Un héroe de Gettysburg

Por . 19 enero, 2015 en Siglos XIX y XX
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Tercer verano de la guerra de Secesión estadounidense. Cuando clareó el día el 1 de julio de 1863 en un rincón apartado de Pensilvania, las avanzadillas de la caballería del general unionista John Buford (1826-1863) se toparon de casualidad con las tropas confederadas. Lo que comenzó como una escaramuza entre las fuerzas de vanguardia de los dos bandos se convirtió en unas horas en el enfrentamiento entre todo el Ejército del Norte de Virginia del general Robert E. Lee (1807-1870) y el Ejército del Potomac y, de paso, en la batalla decisiva que inclinó la balanza del lado federal.

 

La más famosa (y decisiva) batalla de la guerra de Secesión

Buford bajó a sus hombres de las monturas y decidió frenar a los confederados en un pequeño pueblo de Pensilvania, tal vez el más célebre de toda la guerra, Gettysburg, pues en sus calles confluían once caminos que atravesaban enormes campos de cultivos, colinas y bosques, un punto estratégico que frenaría la segunda invasión del Norte planeada por Lee dos meses antes.

Utilizando los fusiles Henry de repetición, los jinetes desmontados lograron frenar a duras penas a la infantería confederada, que caminaba a ciegas, como les ocurría a los federales, pues no sabían a ciencia cierta a qué cantidad de hombres se enfrentaban y desconocían el tiempo que iban a tardar en llegar los refuerzos necesarios.

Los hombres más cercanos de la Unión eran los del general John Reynolds, un oficial competente que ya había demostrado su valía desde el inicio de la guerra. En esos días comandaba los Cuerpos I, III y XI del Ejército del Potomac, es decir, el ala izquierda de los federales. Buford envió un correo, pero la espera se hizo larga, pues tuvo que abandonar incluso Gettysburg ante el empuje del centro de Lee.

Al fin llegaron los hombres de Reynolds, los del I Cuerpo, famosos por sus gorras negras, es decir, por el abundante uso del hardee. Y entre ellos, los regimientos que componían la famosa Brigada de Hierro, del general Solomon Meredith (1810-1875). Serían las diez y cuarto de la mañana —en este punto hay una ligera controversia— cuando el general Reynolds en persona estaba colocando desde su montura a los hombres del 2º de Wisconsin junto al 19º de Indiana. El día había amanecido soleado, pero el campo de batalla todavía estaba húmedo por la lluvia de la noche anterior. Los hombres se sentían seguros con un general en primera línea de combate, dando órdenes con el sable desenfundado.

“¡Adelante muchachos, por el amor de Dios, adelante!”, aseguran los testigos que dijo Reynolds a sus soldados. En ese mismo instante, un tirador de primera confederado —según otras fuentes un francotirador que actuaba por libre— que todavía no se ha podido identificar, vio los galones de general de brigada y le disparó de forma certera escondido desde un bosque cercano. Su muerte fue fulminante, cayó a plomo de la montura, debido un tiro en la parte superior del cuello. Sus hombres se arremolinaron en torno a su cuerpo en una estampa más propia de las guerras de la Antigüedad.

Algunos autores aseguran que Reynolds cayó por el fuego amigo y otros, con el documento de una carta enviada por un soldado confederado a su familia, que el disparo provenía del 7º de Tennessee. La misma controversia surge con el lugar de su muerte, que algunos sitúan en McPherson Rigde y otros más al este de ese punto.

 

John Reynolds

Reynolds había nacido en Lancaster (Pensilvania), el 20 de septiembre de 1820. Era uno de los nueve hijos que sobrevivieron del matrimonio de John Reynolds con Lydia Moore. Dos de sus hermanos fueron James Reynolds, que llegó a ser intendente general de Pensilvania, y otro, el contralmirante William Reynolds. Estudió John en Lititz, a unos diez kilómetros desde su casa natal en Lancaster. Luego asistió a una escuela en Long Green, en Maryland, y finalmente a la Academia Militar del condado de Lancaster.

Recomendado por el senador James Buchanan cursó estudios en West Point, donde ocupó el puesto veintiséis de cincuenta de la promoción de 1841. Entonces inició un periplo por diferentes fuertes del país, como le ocurrió a casi todos los compañeros de promoción, hasta la guerra con México. Ya capitán, destacó en varias acciones de ese conflicto como en las batallas de Monterrey o de Buena Vista, y fue en aquella guerra donde trabó amistad con oficiales como Winfield S. Hancock (1824-1886) y Lewis A. Armistead (1817-1863).

