Ojo de pez. Observaciones de Michel Foucault

Por . 27 abril, 2015 en Siglos XIX y XX
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“Yo diría que la crítica es el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder y al poder acerca de sus discurso de verdad; la crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, de la indocilidad reflexiva”.
Michel Foucault, ¿Qué es la crítica?, 1978

 

1. Las páginas más aterradoras que recuerdo, las más pavorosas, no pertenecen a una novela gótica o a un relato gore, sino a un ensayo. Es probable, en efecto, que los pasajes más espeluznantes que haya podido leer, los más terroríficos, no procedan de la ficción, sino de una obra filosófica.

Creemos que sólo las novelas son capaces de erizarnos los cabellos, de acelerar nuestro pulso, pero no es necesariamente así. Un poema puede abatirnos, por supuesto, pero también la prosa de un pensador puede sobrecogernos. Creemos que sólo la historia de miedo puede acobardarnos, que sólo el cuento de miedo puede angustiarnos. No tiene por qué ocurrir de ese modo. Cierta prosa filosófica también nos lastima hondamente: los efectos que provoca asustan.

¿Acaso me refiero a Friedrich Nietzsche? Las páginas de Nietzsche suelen procurarnos alegría y vértigo, el producto de la gaya ciencia: un tónico muy saludable del que no hay que abusar, un reconstituyente que se administra el individuo que se sabe solo y arrojado al mundo. Un yo inestable y descarriado, que se define en cada instante de la vida, que se constituye en cada acto que realiza, no tiene guías que lo orienten o asideros que le den firmeza o fijeza: obra o piensa sin mayores recursos, tanteando, acarreando su propio fardo, cargando con sus faltas o sus deserciones.

Perderse a sí mismo. Si uno se ha encontrado a sí mismo, debe saber perderse de vez en cuando y luego volverse a encontrar…”, decía Nietzsche en El caminante y su sombra (1879). En esta obra, el filósofo alemán comienza ya a expresarse como “espíritu libre”, como un ser que se desembaraza de las pertenencias y de las esclavitudes morales, como un individuo que justamente no teme perderse. Todo son amenazas, incluso él mismo o su sombra. “Ésta es aún la hora de los individuos“, dice hacia el final de dicha obra. Tiene prisa por afirmarse. Todavía es joven pero el mundo puede acabarse ya, en este mismo instante. Entre glaciares y lagos suizos Nietzsche anota. Está solo. O eso cree. Nietzsche no nos aterroriza: nos estimula con su energía o nos apena cuando lo vemos caer en Turín, ya demente, con ese empeño infecundo, con esa vida arrebatada, por decirlo con Franz Overbeck.

Las páginas de Michel Foucault, que fue un filósofo de inspiración nietzscheana, son de otra índole: generalmente nos hielan o nos mortifican o nos desconciertan, produciéndonos alguna congoja, ciertos malestares inespecíficos. ¿Es una simple metáfora? En absoluto. Al releerlo, al revisarlo, no busco ya el hilo conductor, el objeto analizado y finalmente aclarado o sistemáticamente liquidado; busco, por el contrario, el impacto accidental de su prosa, esa sacudida que aún te provocan la narración, la exposición y la erudición: lo que dice, cuándo lo dice y cómo lo dice.

Foucault se inspira en numerosos referentes de la tradición filosófica (de Kant a Nietzsche, entre otros pensadores) y de ellos pueden hallarse restos u homenajes en sus páginas: reconoce deudas y ensaya, conduciéndose como un seguidor díscolo. Como un rebelde creciente que desnuda los apriorismos, los universales que nos constituyen y que pensábamos naturales, evidentes o eternos. No se trata de que lo leamos para familiarizarnos con su lenguaje creándonos una jerga filosófica, pura filología de expertos. De lo que se trata es de rastrear una prosa que desvela.

“En lugar de insistir en estos diferentes vocablos [prácticas discursivas, episteme, dispositivo, etcétera], más vale atenerse a lo principal”, dice el historiador Paul Veyne en Foucault. Pensamiento y vida, una semblanza publicada originariamente en 2008.

¿Y qué es lo principal? Pues que “pensamos las cosas relativas al hombre a través de las ideas generales que creemos adecuadas, cuando nada humano es adecuado, racional ni universal”.

Pero Foucault no es sólo el debelador de lo obvio, de lo presuntamente obvio, de los universales: de la Ilustración. Es también un académico poderoso que afirma su condición respetable, que busca su consagración institucional, cosa que logra en 1970, en el Collège de France. Su lección de ingreso, El orden del discurso, es un ejemplo: evoca a Jean Hyppolite para seguir la tradición, para homenajear a su predecesor; pero sobre todo declara la soberanía del discurso.

