Podemos. Historia y presente

Por . 4 marzo, 2015 en Mundo actual
Share Button

La historia no es un rastreo del pasado remoto. Es, por el contrario, un análisis del presente.

 

Introducción

En frase mil veces repetida, Benedetto Croce decía que toda historia es historia contemporánea, dando a entender que todo acontecimiento pretérito nos concierne, que todo hecho más o menos antiguo aún nos afecta.

Por otra parte, el presente no es un devenir sin raíces o un tiempo que se esfume sin efectos. Lo que nos pasa ahora puede ser comparado con lo que nos pasaba o con lo que pasó a otros. Lo que acontece es tiempo vivo, no tiempo muerto. No hay un lapso de suspensión. Pero lo pretérito no es tampoco tiempo desechado. Es, por el contrario, un porvenir cuyas consecuencias aún no se han consumado. O consumido.

Este año, 2015, se cumplen cuarenta de la muerte del general Franco. Su Excelencia estuvo al frente de la nave del Estado durante décadas. Los españolitos observaban con arrobo o encono su quehacer, ese gesto.

Es una buena ocasión para evaluar y rememorar, para ver y comprender lo que los individuos, los grupos hicieron tras el fallecimiento del dictador. Un régimen tiránico de larguísima duración se derrumbaba, pero no por abatimiento del Caudillo, sino por muerte natural. ¿Había voluntad de cambio?

Tras su óbito, una generación de españoles, del interior y del exterior, del franquismo y del antifranquismo, se puso de acuerdo para finiquitar una Guerra Civil que no había concluido en 1939. El resultado de esa aproximación no es ideal. Había fuerzas contrarias a todo entendimiento y había formaciones opositoras completamente hostiles.

Sin embargo, sectores del Régimen y sectores del antifranquismo acabaron por entenderse, con un apoyo mayoritario de la ciudadanía: se trataba de crear un sistema político equiparable a los de la Europa occidental. Es decir, con partidos reconocidos y legales, con instituciones basadas en el sufragio universal, con un Estado social y democrático de Derecho que permitiera la inclusión…, tras décadas de represión y exclusión.

Durante varias décadas, la democracia española ha funcionado con base jurídica, por supuesto: con la Constitución de 1978. Pero durante décadas esa misma democracia ha padecido convulsos estremecimientos: intentos de golpes de Estado, la corrupción de individuos y sectores económico-políticos, el bipartidismo y sus automatismos, etcétera, han deteriorado dicho funcionamiento y sobre todo la percepción y el disfrute de sus usuarios.

Ello ha coincidido con el derrumbe de las certezas ideológicas, con la crisis económica y financiera, con las serias, con las severas limitaciones de una democracia manifiestamente mejorable, así como con la debacle de sus partidos tradicionales o dinásticos (por decirlo al modo castizo): Partido Socialista Obrero Español y Partido Popular.

Ha habido intentos más o menos atinados de abrir el marco: desde Unión, Progreso y Democracia hasta Podemos, pasando por Ciudadanos. La historia nos enseña a desconfiar de lo nuevo, de lo prístino, de lo incontaminado. En general, los humanos somos muy previsibles, menos originales de lo que creemos ser. Repetimos vicios, incurrimos en errores, reiteramos delitos, crímenes y hasta pecados. Es propio de la naturaleza humana.

Somos decepcionantes, pero que lo seamos no nos salva. Hemos de procurar la mejora material y moral de cada uno, de los nuestros y de nuestro entorno. Pero hemos de saber que hay cosas incorregibles. Qué le vamos a hacer: como Jessica, no somos exactamente malos; es que nos dibujaron así.

Ni conformarse ni engañarse, ni apoltronarse ni ilusionarse. La ilusión motiva: es meta que nos mueve, pero es también engaño o embeleco. Debemos ser prudentes y audaces. Y sin duda lo que debemos procurar es no estropear el estado del mundo.

