Nuevos y viejos caminos para la narrativa histórica

Por . 7 enero, 2015 en Mundo actual
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Pretendo exponer algunas de las razones que hacen del género de la novela histórica el favorito del público en todo tiempo, por muy mal dadas que vengan las listas de liquidaciones de ventas allá por cada primavera.

Es así que la narración con “fondo histórico”, esto es, ambientada en hechos conocidos del pasado, en épicas de otro tiempo más aguerrido y también más peligroso, posee tal capacidad de atracción que no ha decaído jamás y nada nos indica que llegue a hacerlo algún día. Es como si ese plus de ambientación, de información fehaciente sobre las cuitas de los antepasados atrapase al lector a modo de vínculo con sus raíces más profundas.

Pensemos en los comienzos de la misma literatura, fuera de algún código legislativo, la epopeya y la épica lo dominan todo, desde el Gilgamesh mesopotámico a Homero, la leyenda disfrazada de acción e historia aparece vinculada a los más íntimos anhelos del lector, los humanos queremos que nos cuenten historias, si además éstas se relacionan con hechos que nos unen a todos, parece que más éxito se obtiene, esto semeja no haber cambiado desde entonces.

 

Nacimiento del género, los primeros clásicos

No obstante y pese a tantos antecedentes como podrían citarse, parece que el género como tal se tiene por nacido en el siglo XIX, siguiendo a György Lukács podría afinarse más, proponiendo la fecha de 1814, cuando sir Walter Scott dio a la imprenta su primera obra, Waverley, inspirada por el anhelo historicista del Romanticismo, cuando los valores medievales fueron elevados a mito de época áurea y feliz –sobre todo para el propio Scott, perteneciente a la empobrecida nobleza escocesa–.

En este sentido, se puede decir que la narrativa histórica nació casi como un lamento frente a los cambios sociales propiciados por la industrialización. Discípulo aventajado y entretenidísimo de Scott fue James Fenimore Cooper, autor de El último mohicano (1826).

En el gusto por el género revitalizador del pasado, Francia no iba a caminar a la zaga del mundo anglosajón, la obra Cinq-mars de Alfred de Vigny, publicada el mismo año que el mohicano de Cooper, se tiene por la primera novela histórica francesa, luego vinieron las feraces publicísticas de Victor Hugo con Nuestra Señora de París o Alejandro Dumas con Los tres mosqueteros.

Poco después, en Rusia, tanto Alexander Pushkin con La hija del capitán (1836) como León Tolstói con la monumental Guerra y paz elevaron el género a verdadero monumento literario, a la vez que su uso se generalizaba por toda Europa, tanto en su variante más culta como en la llamada “literatura de cordel”, cuyas entregas semanales o mensuales eran esperadas con verdadero anhelo por el gran público, deseoso de que se le entretuviese con historias de capa y espada, que a menudo tenían más de pura aventura que de base documental verdaderamente histórica.

En España, la narrativa de fondo histórico contó desde muy pronto con las preferencias de buena parte de nuestros autores más conocidos. Tal es el caso de Mariano José de Larra con El doncel don Enrique el Doliente y José de Espronceda y su Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar.

Con la publicación  en 1844 de la obra El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco, el género cobró en nuestro país verdadera carta de identidad, al introducir el autor en la trama los últimos momentos de vida de la siempre polémica y novelesca Orden del Temple, tema inagotable en nuestra narrativa, como señalan las últimas obras sobre el asunto publicadas respectivamente por Juan Eslava Galán (Nicholas Wilcox) o José Luis Corral Lafuente.

Paralelamente, la vertiente más popular y “de capa y espada” de nuestra narrativa, brilló extraordinariamente en nuestro siglo XIX a través de la novela por entregas, cuyo máximo exponente sería Manuel Fernández y González (1821-1888), quien adquirió una enorme popularidad con obras como El cocinero de Su Majestad, La muerte de Cisneros o Miguel de Mañara, que tenían mucho más de pura aventura que de rigor histórico, circunstancia por otra parte absolutamente legítima cuando se habla de literatura.

