La Niña Bonita o el ideal republicano

Por . 14 abril, 2015 en Siglos XIX y XX
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La Niña Bonita o el ideal republicano forma parte del capitulario en el libro que Ignacio Merino está escribiendo en la actualidad sobre una visión de España a través de los símbolos.

Según sus propias palabras, “la obra está siendo el trabajo más complicado y difícil que he hecho hasta ahora, pero también uno de los más apasionantes”.

A partir de una idea del editor de Ariel (Grupo Planeta) que quería una Historia de España en torno a símbolos significativos, emprendió una tarea de investigación y reflexión creativa que le hizo ir ajustando el enfoque y reescribir lo comenzado. A través de símbolos como el octógono tartésico, la racionalidad latina, la orden del Toisón, el Escorial y otros sesenta más, la identidad española despliega sus numerosas capas.

El capítulo de la Niña Bonita alude al entusiasmo pacífico que suscitaron la Primera y Segunda Repúblicas. Se trata de la versión larga, pues el que aparezca finalmente en el libro no tendrás más de cinco o seis páginas, mientras que aquí supera las 20.

El título del libro aún no es seguro porque se barajan varias propuestas. Lo que sí parece claro es que el subtítulo será Una historia simbólica de España.

 

 

La Niña Bonita o el ideal republicano

 

“Sólo un pueblo idealista como el español podía ser capaz de dar un nombre tan romántico a una idea política de ruptura”. Esto me decía un historiador escocés amigo cuando repasábamos, durante una tarde otoñal madrileña, los fracasos del Siglo Diecinueve español. Yo le contaba cómo a mediados de la década de los 60 del XIX —con la nación abotargada entre corrupción, desidia y desgobierno— los demócratas habían puesto su esperanza de vida pública digna en la proclamación de una República representativa. En 1868, esta aspiración regeneracionista había ganado tanto terreno que se hizo mayoritaria. Había que poner fin a la arbitrariedad del reinado de la inefable Isabelona y la represión galopante del Gobierno de Narváez, que había alcanzado la prensa y el ámbito universitario.

Se trataba de lograr las aspiraciones de la Modernidad, pasar de ser súbditos a ciudadanos y convertir a éstos en sujetos de pleno derecho y libertades garantizadas con representación real en el parlamento de la nación. Estados Unidos había abierto el camino y poco después los virreinatos hispanoamericanos se organizaron en repúblicas en pos de estos ideales. Los propios liberales españoles reunidos en Cádiz en 1810 quisieron lo mismo: un sistema basado en la soberanía del pueblo, la autoridad del parlamento y la ley universal de una Constitución igualitaria. El problema fue entonces que se mantuvieron fieles al Trono —aunque en ese momento se encontraba vacío— y en su lucha contra los serviles y tradicionalistas perdieron y fueron engañados, pues cuando volvió el monarca se apoyó en éstos para su gobierno autócrata y represor. Hubo que empezar de nuevo y el Trienio Liberal (1820-1823) fue una buena prueba de ello, pero de nuevo las fuerzas reaccionarias –ésta vez de Europa, encabezadas por los Cien Mil Hijos de San Luis franceses— aniquilaron los logros democráticos. Los años 30, 40 y 50 fueron un tira y afloja, la dramatización del conflicto entre demócratas y autoritarios, por mucho que los partidarios de la reina Isabel se llamaran liberales frente a los tradicionalistas del pretendiente Don Carlos, su tío, pues entre ellos quedaba una buena representación del Viejo Orden.

La crisis de los 60 agudizó la situación. Los republicanos y demócratas no veían otro camino que el final de un régimen monárquico entregado a la oligarquía egoísta, la nobleza más rancia y los favoritos de turno de la voluble Isabel. Los regeneracionistas, los krausistas y los federales republicanos predicaban –como podían– la buena nueva de un tiempo mejor. Y vistieron de tanta virtud a su idea, le pusieron tanto idealismo, que la matrona severa que representaba a la nación se transformó en la mente de aquellos caballeros en una doncella pletórica de atributos: lozanía, equidad, fuerza arrolladora, promesa total de futuro y hasta belleza. La llegada de la República se había convertido en la parusía de un tiempo liberador, la venida de una especie de mesías femenino concebido por la voluntad regeneradora de una nación. Y como la mentalidad de aquellos hombres era galante y sentimental, no desprovista tampoco de sensualidad pues a fin de cuentas no dejaban de ser latinos, le pusieron a su Dulcinea el tierno nombre de Niña Bonita, mostrando así sus rasgos inherentes de esperanza, gracia y fecundidad.