El sistema político español nacido de la Constitución de 1978 ha funcionado razonablemente bien: eso sí, siempre que lo comparemos con nuestro entorno (Italia, por ejemplo) y siempre que lo cotejamos con el pasado del que procedemos. No hay un entorno políticamente ideal. Y no hay un tiempo pretérito que sea mejor. Como tampoco el porvenir: todo puede empeorarse…

Ahora bien, la corrupción, la falta de democracia interna de los partidos, sus mecanismos de cooptación, la fontanería previsible, el alejamiento de las instituciones y, sobre todo, la difidencia de los ciudadanos, su repudio o su desinterés, su desafección, erosionan el sistema. En medio de esta circunstancia, con una crisis económica demoledora, nace una opción nueva que dice venir a cambiar el Régimen del 78, que dice venir a apear a la casta que en las instituciones se ha encastillado, que dice venir a criticar las derrotas del posfranquismo.

Podemos es ahora objeto de debate. Lo es por dos historiadores. Uno siente grima ante ese nuevo partido que todo lo objeta; el otro experimenta cercanía y simpatía por una organización que, sin duda, ha puesto patas arriba lo que resultaba obvio o inevitable. Veamos sus respectivos argumentos.

 

 

Justo Serna. Sin perdón

Pablo Iglesias, de afortunado nombre −coincidente milagrosamente con el fundador del Partido Socialista Obrero Español−, es un profesor de aspecto bonancible. Hasta hace nada ejercía la docencia en la Universidad Complutense de Madrid. En la Facultad de Ciencias Políticas. Era un empleado de contrato precario, al contrario que Juan Carlos Monedero, profesor titular de la misma materia.

De repente, su celebridad mediática y sus logros políticos (escaño en el Parlamento europeo) han conseguido auparlo a la fama. Organiza con unos pocos compañeros un nuevo partido político, llamado Podemos. Le falta estructura, pero su tirón mediático crece. Quienes a él se arriman se benefician del aura, ese halo de persona nueva, profética. Al modo del cristianismo, de la religión. Digo aura porque hay algo efectivamente prodigioso en el suceso de Pablo Iglesias.

Sin ser una persona escuchimizada, sin ser un mequetrefe, tiene un cuerpo escasísimo, encorvado: como de ratón de biblioteca, como de estudioso. Posee un esqueleto y una musculatura que no impresionan. No es bien parecido, aunque posee una mirada cautivadora y una dentadura inverosímil. Lejos de padecer estas carencias como un hándicap, dicha liviandad o deformidad forman parte de su éxito. Las personas se pueden reconocer en un tipo normal, incluso en un petimetre. Muchos somos o nos sentimos así: poca cosa.

Viste con corrección, pero con desenfado juvenil. Luce coleta, aunque sin mayores estridencias. ¿A quién podría asustar Pablo Iglesias Turrión? Exponerse, mostrarse y exhibirse con moderación levemente rebelde dan mucho juego. Has de acudir a los platós y has de mantener siempre la compostura, la temperatura, la cordura. Lo normal es que en las tertulias televisivas los invitados o los habituales se pierdan, se despeñen. Si conservas el juicio y el tono, el timbre y el esquema (la falsilla), la consecuencia es positiva: esta persona es fiable, incluso sensata. La clave es un discurso sencillo −esquemático, ya digo−, reiterativo, algo que se pueda retener.

En los platós habla quedamente, con un volumen moderado. Habla con pedagogía machacona, con didactismo, como un docente con paciencia, con mucha paciencia. Habla con ilustración, con anécdotas y ejemplos, con voluntad de instruir al oponente del que se apiada (como si el rival careciera de ideas o conocimientos). Habla con corrección formal, dejando que los otros se disparaten.

¿Cuál es el resultado? Aparentemente un joven modesto y modoso, un tipo de barrio que ha hecho un esfuerzo por nosotros, culpablemente apoltronados. Mientras la ciudadanía se deja llevar por la pereza y la repetición, el bipartidismo y la resignación, el profesor Iglesias sale de la Cátedra, del Departamento, y se ensucia las manos, se deja la piel por la gente.