De ambos pilares, literatura e historia, y en ambos aspectos trabajados con tanto esmero como rigor, nos hablaba Benito Pérez Galdós en sus cuarenta y seis episodios nacionales, considerados por muchos y no sin razón, la cima de la novela histórica española de su época, que influyó decisivamente en Max Aub para el desarrollo de El laberinto mágico, su serie de seis novelas sobre la Guerra Civil española.

Con una narrativa muy diferente, incluso más impactante y vívida que la de Galdós, hemos de recordar aquí la extraordinaria incursión de Pío Baroja en el género histórico a través de sus maravillosas Memorias de un hombre de acción que toman como hilo conductor las peripecias vitales de su antepasado, el conspirador Eugenio de Aviraneta. También Ramón María del Valle-Inclán se aproximó con enorme solvencia al género a través de sus trilogías en torno a las guerras carlistas: Los cruzados de la causa (1908), El resplandor de la hoguera (1909) y Gerifaltes de antaño (1909); o al reinado de la desdichada reina Isabel II: El ruedo ibérico, compuesta por La corte de los milagros (1927), Viva mi dueño (1928) y la póstuma Baza de espadas.

 

Los caminos de la narrativa histórica

Por lo que hemos ido viendo hasta aquí, parece que la novela histórica nace buscando el difícil equilibrio entre la creación literaria y la buena información histórica.

Nunca ambos ítems se presentan perfectamente equilibrados, sino que parece que en el ánimo del autor pesa más casi siempre uno sobre el otro. Ya sea porque en ocasiones se busca que el entretenimiento prime sobre el rigor, como ocurre en el subgénero de la capa y espada o que la información histórica que aparece en forma de decorado teatral sirva para reivindicar un pasado áureo frente a los inconvenientes de la modernidad, presentando a la misma novela como algo incluso más verdadero que la Historia, no solo recreando el pasado sino completándolo y proporcionándole sentido, no ya histórico, sino romántico e historicista.

Así, la taxonomía de la narrativa histórica, admitiría tantas variantes como autores, si bien para el semiólogo y, a su vez, escritor de novela histórica Umberto Eco la narrativa de esta especie suele poder integrase en uno de los tres patrones básicos que señala en sus “Apostillas a El nombre de la rosa.

De este modo, para Eco, la tipología de raigambre más antigua es la que denomina romance, relatos señoreados por la imaginación y los mitos del subconsciente humano, que tienen más que ver con la leyenda épica que con la historia más formal, cuyos ejemplos más visibles pueden ser las novelas artúricas o los mismos relatos de Tolkien, plagados de seres deformes dotados de increíbles poderes. En este sentido, encontramos que la fértil línea creativa basada en la fábula mitológica no ha perdido nunca el interés del público, desde Gilgamesh hasta hoy mismo.

En segundo lugar, Eco identifica la novelística donde la aventura prima sobre la verdad histórica, los relatos de capa y espada, donde a menudo se mezclan personajes reales con protagonistas de ficción, todos juntos sobre un decorado histórico bien reconocible por el lector. Aquí, más que la propia documentación priman la trama y la aventura. De estas características serían las primeras novelas históricas clásicas desde Walter Scott hasta Dumas, o el mismo Tolstói. En nuestra opinión, la exitosa serie del Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte toma para sí las mejores influencias de esta ”literatura de cordel” basada en la acción trepidante y el fondo histórico, habitualmente bien conocido por el lector.

Finalmente, tendríamos lo que Eco entiende en puridad por novela histórica, un relato en donde no es imprescindible que entren personajes reales y en donde aún existiendo afán narrativo y de ficción, el autor muestra un enorme respeto por la ambientación histórica, realizando en ocasiones una auténtica “arqueología literaria” a fin de trasmitir al lector las esencias, los sabores y los olores de una época. En este último epígrafe entrarían obras como Los novios de Manzoni o El nombre de la rosa del propio Eco, pasando por la narrativa de Thakeray (Barry Lyndon), Victor Hugo (Nuestra Señora de París) o el gran Flaubert, que hubo de reinterpretar toda la Historia de Polibio para su Salambó. Novelas “verosímiles” por definición, es difícil, por ejemplo, que hagan que sea imposible hoy visualizar el período de la Restauración en Francia si el historiador no lee antes a Stendhal.

