Ciudadanos. Cuando era Ciutadans (2005-2007)

Por . 11 marzo, 2015 en Mundo actual
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Ciutadans, aquel partido catalán de modestos orígenes y grandilocuentes padrinos intelectuales, se ha convertido en Ciudadanos.

 

1. El Titanic y los intelectuales catalanes

9 de junio de 2005

Como se sabe, el martes 7 de junio [de 2005] se presentó en la Plaza Real de Barcelona un Manifiesto titulado Por un nuevo partido político en Cataluña, un manifiesto impulsado por quince escritores o profesores de reconocido prestigio, entre los que se encontraban Félix de Azúa, Albert Boadella, Félix Ovejero, Iván Tubau y Arcadi Espada. Según recogía ABC en su edición del mismo martes, esa proclama nacía con “el aval de doscientos intelectuales”. Echemos un vistazo al hecho en sí y a su puesta en escena.

Pese a lo que dijo Felip Puig, portavoz de Convergència i Unió, no es rigurosamente cierto que la empresa de crear un nuevo partido no nacionalista en Cataluña sea una iniciativa pijo-progresista. Tampoco es históricamente correcto identificar ese manifiesto con una maniobra de tipo lerrouxista, como denunció Joan Boada, de Iniciativa Verds-Esquerra Unida. Ambos calificativos, el de pijismo-progresismo y el de lerrouxismo, son erróneos y se basan en una inexacta identificación de sus promotores o en una analogía imprecisa, desacertada, del presente con el pasado.

Alejandro Lerroux se valió del populismo para atacar el catalanismo y yo, la verdad, no veo a Félix de Azúa o a Arcadi Espada, entre otros, sirviéndose de dicho expediente o recurso para combatir a los nacionalistas: precisamente el nacionalismo es una forma de populismo. El populismo, en un sentido estrictamente contemporáneo, es una forma de gobernar en la que el estadista apela al pueblo, a esa entidad colectiva que no es la suma de individuos, sino su superación, incluso su avasallamiento. Como se sabe, el pueblo, según expresión de una única voluntad y de sentimientos comunes, no existe: es una ficción con la que debemos cargar desde el Setecientos. Es una herencia paradójica de la Ilustración, un legado de aquella voluntad general que sirvió incluso para justificar o legitimar acciones viles, y que convirtió en quimera realmente existente la ley del número.

Hoy [2005], las cosas han cambiado. Al menos, ya no es tan fácil confundirnos con estas certidumbres. Por eso, precisamente, quienes suscriben este manifiesto dicen que el nuevo partido que auspician estará identificado no con el pueblo, sino “con la tradición ilustrada, la libertad de los ciudadanos, los valores laicos y los derechos sociales” debiendo “tener como propósito inmediato la denuncia de la ficción política instalada en Cataluña”. Si los primeros firmantes se toman como herederos de la Ilustración, entonces, supongo, abjurarán de ese ideal del pueblo, de esa ficción que, para gran paradoja, es también hija del Iluminismo, de las mismas Luces.

Pero tampoco veo que la iniciativa del nuevo partido sea “pija-progresista”. ¿Por qué razón? Porque quiero pensar que los pijos de Cataluña son otros: son los amos de las fábricas, los especuladores del capital financiero, los constructores, los retoños o los nietos de aquellos burgueses rapaces y codiciosos que tan brillantemente retrató en 1975 Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta (al que, por cierto, no veo entre los primeros firmantes del manifiesto). O eso quiero creer: que los auténticos pijos se parecen a los ideados por el novelista.

Que a Boadella, a De Azúa o a Espada les guste vestir bien no les hace inmediatamente burgueses. Supongo que se han hecho retratar en los soportales de la plaza barcelonesa en la que  presentaron el manifiesto. Se les ve cómodos, como un grupo de amigos, de camaradas o de colegas a la salida de un curso de verano. Que para la fotografía de grupo la mayor parte de los varones se hayan puesto un indumentaria desenfadada, ropa easy wear, atavíos de entretiempo o, mayoritariamente, americanas beige, no les convierte en el retrato de la gente fina y principal, esa que amasa fortunas en la oscuridad o en las covachuelas del poder, sin afectación ni ostentación.