La palabra gente es clave de Pablo Iglesias y, por extensión del nuevo partido que encabeza: Podemos. La gente es el pueblo sin clasificar; es la suma de individuos sin tipificar; es este tipo (y aquél) sin enrolar. La gente es cualquiera de nosotros siempre que no goce de privilegios. Jurídicamente los privilegios se abolieron siglos atrás. Sin embargo, el dominio de las instituciones proporciona recursos exclusivos y privativos. Contra esta sinrazón jurídico-política se levantarían Pablo Iglesias y sus correligionarios.

Como un héroe modesto y popular, Juan Carlos Monedero ha empleado esta imagen, este estereotipo, para salvarse del acoso mediático. ¿De qué acoso mediático? De la persecución que padece al descubrirse que ha recibido cobros millonarios procedentes de Venezuela y otros países del entorno.

En realidad, al Pablo Iglesias mediático podríamos verlo con una suficiencia ostentosa, con una soberbia intelectual de muchos quilates. Amonesta una y otra vez. Lo suyo, lo particular, es la admonición, el tono de suficiencia de quien se sabe a salvo pues tiene garantizado el paraíso.

Pablo Iglesias a unos salva y a otros condena. A unos aprueba y a otros reprueba. Su verbo calmo es a la vez fogoso pero de timbre reducido y el resultado es un eco popular, sin cacofonías. O, si se quiere, un sermón de resonancias populistas. Con frecuencia, en los platós, el profesor Iglesias se expresa con cansancio, cargando con lo obvio, padeciendo la fatiga de lo evidente.

Sus compañeros y él son jóvenes suficientemente preparados, con lecturas y sin ataduras. Al menos es presuntamente así. Y así se presentan. ¿Quién no votaría por ellos?, parecen decirnos. Frente a los partidos viejos, Podemos es algo nuevo, inmaculado.

Hay una creciente muchachada que aprueba las metas y las estrategias de Podemos; hay abundante gente de todas las edades que se siente finalmente representada por Podemos, tras la crisis de los partidos dinásticos. Como si estuviéramos en la Restauración alfonsina (a la que Pablo Iglesias alude de cuando en cuando). Como si estuviésemos en un sistema de castas oriental. De hecho, la palabra casta es otra de las claves de este partido frente a los anteriores. Si quienes te precedieron son gente acomodada, asentada, aburguesada y, finalmente, ajena a la realidad, lo normal es que tus amigos y tú os presentéis como una renovación radical.

De repente irrumpe una organización imprevista, y los partidos tradicionales hacen aguas. La metáfora es muy obvia y está muy gastada: la nave del Estado va a la deriva, etcétera. La televisión da cuenta de lo real y rehace lo real. No sólo es cierto lo que es cierto, sino lo que la gente cree que es cierto: al menos por los efectos de esas creencias. Así ha ocurrido con Pablo Iglesias y con Podemos: los partidos dinásticos padecen a la vez raquitismo y omnipotencia. Una nueva y prístina organización irrumpe sin ataduras y sin patologías.

Frente a las organizaciones de la casta ─que sería, en términos de Pablo Iglesias, esa red estructural-funcional de empleos predeterminados y bien remunerados que se anclan en los partidos viejos─, Podemos postula la liberación del cargo público, la renovación. Gente joven, gente con empuje y ganas, sin contaminar. Hay un alud de personas sin compromisos ni puestos fijos. No hay que aguantar más. Hay que levantarse contra ese caparazón anquilosado, contra la costra, contra la castra, contra la casta, contra esos encastillamientos. ¿Es así?

