El maqui que nunca existió

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La editorial Mandor ha publicado el libro de relatos de uno de uno de nuestros autores, José Antonio Vidal Castaño, titulado Asalto al tren pagador, y nos ha permitido reproducir uno de sus cuentos.

 

 

El maqui que nunca existió

 

Para J. L. Teodoro, Sr.

«Él no tenía la culpa de su miseria.»

Miguel Torga, Cuentos de la montaña.

 

La primavera

Licenciado en periodismo por una impresentable universidad de las pequeñas Antillas, mucho antes de escribir reportajes sobre personajes famosos muertos en extrañas circunstancias, dispuesto a arrostrar el oprobio por haber contribuido a enturbiar biografías de mítica reputación como las de Hemingway o Vázquez Montalbán, me propuse cambiar de vida, labrarme un porvenir y a punto estuve de conseguirlo. Me matriculé en un Máster en Humanidades por una egregia institución universitaria cuyo nombre todos conocen, aquella donde se forjan los grandes talentos nacionales de la información, de la política y de las altas finanzas.

En mi caso, solo pretendía poner al día mis conocimientos, colgar en mi despacho un título con cierto relieve a nombre de Oriol Ruvira y Furtamantes que me ayudase en mi afán por disponer de mejores relaciones sociales, pues, ya se sabe que de estos polvos… Pero pronto comprobé que no está hecha la miel para la boca del asno, así que mi trabajo de graduación no solo fue desestimado por el tribunal, sino puesto como ejemplo de confusión y apatía: «Producto de la imaginación -decía el sucinto informe- más que de un trabajo sistemático». Lo cierto es que renuncié a mis ínfulas universitarias y, en situación de quiebra, vendí a una cadena de televisión mis trabajos históricos que fueron a parar a un fondo para elaborar guiones «basados en hechos reales», según ponía el contrato a cuyo pie estampé mi firma.

Todo fue el fruto de un encuentro casual, de mi buen rollo con Susi Revuelta, la espectacular prima de mi exnovia que había protagonizado, en aquel tiempo, un vertiginoso y meritorio ascenso laboral. Quedamos al día siguiente en un cafetín de Malasaña y allí, Susi, con su gracejo habitual, me puso al corriente de cómo había pasado de simple ayudante en un programa de recetas culinarias a ser la jefa de Programas Culturales de la emisora. Todo tan excitante como el vértigo provocado por la altura, inmensa, de sus tacones de aguja. Sin intermediarios ni vías indirectas. «Como debe ser», me dije al escuchar su relato y degustar -visualmente- sus dotes y virtudes corporales.

Fuera, sobre calles y tejados, llovían chuzos de punta. Era una de esas lluvias breves de primavera tan inesperadas como favorecedoras del sexo morboso y desatado.

-Estamos preparando -me comentó Susi- la sexta temporada de un serial con gotas de memoria histórica. Eso de la memoria parece que ahora tiene su cuota de mercado…

Yo aportaría esas gotas y les daría forma cuando llegase el momento, no en balde me había vendido a la emisora como consumado investigador y experto reportero freelance. Su proposición me sacaba momentáneamente del apuro monetario, así que la acepté sin rechistar. Había un anticipo a cobrar tras la firma del contrato que formalicé el 13 de noviembre de 1992. No se me olvida porque es la misma fecha en la que, al anochecer, desaparecieron las niñas de Alcàsser víctimas de un horrible crimen sexual solo judicialmente resuelto; el mismo día y momento en el que Susi Revuelta se metió en mi cama y… ¡Oh dioses!…

En el tiempo libre que me dejaba la voluptuosa Susi, me ocupé en la forma más sencilla de narrar la sombría historia que me fue transferida; y lo hice con el valor y la abnegación propias de un don Quijote de alcoba. Pensaba en una audiencia necesitada de memoria en un país con abundantes cadáveres que aún yacen en cunetas y extramuros de ciertos cementerios; creía, de buena fe, que ayudaría a paliar tanto olvido. Susi, materialista ella, y experta en esto del entretenimiento, entre caricias y felaciones, no dejó de advertirme que pasara de las buenas intenciones, pues solo era un culebrón para jubilados y amas de casa que se emitiría a la hora de la siesta.

