‘Blood on the Tracks’. La sangre de Dylan, gota a gota

Por . 14 enero, 2015 en Reseñas
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Hablemos de Bob Dylan. Podemos preguntar por Blood on the Tracks (1975), tras cuatro décadas de celebración.

Entiendo que mi respuesta a unas pertinentes preguntas con motivo del 40 aniversario del álbum va a ser decepcionante. ¿Quizá porque no me interesa especialmente el LP? No es el caso. Pocas veces un álbum de canciones ha sido tan doloroso y coherente. Pocas veces, un compositor ha logrado expresar tan bien el daño y el desamparo, la soledad y la pérdida.

No soy estudioso de Dylan. Sólo me intereso por sus giros, por sus perdurables piezas, por sus ritmos, por sus músicas. Pero no soy un experto ni un erudito. Como mucho, soy un amante sin titulación ni créditos. Un autodidacta que aprendió a estimar a Dylan.

Es un álbum que coincide con mi adolescencia. Es una razón puramente trivial, pero qué se le va a hacer. A Dylan he aprendido a amarlo después, de mayorcito, cuando mis aficiones al rock y al glam y cuando la idolatría que sentía por David Bowie comenzaron a declinar hasta ser apetencias compatibles y llevaderas, algo más maduro o más tibio. Pero volvamos a Blood on the Tracks.

Este LP despierta toda mi atención a pesar del tiempo transcurrido y me sigue provocando interrogantes sobre la realidad y su transfiguración. Porque eso es lo que en este álbum sucede: Dylan rehace lo que le sucede hasta convertirlo en irreconocible, el arte de la composición, el arte de la invención con guiños explícitos a su vida. Por ejemplo a su mujer querida.

Los versos nacen de la experiencia, pero raramente encontraremos estrofas literales, personales. Las referencias cultas y las alusiones a la tradición o a la literatura se mezclan con episodios vagamente autobiográficos. No hay una sola canción del de Minnesota que carezca de valor, que tenga una función exclusivamente ornamental. Esta verdad, aun siendo de Perogrullo, convendría recordarla de cuando en cuando.

El cuidado y el sentido lirismo de sus letras, las historias que cuenta y que canta, el esmero creativo, el habitual desgarro de sus descripciones, la secreta esperanza de su expresión, el estado de ánimo: todo eso y más nos hace escucharlo una y otra vez, nos hace mejorar nuestro precario inglés para captar los matices de su fraseo poético y de su fracaso humano.

¿Fracaso humano? Se sabe un genio, entre Verlaine y Rimbaud, aunque no se quiera comparar, dice. Está dotado excepcionalmente y se sabe condenado a decir y repetir con otras palabras lo que su experiencia y los roces le provocan. La vida le ha hecho padecer y disfrutar, y eso se manifiesta en su cancionero y se materializa en sus piezas dolientes, de tibia amargura.

Las baladas y los blues no frenan la muerte, y la mayor parte de sus canciones hablan de la nostalgia, de la libertad humana, de las rutinas que nos ahogan o nos salvan y de la muerte como colofón, como inesperada y fatal salida. La vida de la América profunda, el interior del estadounidense contemporáneo (mitad rústico, mitad neurótico), la ruptura generacional (al menos por aquellas fechas) son expresión de un desarraigo. A pesar de haber encontrado un hogar.

Dylan abandonó Minnesota en busca de un lugar hospitalario. Comprendió bien pronto que algún hogar existe, en efecto, que la paz es necesaria, , que el silencio es una ganancia, que el presente dura, que el frenesí destruye. Pero entendió también que no hay vuelta atrás, que lo hecho no puede rehabilitarse, que no hallará el camino de regreso a casa.

En todas las piezas de Blood on the Tracks hay una mujer perdida a la que se ensalza o a la que algo se le reprocha, alguien maternal que le dio cobijo en la tormenta y que ahora ha desaparecido.

Las canciones de Blood on the Tracks nos hablan de tristeza y abandono, de la pérdida del ser amado, de heridas mal cicatrizadas que aún sangran, de la mujer que lo fue todo y ahora sólo es algo intangible, del vuelco del destino, ese al que todo confiamos, un hecho fatal que malogra lo que está por consumarse en la eternidad, la pareja que se fractura, los reproches que pueden lanzarse.

Hay un viento idiota que sopla, un viento que todo lo anega, que todo lo arrastra. La vida es eso, ya lo sabemos: ese cuento contado por un idiota, un malestar, una desazón material de quien se queda solo y se encamina hacia la muerte, de quien pierde fijeza y estabilidad.

La ilustración de la carátula, de David Oppenheim, deja bien clarito que el rostro se desdibuja, que los perfiles de emborronan, que la identidad no es firme. Ni la imagen ni las letras son ornamentales. Son expresión de un dolor real.

Se ha discutido una y otra vez si Dylan hablaba exactamente de sí mismo en este disco. Si esa sangre era la suya propia. Se ha debatido sobre la autobiografía escondida que pueda haber en sus versos. Él siempre ha negado  que este LP sea una composición confesional, al estilo de lo que James Taylor, Carole King, John Denver o Carly Simon podían estar haciendo por aquellas fechas.

No hay confesiones explícitas, no se nombra la ruptura matrimonial. Pero bien podemos pensar las historias particulares que se cantan, las circunstancias ajenas e irreales a las que Dylan da una dimensión universal. Cuando se habla del dolor como él lo hace, la simpatía o la compasión son respuestas previsibles y numerosas.

A Dylan se le toma como uno de los principales profetas de la revolución psicodélica de los sesenta, de finales de los sesenta. Es una paradoja. Desde 1966, el cantante ha pasado encerrado mucho tiempo en su casa de Woodstock, ajeno a la conmoción que su persona aún genera y, sobre todo, reponiéndose, recuperándose del accidente de motocicleta que ha sufrido. Vive formando y criando una familia junto a su mujer. Muchos fans ignoran por entonces que Dylan tiene esposa.

¿Quién es? Sara Lownds Dylan, née Shirley Noznisky, ha tenido una carrera como modelo, en Harper’s Bazaar, por ejemplo. Incluso ha llegado a aparecer como conejita de Playboy. Nada menos. Pero su carácter es lo más alejado de la frivolidad. Algunos biógrafos de Dylan hablan maravillas de Sara: insisten en su bienestar, en su cultura, en su ambición de conocer, de aprender, en su condición de gran lectora, de gran conversadora, alguien que sabía sobre todo escuchar. El cantante la conoce en algún momento de 1964. Un juez los casa en una ceremonia íntima, reservada, en Mineola, Long Island, el 22 de noviembre de 1965.

Ese matrimonio se mantendrá en secreto durante un tiempo incluso para el círculo más cercano del cantante. El joven rebelde, que la había estado cortejando, de repente se convierte en un hombre felizmente casado. Sara le da tranquilidad, seguridad, precisamente a un poeta que había flirteado con la muerte, precisamente a una estrella de la música a la que se le van muriendo amigos y conocidos en la carretera y en el exceso. El accidente de moto, la estampida con su Triumph, es una seria amenaza. Reafirmará su retiro convirtiéndolo en un tipo más hogareño.

Con Sara llegará a tener cuatro hijos, entre ellos Jakob, una circunstancia insólita para un cantante popular, para un mito en vida. “Come in”, she said, “I’ll give you shelter from the storm”. De repente, todo eso se fractura. Ya no hay cobijo en la tormenta.

Y Dylan sólo tiene treinta y cuatro años.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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