Más aún, como señalé en cierta ocasión, muy frecuentemente las prosas que cultivan, la de De Azúa, la de Boadella o la de Espada, tienen ese tono airado, irritado, vehemente, tal vez iracundo del intelectual lletraferit [letraherido]. Tienen páginas en las que es posible detectar el agravio verbal de Julien Benda, ese clerc [clérigo] que denunció la abdicación de sus conmilitones y que ahora resucita Xavier Pericay (otros de los firmantes). Tengo la impresión de que quienes escriben así son autores que se saben arrogantes y que quieren serlo expresamente porque creen que no pueden ser condescendientes con las tonterías colectivas, con la excusas, después de haber logrado lo que ellos han logrado frente a los pijos y frente a la jerarquía dominadora de su juventud franquista.

Pero, qué quieren, esta iniciativa −tal como está planteada− me produce un enorme escepticismo, justo por ser obra, mayoritariamente, de profesores. Como pertenezco al gremio, sé de lo que hablo. ¿Unos intelectuales y docentes organizando un partido político? No me los imagino cotizando, acudiendo a inacabables reuniones de célula (¿se dice así?), haciendo labor de proselitismo y formación, dedicando horas a la agitación y propaganda, tratando de hacerse un hueco en la contienda electoral, achicando espacios políticos, adoctrinando a la base, engrasando la maquinaria y ajustando la fontanería. He leído varias veces el manifiesto y he apreciado cosas sensatas, otras menos, alguna fabulación y afirmaciones con las que no puedes dejar de estar de acuerdo. Tal vez porque no pasan de ser verdades obvias. Pero al final en su declaración, quizá enfática y declamatoria, encuentro algo significativo. No sé si la solución a mi escepticismo o su agravamiento.

“Llamamos, pues, a los ciudadanos de Cataluña identificados con estos planteamientos”, concluyen, “a reclamar la existencia de un partido político que contribuya al restablecimiento de la realidad”. Es decir, que no serán ellos quienes lo organicen, sino que invitan a otros crearlo; que no serán ellos quienes militen para levantar una estructura, sino que, retirados en sus gabinetes o dedicados a sus tareas profesionales, inspirarán, como si de regeneracionistas se tratara, a una nueva generación de políticos comprometidos con “la realidad”. No sé, no sé… Tal vez, me habría gustado leer entre los firmantes alguna autocrítica: el reconocimiento del éxito individual de cada uno de ellos, sus logros, y el fracaso quizá colectivo de una generación intelectual formada por jóvenes prometedores, muchos de los cuales militaron en el antifranquismo del PSUC; jóvenes que, al principio de la transición, alumbraron sueños gramscianos (partido nacional-popular, intelectual colectivo-orgánico, dirección intelectual y moral); jóvenes que, al madurar, se distanciaron del catalanismo y del comunismo sin hacer mucho ruido…: dejando a Manuel Vázquez Montalbán como excusa o referencia; jóvenes que se hicieron intelectuales refinados, autores a los que sigo, leo y en algunos casos admiro, pero, al final, intelectuales poco influyentes a los que ha dado la espalda una sociedad cómodamente instalada en la ficción, presunta o real, que ellos denuncian. ¿Desde cuándo? Desde que Félix de Azúa hablara por primera vez del Titanic, varias décadas atrás.


 

2. Azúa, Boadella, Espada y Rivera

12 de julio de 2006

Hace un año, más o menos, escribí un artículo sobre Ciutadans de Catalunya. Mostraba mi escepticismo, básicamente por estar constituido por intelectuales: por profesores metidos en arena política. ¿Quiénes son los intelectuales?, me preguntaba días atrás en el diario Levante. ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Los intelectuales son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian; aquellas personas que valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos, difunden su palabra, su voz. E incluso fundan partidos.

Ciutadans de Catalunya (o ahora, Ciutadans-Partit de la Ciutadania / Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía) es un partido promovido por intelectuales. El 7 de junio de 2005 se presentó en la Plaza Real de Barcelona un manifiesto titulado Por un nuevo partido político en Cataluña, un manifiesto impulsado por quince escritores o profesores de reconocido prestigio, entre los que se encontraban Félix de Azúa, Albert Boadella, Félix Ovejero, Iván Tubau y Arcadi Espada.