Movido por una confusa necesidad de demostrar no-sé-qué a mi espectacular amante, empuñé mis viejas notas y me adentré en una historia que me pareció sencilla, pero que resultó ser diabólica. Un excombatiente republicano, Fulgencio Fuster Bastos, pretendía recuperar la memoria de su amigo y camarada Juan Fernández López, fusilado oficialmente en 1939. Nada excepcional en apariencia. Lo insólito es que Fulgencio explicaba, a todo el que quería escucharle, que Juan Fernández había sido, además de un soldado republicano, un maqui apodado César que se echó al monte en 1945 y que regresó cosido a balazos en 1950 en un viejo carromato tirado por un mulo. La Guardia Civil no le dio paz ni cuartel. Una historia con dos relatos que no concordaban.

Me encontré súbitamente perplejo. ¿Cuál de las dos versiones era cierta? Con el tiempo había prevalecido la segunda, refrendada por una nueva lápida sobre el nicho de Juan Fernández, y con la dedicatoria de una calle a su nombre. ¿Cómo y por qué había ocurrido todo aquello? Sin duda era la peor historia -pensé- que podía haber escogido para entregar a la tele un guioncito digerible. Sin embargo, estaba decidido a buscar la verdad y contarla. Me trasladé, pues, a Brumas, la ciudad más cercana, donde había nacido y vivido el presunto guerrillero, y alquilé un piso de mala muerte en las afueras.

Una vez instalado (es un decir) y dispuesto a seguir la senda de lo imposible, me puse en contacto con las oficinas de la cadena y conseguí que me prestaran un comatoso Opel Corsa. Me proponía investigar, recabar información in situ, seguir su huella, buscar a quien le hubiera conocido, ver el cementerio donde estaba enterrado… Consulté en la biblioteca histórica de la Universidad la bibliografía disponible sobre la Agrupación Guerrillera de Levante. Juan Fernández figuraba en el índice onomástico de uno de los libros, un texto de casi cuatrocientas páginas titulado La resistencia contra Franco en el Levante español, publicado por Georges Kaplan, profesor emérito de la Universidad de Minnesota, tan solo dos años antes. Podía decirse que el maqui estaba en la lista casi por estar. Poco o nada debía de saber el historiador cuando se limitó a consignar su nombre y apellidos con el alias que se le atribuía, César, en un listado de maquis sin investigar. ¿Tan escaso interés suscitaba su caso? Mis notas eran más completas: Juan Fernández era oriundo de un pueblecito ubicado entre el llano y la montaña, un lugar donde la provincia dejaba de ser valenciana para transformarse en castellana.

Aparqué en las cercanías del Ayuntamiento y pregunté a unos vecinos por Juan Fernández, a veces por su mal nombre, César. Nadie parecía conocerlo. Nadie sabía nada de él hasta que di con una anciana que me comentó que existía una plaza que se llamaba así. Siguiendo sus indicaciones, llegué a un extremo de la población y me detuve frente a unas casonas. En el chaflán de una de ellas figuraba una placa en la que podía leerse: «Plaza de Juan Fernández». En fin, una plaza dedicada a un vecino casi desconocido por el propio vecindario.

La casona era grande y con dos plantas; las paredes encaladas habían perdido el blanco en beneficio de un gris opaco y repleto de desconchados. La puerta, enorme y metálica, debió de ser la entrada para carros y caballerías. ¿Sería esta su casa natalicia? Llamé a puertas que no se abrieron, pulse timbres que no obtuvieron respuesta. Pude oír el lejano ladrido de un perro y sentir los latidos de un envolvente silencio, y permanecí como varado varios minutos en el centro de la plaza hasta que un repentino aguacero comenzó a empaparme. En el Ayuntamiento, ni siquiera el funcionario del registro recordaba cuándo y por qué se había puesto aquella placa. Consulté el libro de Actas de los plenos municipales y, en la página 79 del tomo correspondiente al año 1991, pude leer el acta de una sesión en la que se acordó, por mayoría absoluta, rotular una plaza con el nombre de Juan Fernández López, de treinta años de edad, soltero y labrador, «muerto en defensa de las libertades democráticas». Ni siquiera consignaba una fecha. ¿Una componenda política del momento?