 

Un héroe

La noticia de su muerte —corrió como la pólvora, nunca mejor dicho, por las filas federales— produjo una profunda consternación entre los soldados. Se da el caso de ser un general amado y respetado ya por sus contemporáneos. Historiadores como Shelby Foote o Noah Andre Trudeau resaltan hoy la valía del oficial, al que consideran sin ambages el mejor general del ejército y el único con la visión necesaria para conducir con garantías la batalla de Gettysburg.

Sin embargo, su caída heroica en el campo de batalla, al menos durante ese día, donde murieron 25.000 federales y 18.000 confederados, no tuvo ningún efecto positivo en el bando de la Unión, pues se vieron obligados a retirarse desde el ala derecha, por el centro y por el ala izquierda, donde se encontraron con las tropas recién llegadas de un viejo amigo suyo, el general Winfield S. Hancock, pues fuerzas confederadas más numerosas ejercieron una presión desmedida a lo largo de todo el frente, desde Cemetery Hill hasta las colinas de Little Round Top y Round Top.

El cuerpo de Reynolds fue llevado primero a Taneytown, en Maryland, famoso topónimo de la guerra de Secesión, por ser el primer punto donde se concentraron las fuerzas de la Unión con las fuerzas confederadas antes de llegar a Gettysburg. Ya el día 4 de julio —día de la Independencia de los Estados Unidos—, cuando se había entregado el último fuerte sudista en el Misisipi, llegó el féretro a su ciudad de nacimiento, Lancaster.

Cuando murió Reynolds —ya había cumplido cuarenta y dos años— seguía soltero, debido a las diferencias religiosas entre él (protestante) y su prometida (católica) y la fuerte oposición de sus familias que ese detalle producía. Antes de comenzar la guerra se prometió con la señorita Kate Hewitt, pero acordaron que si él no regresaba, ella ingresaría en un convento. En cuanto se enteró de la trágica noticia marchó Kate a Emmitsburg, Maryland, para ingresar en la congregación de las Hijas de la Caridad.

Si quieren ver a Reynolds de carne y hueso, vean Gettysburg, el impresionante filme de Ronald F. Maxwell, donde el actor John Rothman lo encarna a la perfección y, por cierto, aparece el francotirador, tal y como lo ilustra Don Troiani constantemente en sus lienzos. Y, si lo prefieren en bronce, deben viajar a Gettysburg para ver dos de sus estatuas o al ayuntamiento de Filadelfia, donde recibe a los visitantes a caballo y con los brazos abiertos.


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Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir. De ahí que publicara recientemente La guerra de Secesión, la guerra entre el Norte y el Sur, que tiene más de serial televisivo de la HBO que de un sangriento conflicto. Échenle un vistazo a mi web www.fernandomartinezhernandez.com

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  1. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    enero 19th, 2015

    Buenas noches a todos:

    En primer lugar, Fernando, felicitarte por el artículo. A modo de curiosidad, de los tres amigos que citas, Hancock, Armistead y Reynolds, los dos últimos murieron en dicha batalla y Hancock fue herido.
    En segundo lugar, tanto Buford, con su famosa “decisión” como Reynolds permitieron a Meade salvar la jornada, aunque los federales tuvieron que replegarse. De no haber aguantado Buford esas primeras horas hasta la llegada de su superior, la situación hubiera sido muy difícil para el ejército del Potomac.
    Por por otro lado, como bien señalas, el caso de Reynolds era excepcional entre las tropas unionistas, a diferencia de las confederadas. Los mandos, en muchas ocasiones no estuvieron a la altura ni tenían la capacidad de liderazgo. Eran odiados por sus propios hombres, a diferencia de los comandantes rebeldes, idolatrados por sus hombres.
    Para finalizar, gracias por el artículo de una guerra poco conocida en nuestro país.

    • gravatar Fernando Martínez Responder
      enero 20th, 2015

      Gracias por sus acertados comentarios. Es verdad, en los mandos de la Confederación era habitual un grado de cierta mística asociada a determinados generales, tal es el caso de Robert E. Lee (el más conocido), pero también de Stonewall Jackson, JEB Stuart o el Fantasma gris. En la Unión, los mejores comandantes fueron aquellos que se forjaron en las derrotas y eran grados intermedios al inicio, y, sobre todo, aquellos que entraron en combate en el duro frente del oeste. Saludos…