La guerra de Sucesión española en tres actos y dos interludios

Por . 2 marzo, 2015 en Edad Moderna
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El siglo XVIII se inauguró con un conflicto europeo que tuvo especial relevancia para el futuro de España y Cataluña. La guerra de Sucesión al trono español, parte de una enorme pugna entre las casas de Borbón y Habsburgo, transformó dramáticamente el encaje que Cataluña tenía en el conjunto de lo que podemos llamar, en plural, las Españas.

Mi intención en este escrito es contextualizar el conflicto en un espacio más amplio. La guerra de Sucesión española fue, utilizando un símil teatral, el segundo acto de una obra compuesta de tres, con dos interludios entre el segundo y el tercero.

 

La Liga de Augsburgo y el último rey de las Españas (1688-1700)

El primer acto empieza con el primer gran conflicto que sacude al mismo tiempo a los poderes europeos y a sus posesiones de ultramar.

A la altura de 1688 Francia era, de lejos, el territorio más poblado de Europa. Una constante que se ha de tener en cuenta para todos los conflictos hasta las Guerras Napoleónicas. Esto, unido a las ansias expansionistas de Luis XIV, motivó una alianza, conocida como la Liga de Augsburgo, que agrupó a las Provincias Unidas, al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (un Habsburgo), al Palatinado, Baviera, Brandemburgo, a Portugal, España, Suecia y, un poco más tarde, a Inglaterra.

Hay que tener en cuenta que lo que podríamos ver como conflictos internacionales eran en realidad en aquellos tiempos complejos juegos de lealtades dinásticas y enfrentamientos institucionales. Esta lógica diferente a la de los estados-nación tiene un ejemplo muy claro en España (o Españas): el monarca era el jefe en un territorio lleno de realidades jurídicas muy diferentes, como podían ser Cataluña, Navarra o las Indias. El territorio era una cuestión políticamente menos relevante que la de los súbditos que podían ser conquistados, o la lealtad que uno tuviera hacia la Generalitat de Cataluña o la fe católica, por poner dos ejemplos.

Otra novedad de esta guerra, a la que se llama guerra de la Liga de Augsburgo, fue a nivel tecnológico. La famosa pica empezaba a ser sustituida por la combinación de bayoneta y arma de fuego, lo que en los tratados españoles de la época se llamó espadarcabuz. Y la artillería empezó a ser algo más que unos pocos cañones de diferentes calibres mezclados con la infantería: en 1684 se creó en Francia el primer regimiento únicamente destinado a esta arma. Estas dos innovaciones francesas, combinadas con un ejército de unos 375.000 soldados y 60.000 marineros, hicieron de los ejércitos de Luis XIV un rival temible para las tropas de los aliados.

A nivel de extensión geográfica también fue una guerra diferente. Las colonias que ingleses, holandeses y franceses tenían en América y en Asia empezaron a atacarse mutuamente. Lo que no fue novedad fue Alemania como campo de batalla, eso sí, sufriendo un nivel de destrucción no visto hasta entonces.

Tampoco fue nada nuevo la invasión francesa del norte de Cataluña. Los importantes puntos militares de Rosas, Gerona, Ripoll y Hostalric fueron cayendo en manos francesas, hasta el premio final de Barcelona en 1697.

La guerra acabó sin grandes cambios geoestratégicos, volviendo en cierto modo a la casilla de salida.

 

El primer interludio se inició con los últimos años de vida de Carlos II. El monarca español no tenía descendencia, y en plena guerra Luis XIV y el emperador alemán ya habían hecho tratos para dividir los territorios de los Habsburgo hispánicos. Finalmente, el testamento del último Habsburgo español fue favorable a un nieto de Luis XIV: Felipe, duque de Anjou.

 

La guerra de Sucesión y Borbón contra Borbón (1701-1721)

El segundo acto de esta historia fue la guerra originada a partir de la entronización de Felipe V y del miedo que el expansionismo francés continuaba ejerciendo.