Visité, finalmente, en el cementerio municipal, una tumba con su nombre y nada más: un nicho costeado por Fuster, según el enterrador, con el beneplácito de la familia Fernández que, sin embargo, no colaboró con gasto alguno. En todo el proceso para rehabilitar la memoria de aquel resistente, la familia se mantuvo al margen. Cuando algunos periódicos publicaron notas informativas sobre todo ello, amigos de su benefactor organizaron el catorce de abril un modesto homenaje al que asistí y en el que pude comprobar la extrema reserva de sus familiares. ¿Miedo? ¿Desafección? El silencio incentivó mi interés por averiguar más cosas sobre el malogrado resistente.

 

El verano

Las primeras noticias a tomar en serio sobre el asunto Juan Fernández me llegaron a través del señor Vélez, trotamundos, acérrimo defensor de la causa republicana y vecino de Fulgencio Fuster, quien me entregó unas notas que recogían parte de lo que andaba contando su amigo por bares y mentideros; un relato impregnado de temores y olvidos. Quedé con el señor Vélez en la Sociedad Musical, un lugar repleto de fotografías de futbolistas, toreros, bailarinas y trofeos deportivos. Por toda referencia musical, una descomunal lira colgada en el centro del salón y la presencia de jóvenes ataviados con el uniforme de la banda local de música. Vélez se había pedido un cortao tocado de anís seco. Lo mío fue un gin-tonic sin limón. Vélez, un exnotario calvo y setentón, dejó boina y bastón en el asiento contiguo, adonde acomodé mi gabardina. Paladeó su café y, tras apartar la taza con sumo cuidado, extrajo del bolsillo más grande de su ajado chaleco un sobre mediano y doblado que depositó en el marmóreo velador, invitándome, con un gesto, a abrirlo. Encontré, como colgadas de unas páginas pautadas, unas notas manuscritas, apresuradas, casi ilegibles… Cerré el sobre con lentitud calculada y le pregunté:

-¿No me sería posible hablar con Fulgencio?

Vélez me miró un rato antes de hablar.

– Verá, Fulgencio está muy enfermo. Tiene ochenta y tres años… y apenas se mueve de casa: está en cama entubado y una enfermera le atiende de manera permanente… En fin, veré lo que puedo hacer.

Días más tarde, el señor Vélez me hizo saber que Fulgencio estaba dispuesto a contármelo todo sobre su amigo Juan, pero en su domicilio.

La entrevista fue una pesadilla. Fuster hablaba todo el tiempo a través de una cánula respiratoria insertada en su garganta y realizando un gran esfuerzo de voluntad y de memoria. Utilicé una pequeña grabadora y un bloc de notas para recoger sus palabras en aquella sofocante mañana de julio. He respetado la mayoría de sus expresiones, su vocabulario, las pausas…

«Soy natural y vecino de este pueblo. Tengo unos ochenta y tres años (parecía dudar) y he trabajado en las empresas Devís y Elcano. Le voy a contar lo que recuerdo de mi vecino que fue el guerrillero César, y amigo mío. Le conocía desde que éramos… así, muy pequeños. Íbamos juntos a la escuela y luego […] estuvimos juntos en las Juventudes Comunistas. Yo empecé a trabajar desde muy jovencito en Devís y (algunos compañeros) nos daban unos sellos para recoger dinero con el fin de ayudar a los que estaban en la cárcel desde lo del 34… Luego ya vino la guerra y nos fuimos al frente. Él (su amigo Juan) fue por un lado y yo por otro. Estuve en la 64 brigada, en el batallón de ametralladoras. Primero me hicieron cabo y, luego, el comandante me habló de hacerme sargento. Le dije que no me gustaba. No quería llevar galones, pero me contestó: “Es igual”, y me dio la pistola diciéndome: “Tú harás de sargento aquí. Para mí lo serás, aunque no lleves los galones”. Estuve en el frente de Teruel y, acabada la guerra, al volvernos a ver le dije: “Esto está muy mal para nosotros”».

Aquello era una digresión personal. La memoria de Fulgencio se adentraba en lo propio, más cercano, en detrimento de lo ajeno. Lo normal en su estado, con las facultades físicas muy mermadas. Le animé a superar el desvío, susurrando el alias de su amigo. Y lo hizo interrumpiéndose con frecuencia, carraspeando y respirando con dificultad.