Hablamos con un repertorio de referencias que no hemos creado; escribimos una prosa de la que no somos dueños; producimos frases de las que no somos autores. El discurso sobrepasa al hablante, va más allá de su voluntad consciente. Qué paradoja: quien sostiene eso hace un ejercicio de consciencia; quien nos habla de la cárcel del lenguaje y del poderío del discurso anónimo, de los automatismos culturales que se nos imponen, hace a la vez un autoexamen para subrayarse, afirmarse, enunciarse. No podemos acceder a la cosa en sí, sólo a su fenómeno, a su discurso, algo mudable y de complejidad variable.

Michel Foucault atenta expresamente contra la claridad filosófica (la clarté cartesiana), haciendo suyo el hermetismo lingüístico y cierto esoterismo verbal. ¿Por qué razón? Porque la expresión del yo inestable, impreciso, inconstante −que él constata− no se consuma en una prosa disciplinada y ya ordenada. Los hechos están ahí, pero sólo su conversión en discurso, que siempre amputa y ordena artificialmente, puede captarlos.

Michel Foucault escribe triunfalmente en los años sesenta y setenta, con reconocimiento creciente, provocando el rechazo y admiración de los académicos. “Sociológicamente hablando, Foucault era al principio un profesor que no tardó en hacerse famoso gracias al éxito de sus libros”, reconoce Paul Veyne. Pero, como añade, “era universitariamente inclasificable”, con el propósito y las formas de quien rebasa ciertas fronteras.

Foucault escribe, en efecto: como un autor que crea prosa irrepetible y muy imitada, dueño del significante ambiguo, connotativo, inevitablemente arbitrario. Escribe, según acabó admitiendo, para cambiarse a sí mismo, para no seguir pensando lo mismo que antes. Y escribe con la ironía y el patetismo de quien sabe que nunca se asentará sobre roca firme: lo real es simplemente inaprensible.

Cita aquí y allá a Jorge Luis Borges, sus quimeras y sus paradojas lógicas: justamente las que permiten ponernos en aprietos. Borges no pertenece a la tradición filosófica: convocarlo es hacer explícita su lección. Sólo vemos lo que la cultura nos deja ver. No es posible leer por primera vez, con la ingenuidad del que empieza. Somos seres saturados y herederos de prácticas que nos ahorman, que constituyen nuestra subjetividad. No es posible leer con orden, con la inocencia entera del devenir. De hecho cuando leemos releemos textos que aparentemente clasifican y fijan lo real. ¿Cómo hemos de tomarnos esa conclusión? Con ironía y con orgullo, quizá con soberbia luciferina. ¿Para qué atenerse a esta apariencia de orden que pronto se fracturará?

Pero Foucault no es un revolucionario constante y severo: también es un hedonista impenitente o un respetable académico que horada y disuelve lo que él mismo clasifica y fija. Foucault busca y centra un objeto de conocimiento, como haría todo profesor disciplinado. Pero en sus páginas siempre hay subtextos implícitos y consecuencias que van más allá de lo estudiado o de lo previsto, efectos imprevistos, lecturas de segundo o tercer grado. Siempre hay una voluntad de expresión literaria, entendida como lucha: la lucha contra el discurso de lo obvio, el combate contra el enunciado que subrepticiamente se nos impone. ¿Por parte de quién?

Los discursos, los enunciados, no pertenecen a nadie en concreto: son como el aire que respiramos, algo que tomamos sin preguntarnos. Michel Foucault se pregunta contra el aire que respira y, por ello, se interroga sobre la expresión que puede captar lo real. Sabe que no hay un sentido que todo lo aclare, como tampoco hay un hilo conductor que ate de principio a fin.

 

 

2. Soy historiador de formación y de profesión y me veo escribiendo de un filósofo, de un pensador de gran influencia, de repercusión creciente, a pesar…, a pesar de que murió en 1984. ¿Qué escribo?, me pregunto. ¿Un Michel Foucault para historiadores? ¿Enumero los objetos que Foucault trató y cartografió?, por decirlo con Gilles Deleuze. ¿La locura, la ciencia, la cárcel, la sexualidad, la subjetivación?

No me gusta la erudición sistemática y minuciosa, la documentación exhaustiva que practican los señores de la exactitud. Los señores de la exactitud, ése era el reproche que Foucault dedicaba a los historiadores obsesionados con la exhumación de todos los datos. Prefiero ahora el tanteo, al modo de lo que hacía el propio Foucault.