 

Apuntes en torno a la narrativa histórica actual

La primera palabra que nos viene a la mente a la hora de tratar la evolución del género a partir de su fijación como tal en el siglo XIX y las primeras décadas del XX es, nuevamente, éxito.

Un simple vistazo a las listas generales de ventas señala que el género de la narrativa histórica se encuentra siempre entre los preferidos de los lectores. Si esto es así, como hemos visto, desde Walter Scott o Alejandro Dumas, en la España más contemporánea resulta un hecho muy visible desde la célebre publicación en 1982 de Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

Ahora [estamos en 2010] algunos hechos más o menos recientes y absolutamente dispares entre sí han suscitado comentarios suficientes como para revitalizar el eterno debate sobre el género. El primero, una curiosa elección para un regalo egregio: la escogida edición de El doncel don Enrique el Doliente (1834) de Mariano José de Larra, el segundo, el estreno de la película Capitán de mar y guerra basada en las novelas de Patrick O’Brian.

A estas circunstancias podríamos añadir otras tantas, por ejemplo la publicación periódica de las entregas de la exitosa serie del Capitán Alatriste, fruto de la pluma ácida y directa de Arturo Pérez-Reverte, pero tampoco es necesario insistir más en un hecho evidente. La novela histórica es un valor en permanente inflación y goza de buena salud en todas partes, véase sino las excelentes novelas creadas por Alfredo Conde (Azul cobalto, 2001), Gonzalo Torrente Ballester (Crónica del rey pasmado, 1989) y Xavier Alcalá (Alén da desventura, 1998) por poner señeros ejemplos más o menos próximos.

Sí, las razones de esta realidad pueden ser muchas, pero personalmente me gustan los argumentos que proceden de la experiencia. Así, por ejemplo, mi editor y amigo Josep Mengual siempre apunta, a nada que se le pregunte, que la narrativa histórica de éxito suele ser primero novela, es decir poseer calidad literaria en sí misma, aportando además fidelidad a la historia como valor añadido. Una combinación que, en su opinión de lector voraz, tampoco se encuentra siempre.

Así, abunda la novela muy fiel a la historia pero poco novelesca y la novela de discurrir apasionante pero plagada de imprecisiones a la hora de reflejar las costumbres y los modos de vivir de otro tiempo. Siendo que, en el fondo, lo que el lector pide a una novela histórica es lo que en realidad solicita de cualquier novela, un buen relato, pero además y en este caso, conocimiento sobre la vida profunda de una época.

Son, en nuestra opinión, certeras reflexiones que explican éxitos editoriales antiguos, desde la novela por entregas del romanticismo hasta el Sinhué del finlandés Mika Waltari o el Espartaco de Howard Fast, significativamente prohibido por el franquismo y sólo muy recientemente publicado en castellano. También otros más recientes como el ya citado de Yourcenar o el no menos merecido de Robert Graves, obtenido en buena medida a partir de la excelente versión televisiva que de su Yo Claudio realizó en su día la BBC.

En el mismo top de la narrativa histórica podríamos disponer también El puente de Alcántara de Frank Baer, el Aníbal de Gisbert Haefs, Juliano el Apóstata de Gore Vidal o la deliciosa Tamburas de Karlheinz Grosser. Todas ellas con el marchamo de la perdurabilidad en el tiempo, signo inequívoco de calidad literaria.

