Guerra Fría e Historia de los orígenes de Estados Unidos

Por . 12 enero, 2015 en Siglos XIX y XX
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Sin duda, la Guerra Fría (1948-1991) es el proceso histórico que marcó a las generaciones de estadounidenses que vivieron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

 

Una nación destinada al progreso

La Guerra Fría explica muchas cosas en Estados Unidos. Lo hace porque no es un mero conflicto militar, de influencia global o siquiera ideológico. La Guerra Fría tiene ante todo una dimensión cultural, lo impregna todo. Nadie podía ser indiferente ante el poder retórico del enfrentamiento entre el mundo comunista y el mundo llamado libre. Los intelectuales, ya fuera para estar a favor o en contra del discurso oficial, no eran indiferentes. Los historiadores tampoco.

En Estados Unidos había un aspecto central en el discurso: la virtud nacional frente aquellos que pretendían corromperla. Había que hablar de cuáles eran los valores nacionales y era muy útil buscar en el período fundacional la base de dichos valores.

El período colonial y sobre todo la revolución podían hablar de varias cosas. En primer lugar, de por qué los Estados Unidos eran una nación destinada al progreso frente a la corrupción del Viejo Mundo. La crisis del período entreguerras y la II Guerra Mundial lo habían vuelto a confirmar. Frente al fascismo y a las sangrientas luchas de Europa, Estados Unidos contraponía más democracia y una sociedad unida en el esfuerzo de ganar la guerra.

Para los historiadores no es que el pasado se volviera a repetir sino que Estados Unidos era y había sido siempre una nación excepcional. En segundo lugar, los primeros tiempos de la nación estadounidense confirmaban dos valores determinantes: democracia y cristianismo, si era protestante mejor.

La libertad era un don concedido por Dios a los colonos y debían luchar, garantizando así dicha libertad y por supuesto reconociendo que había sido Dios y no otro quién era garante de todo ello. Y de nuevo era algo bien presente en la sociedad norteamericana durante aquellos años, así, en palabras del presidente Kennedy (1961-1963):

 

“Las mismas creencias revolucionarias por las que lucharon nuestros antepasados siguen estando vigentes en todo el mundo –la creencia en que los derechos humanos no proceden de la generosidad del Estado sino de la mano de Dios.”

 

Lo que nos lleva a un tercer punto, si esos principios seguían vigentes en todo el mundo era porque Estados Unidos se encargaba de vigilarlo y liderar la causa. Como nación virtuosa y de un pasado brillante ahora tendrían un futuro prometedor porque Dios recompensaba los esfuerzos de Norteamérica dándole el poder mundial.

 

El origen de un país predestinado

La historiografía norteamericana de los años 40 y 50 del siglo pasado, la historiografía del consenso, respondía a los tiempos seguros en los que todo estaba claro; la victoria en la II Guerra Mundial era una contundente demostración: habían ganado no los buenos, sino los mejores.

Pero la Guerra Fría mostrará otra cara de los estadounidenses, la del miedo al comunismo y la de la persecución del diferente. Era una sociedad donde muchos estaban marginados, inmigrantes o afroamericanos por ejemplo. Una elite y clase media blanca dominaban todos los espacios y estaban temerosos porque en el mundo de la gran barbacoa no todo parecía ir bien. Y es que, como quedaba claro en los primeros años 60, esa América tradicional estaba cambiando.

Aquellos grupos marginales querían y estaban consiguiendo acceder a nuevas posiciones sociales. Unos tenían los derechos civiles y otros se incorporaban a la Universidad. Era todo un mismo proceso: una mayor democratización social y cultural. Precisamente, estos grupos veían las cosas de manera diferente. El relato sobre los valores patrióticos originados en la revolución parecían muy adecuados para los anglosajones protestantes de Nueva Inglaterra pero no para el hijo de un italiano o para el afroamericano descendiente de esclavos. Tampoco estaban muy de acuerdo con que estuvieran en una nación tan excepcional que debía preservar antetodo la tradición de la amenaza comunista. Eso sólo había llevado al abismo nuclear, como quedaría claro en Cuba en 1962.

No tenían claro lo que les habían contado, así que empezaron ellos mismos a indagar en el pasado. En un principio desde un punto de vista optimista, historiadores como Bernard Bailyn (de origen judío) buscaron un pasado más plural y conectado con Europa pero en el que reconocían unos valores positivos de virtud y libertad que debían seguir siendo preservados y en el que la persecución al diferente o el miedo no tenían cabida. El radicalismo republicano de los Padres Fundadores no buscaba una caza de brujas o una mayor intromisión del Estado sino todo lo contrario: un espacio de libertad de ejercicio de opinión, credo y empresa.

Otros no tenían tan claro que pudiera haber algo bueno en el pasado, el mundo gris y paranoico de la Guerra Fría no era sino la conclusión de unas desigualdades sociales y problemas arrastrados desde la propia fundación de Jamestown a principios del siglo XVII. Grupos sociales como las mujeres o los afroamericanos no se veían incluidos en los valores de los Padres Fundadores porque estos tenían esclavos y en ninguna asamblea revolucionaria la mujer parecía haber tenido una voz significativa. Poco menos que nada había cambiado.

Y a estos grupos se sumó una nueva generación de jóvenes y estudiantes universitarios no solo desencantados con la retórica oficial sino recelosos de esa opción optimista, que tan bien representara Bernard Bailyn pero también la Gran Sociedad del presidente L. B. Johnson (1963-1969).