 

Llevábamos ya más de dos horas, mi amigo escocés y yo, sumergidos en la vistosa procesión del siglo XIX y así llegamos al Sexenio Democrático (1868-1874), aquellos fabulosos seis años que siguieron al destronamiento de Isabel II en los que el desfile histórico se hizo, épico, glorioso, incluso heroico, porque como en los tiempos de la Atenas ciudadana la búsqueda en la esfera pública se dirigía de nuevo hacia la verdad de las aspiraciones humanas (como en las Cortes de Cádiz) y anhelaba el bien común, aunque esta vez con mayores garantías de libertad política e igualdad democrática.

A los heraldos del progreso –el urbanismo, la higiene, el telégrafo, la navegación a vapor, el ferrocarril– le seguía una orquesta ruidosa formada por la prensa libre; detrás, seguían los ídolos con sus empenachados guardianes: la Libertad, la Democracia, la Justicia, la Igualdad, la Beneficencia: tronos de diosas paganas que gran parte de la ciudadanía defendía y adoraba, aunque no toda, pues en parejo cortejo aparecían inmediatamente el Trono absolutista, el Altar inquisitorial o el Militarismo, tres sacros poderes que excluían cualquier rival, dispuestos a reprimir y masacrar cualquier disidencia; como colofón a estos pasos penitenciales se hacían presentes los intereses creados, las autoridades revestidas de su impunidad, los verdugos y sus sayones, las individualidades venales, los ladrones arrepentidos y sin arrepentir que nunca faltan, los duros de corazón desconfiados y escépticos, los criminales y la gente sin escrúpulos que con los rostros velados por caperuzas de anonimato arrastraban sus dolores crónicos en la procesión patria tiñendo de pesimismo cualquier intento de regeneración, inmisericordes, al acecho de veleidades modernas que amenazaran con la mediocridad de su existencia: la dolorosa y endémica Corrupción, el Despilfarro coronado de espinas, la cruz de la Ignorancia, la preciosísima sangre del cainismo flagrante.

En España el siglo XIX amaneció levantisco, cierto.

Era natural, los vientos de la Historia alentaban ecos de revolución democrática no sólo a través de los Pirineos sino desde el otro lado del Atlántico. Los Estados Unidos de Norteamérica habían proclamado los derechos individuales (aunque no las practicaran con la población negra), la libertad política (dentro de un orden) y la democracia representativa (pero bajo el mando de un caudillo presidencial con funciones de monarca); era más que suficiente para que los demócratas de toda Iberoamérica reclamaran su turno. Los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad –lema masónico que adoptaron con enorme éxito los jacobinos parisinos– alimentaron desde Buenos Aires a la Nueva España la esperanza de un tiempo mejor.

La quincena que inauguró el Ochocientos hispano hizo suyas tales aspiraciones. Aquellos fueron años convulsos que hundieron la monarquía y pusieron a la nación entera en pie de guerra contra los franceses invasores; una etapa heroica en la que España quedó sola ante sí misma, con el trono vacío y sin gobierno, hasta organizarse en juntas locales y regionales que dependían de la Central. Yo llamaba a todo ese proceso –como sigo haciéndolo– “la Revolución Española” y mi amigo británico, gran conocedor del tema, estaba de acuerdo con la denominación e incluso la adoptó entusiasta, pues lo que aquí se conoce como Guerra de Independencia y en Reino Unido como Guerra Peninsular no hace justicia al verdadero proceso político que en realidad se vivió. Ambos estábamos de acuerdo en que el país se organizó de manera espontánea contra la injerencia imperial de manera similar a como lo hicieron en otra ocasión histórica las ciudades castellanas durante la revuelta de los comuneros contra Carlos V. Pero esta vez había sido no sólo Castilla sino la nación entera, desde Gerona a Cádiz, La Coruña o Madrid.

El empeño por la libertad dio como resultado una nueva experiencia en la convivencia pública; había que respetarse, la Inquisición fue abolida. La tolerancia de un pueblo más maduro alcanzó el ámbito político, donde se reflejó en la aparición de distintas visiones o ideologías incipientes; el deseo de un mayor grado de democracia empapó la vida pública de una nación que sentía su propia dignidad y se levantaba unida contra quien llegaba a hipotecarla. Sólo quienes veían en Napoleón el camino de la modernización del país, aceptaron sus manejos para apoderarse del Trono; los afrancesados aceptaron a su hermano, el designado rey José, convencidos de que el nuevo monarca significaba la evolución a un gobierno más responsable y volcado a las verdaderas necesidades del Pueblo y la Nación. Fueron ellos quienes ocuparon los puestos gubernamentales apoyados por una incipiente masonería liberal que se había liberado de la prohibición borbónica, hasta entonces sumisa a las directrices condenatorias del Vaticano.

