Suplantación de identidad: que no soy yo, que soy otro

Por . 20 abril, 2015 en Mundo actual
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“Sosias: ¿No soy yo Sosias, el esclavo de Anfitrión? […] ¿No hablo? ¿No estoy despierto? […] ¿Por qué sigo dudando, pues? […] Pues si yo no soy Sosias, ¿quién es el hombre que vive en mí?”

Anfitrión y el Otro, Juan Ramón Barat

La suplantación de identidad (el phishing de hoy) es una situación muy recurrente en la mitología, en la griega o la india por ejemplo. Dioses (sobre todo), héroes y hombres ocupan cientos de relatos mitológicos con sus “avatares” y/o suplantaciones de identidad. Plauto ya nos hablaba de ello en su obra Anfitrión, cuando Zeus se hace pasar por Anfitrión, y Mercurio por su criado. Y desde entonces conocemos que un “Sosias” puede a veces aparecer en nuestro lugar, como un “doble” cinematográfico, o el “Hombre Duplicado” de Saramago, o un “alter ego” al estilo del capitán Simonini de Umberto Eco, o como una especie de voz de la conciencia, al igual que Augusto, el personaje de Niebla, la nivola de Unamuno, aunque ese no fuera, exactamente, un suplantador de identidad.

 

Algunas suplantaciones de la Edad Contemporánea

La historia también cuenta con sorprendentes y “coloristas” intentos de suplantaciones de identidad, como fue el caso de Mary Baker (1791-1864), quien llegó en 1817 a la ciudad inglesa de Bristol, haciéndose pasar por una aristocrática y exótica princesa de Caraboo; o Cassie L. Chadwich (1857-1907), nacida Elizabeth Bigley, una estafadora profesional de origen canadiense, que se hizo pasar por la hija ilegítima y heredera del magnate norteamericano del acero Andrew Carnegie (1835-1919); o una de las más conocidas historias de suplantación de identidad, la de Anna Anderson (1896-1984, nacida Franziska Schanzkowska) que entre los años 1920 y 1923, se hizo pasar por la tristemente famosa Anastasia, la hija menor del último zar del Imperio Ruso, Nicolás II, asesinada junto a su familia en julio de 1918 y cuyos cadáveres no fueron hallados hasta fechas recientes. El misterio en torno a la joven princesa alentó la idea de su supervivencia y muchos fueron los intentos de suplantar su identidad, aunque el que más llegó a trascender fue el de esta mujer de origen polaco.

 

El sebastianismo y tal

Pero una de las más apasionantes historias de suplantación de identidad fue pergeñada en los fogones de una pastelería escondida en el pueblo castellano de Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila, en la España del siglo XVI. Allí vivió el huérfano Gabriel de Espinosa (fallecido en 1596), toledano en origen, quien llegó a componer la suplantación de identidad, nada menos, que del desaparecido rey Sebastián I de Portugal. Su suerte acabó siendo nefasta, pues tras descubrirse “el pastel”, Gabriel de Espinosa fue apresado por el alcalde de la Chancillería de Valladolid, Rodrigo de Santillana, juzgado y condenado a ser “arrastrado y a muerte natural de horca y descuartizado, su cabeza puesta en un palo en el puesto más público de aquel lugar, siendo llevado con pregoneros por todas las calles públicas”. Condena que se llevó a cabo el 1 de agosto de 1595: “Quien tal hace que así lo pague”.

Este incidente fue recreado en varias obras literarias, la primera de las cuales, del siglo XVII, es El Pastelero de Madrigal, atribuida, quizá erróneamente a Jerónimo de Cuéllar, muy reeditada en el siglo XVIII e inspiradora de las posteriores, las del romanticismo decimonónico, que son las más conocidas: Ni Rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; Traidor, inconfeso y mártir (1849), de José Zorrilla; o El cocinero de Su Majestad, también llamada El Pastelero de Madrigal (1862), obra de Manuel Fernández y González.

Espinosa confesó que en su interés por estafar a dos religiosos, Sor Ana de Austria y Fray Miguel, un portugués que conocía al Rey, se inventó la suplantación de identidad con el objeto de “ser tan regalado y enriquecido de ellos, como era”. Ambos también resultaron arrestados y condenados, según consta en un proceso que se encuentra documentado en legajos en el Archivo de Simancas, donde fue calificado, incluso, de materia secreta. Todo este afán se encuadra dentro de una corriente instalada en el ánimo portugués, de mayor profundidad y alcance que esta mera anécdota luctuosa, y que se dio y se da en llamar sebastianismo.