Pablo Iglesias es un fenómeno mediático. Los fenómenos son algo que van más allá de lo normal: son, de hecho, una anormalidad. Crecen y se salen de lo ordinario. Tomémoslo literalmente: de no haber salido en las pantallas de televisión reiteradamente, Iglesias no sería nada. O, mejor dicho, no sería conocido, odiado o reverenciado. Sería un oscuro profesor de ciencia política con afinidades ideológicas bolivarianas, chavistas, con simpatías comunistas, con concepciones marxistas. Íñigo Errejón, uno de los mandamases del partido, hizo un panegírico de Hugo Chávez en el homenaje tras su muerte que da vergüenza o grima. O ambas cosas a la vez.

Ahora, gracias a Intereconomía, a Cuatro y a La Sexta, Pablo Iglesias es un tipo bien reconocido por su pose, por su saber estar, por su capacidad para ser pedagógico ante el ataque de sus adversarios. Adopta incluso una actitud resignada y retadora. A la vez. En televisión da muy mal el enfurecimiento. Cuando por ejemplo Alfonso Rojo, el periodista que se enciende como su apellido, despotrica contra Pablo Iglesias y éste permanece tranquilo, con media sonrisa, enseñando sus defectuosas palas, mostrando su superioridad moral, el espectador se pone instintivamente a favor de quien menos chilla y más defectuoso parece. Más aún, el rostro de Pablo Iglesias tiene algo de esencial, de eclesial: recuerda a un Cristo que pacientemente escucha los ultrajes.

¿Cuáles son los argumentos de Iglesias? Según nuestro protagonista, verdades como puños, frases aparatosas, discursos sencillos. Como dice de él uno de sus profesores más apreciados, Jorge Verstringe, Pablo Iglesias sabe simplificar muy bien. Simplificar. Bien mirado, ese hábito es un horror. La simplificación rinde frutos mediáticos instantáneos. No debes complicar lo real; debes reducirlo, justamente para que pueda ser captado por todos. El mínimo común denominador, la mínima expresión (no sea que no nos entiendan).

Un joven treintañero, con coleta (es decir, rebelde dentro de un orden), con camisa sencilla y blanca (esto es, limpio, sin mácula), con corbata suelta (por tanto, levemente retador) es la efigie que de sí mismo da: es el uniforme que habitualmente exhibe, su modo de presentarse. Se te reconoce, se te identifica, se te admira o se te detesta. La mirada baja, incluso tímida, entre miedosa y sarcástica. Un Cristo venerado.

Tras las elecciones europeas en que irrumpe Podemos, no pocos amigos han mostrado una alegría desbordante. ¿Por qué? Porque, sumadas las opciones, habría ganado la izquierda, dicen. Habrá que verlo en los próximos comicios… Una opción como Podemos, liderada por Pablo Iglesias, me produce un rechazo racional. Esto es, no lo repudio por irracionalidad mía, sino porque me parece la encarnación izquierdista, infantil (diría Lenin) de un peligroso fenómeno: el populismo.

Leí con atención el manual de política decente de su segundo: Juan Carlos Monedero. Lo leí con interés y sin prevenciones. Se me cayó de las manos: tiene mucha literatura, prosa sonajero (que diría Juan Marsé) e imágenes poéticas para lanzar su discurso. Tiene una perniciosa influencia del lirismo chavista (de Hugo Chávez) y tiene en fin una idea confusa en la que se mezclan las experiencias con las expectativas, la realidad con el deseo.

Pablo Iglesias es un síntoma. Los partidos tradicionales tienen aparatos de movimiento mineral. Eso, al margen de los frecuentes años de corrupción que padecen, sobrellevan u ocultan. Es decir, su evolución se cuenta por siglos o más. Se atienen a lo conocido, se aferran a lo experimentado aunque los resultados mengüen la influencia del partido. Creo que la situación de Europa es de emergencia. Los populismos de distinto signo se imponen, los radicalismos que amenazan con romper ese entramado burgués y previsible que es la Unión Europea, también

Esto no es nada bueno. El fin de lo conocido no nos lleva necesariamente a la victoria final ni a nada por el estilo. Cuando una política corrupta y un régimen tóxico son reemplazados por algo nuevo, imprevisto, con interpelaciones directas al pueblo, entonces es altamente probable que reaparezca un demagogo.