Pero no fueron sólo francmasones idealistas quienes, como sus pares norteamericanos o franceses, creían que la práctica de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad era la solución para liberar al pueblo sometido e ignorante; también hubo ciudadanos no adscritos a ninguna corriente de pensamiento aunque herederos de la mentalidad ilustrada que lo creyeron, Francisco de Goya entre ellos. La gran mayoría, sin embargo, repudiaba la tutela imperial de los Bonaparte y no tuvo dudas en hacer frente al amo de Europa mediante las armas y una organización ejemplar, lo que motivó que aquellos afrancesados que en principio resultaban los más progresistas y modernos, tuvieran que exiliarse durante las sucesivas derrotas del rey José por anti-patriotas y entreguistas.

La espectacular derrota del ejército napoleónico en junio de 1808, cerca de Bailén, tuvo que haber dado alas al pueblo que había vencido de forma tan brillante a la potencia napoleónica que estremecía a Europa. Pero no fue así. En noviembre, el propio Napoleón entró en la Península dispuesto a plantar sus águilas en Madrid y esta vez el pueblo no reaccionó. Entretenido en los lagares por la vendimia reciente, cociendo el pan con la siega de agosto, preparando la matanza del cerdo, bostezó en su siesta de siglos y se dejó maniatar. Hacía sólo cinco meses que pareció que España rompía al fin sus seculares cadenas y se convertía en una nación despierta y responsable. Sólo había sido un espejismo, una prueba más de la fuerza inaudita de los intrépidos celtíberos que tanto admiró Catón. La nación, tras un lavado integral que la dejó como nueva en mayo-junio, había vuelto a su desidia, sus harapos, la lacra de una ignorancia letal que se escondía tras las burlas hacia sus semejantes y la indiferencia entreguista de una población escéptica, vuelta hacia sí misma en sus pequeñas miserias.

La consecuencia no se hizo esperar. El impulso de libertad, independencia y gobierno representativo cruzó el Atlántico e impregnó las sociedades criollas de la América hispana. Mientras tanto en Cádiz, emporio de la resistencia y sede de la Regencia que gobernaba en nombre de Fernando VII, comenzaron a reunirse los políticos, los pensadores, los románticos liberales y poetas que soñaban con una patria renovada, justa y responsable. El ideal se mantuvo durante los dos años en que fraguó una Constitución liberal que salió mutilada por la labor de zapa de los serviles y la omnipresencia –con afán normativo– de representantes de la Iglesia Católica.

También en el ámbito liberal gaditano esos años se formó entonces la Logia Lautaro (el nombre es un homenaje simbólico al caudillo mapuche Lautaro, que hizo frente a los conquistadores españoles del siglo XVI en lo que hoy es Chile), filial de la que se había formado en Londres y que reunió a criollos y españoles en el ideal republicano. Como los representantes americanos no se sentían suficientemente representados en la nueva constitución, a pesar del enorme avance de ser los virreinatos considerados como provincias en pie de igualdad con el resto de las Españas, la mecha de la rebelión no tardó en prender. Cuando las ideas políticas de los lautaros llegaron definitivamente a América, prendieron con fuerza. Las juntas locales dejaron de mirar a España y se concentraron en los límites que había ido creando la Corona para organizar su propio gobierno. Entonces comenzó el proceso de emancipación. De Nueva España a las Provincias Unidas, en Venezuela, Nueva Granada o Perú, resonaron los tambores de una nueva era.

En la Madre Patria, la vieja, agotada y descreída España, la reacción ganaba adeptos. Aumentaba la cola lastimera de nostálgicos del Antiguo Régimen y no porque echaran de menos las fiestas y el boato de la Corte, eso era lo de menos; lo que añoraban de verdad era el poder piramidal y el conformismo, el usted se calla y a aguantar, los dogmas y el autoritarismo ramplón que lo fiaba todo al poder absoluto de un monarca al que Dios respaldaba, aunque fuera un rey perjuro, lerdo y siniestro que traicionó y mintió a quien lo había respaldado con heroica lealtad los mientras forjaba las caenas por las que clamaba la masa alienada. El triunfo de la alianza con los tronos archicatólicos y ultraconservadores de Austria y Francia, la Santa Alianza, en 1823 destruyó la última oportunidad de instaurar la monarquía constitucional. Y así, en los cuarenta años siguientes moderados y conservadores se turnaban en el poder según soplara el viento del enfrentamiento bélico entre liberales y carlistas. Isabel II, la reina niña, se convirtió en una autócrata hedonista hipotecada a la voluntad de sus generales y amantes. La Gloriosa Revolución del 68 acabó con ella y su sistema de favores y prebendas. Ante España se abría otro capítulo de posibilidades, el segundo del siglo.