Según recogía ABC y yo repetía, esa proclama nacía con “el  aval de doscientos intelectuales”. Nada menos. En aquel momento, dicha iniciativa me produjo un enorme escepticismo, precisamente por ser obra de intelectuales, de profesores. ¿Se cumplen los vaticinios?

Un año después, insisto, las previsiones se han cumplido. Leo en ABC (que tanta simpatía les ha dispensado), en el ABC del 10 de julio de 2006, que “los fundadores de Ciudadanos de Cataluña renuncian a la acción política”. ¿Renuncian a la acción política? Es decir, ¿que Félix de Azúa, que Arcadi Espada, que Albert Boadella, etcétera, se repliegan? La descripción del corresponsal Ángel Marín, aunque de sintaxis enrevesada, no tiene desperdicio.

“Después de más de casi dos años de compartir ilusiones en la penumbra, los promotores de la plataforma antinacionalista dejaron ayer, de alguna manera, huérfano al partido recién nacido. Una sensación de abandono que dificultará aún mas el crecimiento de la nueva formación política que tendrá su primer reto electoral en los próximos comicios autonómicos catalanes de mediados de octubre”.

Algunos analistas malintencionados hablan de que los intelectuales abandonan el barco, de que no quieren medirse en los comicios. Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria profesorales. Creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. No quieren capitalizar el respaldo mediático, dicen. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años, como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por “ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro de un proyecto que nació a partir de las reflexiones políticas de una quincena de intelectuales reunidos en un restaurante barcelonés”, añade Ángel Marín.

¿Un restaurante barcelonés? Dicho así, suena inadvertidamente frívolo y creo, de verdad, que había seriedad y empeño voluntarista en lo que se proponían, error de perspectiva pero formalidad y esfuerzo. Se planteaban nada menos que rehacer la política partidista en Cataluña y, por extensión, en España. Nada menos que reconstruir los modos, las maneras de concebir militancia y representación. Por eso, desde el principio los profesores De Azúa, Espada y los restantes juzgaron Ciudadanos como si esta iniciativa fuera un experimento. Al fin y al cabo son intelectuales y el ensayo doctrinal y el tanteo práctico forman parte de su experiencia. No podían conformarse con la rutinaria vida de partido, tan esclerótica, supongo.

No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayan algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”. No hay líderes que se alcen, sino ciudadanos que son aupados o cooptados, defensores de ideas o valores. ¿Nos lo creemos? El Partido Verde, de Alemania, ya lo intentó hace treinta años.

Si los ciudadanos han debido esperar a que este nuevo partido los represente, entonces… ¿qué cabe esperar de la inevitable oxidación de su fontanería, la férrea consecuencia de toda formación? Decíaen 1911 Robert Michels en Los partidos políticos que la ley de hierro de la oligarquía afecta a toda organización que tenga una estructura administrativa en la que los líderes, desconocidos o no, traten de permanecer. Pasó con el Partido Socialdemócrata alemán (que analizara Michels) y pasó muchas décadas después con los Verdes. Todo dirigente aspira a aguantar, a hacerse con el poder y conservarlo.

Los intelectuales de Ciudadanos parece que han renunciado a medirse electoralmente…, cosa que ha parecido muy frívola. No necesariamente es así. Tal vez han renunciado al poder partidista porque son desprendidos y reparten a manos llenas esa influencia que atesoran. O tal vez porque temen enfrentarse a unas maquinarias de los partidos rivales en las que el liderazgo y el sometimiento son sus formas de operar. O tal vez porque sus respectivos empleos les permiten dicha renuncia sin mayor conflicto. Precisamente Arcadi Espada ha declarado que no será candidato a la Presidencia de la Generalitat porque su profesión es la de periodista (y profesor) y no la de político.

Han contribuido a crear un partido nuevo y han aupado a un dirigente desconocido y dotado al parecer de gran facundia. Sin ir más lejos: el editorial de El Mundo, de 10 de julio [2006], destacaba las condiciones oratorias del joven Rivera, “su falta de complejos”. Tanto es así que dicho periódico (que ha apoyado con entusiasmo la formación de este partido) celebraba su remontada hasta el liderazgo, un acierto, decían, “tanto por su desparpajo como por su juventud”.