 

 

Félix Vidal. Perdonen las molestias

En los últimos años, amplios sectores de la sociedad española se han sentido huérfanos de representación política. Se ha venido generando un importante espacio vacío, un agujero negro político podríamos decir. Con la crisis, este espacio se ha ido agrandando, alcanzando a sectores cada vez más amplios y diversos de la sociedad. Es lo que ahora se llama transversalidad. Pero esto no sólo ocurre en España, el fenómeno se repite con diferentes gradaciones en el resto de Europa.

Este sentimiento de orfandad política produce una deriva, una desconfianza casi total en las instituciones y en los representantes que las ocupan, con la tendencia generalizada a cuestionar la totalidad del sistema parlamentario de partidos. Llegados a este punto, el escenario se asemeja bastante al escenario de la crisis de los sistemas liberales y parlamentarios en la Europa de la década de 1930 que convivió con la gran depresión surgida del crack de 1929. Una de las respuestas políticas de aquella época fue el surgimiento de los populismos, de tan infausto recuerdo.

La crisis actual no se puede considerar una crisis más del capitalismo, al menos una parte importante de los ciudadanos perciben que se trata de algo más profundo, de un cambio brusco del paradigma social creado en la Europa de la posguerra y que, con distintas intensidades según países y zonas, pervivió desde 1945 hasta 1975 y fue perdiendo fuelle en los años posteriores, cuando las doctrinas neoliberales se fueron extendiendo por Occidente desde Estados Unidos y el Reino Unido. Este paradigma es conocido como el Estado del Bienestar y fue el resultado de un pacto entre los partidos de izquierda, principalmente los socialdemócratas, los democristianos y liberales. El acuerdo consistió en incrementar exponencialmente el gasto público en sanidad, educación, servicios sociales, pensiones e inversiones en infraestructuras. El resultado fue el mayor período de prosperidad y libertad que ha conocido Europa en toda su historia y en una mejora espectacular del bienestar y de las condiciones de vida de las clases trabajadoras.

La Constitución española de 1978, aprobada tras la muerte del general Franco, consagra un modelo de Estado social y democrático de Derecho, coincidente con los modelos más avanzados imperantes en aquel momento en Europa. En concreto, el texto constitucional establece como objetivos prioritarios de la acción del gobierno: la consecución del pleno empleo, el carácter social de todo tipo de propiedad y la competencia del Estado para intervenir aquellas empresas o sectores de la economía nacional de carácter estratégico. Los elementos más progresistas de nuestra Carta Magna no han sido desarrollados, o lo han sido de forma insuficiente, entre otras causas por la inexistencia de un sistema fiscal progresivo y eficaz que garantice la financiación de las políticas públicas.

La crisis económica comenzada en 2008 ha actuado como catalizador precipitando la crisis política que se venía larvando desde hacía años. Como decía antes, la desafección política generó un gran vacío político. Los partidos que históricamente representaban a las clases trabajadoras, en concreto el PSOE, asumieron la mayor parte de los postulados neoliberales. Y la política, como la naturaleza, tiene horror al vacío, antes o después, más pronto que tarde el vacío tiende a llenarse, alguien llega y lo llena.

Y en eso… llegó Podemos, movilizando a amplios sectores de la ciudadanía que habían vivido un poco al margen de la política, al menos de forma activa. En las primeras asambleas a las que acudí, era curioso observar el amplio espectro de edades y condición social de los asistentes: la mayoría de mediana edad (40-55 años), muchos abuelos y abuelas, pocos muy jóvenes, predominaba la clase media “culta”. No sería aventurado inferir que la procedencia ideológica de una gran parte se situaba en el centro-izquierda.