«Los dos estuvimos primero (al principio de la guerra) en Valencia, pero a él, a Juan, lo llamaron a quintas unos meses antes que a mí, aunque solo nos llevábamos tres meses nada más. Luego supe que estuvo también en la batalla de Teruel».

-¿Le contó César algo especial de la guerra?

«Pues hablábamos, pero él no tenía graduación; era un soldao raso de infantería. Luego, estando herido allí en el hospital, había un inspector de policía nuestro, del partido comunista, y estaba y hablaba mucho con él; y me decía que, si en la guerra seguíamos bien, yo sería policía secreta y podría tener a mi amigo de ayudante. A mí me gustaba, pero ya no hubo lugar, porque acabó la guerra y acabó mal para nosotros, así que…».

Ante el intenso jadeo de Fuster, opté por detener la grabación mientras la enfermera le administraba un calmante. Resumo, pues, esa parte:

Al parecer, recién acabada la guerra, ambos amigos se desprendieron de sus uniformes e insignias, de todo lo que pudiera identificarles como excombatientes republicanos y regresaron a Valencia tratando de pasar desapercibidos. Estuvieron escondidos. Fulgencio, al cabo de un tiempo, fue readmitido en su antigua empresa sin que le hicieran preguntas y pudo normalizar su vida. Luego, y con mucho cuidado, sondeó a algunas personas influyentes tratando de preparar la vuelta de su amigo Juan Fernández a la vida normal. Pero, cuando llegó el momento, este no aceptó; dijo sentirse agobiado y temeroso de posibles represalias, así que decidió marcharse con los maquis; se sentía como «obligado a echarse al monte». ¿Se había comprometido ya con la guerrilla? Eso parecía. Muchos combatientes republicanos huyeron a las sierras cercanas y no aceptaron que la guerra había finalizado. Formaron partidas que luchaban al principio por su cuenta y más adelante se fueron organizando formando agrupaciones, muchas de ellas, bajo influencia de los comunistas. Para la Guardia Civil, insistía Fulgencio, y para los franquistas eran bandoleros muy malos y violentos, amenazaban a los niños con los maquis llamándolos «hombres del saco» y que se los llevarían para comérselos si desobedecían a sus padres. Para la oposición política y las gentes que les apoyaban, los maquis eran los buenos, los luchadores por una libertad perdida. ¿Consideraba Juan que era su deber proseguir la lucha en el monte? ¿Hasta qué punto llegaba su compromiso? No lo sabremos nunca, pero no parece que estuviera más comprometido con la causa republicana de lo que lo estuvo su amigo Fulgencio. ¿Sería Juan Fernández, alias César, uno de tantos aventureros que se apuntan a todas las guerras? Ciertamente, por lo que sabía y lo que suponía, no me parecía que ninguno de los dos amigos diera ese perfil.

Volví, en este punto, a conectar la grabadora acuciado por los gestos de Fulgencio, que reclamaba protagonismo.

«Tenía miedo, Juan le tenía miedo al alcalde, que era un diputao facista quien, por cierto, ya se ha muerto y que se llamaba… Secundino Bordes o, tal vez, Borges (dudó, le costaba hablar). La verdá es que Juanito al final de la guerra llevaba una vida de topo. Vivía escondido por ahí, por… cerca de, bueno, de un pueblo pequeño, no sé… y por medio de un “enlace” se comunicaba conmigo cuando hacía falta. Para vernos, me pasaban una contraseña con la casa o el lugar (de la cita) y tal. Logré hablar con él y me dijo que lo que quería era que le arreglase las cosas para poder marcharse definitivamente al monte…»

¿Tú sabías el escondite? -le interrumpí.

«Sí, sí, yo solo. Para hacer lo que me pedía me tuve que poner en contacto con los de la ciudad y me dieron una cita con uno del partido que trabajaba en un almacén y que, de cuando en cuando, se subía al pantano del Generalísimo. Este fue el que me conectó con los maquis entre los que estaba Juan. Una vez yo le llevé una pistola. Le dije que era de un exguardia republicano, una pistola que tenía escondida y que me prestó el guardia en la guerra. La cita fue de noche… Me puse comida en un saco y la pistola en el cinturón y al llegar al monte, más o menos en la falda del pico del Tejo, no muy lejos de Requena me estaban esperando. Era una pistola del nueve corto que se la pasé directamente a Juanito, al que llamaban César. Le oí hablar con el que estaba en el almacén. A partir de ahí estuve tiempo sin saber nada de él».