Con la desaparición de Sebastián I, rey de Portugal, derrotado en 1578 en la batalla de Alcazarquivir (en el norte del actual Marruecos, donde fue dado por muerto y nunca más se supo de él ni de su cuerpo), el problema sucesorio que se originó en Portugal, tras el fallecimiento igualmente de su sucesor y tío-abuelo además de cardenal, Enrique I, en 1580 (lo que desembocó con la titularidad del trono para el rey español Felipe II en 1581), alimentó el “mesianismo patriótico” por el Rey “deseado” hasta el punto de que hubo más de una “reaparición” del finado Sebastián. De hecho, otros dos casos anteriores terminaron, como con Espinosa, con su muerte por impostura: “Quiera Dios que su muerte sirva de escarmiento para otros, que bien hay que escarmentar”.

 

Suplantaciones muy cercanas. Sí, el “pequeño Nicolás” también

Pues no se escarmienta. En el año 2000 un joven argentino de 22 años, Marcos Castagno, estudiante de ingeniería electrónica, se hizo pasar por el brillante ganador de un premio de la japonesa Fundación Motorola gracias a al invento de una “cafetera inteligente” que se ponía en marcha por medio de la voz y a la que había incorporado, además, una especie de sistema computerizado que orientaba a un transeúnte por la calle. Consiguiendo envolver y publicitar su mentira muy hábilmente (prensa, entrevistas en televisión y hasta una recepción con el gobernador de la provincia de Córdoba, Jose Manuel de la Sota, acompañado por el intendente de su localidad de Las Varillas, Fernando Coicet, y el diputado provincial Omar Basso) se hizo tan famoso que obtuvo una beca para ser enviado a Japón. Pero no pudo realizar el viaje ya que, aseguró, le habían robado su “invento”. Una investigación policial puso al descubierto el engaño y el muchacho acabó confesando el bulo.

No nos ha de extrañar entonces que otro joven, estudiante de CUNEF (Colegio Universitario de Estudios Financieros) y ahora mismo personaje estrella en España, Francisco Nicolás Gómez Iglesias, el “pequeño Nicolás”, acusado de falsedad documental, usurpación de identidad, estafa y, posiblemente, algún delito más, sea apuntado como paradigma del fraude y el engaño de altos vuelos con la exhibición de sus más que imposibles relaciones al más alto nivel de Estado, fruto, al parecer, de un malsano afán por suplantar (ocupaciones, cargos, o) identidades falsas.

Y seguro que no será el último.


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Soy una vallisoletana de la generación del 63 y de vocaciones tardías. Mi nombre es Pilar López Almena, pero adopté un nombre “mediático” que ahora me identifica en la red como Alma Leonor López. Me diplomé en Educación Social y ejercí como voluntaria en una ONG impartiendo charlas en colegios y asociaciones y organizando cursos sobre Educación para el Desarrollo en el Centro de Profesores y Recursos de Valladolid. No tengo nada publicado. Para no mentir del todo, un querido amigo de la Universidad de Puerto Rico tuvo a bien publicar en la revista de su Departamento un artículo mío sobre la victoria de Obama. Pero eso es todo. Y tampoco tengo nada escrito. Para no faltar de nuevo a la verdad, sólo lo que publico de vez en cuando en mi blog HELICON, un lugar de ilusión donde todo tiene cabida, y en Pa Lo Que Hemos Quedao, un proyecto divulgativo y de compromiso social de la red.

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  1. gravatar Alma Leonor Responder
    mayo 30th, 2015

    ¡Muchas Gracias por sus palabras Luis!
    Un cordial saludo.
    AlmaLeonor

  2. gravatar LUIS Responder
    mayo 29th, 2015

    Estimada licenciada Alma Leonor López: La felicito. Es usted una erudita comunicadora de los temas de la Historia y lo hace con brillantez y humor. Le agradezco por ello, pues son muy amenos.
    Un saludo muy cordial desde Lima – Perú
    Luis prina Beni