El general Carlos Espinosa de los Monteros y Ayerdi (1775-1847)

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El presente texto es un resumen de la tesis doctoral de José María Espinosa de los Monteros y Jaraquemada, dirigida por José Luis Gómez Urdáñez

 

La trayectoria del general Carlos Espinosa de los Monteros y Ayerdi (Lastres (Asturias), 1775-Madrid, 1847) nos permite comprender mejor la revolución liberal española y situarla en el contexto social y político en que se produjo, destacando la intervención de militares revolucionarios que se vieron obligados a tomar decisiones políticas, en el caso del general Espinosa, siempre a favor de la Constitución y del liberalismo progresista: tal fue desde el principio su inclinación.

Militar de familia, pues su padre y su abuelo habían servido al rey desde Felipe V, Espinosa ingresó en la Academia de Artillería de Segovia siendo un muchacho y fue escalando los grados como una sucesión natural hasta que la guerra de la Independencia le encontró en el sitio de Rosas, donde fue hecho prisionero. Así comenzó la época de presidiario en distintos penales, de los que escapó hasta cuatro veces; en la última consiguió pasar a las tropas prusianas.

Su regreso a España en 1814 y el reencuentro con una nación que empezaba a sufrir de nuevo el absolutismo reafirman su inclinación política, aunque antes se le cruza en su camino una joven navarra de 16 años que tras prisión y pleitos ─pues su futuro suegro le acusó de raptarla─, será su esposa. Él tenía 39 y no muy buena salud a causa de las tercianas que había sufrido. La experiencia de enamorarse y casarse en Navarra no es sólo romántica y le permitirá comprobar en persona ─toda su vida─ la vigencia de los fueros del viejo reino, los que se oponían rotundamente a su forma de ver la nación española (y a sus intereses personales, pues el mayorazgo navarro no le permitía acceder a lo que las leyes liberales habían decretado para toda España).

Su liberalismo se demuestra rotundo en cuanto llega a La Coruña, en 1816, ya perteneciendo a la masonería. Son años cruciales en la historia de España: el ajusticiamiento de Porlier, el fusilamiento de Lacy y la muerte de otros militares le hicieron ser cauto. Fundó una nueva logia, ésta solo de artilleros, su cuerpo armado, y con muy pocos miembros, al estilo francés. Quizás en su prisión en Francia llegó a tener noticia o incluso conocer a algún miembro de la Logia “Les Amies Fidèles de 5eme Régiment d’Artillerie (a cheval)”, de Besançon, formada exclusivamente por artilleros y desgajada de una logia civil “Les Amis Fidèles-Réunis”, caso este paralelo al de La Coruña con la Logia Constitucional de la Reunión Española.

Siempre en primera línea del combate, sea en la conspiración o en el capo de batalla, Espinosa encabezó el levantamiento en La Coruña a favor de la Constitución, en 1820; eso sí, dejando a un superior suyo tomar el mando de la sublevación. Él nunca quiso honores. Alberto Valin define perfectamente “al «hermano» Diocles, hombre de acción pero indiferente a todo tipo de vanagloria y personalismo político”. Unos meses después de proclamada la Constitución (y comenzado el llamado Trienio Liberal), ocupó el primer cargo “político”, pues fue nombrado capitán general de Castilla la Vieja, con sede en Valladolid.

El próximo escenario fue Navarra, donde tuvo que combatir contra las primeras partidas absolutistas en el año crucial de 1822. Lucha con el sable en la mano y sufre los avatares de los combates y la pérdida de buenos colaboradores, como el célebre Dos Pelos. Será difícil hacer triunfar el liberalismo en Navarra, como también lo es ya, en 1823, mantener en vigor la Constitución gaditana, pues un ejército francés entraba en España en abril para reponer al rey absoluto. Otra vez invadidos, pero en este momento con el apoyo de los apostólicos, absolutistas y fueristas, que dibujan ya la perspectiva del carlismo de la década siguiente.

Carlos Espinosa de los Monteros termina encerrado en Cádiz, tras ser el encargado de escoltar al rey en su viaje desde Sevilla, y luchando contra los franceses igual que en 1808 lo había hecho en Rosas. De Cádiz, sin embargo, no salió para ir a un presidio, sino que tomó el camino del exilio.