Los viejos aliados de la Liga de Augsburgo volvieron a unirse y Alemania a ser el principal teatro de operaciones europeo. Como en el anterior conflicto, España se mantuvo a la expectativa hasta que la guerra llamó a la puerta: en 1704 ingleses, holandeses y catalanes capturaron Gibraltar en nombre del archiduque Carlos de Austria, candidato al trono español. Un año después Barcelona, Gerona, Lérida, Tarragona, Mataró y Tortosa caían asimismo en sus manos.

Las derrotas se fueron sucediendo para los Borbones, hasta el punto que Luis XIV se vio obligado a negociar e incluso aceptar la expulsión de Felipe V del trono español.

En 1710, los aliados llegaron a ocupar Madrid, pero la presencia de guerrillas felipistas y la invasión de más tropas francesas redujeron el campo de acción austracista hasta los territorios de Cataluña y Mallorca. A partir de 1711 el frente antiborbón empezó a debilitarse cuando el pretendiente Carlos de Austria se convirtió en emperador del Sacro Imperio (bajo el nombre de Carlos VI). Como resultado, entre 1713 y 1714 los territorios (sus representantes e instituciones) de Cataluña y Mallorca fueron los únicos enfrentados al poder de Felipe V.

No fue una locura, ni tan siquiera un suicidio, que un pequeño ejército catalán se enfrentara a las tropas combinadas franco-castellanas. Los motivos son varios. No estamos ante el mundo de los genocidios y desplazamientos masivos de población propios del siglo XX y, por tanto, las resistencias no tenían por qué ser vistas de manera desigual ya que las represalias no tendrían consecuencias cataclísmicas. Además, siempre podía esperarse un cambio de parecer por parte de Inglaterra y salvar la situación en el último momento.

A diferencia de la guerra de la Liga de Augsburgo, la guerra de Sucesión española comportó muchos cambios territoriales. A nivel militar también se impuso el sistema regimental francés, con todo lo que esto conllevó a nivel de reglamentación para la Europa del momento: difusión del sistema de reclutamiento por quintas y obligación de ayudar al transporte de tropas por parte de los civiles. Por ejemplo, el sistema español de tercios fue progresivamente cambiado por el de regimientos y batallones tanto por felipistas como por austriacistas.

 

El segundo interludio fue el de la promulgación de los Decretos de Nueva Planta en Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca. Las leyes castellanas (territorio previamente nuevo plantado por Felipe V al principio de su reinado) se expandieron por toda España. Ya no tendría el mismo sentido utilizar el plural Españas. Otro fenómeno propio de este interludio fue el exilio de austracistas, como por ejemplo Francesc de Castellví i Obando, uno de los pocos en escribir sobre aquel conflicto. Historiar la guerra de Sucesión fue difícil y, de hecho, los historiadores españoles del siglo XVIII no se atrevieron a hacer una historia a ras de suelo y que tratara temas del presente más inmediato. Síntoma, éste, de falta de modernidad.

 

Ya sólo nos queda el tercer acto, una guerra olvidada entre la España de Felipe V por un lado y, por el otro, Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio, que la historiografía incluye en la guerra de Sucesión española aunque asimismo la distingue dentro de ella bajo el nombre de guerra de la Cuádruple Alianza.

La nueva alineación de Francia fue resultado del intento de recuperación de territorios italianos por parte de Felipe V, contraviniendo los acuerdos de paz previos. A nivel catalán se produjeron pequeñas invasiones de territorio, pero es más conocida la actuación de guerrilleros antifelipistas como Carrasclet. A nivel global, la guerra de la Cuádruple Alianza fue el conflicto que sancionó, que resolvió definitivamente y por las armas el Tratado de Utrecht de 1713.

 

Bibliografía

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Sales, Núria. Senyors bandolers, miquelets i botiflers: Estudis d’història de Catalunya (segles XVI al XVIII). Barcelona: Empúries, 1984.


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