El socialismo: ¿historia sin presente?

Por . 13 febrero, 2015 en Mundo actual
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El surgimiento de partidos obreros socialistas en Europa comenzó en algunos países como Alemania o España en los años setenta del siglo XIX, pero sólo adquirieron fuerza y presencia, bajo formas ideológicas diferentes, a partir de comienzos del siglo XX.

Su destino, más radical o moderado, dependió, entre otros factores, del papel de los ideólogos/intelectuales, de las condiciones de vida de las clases trabajadoras, de la intransigencia o flexibilidad de las clases dominantes y de la intensidad represiva de los Estados.

Los partidos socialistas pasaron por diferentes fases, bien identificadas por los historiadores: de organización y madurez hasta la Primera Guerra Mundial; de revolución y comunismo hasta 1945; y de gobierno y desarrollo de la socialdemocracia en los países occidentales y nórdicos en la segunda mitad del siglo XX.

Durante una buena parte de ese siglo, los partidos socialistas no sólo se caracterizaron por su actividad política o en el territorio del Estado, sino que crearon amplias redes de sociabilidad y cultura, con casas del pueblo, ateneos, centros educativos, sindicatos, donde se formaron cientos de miles de trabajadores y dirigentes que compartían una inquebrantable fe en el carácter liberador de la educación y de la cultura. Una cultura obrera frente a la burguesa, una cultura popular y laica frente a la perpetuación del saber siempre en los mismos grupos.

Las sociedades y los Estados se volvieron con el tiempo más complejas, aumentaron los servicios públicos, las policías y los ejércitos, con una racionalización del sistema capitalista y una pérdida de radicalismo anticapitalista en las clases trabajadoras y en sus representantes. Los sueños revolucionarios −derrotados o convertidos en pesadillas autoritarias− dieron paso a la defensa de una sociedad civil democrática. Emergió una nueva cultura política y sindical, con nuevas formas de negociación de conflictos y de nuevos movimientos sociales.

En varios países muy significativos −Italia hace unos años y Grecia en la actualidad−, los partidos socialistas han desaparecido, son historia. Porque sus dirigentes, militantes y afiliados −no compren solo el argumento tranquilizador que culpa de todo a los de arriba− abandonaron esas señas de identidad construidas durante décadas a bases de luchas, derrotas, éxitos y fracasos, esa cultura política y sindical que había servido primero de alternativa y después de contrapeso al dominio total del capitalismo.

Y así estamos ahora en España, con el socialismo sin identidad y en crisis, con la posible alternativa desde la izquierda rota y fragmentada y con un partido nuevo que no necesita identificarse con tradiciones culturales y políticas porque le vale, por ahora, un discurso contra la casta, los ladrones y el “sistema”.

¿Hacemos tabla rasa del pasado? Por ahí comienza la elección y el significado de muchas de las cosas que están pasando a nuestro alrededor (obsérvese que, para este análisis, no he tenido necesidad de nombrar a los corruptos, a la ultraderecha mediática o al Partido Popular. Si los incluyo, la fotografía es completa).


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