Su líder, Pablo Iglesias, un profesor universitario de Ciencias Políticas, en la treintena y con un brillante expediente académico. Lo de la edad no es una cuestión baladí. ¿Por qué? Porque pertenece a la primera generación, en toda la historia de España, que ha nacido, crecido y se ha educado en un sistema democrático. Es una cuestión a tener muy en cuenta. Estaremos atentos a los resultados.

El discurso, transversal, como se dice ahora, no es “ni derechas ni de izquierdas”, lo cual es bueno y no tan bueno. Permite aglutinar a un amplio sector de la población en torno a un programa concreto, con los consiguientes réditos electorales, al menos a corto plazo, pero siembra de dudas la perdurabilidad del proyecto a largo plazo y la cohesión interna de la organización. Las líneas generales del programa son fáciles de asumir, coinciden con los postulados básicos de la socialdemocracia europea hasta los años de la década de 1980.

Ya sabemos que las nuevas generaciones no comparten, como nosotros, los componentes ideológicos clásicos y que el marco de referentes políticos no es el mismo, pero las raíces están ahí y todavía conviviremos con ellas algún tiempo. No conviene perder de vista del todo los orígenes. Recientemente, Javier Marías publicó un artículo interesante en El País Semanal sobre el adanismo en la política y en la sociedad española que merece la pena leer y sobre el que reflexionar.

La respuesta de la llamada casta, concepto amplio pero no por eso menos real, ante la irrupción de Podemos, ha sido virulenta, utilizando todo tipo de mentiras, calumnias, medias verdades y descalificaciones  personales. Un ejemplo paradigmático de este fenómeno ha sido el caso de Juan Carlos Monedero, dirigente de la formación. Monedero ha sido acusado, linchado públicamente diría yo, por el hecho de facturar servicios profesionales de consultoría a través de una sociedad mercantil, en vez de hacerlo como persona física, algo poco ejemplar pero totalmente legal. Este instrumento fiscal es utilizado de forma generalizada en España por numerosos profesionales (y por algunos ex presidentes) sin que nadie se haya echado las manos a la cabeza.

El señor Monedero ha dado explicaciones públicas, presentado facturas  y también ha presentado una declaración complementaria para regularizar la presunta irregularidad. Desde el punto de vista fiscal y legal, no parece que exista irregularidad alguna o, si existe, debe tratarse de una cuestión menor. En cualquier caso, lo que si se debería aclarar de forma más convincente es el tipo de trabajos realizados. Sí, ya sé que en este caso el nivel de exigencia es muy alto, comparativamente, pero si queremos dar lecciones de honestidad y transparencia a la casta hay que predicar con el ejemplo. Pero de eso, a considerar el caso Monedero como el gran caso de corrupción de la democracia, como algunos nos quieren hacer creer, va un trecho.

Llueven las dudas y acusaciones sobre presuntas financiaciones procedentes del gobierno de Venezuela que convendría despejar de forma convincente. Dicho esto, también se deberían dar algunos explicaciones sobre las relaciones comerciales del actual gobierno (y de los anteriores) con el gobierno venezolano, al que le han suministrado hasta fechas muy recientes diverso material militar y antidisturbios.

Si se me permites un atrevido ejercicio de imaginación, me atrevo a afirmar que Podemos podría convertirse en la UCD del siglo XXI. Partiendo de la base de su composición heterogénea, de su transversalidad y de su vocación de integrar distintas sensibilidades de muy diversa procedencia en torno a un programa común. Si esto fuera así, el proyecto político tendría fecha de caducidad, una vez cumplidos sus objetivos, desaparecería (o se fragmentaría) de la escena política, víctima de sus amenazas internas y externas. Habría cumplido una misión histórica y ya nada sería igual.

Pablo Iglesias… ¿el Adolfo Suárez de 2015?


Share Button

Adquiere nuestros libros impresos con un 5% de descuento, gastos de envío gratis y la versión ebook de regalo. Solo tienes que visitar la tienda online de Punto de Vista Editores e ingresar el código de cupón PDV-04001


Participa en la discusión

  • (no será publicado)