Fulgencio calló. Estaba agotado. La mañana llegaba a su cénit; el calor sofocante y sin pinta de ceder. La enfermera se acercaba con una bandeja… Hora de comer. Comí un bocata de jamón de Teruel y tomé una jarra de cerveza de barril en el bar Pegaso, a menos de cien metros de la modesta vivienda de Fulgencio, quien, poco a poco, se me iba revelando como un activo «enlace» guerrillero. Dejé pasar casi dos horas bebiendo, sorbo a sorbo, un café que sabía a demonios, chupeteando un purillo barato y hojeando el Marca (única lectura posible en aquel lugar) mientras la televisión rugía a mis espaldas.

«Todo esto, lo de darle la pipa… era, creo -carraspeó Fulgencio algo recuperado por la siesta-, en el 1945. No estoy seguro. Puede que antes… Volví a verle mucho más tarde, porque una hermana suya, la Sacra, que tenía relaciones con un tal Arturo que la pegaba, me lo pidió. Bueno, la Sacra me pidió que localizase a Juan para amenazar a su novio y decirle que si la maltrataba vendría su hermano el maqui y le ajustaría las cuentas. Yo la dije que eso era muy peligroso y que no lo iba a hacer…»

-¿No recuerdas el sector al que pertenecía César en la Agrupación Guerrillera de Levante?

«Sí. Era de los maquis de Levante, pero no recuerdo muy bien eso del sector. Pero creo que siempre estuvo cerca de Requena, por esos montes; no sé, el pico del Tejo o por ahí… Yo sé que al principio andaba bien y le dije: “Si te pasa algo, me mandas una nota y nos vemos”. Eso sería por el 1946. Pero luego ya no le debió de ir bien, porque allá por el 1947, pues se volvió…; bueno, quería volverse a casa… Fue por el mes de julio de ese año. Me escribió una nota que otro amigo dejó en un lugar convenido… El asunto es que Juan quería dejar la guerrilla y estaba escondido en una masía que se llamaba Mari Mar, que era de un matrimonio de jubilados que ayudaban a los del monte. Por allí andaba siempre la policía… Había algunos que debían de ser guardias civiles, aunque fueran vestidos de particular».

Fulgencio se detuvo un momento. El esfuerzo lo estaba matando, por lo que, abrumado, le insistí en volver otro día: dos días más tarde. Le dije que al día siguiente tenía una cita ineludible.

Dos días más tarde el enfermo daba la impresión de estar más relajado. Paula, que así se llamaba la enfermera, me advirtió, no obstante, de la gravedad de su estado. Mi pulso, por el contrario, estaba acelerado. Perseguía, como investigador, un final para esta historia; como persona, me ponía un cero en conducta al forzar aquella situación. Cuando Paula terminó de acomodar a Fulgencio entre sus almohadones, conecté la grabadora para que supiera donde se había interrumpido… No tardó en reiniciar su relato:

«Asín que avisé a su familia: a su madre, Sagrario; a su hermana, Sacra, y a una tal Rosario, amiga de esta. Ellas me suministraban ropa, comida y un poco de dinero que luego yo le pasaba. Les dije que podían detenerlas de un momento a otro…Y así fue, las detuvieron a las tres y las llevaron a Valencia a declarar. Yo estaba en ese momento en la casa de Juan con ellas. Unas horas después, soltaron a la Rosario y vino con la cara llena de moratones… Aún me pregunto por qué no me detuvieron a mí. Me dijeron que me anduviese con ojo, pues sabían que yo estaba liao con los maquis, así que dejé pasar unos días y, cuando supe de que no me vigilaban, contacté con Juan. Esta vez la cita era cerca de una cueva. “Tu amigo está muy mal -me dijeron sus camaradas-, está como loco y no sale de la cueva donde duerme con una loba”. “¡Redios! -pensé- con una loba…” Y era verdá. Me llevaron hasta allí y al fondo de la cueva se sentía un animal y se veían los puntos rojos de sus ojos».

En ese punto se produjo un espeso silencio. Una loba gigantesca de pelaje gris y fauces de fuego se había materializado a los pies de la cama… El monótono ruidillo de la cinta al girar entre las diminutas bobinas de la grabadora nos devolvió la realidad y la palabra.