Vietnam, el Watergate o la desigualdad persistente en ciertos grupos étnicos acabaron con el tiempo de promesas, llegaba el tiempo de la rebelión. Lo que se conoció como la Nueva Izquierda trabajó sobre los problemas sociales dados a lo largo de la historia de Estados Unidos. Habló de esclavitud, de una revolución elitista o de los problemas de las ciudades coloniales para los trabajadores. Era una historia del desencanto y de ruptura con el relato tradicional.

Para 1976, época del Bicentenario de la Declaración de Independencia, ya no existía, como en los años 50, un discurso común sobre el pasado. Lo cual también tuvo sus aspectos positivos. Los cambios de paradigmas llevaron a los investigadores a explorar nuevos temas, sobre todo referidos a la historia social y cultural, y a incorporar los avances metodológicos de la historiografía europea. La pluralización historiográfica dio como resultado un mundo mucho más rico, la Historia prosperaba a pesar de todo.

Lo que no iba tan bien para muchos era la nación, la crisis de los 70 y el enfrentamiento de discursos nacionales preocupaban. Algunos hablaban del fin de la comunidad, otros hablaban de la década del yo. Cada uno iba por un lado. Ejemplo visible en las celebraciones del Bicentenario. Lo expone muy bien el historiador Howard Zinn:

 

“1976 no fue sólo un año de elecciones presidenciales. Era el año de la esperada celebración bicentenaria, habían pasado doscientos años desde la Declaración de Independencia. El gran esfuerzo que se dedicó a la celebración sugiere que se veía como una manera de restablecer el patriotismo americano. Con la invocación de símbolos históricos se pretendía unir al pueblo con el gobierno, dejando a un lado el ambiente de protesta del pasado reciente.

Pero no parece que hubiera demasiado entusiasmo por parte de la gente. Cuando se celebró el bicentenario del “Tea Party´´ de Boston, en cambio, sí se presentó una gran multitud pero no para la celebración oficial, sino para la celebración paralela del “Bicentenario Popular´´, en el que fueron lanzados unos paquetes con la etiquetas de Gulf Oil y Exxon al puerto de Boston como símbolo de la oposición al poder corporativo de América.”

 

Esta sensación de desasosiego es lo que explica la llegada al poder de Ronald Reagan (1981-1989) y el renacimiento del conservadurismo. Muchos, se sintieron aliviados al saber que su presidente era firme partidario de los valores cristianos y de no ceder ni un palmo ante el comunista enemigo de la libertad. Es la época de auge de los movimientos cristianos, del fin del peligroso estatismo que Thomas Jefferson, decían, aborrecía. En definitiva, es la vuelta a lo seguro, al pasado brillante y a volver a contemplar el sol nacional.

Aunque los 80 difícilmente eran los 50, los cambios de los años 60 eran inexorables. Los grupos que habían liderado el cambio ahora estaban a la defensiva pero no se habían retirado. Es en este momento cuando el relato sobre los orígenes nacionales comienza a ser uno más de los elementos de las guerras culturales entre progresistas y conservadores que se vienen produciendo en la sociedad estadounidense hasta el día de hoy.

El trabajo de los historiadores siguió progresando, renovando por completo lo que sabíamos sobre la independencia o sobre las colonias. Pero, en la profesión, había una preocupación. Parecía que nadie les escuchaba. Eran más populares las biografías sobre un padre fundador, hechas muchas veces por un no historiador, que los nuevos trabajos sobre el comercio atlántico. La narración, cuanto más triunfal mejor, estaba de moda.

También había otras preocupaciones. Había muchos e interesantes nuevos trabajos pero no había una síntesis. De hecho había todo lo contrario, pluralismo y fragmentación. Ya no había un relato coherente como en el pasado. Algunos se quejaban amargamente de que la identidad de cada uno era la máxima preocupación a la hora de elegir tema para investigar. Cada uno se dedicaba a lo suyo y nadie le contaba al ciudadano común cuáles eran las conclusiones. Al final, todo el mundo hablaba de historia pero nadie se ponía de acuerdo con nadie para explicar qué era ser estadounidense.

La Guerra Fría se había acabado y no parecía que ser la potencia ganadora diera mayores seguridades, todo lo contrario, tanto en los historiadores como en general se percibía las inseguridades ante un mundo incierto. Con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética se había terminado el tener que insistir por qué Estados Unidos y su way of life eran mejores. Ya no había alternativa a la que enfrentarse. Pero el conflicto había dejado su herencia. No existía un único pasado y un lugar común para todos los ciudadanos norteamericanos. Decía un chiste soviético que el futuro es seguro y solo el pasado es impredecible. Pues bien, el pasado a lo largo de los años de la Guerra Fría había dejado de ser predecible. El problema estaba ahora en qué hacer con él.

 

Bibliografía

– Atienza, López, A.: “La producción historiográfica norteamericana sobre el período colonial en la última década”, en Alberola, Romá, A. (coord.): Diez años de historiografía modernista, Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona, 1997, pp. 185-206.

– Bailyn, Bernard: Los orígenes ideológicos de la revolución norteamericana, Buenos Aires: Paidós, 1972.

– Hartz, L.: La tradición liberal en los Estados Unidos: una interpretación del pensamiento político estadounidense desde la Guerra de Independencia, México D. F.: Fondo de Cultura Económica: 1994.

– Patterson, J. T.: El gigante inquieto. Estados Unidos de Nixon a G. W. Bush, Barcelona: Crítica, 2006.

– Rorabaugh, W. J.: Kennedy y el sueño de los sesenta, Barcelona: Paidós, 2005.

– Zinn, H.: La otra Historia de los Estados Unidos. Desde 1492 hasta hoy. Hondarribia: Argilatxe HIRU, 1997.


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