¿Desparpajo y juventud? No sé si esas condiciones harán olvidar los seguidores de Ciudadanos a quienes promovieron la iniciativa y ahora se retiran: esos intelectuales también elocuentes aunque talluditos, esos intelectuales que habiéndose pronunciado regresan ahora a sus empleos como profesores y periodistas… No sé. En cualquier caso, la ley de hierro de la oligarquía también acabará afectando a la nueva formación (y a ese joven y “desconocido abogado residente en Granollers”). Seguro que para entonces tendrán que refundarla.

 

3. Albert Rivera

18 de septiembre de 2006

¿Era preciso hacer ese cartel? ¿Era imprescindible enfrentar la contienda electoral catalana con ese señor en cueros, algo entrado en carnes? Le faltan quizá algunas sesiones de gimnasio para aligerar esa flacidez: yo estoy en ello…

Frente al pijismo de marca o de entretiempo o de paño fresco, veo ahora la desnudez adánica de quien empieza desde cero. Tiempo atrás ya tuve oportunidad de comentar lo que me parecía ese adanismo que ahora encarna Albert Rivera, el candidato al Parlament que sustituye a Albert Boadella o a Arcadi Espada. Algunos analistas malintencionados hablaron de que los intelectuales abandonaban el barco, de que no querían medirse en los comicios, temerosos tal vez de ser batidos por los políticos rutinarios y corrientes.

Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria de intelectuales. Me decía: creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. Por adánico, precisamente. No quieren capitalizar el respaldo mediático, añadían. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años (ahora de 27), como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro. ¿Le hacían ascos al respaldo mediático?

Huiremos del dogma izquierda-derecha, dijo Rivera en El Mundo del 10 de julio de 2006, y ahora vuelve a repetir. “Queremos ser el partido de las ideas y de los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas”, admitía con renuencia el nuevo líder. No sé, no sé. El Mundo insistía en que este dirigente era y es “un desconocido abogado residente en Granollers”, como si este dato demográfico, como si la falta de celebridad, fuera un obstáculo electoral o una virtud cívica.

No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayaban algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”… desnudos.

No les importa, leemos ahora en el cartel de Rivera, dónde ha nacido cada uno. Tampoco qué lengua habla. En lo penúltimo veo una coincidencia con lo que yo planteaba: “no nos importa qué ropa vistes”, añade Rivera. Lo dije tiempo atrás y ahora veo que concuerdan. No son pijos, no les importa la ropa que vistes. Ayer, domingo 17 de septiembre [de 2006], Arcadi Espada hacía hermenéutica de ese póster y nos recordaba lo que señaló el publicista al que se le ocurrió la idea: hay que “tener cuidado con la arrogancia, con la juventud, con la fuerza, con la candidez y con el erotismo. Algo de todo eso, pero sin que predomine nada”.

Nada. ¿Cómo que nada? “Lo consiguieron”, añade el periodista catalán. “Predomina el adanismo”, que no es cicciolismo, apostillaba Espada. ¿Por qué razón? Porque “esto de Rivera es más humilde y más civil: un candidato que se quita la camisa. Y que deja a los otros en metáfora picada”, sin slip, ya ven. Eso decía Espada, adversario de las metáforas. En realidad, la metáfora no es ésa. La imagen es la del ombligo, como bien nos advirtió el más serio estudioso del nacionalismo: Ernest Gellner.

En su libro Naciones y nacionalismo, Gellner nos recordaba que en el discurso esencialista es fundamental el mito del origen. De lo que se trataría es de rastrear la raíz primigenia de un agregado que siendo contingente se presenta como una comunidad necesaria, como una comunión permanente (Catalunya, mil anys enrera, por ejemplo). Justamente por eso, por la irrealidad del atavismo nacionalista, Ernest Gellner se preguntaba con guasa: ¿tienen ombligo las naciones? Si el nacionalismo es un fenómeno moderno, ¿hasta dónde cabría remontar las historias de la nación proclamada y evidente?