-Nos habíamos quedado en lo de la cueva.

«Sí, sí. En lo de la cueva -explicó el enfermo, ya casi sin aliento-. De la cueva salió un Juan desconocido, pálido, muy delgao, con el pelo ralo y de punta, una barba espesa, un jersey lleno de agujeros, una cuerda que le sujetaba el pantalón de pana. Los pies, bueno, los pies… perdíos de sangre, sin calcetines y con las albarcas destrozás… Y va y me dice: “¿Y ahora qué hago? Me entregaré”. Me dio la espalda y se volvió a la cueva…».

Terminé otra botella de agua mineral y Fulgencio ingirió, con extrema dificultad, un zumo. La oscuridad se apoderaba de la habitación y la enfermera encendió una luz pálida, fúnebre.

-Así que a su familia, a las dos mujeres, se las llevaron a Brumas, a interrogarlas, ¿no?

«Sí, a un cuartel de la Guardia Civil que se llamaba… Arrancapinos. Y a mí me metieron en el calabozo del pueblo. Cuando llegué a casa, después de ver lo que quedaba de Juan, me encontré con el sargento y dos guardias civiles que iban de paisano. Habían hecho un registro en mi casa y yo, que siempre tenía una pistola escondida además de la que le di a César, tenía miedo por si la habían encontrado, pero no la vieron. El sargento me llamó por mi nombre entero y me dijo que me iban a detener. “Tú -me apuntó con un dedo- estás apoyando a los maquis, tú eres el que les llevas comida y les suministras. Esto lo ha traído tu padre”, y me enseñaron una escopeta y me acusaron de enlace con los bandoleros, que eran unos desalmaos. No decían maquis, decían bandoleros. Me enseñaron la canana de mi escopeta con los cartuchos que faltaban. Y yo les dije que la escopeta la tenía para cazar… “La suerte que tienes —me dijo el sargento— es que no te puedo tocar, así que ¡ale! ¡Llevarlo abajo a la cárcel! Mañana vas a declarar y ya veremos cómo quedas… Has de declarar si sabes dónde está César, el bandolero, y lo vas a decir, y si no te vamos a matar”. Pero al día siguiente -qué casualidad- va y me toca para el traslado un guardia civil que era del pueblo y que me conocía, pues yo salía con una chica que era hija de guardia; una medio novia y, claro, iba mucho por el cuartel… Le pedí permiso para pasar a por ropa y para ver a mis padres. Me lo concedió. Mientras íbamos en el furgón -me llevaba esposado- me repetía: “Te lo digo como amigo; tú di todo lo que sepas y el que la tenga que pagar que la pague”».

Intenté detener a Fulgencio al comprobar el aumento de su jadeo, pero con sus gestos me impidió cortar la grabación. Era su momento.

«Me llevaron también a Arrancapinos -continuó-, un cuartel feo y muy grande… Decían que de allí había quien no salía vivo… Vino un teniente, que me acuerdo muy bien de él, estaba calvo y llevaba una pistola en la mano; con él estaban dos guardias de paisano también armaos. Comenzaron a pegarme patadas en el pecho, en las nalgas, en el vientre, en la cabeza… Casi perdí el conocimiento y luego uno me dijo: “Ahora viene lo bueno”. Me sentaron en un sillón y vi que preparaban unos cables y unas cuerdas… Tenían un médico pa ver cómo iba todo. Y me decían, mientras uno se arrodillaba para conectarme: “¡Habla! Dinos dónde está ese cabrón de tu amigo Juan, ese bandido del demonio…”. Perdí el sentido varias veces y me echaban un cubo de agua helada para espabilarme. “¡Yo no sé nada, no sé nada!”, les repetía una y otra vez. El teniente ordenó llamar a la madre de Juan, que la tenían allí en otro calabozo. “Esta lo va a pagar todo”, me dijo como si me tirara un escupitajo. La pobre mujer, hecha una mierda, arrastraba sus pies descalzos por aquel suelo lleno de mugre. “Queremos saber -me rugió el sargento en la oreja- de toda la gentuza con la que te veías, de todos los que ayudaban a esos asesinos rojos… y, sobre todo, dónde se esconde César en el monte, en qué lugar, en qué finca… Si nos lo dices, te soltaremos y si no lo haces, no respondo de esta mujer…”. El teniente empuñó la pistola, le quitó el seguro, juntó las cejas como un japonés lleno de cólera y apuntó a la sien de la señá Sagrario. El espanto se notaba en los ojos abotargaos y en la boca torcía de la mujer… Yo les había contado a las mujeres casi todo; lo que no sabían era lo de la cueva y la loba, ni dónde estaba el sitio… Pero no, no quería que mataran a aquella mujer que me había criao como a un hijo».