 

Al amigo escocés y a mí nos gustaba este buscarse de los españoles entre los pliegues del siglo. Nos parecía que la epopeya de España en el XIX no era tanto una lucha política partidista o de ambiciones, como sucedía en Gran Bretaña, sino algo similar a lo que ocurrió en Francia con la III República (1870) o el sentimiento de Italia en el Risorgimento durante la misma época. Nos apasionaba la autenticidad del momento. Y éste era el verdadero hilo –lo auténtico, el esfuerzo por lograrlo en la vida pública– del que tirábamos aquella tarde tendida entre los susurros de un café decimonónico junto a la plaza madrileña del Dos de Mayo, pues ambos estábamos de acuerdo en que la Historia se hace a golpe de empeños y superando continuos infortunios, pues no existe un camino trazado e inexorable ni hay un guion determinado.

 

 

La “Niña Bonita”

¡Qué expresión tan sugestiva!

No es difícil adivinar los sentimientos que impulsan este símbolo cargado de esperanza, tan pletórico de inocencia como exuberante de cariño protector. Que un nombre así se dé a la República dice mucho de la sana espontaneidad de una parte de la nación o de su cara más idealista. En España este rasgo sin embargo convive, cuando ha sido posible, con la ferocidad fratricida, el ataque sistemático al que piensa de otra manera aunque sea el hermano. Son las dos caras en la paradoja de lo español, la tensión que ha trenzado siglos de Historia y ha propiciado también una fama de cainita a España que, aunque merecida, tampoco es exclusiva de la Piel de Toro pues ahí tenemos, sin ir más lejos, a la vecina Francia con su matanza en la Noche de San Bartolomé o los años de Terror jacobino. No es privativo de una nación, ciertamente, el dualismo enfrentado a muerte, incluso en la ‘democrática’ Norteamérica durante la Guerra de Secesión. Tal vez lo que ocurre en España –como en ciertos países eslavos– es que ambos polos son más extremos y acusados, más dispuestos a la aniquilación mutua; y eso es lo que resalta su carácter peculiar.

 

Pero sigamos con nuestra Niña Bonita, metáfora de anhelos y bondades.

Esta figura de la República es tanto una aspiración de justicia y libertad, plasmada con acierto, como un símbolo que nace de los arquetipos del Inconsciente Colectivo, pues contiene ecos de la iconografía griega y romana y significa por tanto el resultado de un proceso de sublimación cultural cuya imagen última representa el estado ideal de la convivencia cívica.

A veces los grandes símbolos surgen de lo más sencillo como la necesidad de expresar un deseo profundo de una comunidad cultural. Representan el acabado final, el envasado real y figurativo al que se amolda el sueño colectivo de una generación o grupo social. Así, por ejemplo, fue adoptado el himno de los marselleses por los revolucionarios de toda Francia.

Nacida como desideratum político, ‘La Niña Bonita’ es uno de esos hallazgos del metalenguaje que se alzó a categoría de símbolo cuando se hizo realidad el deseo de aquellos humanistas que nutrieron las filas del regeneracionismo, el liberalismo democrático, el laicismo del espacio público, la Institución Libre de Enseñanza, el krausismo, los progresistas y federalistas republicanos. Desencantados con los partidos dinásticos y la arbitrariedad del trono isabelino al que se sumaban las calamidades de Fernando VII y Carlos IV, aquellos caballeros barbados y bienintencionados ya habían dibujado en su imaginación la tersa vestal que habría de sustituir a la matrona envilecida de la patria.

 

Raíz antigua

El símbolo de esta vestal significaba en realidad una idealización tardorromántica de la matrona que había encarnado a la nación surgida de la revolución de 1808, durante toda la centuria. Era de signo femenino, al igual que muchos conceptos grecorromanos virtuosos como la Prudencia o aspiraciones cívicas que engloban Justicia, Libertad y hasta Felicidad. Aquí, entre estas últimas, es donde encajaba la idea de la República como estructura ideal de la vida en comunidad, como conjunto de expectativas comunes a un grupo humano unido por lazos culturales, geográficos e históricos.

Cuando la idea se hizo carne, es decir cuando se plasmó en papel, fue representada como una mujer joven; así se diferenciaba significativamente de la imagen de matrona de la que se había apropiado la Monarquía.

Veamos cómo evolucionó esta imagen.