Tomemos el caso bíblico, nos dice Gellner. Por ser el origen mismo del hombre, una humanidad creada por Dios, Adán carecía de ombligo: no le habían cortado cordón umbilical alguno. Aunque, ahora que lo pienso, Adán sí que tenía sus atributos sexuales y sólo fue al caer en pecado cuando el primer hombre se tapó sus vergüenzas, como el Albert Rivera de la fotografía. Pero…, uf, vamos a dejar las metáforas.

O no, porque no acaban ahí las paradojas. Los más célebres cómicos catalanes –de soca i arrel o importados–, Albert Boadella y Pepe Rubianes, son muy mal hablados, dicen cosas feas y escandalizan los oídos castos de España y del Principado. ¿Triste espectáculo? No es eso lo que deploro expresamente: lo que lamento es que ambos sólo se arropen con metáforas obvias, no sé si adánicas, pero sí primitivas y complementarias: uno dice desear que le revienten los huevos a España, a la España eterna; y otro pide los tanques para frenar el independentismo de la Cataluña que quiere separarse por huevos. Qué espectáculo: un día va y se desnudan de verdad enseñándonos los… ombligos.

 

4. Ciutadans y Savater

27 de mayo de 2007

a. Leo El enigma Ciutadans. Un misterio político al descubierto (2007), de Álex Sàlmon, y leo Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible (2007), editado por Jordi Bernal y José Lázaro. Son, por supuesto, libros de circunstancias, volúmenes que aprovechan o despiertan el apetito de lo noticiable: son ejemplares que pronto caducarán, pues pertenecen a ese género momentáneo que es el libro político ocasional. No es que lo que allí se trata se olvide en un par de semanas.

Lo que ocurre es que dos o tres ideas buenas o irritantes, cinco o seis aciertos verbales o siete u ocho análisis atendibles o discutibles se perderán inevitablemente cuando las novedades bibliográficas, la dinámica electoral o el nuevo oportunismo los entierren. Un libro efímero desaloja a otro libro temporal y precario. Por eso, los he leído ahora, justamente ahora, antes de que desaparezcan: he aprovechado que aún están en los expositores de novedades. Dentro de un tiempo es probable que sean descatalogados y finalmente guillotinados.

El primero de ellos, El enigma Ciutadans, lo firma el director de la edición catalana de El Mundo: Álex Sàlmon. El volumen está concebido como la crónica de un partido nuevo, como el relato en el que se narra la gestación de un partido a raíz de un sueño particular: el de una Cataluña posnacionalista. Quince intelectuales, amigos, conocidos y residentes en Barcelona (la mayor parte de ellos) se reúnen en varias ocasiones para hablar; comen en restaurantes más o menos caros mientras alimentan aquella idea: mientras confirman tener una misma idea y, después de hacer públicos algunos manifiestos, deciden plasmarla formando un partido político. Pero por ser eso –intelectuales más o menos talludos, reconocibles, admirados u odiados– ceden dicho trabajo partidista a militantes menos conocidos o nada conocidos, gente de la base que tenga elocuencia o que sepa valerse de una oratoria convincente.

Forman la organización en cuatro meses y en las siguientes elecciones autonómicas catalanas obtienen tres diputados en el Parlament. A la crónica, Sàlmon le pone su intriga, al tiempo que manifiesta por Ciutadans su admiración abierta. Sàlmon también le pone su entrega, pero el libro se resiente de precipitación: hay numerosas erratas, hay descuidos injustificables e incluso hay repeticiones de párrafos o de citas. Dice haber escrito el volumen en varios fines de semana. Desde luego se nota. No creo que el autor haya leído completamente y de una sentada el original de su libro. Es probable que la necesidad de llegar a las elecciones y de aprovechar el leve tirón de esta circunstancia le haya llevado a cometer esos deslices.