 

El otoño

Por las mejillas de Fulgencio Fuster rodaron unas lágrimas. Dejó de hablar y se desplomó sobre su cama como un saco vacío. Recuperó el sentido, pero estaba exhausto y por un momento temimos lo peor. La enfermera telefoneó al médico. El galeno, joven y sanguíneo, le administró un calmante y recomendó dejarle descansar, recetando acto seguido interrumpir cualquier clase de emoción hasta pasado un tiempo.

-Usted también parece cansado —me dijo.

Me despedí asustado y confuso. Recogí mis bártulos y abandoné la casa. Fuera, la oscuridad se había tragado las calles. Pude distinguir una luciérnaga a más de diez pasos.

Aunque parezca una trágica broma, estas, las escritas aquí, fueron las últimas palabras de Fulgencio Fuster en vida. Pasados unos días (un par de semanas creo) llamé a su número y se puso una voz todavía joven.

-Es usted el periodista que estaba entrevistando a mi padre. ¿Sí? Bueno, debo decirle que ya no podrá hablar con él. Anteanoche cayó en un coma profundo y… —oí como sollozaba— fue apagándose del todo hasta…

Me pareció mejor no interrumpirla y respetar su esfuerzo por seguir hablando.

-Murió -añadió- al amanecer… Hoy lo hemos enterrado; hace dos horas…

Me quedé atónito. Con un hilillo de voz, opté por la fórmula más típica: «Le acompaño en el sentimiento». Mi reloj señalaba las doce en punto.

 

El invierno

Este sombrío asunto no fue tomado como base para ningún guión. Las nuevas programaciones de televisión suprimieron cualquier referencia en sus seriales a la memoria histórica. Una vez más había perdido el tiempo. ¿Cómo me dejaba embaucar, una y otra vez, por tan enfermizas historias llenas de negatividad? Recuerdo, con cierta nitidez, lo que supe más tarde de aquellas personas:

La señora Sagrario y su hija Sacramento no volvieron a mencionar nunca aquel asunto ni a cruzar palabra alguna con Fulgencio.

Fulgencio, quien trabajó denodadamente por recuperar la memoria de su amigo mientras la familia de este le negaba el saludo, duerme el sueño eterno a pocos metros de Juan Fernández, el guerrillero César que -según las malas lenguas- nunca existió.

Susi Revuelta consiguió, sin esfuerzo aparente, escribir un libro con sus conocimientos gastronómicos y sexuales, libro con el que estuvo a punto de ganar el Premio Sex-Chef International. Acudió a la gala de los premios en Ginebra y me envió (desde el lago Leman) una sensual foto en la que aparecía amartelada con su nuevo partenaire Gastón Lambert, a la sazón director de programas de Euronews Live Tv.

Me vino a la cabeza, acodado en uno de los puentes que comunicaban las dos orillas del río Negre a su paso por Brumas, una frase que leí en no sé qué libro de Ana María Matute: «Ahora, sin saber cómo, [me] llegó la ira». El día, frío y soleado, de golpe, había perdido su compostura para acomodarse en el regazo de Érebo.


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Nací en la valenciana Benimamet un 27 de febrero. Estudié Magisterio, me licencié en Filosofía y Ciencias de la Educación y me doctoré en Historia Contemporánea de España por la Universidad de Valencia. Ejercí durante muchos años como profesor titular de Geografía e Historia. Colaboré y colaboro en prensa escrita y digital: Levante-EMV, El País CV, Diario de Valencia, Noticias al Día, Cambio 16, El Noticiero Universal, Cuadernos Republicanos, El Viejo Topo, Hispania Nova... Fui premio de relatos Noche del Terror (Rentería) y finalista del Premio Internacional de cuentos Max Aub.

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