Al igual que Galia, Britania o Germania, Hispania recibió su nombre femenino de la República romana y así la representó la iconografía numismática republicana, como puede verse en esta moneda romana del siglo I antes de nuestra era.

Acuñada por la familia Postumia en el año 81 a.C., está dedicada al ancestro de su gens Lucius Postumius Albinus, pretor en el año 180 a.C. y enviado a Hispania como gobernador, donde destacó por sus victorias contra lusitanos y vacceos. El anverso es una cabeza que se supone femenina, joven y natural, sin los elaborados peinados de las matronas romanas. La leyenda Hispan, más que una abreviatura de Hispania como se ha interpretado, parece que es la primitiva transcripción fonética al latín de la voz fenicia ishpan que designaba la Península como ‘Tierra Remota’, ya que los romanos tomaron de los cartagineses el nombre. También es importante que la representación aluda a Hispania como concepto totalizador geográfico y político, un territorio que sumaba las provincias Citerior y Ulterior como meras demarcaciones administrativas e integraba las demarcaciones que se estaban formando sobre un sustrato más étnico y estratégico como Bética, Lusitania, Cartaginense, Gallaecia y Tarraconense.

Durante el Imperio romano, la imagen evolucionó a matrona sedente, a veces con corona mural que lleva en la mano derecha espigas, amapolas o —con mayor frecuencia— una rama de olivo, emblemas de la fertilidad del país y rasgos característicos de la iconografía de Ceres. Con esta personificación, junto a la leyenda HISPANIA, se acuñaron áureos, denarios y bronces bajo los reinados de Galba, Vespasiano, Trajano, Adriano y Antonino Pío.

Denario de Adriano.

Ni los visigodos, ni tampoco los musulmanes naturalmente, hicieron suya la imagen femenina para representar el país que ocuparon e hicieron suyo el tiempo que el destino les dio. Cuando en la Alta Edad Media surge la heráldica, los símbolos representan dominios o linajes. La primera imagen de la España refundada y moderna, tras la monarquía de Leovigildo, es el escudo de los Reyes Católicos que reúne los cuarteles de Castilla y Aragón, además de los de Sicilia, con el águila de San Juan abrazando el nuevo emblema. Fernando el Católico añadirá las cadenas de Navarra, Carlos I el águila bicéfala imperial junto a los cuarteles de sus territorios europeos de mayor impronta heráldica y Felipe II, el escudo de Portugal.

Cada monarca posterior tendrá su escudo, rodeado del Toisón de Oro, y éstos serán sucesivamente la imagen neta de las Españas como conjunto de reinos, hasta que a comienzos del siglo XIX la iconografía asume la idea de Nación y la representa como una figura femenina sentada sobre un ámbito geográfico delimitado por los Pirineos y el Peñón de Gibraltar. El trono en que sienta, la corona, el Toisón o la Flor de Lis, son atributos regios que corresponden a la monarquía titular, pero la nación ya no es un territorio patrimonio del monarca que puede enajenar o regalar como dote, sino que forman una unidad inalienable cuya soberanía, no siempre admitida, corresponde al pueblo.

Ya lo dijo el guerrillero Juan Martín el Empecinado cuando, en 1810, fue ascendido a brigadier (general) del ejército patriota que luchaba contra los franceses: “Yo no lucho por políticos fanáticos ni por frailes hijos de la superstición y la ignorancia; tampoco por los grandes señores, soberbios, haraganes y despóticos. Peleo para que mi nación sea independiente y recobre sus derechos”. No hacía mención al rey porque en su leal inocencia apoyaba al Deseado, creyendo que traería el buen gobierno liberal; su “empecinada” confianza, sin embargo, le valió la soledad, el descalabro, la saña persecutoria del absolutismo fernandino, la degradante prisión en Roa y la horca en 1825.

Sí. Con la revolución que supuso el vacío del trono en 1808 nació el sentimiento de patria entre los españoles; el levantamiento contra la injerencia napoleónica y la organización en juntas hizo cristalizar el concepto de nación como esfuerzo y cobijo común, superando así la idea del Antiguo Régimen aristocrático-feudal basada en el poder absoluto del monarca-propietario y los privilegios de los grandes linajes.

A finales de los años 60 del siglo XIX, el ánimo se había decantado hacia fórmulas políticas más representativas y democráticas que abolieran por completo los odiosos privilegios.

Algo debía hacerse.