Más cuidada es la edición de Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, coordinado por Jordi Bernal y José Lázaro. Aun así, veo igualmente precipitación: aunque en menor número, también hay erratas incomprensibles en un libro hecho con mayor esmero. En esta obra se reúnen los textos fundacionales de Ciutadans de 2005 y 2006, los manifiestos elaborados por aquellos quince intelectuales, artículos de prensa, entrevistas a los nuevos diputados y los diálogos con los profesores, escritores, gentes de la cultura, en fin, que alentaron el proyecto. Aquí aparecen, entre otros, Félix de Azúa, Albert Boadella, Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Félix Ovejero, Xavier Pericay y… Fernando Savater.

¿Savater? En marzo de 2006, en el Teatro Tívoli de Barcelona se realizó el acto fundacional del nuevo partido, todo un acontecimiento pensado como hecho noticiable: sin ser promotor de la idea, sin ser barcelonés de origen o de vecindad, en aquel evento ya estuvo Fernando Savater saludando la iniciativa. En un capítulo de este libro, podemos leer sus respuestas a preguntas que el editor les hace a todos ellos: cada uno de los cuales apronta ideas. Fuera de algunas enormidades a que tan proclives son los intelectuales y que probablemente no podrán asumir los diputados de Ciutadans, la verdad es que Savater o sus virtuales contertulios no dicen nada que no sea de sentido común. Ése es el problema, dice Félix de Azúa: que decir las cosas más sensatas es en Cataluña un acto revolucionario. Seguramente es una enormidad…

Dicen cosas, pues, en ese capítulo, un capítulo que los editores no han querido titular debate –un debate, dicen, es una lucha–, sino deliberación. Esa palabra tiene un enorme prestigio, pues a lo que alude es a una actitud abierta del dialogante: quien delibera no discute desde posiciones inamovibles; quien delibera expresa su deseo de dejarse influir por las ideas del otro, que –seguro— algo tendrán de racionales y de razonables.

Sin haberlos reunido en un espacio físico para grabar sus intervenciones, los editores han compuesto ese capítulo con las declaraciones escritas de estos intelectuales, declaraciones remitidas generalmente por e-mail a partir de preguntas generales: un capítulo provisional luego reenviado para que cada uno de ellos pudiera introducir sus últimos retoques o apaños. Sin duda, es la parte más interesante del libro. Primero por los protagonistas; segundo por lo que tratan y dicen.

Yo no veo especialmente la deliberación por ningún lado: cada uno dice la suya y no creo que nadie modifique sus puntos de partida. En realidad, lo que sostienen es la necesidad de que Cataluña vuelva a los hechos. Los mitos del nacionalismo –dicen– habrían velado la percepción de los ciudadanos y, por tanto, un baño de realidad –incluso de objetividad— sería imprescindible. Entienden que Ciutadans –como partido transversal y posnacionalista– sería la solución y la respuesta: ellos no son los políticos que bregan diariamente, sino que son la referencia última que impulsa.

Más allá de la defensa del bilingüismo, se trataría, en suma, de crear y mantener una organización que no cayera en los vicios electoralistas de PSOE o PP, un partido abierto, antiburocrático. Pero no las tienen todas consigo: saben que la política es canibalismo y que, por eso, los cargos públicos de ese nuevo partido que no quiere ser antipartido (no ignoran que eso conduce al fascismo) pueden caer atrapados en la maquinaria del sistema. Savater aparece en el libro como un simpatizante fervoroso y esperanzado: la oferta de Ciutadans no debe limitarse a Cataluña, dice. Eso es lo que espera y desea… Por eso, por ser tan evidente su enfoque, resulta algo impostada y teatral la pose que él y Carlos Martínez Gorriarán han mantenido la última semana. Les resumo.

 

b. ¿Crónica de un nuevo partido?Ciutadans y «Basta Ya» escenifican su futura alianza política”, dice el diario ABC en su edición del 26 de mayo. El verbo es exacto y realista, preciso. Muestra hasta qué punto la política es hoy [2007] teatro, exhibición, puesta en escena; muestra hasta qué punto aquello que ahora domina es el periodismo de declaraciones: el que persigue el hecho noticiable y a los protagonistas que puedan decir algo. Así empezaron los inspiradores y responsables de Ciutadans, en 2005 y en 2006, sabedores de que hay que crear el acontecimiento: cuando los quince intelectuales presentaron el primer manifiesto y cuando en el Tívoli de Barcelona se constituía el nuevo partido. Para tener eco, para tener respaldo directo o indirecto en los medios, es preciso provocar un evento, por pequeño que sea. Raudos acudirán los periodistas…

