La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando (1501-1502)

Por . 6 abril, 2015 en Edad Moderna
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La Academia Dominicana de la Historia ha editado La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando, 1501-1502, un libro del historiador Esteban Mira Caballos del que a continuación publicamos sus conclusiones.

 

La flota de Nicolás de Ovando pretendía asentar de una vez por todas las bases de una colonización estable y próspera al otro lado del océano. Evidentemente, nunca hasta entonces se había concebido ni, por supuesto, despachado una escuadra de tales dimensiones con destino al Nuevo Mundo. Tan sólo la del segundo viaje colombino guardaba ciertas similitudes, pero cualitativas no cuantitativas. El objetivo de ambas fue la colonización, aunque el número de barcos, el tonelaje y la cifra de pasajeros fuesen sensiblemente superiores en la jornada de 1502.

Por ello, esta escuadra supuso un antes y un después en la colonización española del Nuevo Mundo. Atrás quedaba la fracasada factoría colombina, comenzando desde este justo instante una nueva etapa caracterizada por el deseo de consolidar definitivamente el poblamiento. No en vano, viajaban todo tipo de funcionarios reales, artesanos, profesionales liberales, etcétera. Más exactamente encontramos entre los alistados a oficiales reales, médicos, boticarios, artilleros, carpinteros, aserradores, albañiles, vidrieros, barreros, caleros y, por supuesto, agricultores -todos ellos casados- para nutrir el poblamiento indiano. Asimismo, viajaban un número indeterminado de familias, lo cual respondía a las necesidades de la nueva política de colonización.

Unos años después se aprestaron, primero, la flota de Diego Colón y, luego, la de Pedrarias Dávila a Castilla del Oro, y ambas siguieron el mismo patrón organizativo de la escuadra ovandina. De hecho, Carmen Mena ha destacado los paralelismos entre ambas armadas: el mismo tipo de navíos -naos y carabelas-, la implicación real, el nombramiento de una burocracia estatal o la fecha de partida en febrero con una diferencia de trece días entre una y otra. Para colmo, el azar quiso que a las dos le sorprendiera una tormenta en el trayecto a las Canarias, siendo mínimos los daños en ambos casos. Ahora bien, también hubo diferencias, en el número de barcos que fue mayor -aunque el tonelaje debió ser similar- y, sobre todo, en el grado de participación de la iniciativa privada. Ambas fueron organizadas por las autoridades reales, en el caso de la ovandina por un factor, dado que no existía aún la Casa de la Contratación, y en el caso de la de Pedrarias por los oficiales de este último organismo. Sin embargo, mientras que en la armada de Ovando los barcos aprestados por la Corona fueron poco más de la tercera parte, en la de Pedrarias fueron prácticamente todos. Y ello a pesar de que el número de asalariados, según disposición regia, no podía superar los dos centenares.

Las cosas no fueron fáciles en los primeros momentos, pues, de hecho, en los meses inmediatamente posteriores a la arribada pereció, de hambre y enfermedades, casi la mitad de la expedición. Sin embargo, la política pobladora de Ovando no tardó en dar sus frutos. Para la metrópoli, el gobierno indiano de Nicolás de Ovando no pudo ser más satisfactorio pues encontró una isla al borde la ruina y dejó tras sí una colonia consolidada que sirvió de referente para toda la colonización española en Ultramar. Durante su gobierno se consolidó un modelo de organización, centralizado en Santo Domingo, que sirvió de referente para toda la colonización española de Ultramar. No en vano, fue durante su administración cuando se fundaron los primeros hospitales, se diseñó el primer urbanismo y se asentaron los fundamentos de un nuevo orden económico y social que, con muy pocas variantes, pasó luego a todo el continente americano. En los ocho años que estuvo al frente de la gobernación de las Indias no sólo impuso definitivamente la autoridad real en la isla sino que expandió las exploraciones a otras islas del entorno. Por tanto, su logro fue doble: primero, porque despejó todas las dudas sobre la rentabilidad de los nuevos territorios incorporados a la Corona de Castilla. Y segundo, porque creó un sistema colonial que mutatis mutandis tuvo una vigencia de más de tres siglos en la América hispana. En 1509, llegó a La Española el segundo almirante, Diego Colón, para sustituirlo al frente de la administración de la isla. En general la despedida fue lamentada por una mayoría de españoles. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo citaba el hecho con las siguientes palabras:

 

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“Se dijo muy público que le había pesado al Rey por le haber removido del cargo, porque acá le echaron luego (de) menos y le lloraban muchos. Y si no se muriera desde a poco tiempo después que de acá fue, se creía que el Rey le tornara a enviar a esta tierra…

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El comendador mayor zarpó de Santo Domingo el 17 de septiembre de 1509 en una flota que iba a las órdenes de Hernando Colón. Casi dos meses después, y concretamente en noviembre de ese mismo año, arribó al puerto de Lisboa. Desde la capital lusa escribió al Rey a la par que emprendía el viaje hacia la corte. Atrás dejaba una colonización próspera y una isla en pleno apogeo minero.

Bien es cierto que también hubo perdedores; para los pobres taínos, la llegada del comendador mayor supuso la aniquilación de toda esperanza de supervivencia. Su éxito como poblador y colonizador tuvo un altísimo e irreversible coste: la rápida aniquilación de la población aborigen que, en poco más de dos décadas, entró prácticamente en vías de extinción. Y ello más bien debido a las enfermedades, a la extenuación laboral y a la desnutrición que a las guerras. Asimismo, hubo otros daños que apenas han sido analizados hasta la fecha: comenzó un proceso de alteración ecológica, producido por la introducción de animales y plantas de la vieja Europa. Ello provocó la extinción de numerosas especies vegetales y animales autóctonas. Las talas indiscriminadas de las décadas posteriores, para alimentar las calderas de los ingenios, hicieron el resto. A finales de los años veinte, la catástrofe ecológica estaba prácticamente consumada.

Dicho esto, conviene también recordar que el extremeño fue un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Además, cumplía órdenes estrictas y muy claras: debía someter cualquier insurgencia y dar viabilidad a la colonia. Era un soldado de la reina, un hombre leal que sabía bien que su único objetivo debía ser cumplir con lo que se esperaba de él, a cualquier precio. ¿Qué otra cosa podía hacer?, ¿debía perder la guerra?, ¿debía fracasar en sus objetivos y dar por perdida la colonia?, ¿debía defraudar a los Reyes Católicos? Pues no; se comportó como un fiel e incorruptible servidor de los intereses de la Corona y de la Iglesia. En el servicio de la Reina y de Dios empleó todas sus energías. Un pensamiento y una forma de actuar que resultan más o menos éticos si lo contextualizamos en la época que le tocó vivir.

De regreso en la Península, Ovando sobrevivió un par de años, sin disfrutar de un verdadero reconocimiento por parte de la Corona, que no supo compensarle en la medida de lo que había recibido de él. Retornó a la sede de la encomienda mayor de su orden, hasta que, un tiempo después, concretamente el 26 de febrero de 1511, fue llamado por Fernando el Católico para que le acompañase en una expedición contra los bereberes del norte de África. La intención última era que la orden alcantarina fundase un convento suyo en Bujía. La expedición no se llegó a realizar y el Rey aprovechó la estancia en Sevilla de varios miembros de la cúpula rectora de la orden para celebrar capítulo general. Éste se inició el 8 de mayo de 1511, y el día 29 del mismo mes y año Ovando moría inesperadamente en tales actos. Su cuerpo fue trasladado al Monasterio de San Benito de Alcántara, donde inicialmente fue inhumado en una modesta sepultura. Unas décadas después se labraría un majestuoso sepulcro en alabastro, por el escultor Pedro de Ibarra, donde actualmente reposan sus restos.


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Esteban Mira Caballos, natural de Carmona, es doctor en Historia de América por la Universidad de Sevilla, miembro correspondiente extranjero de la Academia Dominicana de la Historia (2004) y del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas (2013). Ejerció de becario de Formación de Personal Investigador de la Junta de Andalucía (1991-1995) y fue, asimismo, profesor visitante en el Instituto de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (1994). Ha sido galardonado con varios premios, como el de la Fundación Xavier de Salas, el de la Obra Pía de los Pizarro y el José María Pérez de Herrasti y Narváez. En el año 2008 fue finalista del premio Algaba de investigación histórica. Tiene en su haber una veintena de libros y más de un centenar de artículos y ponencias, la mayor parte referidas al descubrimiento y la conquista de América. Actualmente trabaja en un estudio sobre Francisco Pizarro y la conquista del incario para la Fundación Pizarro.

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