El toque a rebato lo dio en Cádiz el almirante Topete, miembro de la Unión Liberal de Serrano, entonces en la oposición. La represión de los últimos gobiernos moderados de Narváez y González Bravo espoleó la frustración general hasta dar paso a una actitud de franca ruptura. La crisis económica de 1866 había acentuado el descontento de la población, tanto entre la oligarquía que perdía dinero a raudales como en las clases medias y en los obreros que veían decrecer, o desaparecer, sus ingresos. La muerte de Narváez en la primavera de 1868 descabezó el Partido Moderado, que había acaparado el poder.

Se impusieron los unionistas y comenzó el Sexenio Democrático (1868-1874), seis años de notable audacia política y cambios drásticos en los que se quiso establecer un sistema político basado en los principios del liberalismo democrático y los intereses de las clases medias. Fue proclamado por primera vez el sufragio universal, aunque sólo masculino, para mayores de 25 años con independencia de su renta, superando así el sufragio censitario basado en la riqueza. Lo más importante fue la aprobación de la Constitución de 1869 que reconocía amplios derechos y garantías jurídicas individuales junto a la libertad de expresión, cátedra, difusión, reunión y asociación.

También se llama al Sexenio revolucionario por la agitación social que sacudió el país: aparecieron de nuevo juntas revolucionarias locales, surgió el cantonalismo, la Guerra Carlista persistía y en Cuba comenzó el movimiento de emancipación. Fue igualmente la época en que nació el movimiento obrero, que reunía las aspiraciones del comunismo proletario y el ideario anarquista.

Aunque el período fue breve, conviene distinguir sus cinco etapas, pues son políticamente distintas:

1-Revolución Gloriosa (septiembre 1868) y Gobierno Provisional de Serrano (1868-1869) con la elección de Cortes Constituyentes que adoptan la forma monárquica de Estado.

2-Constitución de 1869 y Regencia de Serrano (1869-1870).

3-Nueva dinastía: Amadeo I de Saboya (enero de 1871-febrero de 1873).

4-Primera República (febrero de 1873-enero de 1874).

5-Dictadura de Serrano (enero de 1874-diciembre de 1874).

 

Entre las reformas económicas de la Regencia de Serrano, de inspiración librecambista, destacó la implantación de la peseta como unidad monetaria.

 

La peseta: un nuevo símbolo

La primera peseta mantiene la imagen de la monarquía: la matrona sedente, no en vano el general Serrano, que había sido favorito de Isabel II, jugó con la idea de hacerse proclamar rey y en todo caso había asumido el papel de regente. La alegoría es similar a una acuñación de Hispania de la época de Adriano, con corona mural como referencia al reino difuminado que se le suponía a España. A las rocas pirenaicas en que se apoya el brazo se ha añadido el Peñón de Gibraltar como límite meridional simbólico de todo el territorio.

La siguiente acuñación en oro, como figura erecta, es una recreación algo posterior que no llegó a emitirse, tal vez una corrección para indicar la ruptura con el trono borbónico en la propaganda estatal. En cualquier caso, indica la nueva actitud del Sexenio: la nación en pie como alegoría de la nueva España emprendedora. En ambos casos tiene en la mano una rama de olivo como símbolo de una paz que todo el mundo deseaba.

 

 

 

Cambio de imagen

La representación decimonónica de la nación se había consolidado con la matrona que tiene un escudo a sus pies y un león a su lado que simbolizaba el genio del pueblo y así lo asumió la nueva monarquía de Amadeo de Saboya. Pero cuando en febrero del 73 abdica el decepcionado monarca y se instaura la República, la noción de “niña bonita” se ha instalado ya en el imaginario popular. No se trataba, claro está, de una niña como representación del país, sino de algo más sofisticado. Es entonces cuando surge la efigie de una joven idealizada, portadora de los atributos de libertad, justicia, igualdad y victoria, rodeada de símbolos. La hizo pública un audaz semanario ilustrado de Barcelona llamado La Flaca, a modo de triunfal saludo, cuando las Cortes españolas proclamaron la Primera República el 11 de febrero de 1873.

La revista La Flaca era un semanario de tendencia liberal, anticarlista, republicana y federal, con un marcado matiz satírico desde su origen, pues quería hacer la competencia a La Gorda madrileña. Había nacido en marzo de 1869, fruto de la libertad de prensa auspiciada por el Sexenio, y fue muy conocida por sus atrevidas caricaturas que no dejaban títere con cabeza. Su propio nombre aludía al estado de postración, pobreza y abatimiento de la nación. 

Lo curioso es que se trataba de una revista cuyas ilustraciones solían ser caricaturas extremadamente crueles, incluso groseras, aunque dibujadas de forma exquisita. Esta imagen de la joven República fue la única apolínea; las demás, en la azarosa existencia de la revista, tenían por lo general carácter dionisiaco, burlón, deforme y exagerado.