Por un lado, el filósofo se dejaba llevar al archivo, se dejaba llevar por la atracción del archivo, por decirlo con Arlette Farge: como si de un auténtico historiador se tratara. Por otro, más que el número de los documentos, le interesaba el documento, esa materialización imprevista del discurso, ese acontecimiento raro, que es un enigma para quien lo lee. Hay que descubrir en cada contexto el enunciado o el discurso anómalos, una formulación que rompe esa circunstancia, que provoca la extrañeza.

Además, a la hora de escribir un ensayo sobre Foucault, no podemos aspirar a tener todas las referencias leídas. La repercusión de este filósofo no deja de aumentar y su incidencia es paradójica, como el crecimiento de una patología o de un contagio. Se me permitirán estas analogías, que habrían sido tan del gusto de Foucault.

Si echamos un vistazo a Internet, la multiplicación es abrumadora: las alertas de Google que llegan a mi gmail con “Michel Foucault” entrecomillado son frecuentísimas, numerosísimas. De todas las partes del mundo vienen referencias y advertencias.

Foucault sigue vivo como filósofo influyente. Lo citan sus colegas norteamericanos o franceses, australianos o daneses, pero también los sociólogos, los arquitectos, los psicólogos, los semiólogos. Hasta los historiadores, que tanto lo admiraron y de quien tanto recelaron, según detalla André Burguière. ¿Por qué razón? Por la naturaleza de sus escritos, por la forma en que expresaba sus ideas, por la libertad con que trataba objetos y disciplinas.

Lo que dijo puede ser leído como propio de una época y de un contexto. Eso es lo que le reprochó Jean-Paul Sartre, cuando se refería a él diciendo que sus escritos tenían éxito porque daba al público de los sesenta lo que sus destinatarios esperaban: un guisote estructuralista sabiamente cocinado en aquel libro de Foucault que fue Las palabras y las cosas. Pero no es cierto.

Foucault sobrepasó esa circunstancia francesa, que tan bien retrata François Dosse en su Historia del estructuralismo. Esa corriente decaía a partir de su cenit: la publicación en 1966 de Las palabras y las cosas marcó el punto álgido de la influencia estructuralista, pero Foucault remontaba la moda y la circunstancia. En los años setenta seguirá publicando obras decisivas, desmintiendo los vaticinios de su crisis, negando su condición de estructuralista de primera fila.

Uno de esos textos cautivó a numerosos historiadores, desazonándonos hasta extremos indecibles. Me refiero a Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1976). En mi caso, además, me lastimó en fecha temprana, a comienzos de los ochenta, cuando preparaba mi tesis doctoral: cuando yo sólo era un joven licenciado. Si me permito esta confesión personal es porque mi caso no es único: por lo que parece, es bastante común entre quienes llegaron a Foucault entre finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Lo dice Paul Veyne con absoluta rotundidad en su evocación.

Leemos en Foucault. Pensamiento y vida: “Y sin embargo, podemos imaginar a un joven historiador que poseyera el fuego sagrado gracias a la lectura de un libro de Foucault; de Vigilar y castigar, por ejemplo…” Podemos imaginarlo, en efecto.

 

Y añade Veyne: “Cuando éramos estudiantes, a principios de la década de 1950, leíamos con pasión a Marc Bloch, a Lucien Febvre, a Marcel Mauss también, y escuchábamos lo que decía Jacques Le Goff, apenas unos años mayor que nosotros. Soñábamos con escribir algún día la historia tal y como la escribían ellos. Hoy, sueño con jóvenes historiadores que sueñen con escribir como Foucault”.

 

Cuando éramos jóvenes historiadores leíamos a Foucault, en efecto, pero no creíamos haber poseído el fuego sagrado gracias a su lectura. Todo fue más modesto: a algunos nos conmocionó, nos sedujo su libertad enunciativa, nos persuadió su escritura propiamente narrativa, la conversión de los objetos históricos más insólitos en grave materia filosófica.

Y la lectura de Foucault nos llevó a releer o a leer por primera vez a quienes eran los maestros de la historiografía: para comprobar qué tenían de común o, incluso, para verificar –a la manera de Jorge Luis Borges– si eran predecesores imprevistos del filósofo, ese pensador convertido en archivista o en arqueólogo de los discursos. O en cartógrafo.

Ahora, tantos años después, regresamos una y otra vez a sus obras para releer páginas bellas e irritantes, su sintaxis precisa, esa prosa erudita y poética: ¿esa “escritura demasiado bella para ser verdadera”?, según dictaminara Jean Baudrillard.