El exilio en un barrio de Londres, Somerstowm, le lleva a un extremo grado de pobreza, mal viviendo con lo que le da mensualmente el gobierno inglés, él y su mujer y sus hijos. Participa en la reunión del comité español de refugiados, junto con otros exiliados como Chapalangarra, Torrijos, Valdés, Butrón, Quiroga, Plasencia, Calatrava y otros, y se mantiene fiel a Francisco Espoz e Ilundain (Espoz y Mina). Con este general navarro participa en los preparativos de la invasión de España de octubre de 1830, pero fracasa y se queda en Francia como refugiado político, acogiéndose a los pactos con los franceses después de la invasión del año 23.

Su vida sigue siendo dura en Bayona y en las distintas ciudades del sur de Francia donde le mantiene el gobierno francés, muy dura por la escasez de medios económicos para poder subsistir. Escribe cartas a las autoridades francesas, ministros, prefectos, diputados franceses, siempre pidiendo recursos. Es uno de los últimos en acogerse a la amnistía de la reina María Cristina: su olfato de conspirador le hace ser poco creyente en este tipo de perdones, pues ya se había visto excluido de la primera amnistía precisamente por haber escoltado al rey, que no le perdonó nunca.

Pero al fin Fernando VII había muerto y los liberales se preparaban para restablecer el marco constitucional: tras doce años de exilio Espinosa volvía a España, a la que encuentra sumida en la guerra civil (la primera Guerra Carlista). Él es un militar y sus destinos son acordes a su graduación, entonces mariscal de campo, aunque no olvida sus ideales liberales, ni sus amigos del exilio ─algunos ahora en puestos políticos destacados─ le olvidan a él.

Su amigo Mendizábal y él mantienen una fluida correspondencia, magnifica de contenido, en un plazo muy corto de tiempo, tiempo éste de grandes convulsiones políticas y sociales en toda España que obligan a Espinosa a aceptar el nombramiento por la Junta de Andalucía de jefe de las tropas andaluzas, rechazando el nombramiento de capitán general de Andalucía que le concede la Reina Regente. Ahí tiene que hacer frente al general carlista Gómez, obligándole a salir de Andalucía.

Su paso otra vez por Valladolid, de nuevo como capitán general de Castilla la Vieja, termina mal, con su ingreso en prisión en el Alcázar de Segovia, donde ya había vivido como cadete de artillería a principios de la década de los 90 del siglo anterior. En breve es exonerado de toda responsabilidad en la toma de Valladolid por el general carlista Zaratiengui, que fue la causa que le condujo a prisión. Después de este hecho, ya con muchos años para la época, nada menos que 67, llega la regencia de Espartero y aún vuelve a la primera línea. El Príncipe de Vergara, en su plenitud militar y política, confía en él y le nombra capitán general y gobernador militar de Cádiz, y senador por Sevilla.

Son años también difíciles, dada la situación de guerra civil existente en nuestro país vecino y la efervescencia política en España, que da con Espartero en el exilio y arrastra a Espinosa a la desgracia, en una tensa espera ya de cuartel en Madrid. Es ahora cuando sus enemigos, especialmente Narváez, ahora en el poder, se vengan de él y le mandan ya con casi 70 años … ¡a la isla de Cuba de cuartel!

Es su final, no solo como militar. De viaje hacia Cádiz para embarcar hacia Cuba, escribe a las autoridades militares logrando evitar su nefasto destino, pidiendo lo que prácticamente debió ser interpretado como un oscurecimiento voluntario de su figura, una especie de exilio interior: quedarse de cuartel en Jaén, tierra de su padre y abuelos. Aún así, el gobierno “moderado”, no se fía de este viejo general, toda su vida liberal y progresista, y le indica al capitán general de Granada que lo vigile.

Vuelve a Madrid, a vivir como siempre vivió, sin lujos ni “espadones”; la calle de la Luna y la del Desengaño son su barrio madrileño. Ya cerca de su muerte le es reconocido lo que años atrás le había nombrado Espartero y que por motivos de su renucia y exilio no pudo legalizarse: el empleo de teniente general; pero nunca cobró lo que, a él y otros generales, le otorgaron las cortes del Trienio por vía de gratificación.

Muere en Madrid con 72 años. Tuvo cuatro hijos, en sus diferentes etapas de su vida, el mayor en Pamplona, el segundo en La Coruña, un tercero en Londres en 1830 mientras estaba en el exilio, Carlos, y el último en Cádiz, José, en 1841. Carlos no siguió la carrera militar, fue abogado y ejerció en Madrid, donde había estudiado leyes en la Universidad Central; los otros tres fueron militares, dos artilleros y uno del cuerpo de ingenieros. La saga de militares ha sido continuada hasta nuestros días.


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