El autor del precioso dibujo fue el dibujante catalán Tomás Padró Pedret (quien firma con las iniciales de su seudónimo AW en la parte derecha inferior). La imagen tuvo un éxito fulminante; contenía un abigarrado universo de todo lo que representaba la República para sus más acérrimos defensores.

Se trata de una alegoría majestuosa, de carácter emblemático, que sostiene con su brazo derecho la balanza de la justicia y con el izquierdo la tabla de las Leyes con el anagrama de la República Federal (demasiado parecido al de la República Francesa). Aparece ataviada con una toga roja, en homenaje a las masas trabajadoras y un gorro frigio, símbolo asociado a la igualdad desde el mitraísmo (al héroe mesiánico Mitra, siempre se le representa con él).

En la columna en la que se apoya la Ley están grabadas las palabras Libertad, Igualdad y Fraternidad, consigna masónica que los revolucionarios franceses tomaron como lema del nuevo Estado republicano. El pecho descubierto se relaciona con la imagen nutricia femenina, que alimenta a los hijos de la patria. Las alas son símbolo de la victoria material y la corona, del triunfo intelectual o ideológico. La balanza, además de justicia, simboliza igualdad, principio fundamental del nuevo sistema político.

La alegoría cuenta con un elemento curioso que causó una polémica involuntaria. Se trata del gallo, símbolo del despertar a una nueva era, un emblema de vigilancia y combatividad que ya había empleado la República Francesa y sirvió a los monárquicos recalcitrantes españoles para hacer el chiste grosero y fácil de que la República “era más puta que las gallinas”.

Sobre el pedestal en el que se alza aparecen distintos elementos que, a la manera de la iconografía emblemática del Barroco, hacen referencia a los ámbitos en los que va a desarrollarse el triunfo de la República y, por tanto, el progreso de la nación. A la izquierda de la imagen destacan el caduceo de Mercurio y varios mástiles de barcos en referencia a la importancia del comercio, junto con otros símbolos relacionados con las artes, las letras y las ciencias, como un globo terráqueo, un libro, un busto escultórico, una paleta de pintor y ¡gran novedad! una cámara fotográfica. A la derecha, un haz de cereal con una hoz, en homenaje al trabajo, verduras, frutos y una colmena alusivos a la agricultura.

Los símbolos que arropan los pies de la figura están en primer plano. Al fondo, un paisaje alegórico completa el mensaje: un labrador arando el campo con sus bueyes, chimeneas industriales, la bocana de un puerto con faro que señala la importancia de la navegación y un poste de telégrafo como elemento innovador.

 

La II República

La imagen de España como La Niña Bonita alcanzó tanto éxito que fue reeditada muchos años después como emblema de la Segunda República, en 1931. En aquella ocasión se sintetizó el mensaje, aligerando el aparato iconográfico e introduciendo pequeñas variantes como la bandera tricolor o el león (que sustituyó al gallo para evitar el chiste). Paradójicamente, tanto el morado de la bandera como el león son símbolos asociados a la monarquía española desde antiguo, pero para eludir la confusión, la propaganda republicana procuró dotarlos de un nuevo significado acorde con su ideario, interpretando el morado con el color utilizado por los Comuneros de Castilla y el león como símbolo de la soberanía del pueblo español, o la ley suprema de la Constitución.

Los símbolos, sin embargo, son a menudo dinámicos. Pueden evolucionar con el correr del tiempo, las modas, la psicología y las necesidades o circunstancias humanas y en este viaje pueden llegar a convertirse en algo muy distinto a lo que fueron. Así vemos que lo que fue sueño regeneracionista y federal fenece abruptamente con el suicidio de la Primera República, pero el símbolo permanece, a veces oculto o disfrazado porque la cultura dominante no lo tolera. De esta manera, La Niña Bonita atraviesa la llanura de la Restauración e incluso retoma un significado que pudo tener en el ámbito ultracatólico del pasado, como demuestra la zarzuela de este nombre escrita por el hijo de Larra.

Durante los años 10 del siglo XX, La Niña Bonita parece tan lejana e inalcanzable como las musas que adornan los diseños modernistas y la pintura prerrafaelita. En los años 20 vive en París, exiliada, como Unamuno, Marañón y tantos otros que la nutren con sus deseos hasta hacerla de nuevo real. En 1930 quien va a París a consumir su sueño político entre amargas decepciones es el general Primo de Rivera, que ha intentado “meter al país en cintura” pero sólo ha cosechado fracaso, oposición y dar la puntilla a la monarquía alfonsina.