Más tarde vino Umberto Eco y El nombre de la rosa para disipar cualquier duda o consideración de la narrativa histórica como género menor. Desde entonces nuevos hitos han ido apareciendo en este permanente discurrir para solaz de lectores curiosos. Con todo, y muy significativamente, sólo se recuerda a un premio Nobel que hubiese cultivado habitualmente el género: el clásico por excelencia de la literatura árabe, Naguib Mahfuz, si bien John Steinbeck, premio Nobel a su vez, realizó también notables incursiones en la narrativa de asunto histórico (La taza de oro, Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros).

No resulta muy difícil rastrear las razones de esta penuria de reconocimientos que a menudo sufre el novelista de género histórico. Jorge Edwards apuntaba, a propósito de una documentada reflexión sobre la evolución de la novela, esa distinción no científica y sí más bien afortunada y divertida, a la que ya había hecho mención Mario Vargas Llosa, entre escritores y escribidores. Recordaba así que habría que pensar alguna vez cuándo le dio a buena parte de la literatura por volverse autista, es decir, cuándo comenzó a discurrir por aquello que se quiso llamar el “espacio literario”, prácticamente desprovista de referentes exteriores, al menos si antes no se veían convenientemente distorsionados en la cabeza del narrador, para vivir parasitariamente de sí misma:

[box]En los años cincuenta y sesenta, la concepción de Balzac del novelista como “historiador privado de las naciones” parecía definitivamente sepultada. Después de James Joyce, que había llevado los elementos “polifónicos” de la novela a una especie de pulverización de los personajes y del lenguaje mismo, y en pleno auge del estructuralismo, la novela se convertía en texto autónomo, intransitivo, que no necesitaba referirse a realidades exteriores al propio lenguaje, o mejor dicho, justificarse por su fidelidad a esas realidades.

El maestro ideal, para la juventud literaria de esos años, era Borges, que siempre se mantenía en el terreno del juego literario y de las ideas abstractas.” [/box]

Sin duda, la influencia casi hegemónica de dos genios creativos, James Joyce y Jorge Luis Borges, tuvo mucho que ver con eso, precipitó al mundo una cascada interminable de émulos fanatizados por un modo de hacer que en realidad es irrepetible. Una legión de verborréicos de lecturas mal asimiladas trata desde entonces de dar con la piedra filosofal de la verdadera literatura, cosa intangible y más bien huidiza, que si no sale a partes iguales del corazón y del trabajo no saldrá nunca de parte alguna.

Quiero decir que la vía del cripticismo intelectual puede, llegado el caso, disfrazar la nada, pero aún así desconozco a quien puede aprovechar tal modo de hacer, como no sea para actuar de bálsamo o salvavidas de la autoestima de los que quieren definirse como narradores malditos, especie literaria más numerosa a cada día que pasa.

En este sentido, la boutade de Vargas Llosa, autodefiniéndose como escribidor en La Tía Julia defiende muy acertadamente la dignidad del antiguo y honesto oficio del contador de historias, del mero concretador de lugares, personajes y situaciones, cosa que no resulta precisamente fácil, aunque cuando se logra convenientemente consigue apariencia de linealidad y fluidez, características que las más de las veces son virtudes y no defectos, justamente por lo que vamos defendiendo.

Tal vez el mejor ejemplo de lo queremos decir resida en el fenómeno mediático que ha supuesto la obra de Ken Follet (Los pilares de la Tierra), o la del mismo Patrick O’Brian, en realidad el mejor continuador de la tradición anglosajona de novelas navales centradas en torno a las guerras napoleónicas, una de las más visibles glorias británicas como se sabe. De hecho, los anglosajones se aplicaron con esmero en la tarea de crear un verdadero género dentro del género histórico. Nada extraño por otra parte, ya que la narrativa histórica es per se una verdadera fagocitadora de géneros, en ella cabe lo negro, cabe la aventura, cabe la novela de personaje, la de protagonismo colectivo, la de capa y espada, y todo lo que se le quiera poner detrás, pues, afortunadamente, en una novela histórica cabe casi todo.

