener una unidad militar, desdibujando los límites entre lo civil y lo militar. Un ejemplo bastante claro lo tendríamos en noviembre de 1808, cuando los catalanes residentes en la isla de Cuba organizaron —después de recibir de manos del capitán general un oficio enviado desde la Junta Suprema— cuatro compañías voluntarias de infantería —de unos ochenta hombres cada una— y otra de artillería volante —41 hombres más—. Se trataba en realidad de una unidad ficticia, una asociación destacadas de origen catalán que enviaron 14.755,25 pesos fuertes a la Junta Superior del Principado para ayudar en el esfuerzo de guerra.

 

Conclusiones

El período 1795-1809 significó un importante cambio en cuanto a la cuestión del reclutamiento militar. El paso de los siglos XVIII al XIX vio nacer el soldado de las quintas anuales, intentadas en las últimas décadas, mezclado con el soldado nacional de las Cortes de Cádiz. Pero también vio nacer la creación de unidades militares como la Cruzada Gerundense, pensadas tanto para controlar a la población civil del propio bando, y dar más poder a las clases dirigentes, como con el fin de combatir al enemigo francés.

Por ejemplo, en octubre de 1810 entraba en funcionamiento la Milicia Urbana de Tarragona, aceptada por el ya entonces capitán general O’Donnell a petición de las autoridades locales de la ciudad para poder dar salida a la gran cantidad de jóvenes que se habían quedado sin trabajo durante el colapso de la industria y el transporte. Al otro lado del Atlántico, en 1806 los propietarios criollos y españoles crearon en Río de la Plata el Regimiento de Patricios, pensado tanto para combatir a los ingleses que habían conquistado recientemente la ciudad de Buenos Aires como para organizar la masa de negros, mulatos y jóvenes que ocupaban las calles.

La retórica del ochocientos que considera la milicia nacional como el ciudadano en armas que actúa como guardián y principal interesado dentro de la nueva organización estatal nos ha transmitido la idea de agrupación de ciudadanos iguales defensores de un ideario de tipo nuevo. En el fondo, milicias como la Cruzada permitieron crear el mito de la defensa igualitaria de unos intereses comunes, ayudando a expandir la falsa idea de que servir al ejército era una conquista democrática cuando en realidad se trataba de un impuesto de sangre.

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  1. gravatar Salvador Gutiérrez Responder
    marzo 16th, 2015

    Bueno no se que decir, magnifico post y excelente documentación. Sin duda los asedios de Gerona son junto con Zaragoza los más sometidos a la propaganda histórica. Algunas frases lapidarias de Alvarez Castro empleadas como citas patrióticas en innumerables textos. Un buen ejemplo de los enormes problemas que arrastraría el siglo XIX para lograr un adecuado sistema de reclutamiento (lo cual no se logro)y las implicaciones ideológicas de cada sitema.

    Saludos
    Salvador