Hasta que llega al alba de 1931 y vuelve a nombrar el sueño acariciado de cualquier persona honesta: la República democrática, pacífica, justa e igualitaria. Luego, ya sabemos, el sueño se truncó enseguida entre las hogueras de mayo y los tirones de los ávidos extremos.

La jornada del 12 de abril de 1931 dio un vuelco a la situación política. Las candidaturas republicanas fueron muy votadas y el rey se sintió desautorizado. Su mensaje del mismo día suspendía el ejercicio de la corona mientras él tomaba el camino del exilio. El día 15, España amaneció republicana.

Aquel día, la España de los ideales sobrios sin orgía de sangre se despertó republicana sin que mediara una cruenta revolución ni los patíbulos ocuparan las plazas públicas. El mundo quedó sorprendido y entusiasmado; los titulares de los diarios lo resaltaban en primera página por todo el planeta.

En un hotel de México, un hombre con lentes antiguos y perfil de águila se dispone a desayunar mientras espera al ministro de Exteriores de aquel país. Sobre la mesa le aguardan, doblados y dispuestos, varios periódicos. Se sienta mientras observa que la gente lo mira descaradamente y hace comentarios, pero como es una figura pública y acaba de dar una conferencia con mucho éxito, cree que se trata de la servidumbre de la fama y, sin hacer caso, con el desdén de un dandi intelectual, se sirve café y abre el primer diario. De pronto no puede casi ni sostener la taza. En la portada, una noticia increíble grita a cinco columnas el notición del día: en su patria española se ha proclamado la República sin derramar una gota de sangre. Se le emborrona la vista por la emoción. Salvador de Madariaga se limpia con un pañuelo las comisuras de los ojos, dirige la mirada al público del salón y ve que muchos lo señalan mientras sonríen. Con mano temblorosa coge el vaso de naranjada, se pone en pie y brinda a la concurrencia, mientras todos, incluidos los camareros, prorrumpen en un estruendo de aplausos y vivas a España.

 

 

Más tarde escribiría: “España, en aquellos primeros días esplendorosos de la República, estaba rebosante de alegría espontánea, como la de la naturaleza en primavera. La revolución había sido tan limpia, tan sin tacha, tan pura de todos esos excesos que con demasiada frecuencia empañan los momentos dramáticos de la historia humana, tan libre de toda intervención militar, tan clara expresión de una opinión pública sin asomo de violencia, que la primera emoción que su triunfo causó en el pecho de los republicanos fue una ufana alegría. España había demostrado al mundo cómo una de las monarquías seculares de Europa podía caer a golpe del hacha mental de la democracia sin que se rompiera en todo el país ni tan sólo un cristal. Bien había merecido la República, por su llegada sonriente y apacible, el nombre que sus fieles conspiradores le daban cariñosamente durante todo el siglo XIX: La Niña Bonita”.

 

Este texto, de 1942, obra de aquel gigante humano llamado Madariaga, es de su celebrado libro España. Ensayo de Historia Contemporánea, publicado en su día por Espasa-Calpe. Pero la expresión “La Niña Bonita” la repitió una y otra vez en las numerosas entrevistas que concedió aquel día de abril del 31 y en una declaración a Radio España de Madrid que hizo fortuna e inmediatamente se propagó por todo el país. Gustaba aquella locución alegre y castiza, casi olvidada, que parecía tan adecuada para encarnar a la musa de la esperanza republicana. Como la Marianne de los franceses, traía ilusión y frescura.

Cinco años más tarde, en julio del 36, la joven musa republicana era una pobre meretriz enferma, zarandeada por los chulos del patio que se la disputaban como si fuera de su propiedad. En tres años su lozanía se trocó en ajado rostro por la guerra siniestra y el patetismo de la supervivencia. Ya no era un sueño pacífico de libertad y progreso sino el instrumento para llevar a cabo la revolución comunista o anarquista. Atrás quedaba la república de profesores que pretendía el desarrollo de la nación más allá de sus lacras seculares. En marzo del 39, víctima exangüe de los hijos que había alumbrado, fue encerrada en la lóbrega mazmorra del olvido y la represión por quien la defendió en el 34. El general Franco impuso a su recuerdo el silencio de los cementerios, pero durante la amnesia inducida del franquismo La Niña Bonita hibernó en la memoria de los castizos, que la redujeron a un guarismo, un número inocente que parecía no querer decir nada cuando en realidad se refería a un acontecimiento silenciado. El nombre se agarró así al último salvavidas: la inocencia del juego.

Para muchos españoles la niña bonita es hoy el número 15 que se canta en el bingo.


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He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados. He colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas. Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

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