Así, desde la obra pionera de Frederick Marryat (1792-1848) autor de narraciones tan sugerentes como El buque fantasma, De grumete a almirante o El perro diabólico, podríamos recordar aquí al más conocido de sus sucesores: C. S. Forester (1899-1966), creador del inmortal capitán Hornblower, también llevado al cine, ¿quién no recuerda a aquel Hidalgo de los mares encarnado por Gregory Peck?

Tras él, cabe citar la obra de Dudley Pope (1925-1997), reputado historiador naval además de novelista, productor de series de novelas de amplia repercusión como las aventuras de Ramage. Sin embargo, pocos pueden presumir del éxito que obtuvo el recientemente fallecido O’Brian. Su primera obra, Master and commander, se publica en 1970, recibiendo ya entonces el aplauso de la crítica. Sin embargo las ventas de su prolífica creación literaria no se dispararán hasta 1990, fecha en la que las aventuras de Aubrey y el inefable Maturín se empiezan a reimprimir en Gran Bretaña hasta situarse en las 200.000 copias anuales sólo en Inglaterra. Se calcula que actualmente existen más de seis millones de libros de esta serie impresos en 18 idiomas.

Un éxito clamoroso que viene a corroborar nuestro razonamiento principal, cuando se conjugan acertadamente aventura y rigor, la novela histórica cobra toda su razón de ser. De hecho, el director Peter Weis afirmaba en el book conmemorativo de la película Master and Commander:

[box] “Adaptar los libros fue un enorme reto porque tenías que saber cómo eran las telas, los tejidos, hasta los mismos clavos de la proa de un barco para reflejar con total exactitud la atmósfera de aquellos turbulentos tiempos”.

[/box]

Con esto siempre he estado de acuerdo, nada carga más la narración histórica que la fantasía injustificada, plagada de errores causados por la falta de documentación, cuando no de tipos grotescos con nombres extraños y anatomías imposibles. Sobre esto, siempre me gusta citar un párrafo de la nota del autor que presentó nuestro Patrick O’Brian, en el frontis de su novela La costa más lejana del mundo, desde luego viene al pelo porque allí avisaba con claridad meridiana que su propuesta literaria narraba una historia imaginaria, pero en ningún caso pretendía presentar un asunto estrafalariamente fantástico, tal vez por esa razón avisaba honestamente que:

[box] “El lector no encontrará ningún basilisco que mate con la mirada, ni a un Hortentot sin religión ni modales ni lenguaje articulado, ni a ningún chino que sea cortés y tenga profundos conocimientos de ciencia, ni a héroes llenos de virtudes, siempre victoriosos e inmortales, y en caso de que aparezcan cocodrilos, el autor tratará de que no le causen pena cuando devoren sus presas”.

[/box]

Confieso que no he encontrado en ninguna parte una más clara propuesta de intenciones.

En fin, parece por lo que venimos diciendo, que rigor y amenidad son tal vez las claves de la buena novela con telón histórico, esto, como casi todo lo que se puede decir en literatura, ya lo dejó dicho Cervantes en algún lugar de la segunda parte del Quijote cuando afirmaba:

[box] “La mentira es mejor cuanto más parece verdadera y tanto más agrada cuanto tiene más de dudoso y posible”.

Así es que, las fábulas mentirosas, según Cervantes, deben ser escritas cuidando que admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas”.

[/box]

 

Parecida reflexión apuntaba poco después Tirso de Molina en su miscelánea Cigarrales de Toledo de 1621, cuando defendía que la buena narración debería consistir en “fabricar, sobre cimientos de personas verdaderas, arquitecturas del ingenio fingidas”.

Dudo que exista más exacta descripción del fenómeno. Por tanto, visto lo visto, sostengo que siempre conviene echar mano de los clásicos, tenerlos bien cerca y no perderlos jamás de vista porque, amigos míos, no hay nada nuevo bajo el sol. Citando una vez más al divino manco les diré solamente: “Y con esto, Dios te de salud, y a mí que no me olvide-Vale”.

Gozosa lectura.

 

 

(adaptación de la conferencia del autor leída en la Semana Auria de literatura histórica, Orense, 2010)

 


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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