Foucault escribió algunos de los textos más dotados y provocadores que el pensamiento contemporáneo ha producido. Provocadores… porque nos incomodaban, porque nos obligaban a salir de nuestras percepciones habituales, porque nos helaban con sus análisis duros. Como insiste Paul Veyne cuando recuerda al amigo, su sintaxis fría no era mera expresión de relativismo, no era mera oscuridad verbal ni era heideggerianismo impostado, según sostienen algunos. Era descriptiva, frecuentemente narrativa: la prosa de alguien que se pensó como un archivero, como un recopilador de documentos del pasado, como un erudito que busca textos aparentemente inertes e irrelevantes a los que vivifica con imaginación filosófica, con la subjetividad de lector atento, inteligente, arbitrario.

Foucault escribió, en efecto, sobre la ciencia, sobre la locura, sobre las cárceles, sobre la clínica, sobre la sexualidad, tomando esos asuntos como objetos desmontables y documentables. No son certidumbres incontrovertibles: sólo son aprioris sobre los que no nos interrogamos, presuntas evidencias que tomamos como normales, cuando en realidad son construcciones históricas con fecha. Ahí está su radicalismo más fructífero, aquel que lo hermana con la Ilustración, según indica Josep A. Bermúdez.

Las prisiones, por ejemplo, son un fenómeno de larga duración, pero con desiguales funciones: son recintos de caución o de punición, pero en todo caso son lugares en los que la aplicación de la pena privativa de libertad sólo es un hecho reciente, algo que se impone y se extiende con el primer liberalismo, justo cuando los códigos penales simplifican y unifican los castigos.

Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión es un volumen solemne, de gran pompa: tanto por lo que trata como por la forma en que lo aborda. Es un libro documentado y de composición efectista: parece la obra de un historiador y, de hecho, es la investigación foucaultiana que más influyó entre los historiadores, según nos recuerda Burguière. Consulta fuentes del pasado para trazar el proceso de constitución de la cárcel contemporánea, que es la contraparte de las Constituciones liberales.

Pero, en realidad, la preocupación de Foucault no es hacer investigación histórica propiamente dicha. Es otra bien distinta. Y diferente es su subtexto: mostrar la sociedad de hoy como un espacio disciplinario en el que se nos vigila constantemente, un lugar que nos asfixia y en el que se nos somete a todo tipo de observaciones y observancias. “Si algo político de conjunto está en juego en torno a la prisión, no es pues, si será correctora o no”, admite al final de Vigilar y castigar. “El problema actualmente está más bien en el gran aumento de importancia de estos dispositivos de normalización y toda la extensión de los efectos de poder que suponen”, concluye.

Lamentablemente creo que no erró en su conjetura. Foucault toma la cárcel del siglo XIX, la cárcel en la que se impone la pena privativa de libertad, como una metáfora de la sociedad disciplinaria que vendrá: como un espacio en el que el poder es una relación de fuerza. Es, pues, algo concreto sobre el que se erige el símbolo de nuestra dominación. Habría, dice Foucault, una analogía funcional y arquitectónica entre la prisión, la fábrica, la escuela, etcétera: lugares en los que unos pocos han de vigilar a una multitud observada y controlada, pero a la vez espacios en los que todos están sujetos entre sí: el carcelero y los internos.

 

 

3. Las páginas más intimidatorias que he leído según mencionaba al principio están en esta obra de Foucault y son, precisamente, las que sirven de pórtico a Vigilar y castigar. Las reproduzco ahora porque no admiten paráfrasis ni comentario; no permiten resumen ni glosa. De abreviarlas, amputaríamos el efecto y empeoraríamos su magnífica impresión. En ellas se relata con minucia y pormenor el suplicio a que fue sometido un regicida de la Francia del Setecientos: Robert François Damiens. Para castigar, pero también para ejemplarizar, la maquinaria de la monarquía absoluta se puso en marcha.

En un escenario público, bien visible, el verdugo sometió al reo a todo tipo de torturas, magullando su cuerpo hasta extremos indecibles. No se trataba de ajusticiarlo rápidamente, evitándole así el suplemento punitivo del dolor. De lo que se trataba era de mantenerlo con vida para que el sufrimiento fuera largo, insoportable. De cara a la galería, si el penado moría velozmente eso significaba que el verdugo había hecho mal su trabajo o que Dios aliviaba al desgraciado. A Damiens, la muerte le sobrevino después de atarle cada miembro de su cuerpo a las colas de unos caballos. Azotadas las bestias, el cuerpo queda descuartizado, sangrante. ¿Para qué presentaba Foucault este cuadro de repugnante desolación? Es una estampa de gran efectismo, de singular impresión:

 

Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano”; después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.

“Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette dAmsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas…”

 

Al presentar así las cosas, Foucault se comporta como un espectador que asiste impertérrito a la representación del suplicio. Lo muestra de ese modo para que nos produzca pasmo, estupefacción; para que nos repugnen las prácticas de nuestros antepasados en el Siglo de las Luces y a la vez para que veamos la normalidad de esos hechos, que son el suelo sobre el luego se levanta la punición penal: más humanitaria… “La sugerencia tácita que Foucault les hace a los sociólogos y a los historiadores”, dice Paul Veyne, “es llevar lo más lejos posible el análisis de las formaciones históricas o sociales, hasta dejar al desnudo su singular extrañeza”.

Veyne emplea una metáfora muy gráfica para describir la observación foucaultiana, que en realidad debería ser la forma particular de toda observación histórica. “Mientras piensa, está fuera de la pecera y contempla a los peces que nadan dando vueltas en redondo, Pero, como hay que vivir, se encuentra dentro del recipiente, al ser también un pez”. En cada momento histórico, los individuos está confinados en discursos que los constituyen, en palabras que les son prestadas: “como en peceras falsamente transparentes”, repite Veyne, los contemporáneos “ignoran qué peceras son ésas e incluso que haya pecera. Las falsas generalidades y el discurso varían a través de los tiempos”.

Ahora, eso sí: en cada uno de esos momentos el discurso constitutivo pasa por verdadero. ¿Qué hacer, pues? ¿Aceptar resignadamente el relativismo de nuestras percepciones siempre guiadas y circunstanciales? Lo que se propone Foucault no es, sin más, celebrar la imposibilidad de acceder a la verdad. Lo que propone es averiguar y analizar qué cosa sea verdad en cada momento, pues la historia no sería más que ese vasto cementerio de verdades ya inertes. O, en otros términos, dice Veyne: “los discursos son como gafas a través de las cuales, en cada época, los hombres han percibido las cosas, han pensado y han actuado”. O, en otro apartado: “en automóvil, el homo viator conduce de noche, no puede ver más allá del alcance de los faros y, además, a menudo no distingue hasta dónde llega este alcance y no ve que no ve”.

¿Gafas, faros, peceras? En realidad, estas analogías de que se vale el historiador Paul Veyne nos sirven para entender la formulación principal de Foucault: la observación significativa, el discurso con sentido, es la principal coerción o tarea que se impone a los individuos en todo tiempo. El discurso es nuestra anteojera o nuestra percepción contextual, lo que hacemos y pensamos con automatismo, incluso sin saberlo.

Para ver mejor hay que salir de la propia época: desplazarse a otro momento con el fin de observar cómo obraban y cómo dispensaban sentido quienes nos precedieron. Distinguiremos cosas que para nosotros o para los antepasados no son evidentes. Apreciaremos una singularidad o un acontecimiento que destacan precisamente por su rareza, por su dislocación. En el asombro o en la excepción está enunciada la normalidad de los hechos; también, la clarividencia del observador, ese que mira como un pez: con gran ángulo y máxima distorsión.

 

Referencias citadas

Baudrillard, Jean: Olvidar a Foucault. Valencia, Pre-Textos, 1994.

 

Bermúdez, Josep Antoni: Foucault: un il.lustrat radical? Valencia, Universitat de València, 2003.

 

Buguière, André: La escuela de los Annales. Valencia, PUV, 2009.

 

Deleuze, Gilles: Foucault. Barcelona, Paidós, 1987.

 

Dosse, François: Historia del estructuralismo. Madrid, Akal, 2004.

 

Farge, Arlette: La atracción del archivo. Valencia, Alfons el Magnànim, 1991.

 

Foucault, Michel: Las palabras y las cosas. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968.

El orden del discurso. Bareclona, Tusquets, 1973.

Vigilar y castigar. Madrid, Siglo XXI, 1978.

Nietzsche, la genealogía, la historia. Valencia, Pre-Textos, 1988.

-“¿Qué es la crítica?”, en Sobre la Ilustración. Madrid, Tecnos, 2003.

 

Nietzsche, Friedrich: El caminante y su sombra. Madrid, Gredos, 2009.

 

Overbeck, Franz: La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche. Madrid, Errata naturae, 2009

 

Serna, Justo: Trabajo, disciplina y corrección. Valencia, Universitat de València, Tesis doctoral, 1986.

 

Veyne, Paul: Foucault. Pensamiento y vida. Barcelona, Paidós, 2009.

 

 

Este artículo tuvo una primera versión en 2011 en la revista Debats.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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