Gabriel Cardona, militar y demócrata (e historiador)

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No era fácil, en la España franquista, ser militar y demócrata. Gabriel Cardona (1938-2011) apostó por ello y tuvo que sortear toda clase de dificultades.

Si en los cuarteles sus superiores le miraban con prevención, en la Universidad donde estudiaba Historia, mayoritariamente de izquierdas, se equipaba militar y “facha”. Por eso, cuando se dirigía a la facultad en un taxi, tenía que quitarse el uniforme para ponerse la ropa de civil. Sin embargo, su compromiso con la democracia le había llevado a formar parte de la clandestina Unión Militar Democrática (UMD).

Como historiador, Cardona fue un autor de referencia en cuestiones castrenses. Su carrera se inicia con un clásico, El problema militar en España, donde se atrevió con una cuestión inédita y espinosa, la reforma militar de Azaña bajo la Segunda República, un intento de introducir racionalidad en un ejército sobredimensionado de mandos. Cuando publicó en Historia 16 un artículo sobre el tema, tuvo que utilizar el seudónimo de John Kemperfeld para eludir la censura de su coronel.

Desde entonce, y hasta su repentino fallecimiento, se sucedieron numerosos libros y artículos en medios especializados. Franco y sus generales, Historia militar de la Guerra Civil o Alfonso XIII, el rey de espada constituyen algunos hitos en su bibliografía. .

 

El 23-F

En Las torres del honor recurrió por primera vez a su experiencia personal, en un ejercicio a medio camino entre las memorias y el ensayo. El estudio reconstruye el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, pero sobre todo traza una panorámica de sus antecedentes.

En el momento de su muerte, Franco dejaba unas Fuerzas Armadas tecnológicamente desfasadas, ideológicamente arcaicas y, sobre todo, desconectadas de la sociedad. En los cuarteles, muchos militares vivían en una atmósfera hostil a los cambios políticos, convencidos de que España se encontraba al borde del precipicio, víctima de rojos y separatistas. Sólo leían prensa ultraconservadora como El Alcázar, mientras El País estaba vetado. Con todos estos prejuicios, la idea de “salir”, es decir, de “sacar las tropas a la calle”, les parecía no sólo lógica sino moralmente obligatoria.

Pero si una característica distinguía al ejército era la sumisión a sus mandos, una característica que se revelará decisiva el 23-F. Esa noche, los capitanes generales acataron las órdenes del jefe del Estado, en tanto sucesor del Caudillo. Pero si Juan Carlos I hubiera dispuesto otra cosa, la intentona muy posiblemente habría triunfado.

Cardona desmiente las teorías sobre una implicación del Rey en el golpe, pero no deja de señalar el gran retraso de su aparición televisiva. Entre tanto, “numerosos uniformados no sabían en qué bando se encontraban”.

Como todos los buenos historiadores, el autor busca comprender sin maniqueísmos a sus personajes, a los que dedica espléndidos retratos. El de Gutiérrez Mellado destaca por su contenido crítico: en contraste con las habituales alabanzas al general, considera que no supo imponerse a los ultras. Su valeroso gesto en el hemiciclo, al plantar cara a los golpistas, demostró valor de soldado, pero antes le faltó la pericia de general para frenar a tiempo la subversión militar.

En cuanto a Tejero, nos encontramos con una semblanza profundamente humana en la que, sin justificarle, lo sitúa dentro de las coordenadas precisas: las de la lucha contra el terrorismo en un País Vasco donde ser guardia civil equivalía a convertirse en un paria social.

El libro es un ejemplo de capacidad comunicativa. Se lee con gran facilidad por su amenidad, su sentido de la frase exacta y de la ironía: sólo hay que ver los títulos de los capítulos, algunos tan llamativos como “Ulises en la cueva del cíclope”.

Rompiendo la aridez de la estricta cronología, el relato pasa con gran soltura del análisis general al detalle concreto. Por el camino se engarzan sabrosas anécdotas que, más allá de las situaciones pintorescas o directamente surrealistas, definen un ambiente y una época. Y que muchas veces tienen la cercanía de lo vivido en primera persona. No en vano, el autor sufrió el 23-F como capitán en el Regimiento Numancia, acuartelado en la localidad catalana de Sant Boi.

No faltan críticas duras a los políticos de la transición, sobre todo a los ministros de defensa Alberto Oliart, centrista, y Narcís Serra, socialista, a los que acusa de recompensar con ascensos a militares de dudosas credenciales democráticas. En cambio, se condenó al ostracismo a los miembros dela UMD, aunque se habían jugado carrera en defensa de las libertades. Se amnistió a terroristas de ETA, pero no a los militares antifranquistas.

El día del golpe, sólo tres diputados permanecieron en sus escaños, sin esconderse: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Ellos fueron las “torres del honor” a las que alude Cardona en el título de su libro, mientras la reacción de la clase política y de la ciudadanía resultó, en términos generales, decepcionante.

Suerte que el golpe resultó una chapuza mal planeada, en que cada parte “funcionaba por su cuenta y con fallos”. En una noche de traiciones y engaños, los rebeldes fracasaron, entre otras razones, porque perseguían objetivos distintos. Tejero pretendía poner fin a la Transición, inspirado en las juntas militares de Chile y Argentina. El general Armada, en cambio, soñaba con presidir un hipotético gobierno de concentración, en el que no faltarían socialistas y comunistas.

Abortada la rebelión, los gobiernos de Leopoldo Calvo-Sotelo y de Felipe González prefirieron echar tierra sobre el asunto. El golpismo, sin embargo, tardó todavía unos años en desaparecer. Avergonzado, Cardona se preparó para abandonar el ejército porque no quería pasarse la vida “demostrando que, a pesar de ser militar, era demócrata”. Sin embargo, un año después, un grupo de conspiradores aún le incluía en una lista de objetivos a eliminar, junto a otros antiguos miembros dela UMD.

 

El ejército tras el 23-F

Desde entonces, el ejército ha evolucionado más por influjo social que por la acción de los gobiernos. Aunque sigue siendo una institución conservadora, ya no defiende posiciones antidemocráticas y es capaz de realizar misiones internacionales con dignidad. En este cambio, crucial para la modernización de España, justo es reconocer el papel de precursores a esos militares que, ya durante el tardofranquismo, soñaron unas Fuerzas Armadas apartadas de la política y entregadas a su deber profesional. Gente como Gabriel Cardona.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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