Ahora bien, para que funcione como tal, dicho acontecimiento político ha de tener, por supuesto, protagonistas, gentes reconocibles, individuos que antes o en ese momento se ganen una audiencia gracias a esos mediadores que son los periodistas. Se trata, insisto, de provocar un evento, sí, pero sabiendo después de qué modo hay que administrar estratégicamente la información, de qué manera hay que suministrar los datos a los reporteros que cubren los hechos, de qué forma hay que presentarlo y representarlo. Es decir, esos hechos noticiables han de tener su intriga, su planteamiento, su nudo y, finalmente, su desenlace. Es un modo de inducir y de aumentar el interés. En periodismo o en publicidad se sabe que una noticia por sí sola no despierta atención: sólo cuando esa información se convierte en crónica, en serie, en capítulo de un proceso más largo, es cuando el dato llega a una audiencia que lo recibe con solicitud.

Durante una semana, Fernando Savater y Carlos Martínez Gorriarán, cabezas visibles de Basta Ya y simpatizantes declarados de Ciutadans, se han presentado ante los medios deshojando la margarita…: que si sí, que si no, que si montamos un partido, que si hay que votar en blanco… Al mismo tiempo que esto sucedía, Eduardo Zaplana les proponía una alianza coyuntural, como si el Partido Popular fuera un partido recolector de todo tipo de votos, incluso de laicos confesos. A la vez que eso ocurría, ABC, por su parte, rogaba a Savater y a Martínez Gorriarán que prestaran su apoyo al PP: que no forméis un partido al estilo Ciutadans, que no hay tercera vía, que no hay más opción que la de desalojar a José Luis Rodríguez Zapatero aliándose con los populares.

Savater aprovecha su audiencia de El País y Martínez Gorriarán se vale de una Tercera de ABC para volver a lamentar la vaciedad del actual presidente del Gobierno [Rodríguez Zapatero, 2007]. El periódico de la grapa (así lo llamaba Javier Marías) da todo su respaldo al articulismo antizapaterista sin que su director parezca advertir que el diario proRajoy está siendo utilizado por otra opción… Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero despierta que José Antonio Zarzalejos cree posible una gran coalición contra el PSOE…

De todas las tribunas y columnas aparecidas en el diario conservador, la más significativa ha sido la de Edurne Uriarte: con una prosa algo envarada, la autora dice que entre Savater y Aznar no hay gran diferencia, que hay más cosas que unen de las que separan, que la izquierda no tiene superioridad moral, que… por favor.

Algún día después, el viernes 25 de mayo, Savater y Martínez Gorriarán se presentan en Barcelona haciendo como que descubren ahora las afinidades con Ciutadans. No hay tal cosa. Me refiero al descubrimiento tardío: ya sabemos que desde hace meses Fernando Savater presta su apoyo a Ciutadans al tiempo que muestra su todo su desencanto, toda su decepción, con Rodríguez Zapatero. Que dos días antes de las elecciones, después de haber predicado el voto en blanco, el filósofo donostiarra defienda la opción de Ciutadans es… la penúltima operación de una presentación mediática calculada. Vayamos dosificando las informaciones, vayamos dando ruedas de prensa estratégicamente, de modo que siempre haya una novedad que los periodistas puedan registrar.

¿Cuál es la consecuencia? Ciutadans recoge el descontento, cierto, pero la auténtica opción es que, si sale mal, si no obtiene concejales en Barcelona o en otras poblaciones, siempre podrán echarle la culpa al bipartidismo imperfecto que pretenden abatir aquí o allí. Si, por el contrario, sale medianamente bien al lograr algún regidor, siempre será un triunfo, una gesta personal, un hecho heroico. Habrá que ver, no obstante, en qué consiste ese nuevo partido que espera no reproducir los vicios de los anteriores. Aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué una organización liderada por Albert Rivera va a funcionar mejor que el PSOE o el PP (siempre decepcionantes, claro), una organización prístina y adánica que por lo que parece llega, incluso, a convencer a Fernando Savater, tan sabedor de decepciones políticas. Mientras estamos atentos a la pantalla, confirmando la alianza de facto, José Antonio Zarzalejos vuelve a lo mismo en su Tercera dominical [de ABC], ajeno –al parecer– a lo que es evidente:

“Con el respeto más absoluto, sin embargo, y en atención a la historia de España que tanto nos enseña, expreso la duda de si la migración de estos intelectuales a militantes de un nuevo partido sería útil o no a la causa de la democracia constitucional española. El modelo que ha puesto en práctica Sarkozy –nutrirse de las ideas de intelectuales de procedencia diversa pero homogéneos en su convicción sobre la necesidad de una gran regeneración de valores y principios nacionales y sociales– ha sido exitoso. Gallo, Baverez, Marseille o Glucksmann, entre otros, no han entrado en la arena política, pero sí en el compromiso por una opción electoral –la de UMP dirigida por Sarkozy–, ejerciendo así un papel referente y orientador para la opinión pública”.

Esa invitación es ceguera voluntaria: la obstinación de un director de diario que lo fía todo al triunfo del PP. En una dirección semejante se expresa Jon Juaristi, que en su artículo “Fernando” publicado en ABC (27 de mayo) viene a decir que al aprecio por Savater no le hará seguirle. “Sus desplazamientos tácticos no me preocupan”, precisa Juaristi. “De Fernando Savater se puede prescindir en las escaramuzas, incluso es recomendable hacerlo con frecuencia”, añade.

El Mundo, por el contrario, juega con varias barajas, algo que se puede ver en la crónica de Ciutadans escrita por Álex Sàlmon. Si el PP sale bien parado de las elecciones locales y autonómicas (¿y quién no sale bien parado de unas elecciones?), sus respaldos serán ABC y El Mundo. Si los populares no consiguen “la capacidad de absorción” que ha demostrado Sarkozy (en palabras de Zarzalejos), entonces el diario de Pedro J. Ramírez siempre podrá hacer valer su simpatía por Ciutadans.

En cualquier caso, es difícil que los socialistas puedan salir con bien de este trance al que les llevan sus opositores o sus desengañados. Aumentar o repetir el mismo número de sufragios logrados en 2003 o en 2004 son quizá logros improbables, un menoscabo que siempre podrá ser aprovechado por los rivales: la pérdida de votos en números absolutos probaría el desgaste, la decepción, el hastío incluso. Salvo que el PSOE incremente netamente su respaldo (hazaña improbable) o salvo que los socialistas obtengan alcaldías o autonomías emblemáticas, todos podrán presentarse como ganadores: más aún, un porcentaje abstencionista significativo siempre podrá achacársele al partido socialista. Ésa es una opción interesante para Ciutadans y para la plataforma que auspicia Savater: pueden sumar votos propios y otros que jamás llegaron a las urnas.

 

Colofón (2015)

Muchos años después, Fernando Savater ya no flirtea con Ciutadans. Apadrinó un nuevo partido de semejante tenor: Unión, Progreso y Democracia (UPyD), encabezado por Rosa Díez, alguien que después de ejercer durante años empleos varios en el Partido Socialista lo abandonó con ostentación y acritud.

Durante un tiempo esta nueva organización parecía tener las mejores expectativas, en parte auspiciadas por el Partido Popular, en parte alentadas por la repulsa que provocaba el terrorismo vasco, el contencioso vasco. Nunca existió tal contencioso, pero sí un terrorismo y un matonismo que favorecieron a personajes mediocres o de escaso vuelo, de vuelo gallináceo.

Durante un tiempo UPyD pareció fijarse, pareció establecerse en el marco electoral. Como opción frente al bipartidismo de los partidos dinásticos: Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español. Sin embargo, a la altura de 2015, los sondeos contradecían la perspectiva. Parecía una formación en declive.

En cambio, como decíamos al principio… Ciutadans, aquel partido catalán de modestos orígenes y grandilocuentes padrinos intelectuales, se ha convertido en Ciudadanos, aspirando con ello a lograr representación en Cataluña y en el resto de España. Resulta un enigma.

Los intelectuales permanecen a la expectativa.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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