Las Guerras Pírricas

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La derrota de los samnitas situó a Roma frente a un nuevo enemigo, Tarento, la colonia dórica fundada por Esparta en el sur de la península Itálica en el año 706 a.C. Gracias a un poderoso ejército y a una flota inquebrantable, Tarento dominaba el golfo homónimo, los alrededores de Otranto y todo el territorio de Apulia.

 

La batalla de Heraclea

Las comúnmente conocidas como Guerras Pírricas fueron un conjunto de batallas y de coaliciones políticas que enfrentaron entre los años 280 y 275 a.C. a los griegos, a los romanos, a los pueblos itálicos y a los cartagineses. En realidad, no fueron sino el último amago de las ciudades de la Magna Grecia para impedir la expansión de Roma por el Mediterráneo.

A fines del siglo III a.C., Tarento era uno de los núcleos más importantes de la Magna Grecia. Sus dirigentes, los demócratas Filócrates y Enesias, se opusieron rotundamente a Roma por temor a perder la independencia como víctima del expansionismo romano.

En el contexto histórico de las Guerras Samnitas, Roma y Tarento firmaron un tratado en el año 303 a.C. que prohibía a las naves romanas navegar al este del cabo Lacinum, en las proximidades de Crotona, a cambio de la neutralidad de Tarento en los enfrentamientos entre sus dos vecinos. Este pacto impedía a la flota romana superar el golfo de Tarento para comerciar con Grecia y Oriente. En este sentido, para una facción política romana, liderada por los Fabios y otras importantes familias aristocráticas de la Campania a favor de la expansión por el sur de la península Itálica y fuera de ella, el bloqueo de los derechos de navegación era un argumento más que suficiente para iniciar el conflicto armado entre Roma y Tarento.

De esta manera, la República romana comenzó a extender su control por todo el sur de la península Itálica fundando diferentes colonias en Apulia y en Lucania y logrando, como vimos en el capítulo anterior, la estratégica Venusia en el 291 a.C.

Hacia el 285 a.C. las tropas romanas intervinieron directamente en varias colonias griegas como en Crotona, Locri y Rhegium para protegerlas de los ataques de los lucanos y de los brutios.

Los líderes tarentinos se cercioraron de que cuando las tropas romanas concluyeran la guerra contra sus vecinos, tratarían de adueñarse de su ciudad. Asimismo, los tarentinos se sintieron mucho más amenazados al comprobar cómo en el año 282 a.C. los aristócratas de Turios tomaron la decisión de albergar una guarnición romana para anular los ataque de varios pueblos de Lucania. Otra guarnición de soldados se asentó en Rhegium poniendo el estrecho de Mesina bajo protección romana. Este comportamiento se interpretó en contra de la libertad de las colonias de la Magna Grecia.

Los aristócratas de Tarento liderados por Agis no se opusieron en ningún momento a la coalición con Roma, si ello les garantizaba el poder recuperar el control absoluto de la ciudad.

A finales del 282 a.C., diez trirremes romanas dirigidas por Cornelio Dolabela entraron en el golfo de Tarento con el propósito de dirigirse hacia la guarnición romana de Turios en misión de observación. Los tarentinos, confusos por la violación por parte de los romanos del tratado que prohibía su entrada en el golfo de Tarento, lanzaron decididamente sus naves contra las romanas. En la contienda cuatro trirremes romanas fueron hundidas y una capturada. Tras este episodio, la flota tarentina dirigió sus ataques contra la ciudad de Turios, restableciendo a los demócratas en el poder y persiguiendo a los aristócratas que se habían aliado con Roma. La guarnición romana fue expulsada de la ciudad.

Por su parte, Apiano aporta una versión más neutral del encuentro: los romanos exigieron la liberación de los prisioneros, el regreso de los ciudadanos de Turios que habían sido expulsados de su ciudad y que los indemnizaran por los daños causados.

Las peticiones fueron rechazadas y Roma creyó justo y necesario declarar la guerra a Tarento. Conscientes de sus pocas posibilidades de victoria, a fines del 281 a.C. los tarentinos solicitaron la ayuda de Pirro, el rey del Epiro, reino situado al norte de Grecia, entre la cordillera del Pindo y el mar Jónico, es decir, lo que hoy vendría a ser Albania.

Hijo de Eácides y de Ftía, se decía que tenía el talante de Alejandro Magno y que había heredado la fuerza de Aquiles. Entronizado a los doce años, el soberano del Epiro, un excelente militar sin escrúpulos, soñó con crear un gran imperio mediterráneo comparable al del conquistador macedonio.

La decisión que tomó Pirro en el 280 a.C. para auxiliar a Tarento fue motivada por la ayuda que previamente le proporcionó a esta ciudad. Además, los tarentinos le ofrecieron un ejército de 150.000 hombres y 20.000 soldados de caballería entre samnitas, lucanos y brutios. Como el objetivo principal era la reconquista de Macedonia, que perdió en el 285 a.C. a manos de Lisímaco de Tracia, y en ese momento no contaba con los suficientes recursos para reclutar nuevos soldados, aceptó sin ningún tipo de trabas ayudar a Tarento.

El rey epirota optó por ayudar a Tarento con objeto de dirigirse posteriormente a Sicilia con el propósito de atacar a Cartago. De esta manera, tras haber amontonado un botín considerable en la guerra contra Cartago y su conquista del sur de Italia, planeó reorganizar su ejército para recuperar Macedonia.

Pirro interpretó la llamada de Tarento como la ocasión idónea para extender su influencia al otro lado del Adriático, por lo que decidió acudir en apoyo de los tarentinos con un ejército formado por 20.000 infantes, 3.000 caballeros, 2.000 arqueros, 500 honderos y 20 elefantes de guerra.

Antes de abandonar el Epiro, Pirro tomó prestadas algunas unidades militares al nuevo rey de Macedonia, Ptolomeo Cerauno, a la par que solicitó ayuda financiera y marítima a Antíoco I, rey de Siria, y a Antígono II Gonatas, hijo de Demetrio Poliorcetes. El rey de Egipto, Ptolomeo II, le prometió el envío de 4.000 soldados de infantería y 5.000 de caballería, junto con varios elefantes de guerra, un animal jamás visto antes por los romanos en el campo de batalla.

Alertada de la llegada inminente de las huestes epirotas, Roma decidió movilizar ocho legiones divididas en cuatro frentes: uno primero, dirigido por Lucio Emilio Bárbula, que tenía órdenes de mantener ocupados a los samnitas y lucanos con el fin de que no pudieran unirse al ejército principal; uno segundo, al cual correspondía el deber de proteger a Roma; un tercero, bajo la dirección del cónsul Tiberio Corucanio, enviado a combatir a los etruscos para impedir una alianza de estos con las ciudades griegas; y un cuarto y último, bajo el mando del cónsul Publio Valerio Lavinio, al que se ordenó atacar a Tarento y asolar Lucania con la intención de separar a las tropas griegas de las colonias de Brucia.

Lavinio optó por tomar Heraclea, hoy Policoro, un municipio italiano situado en la región de la Basiliciata, con la intención de cortar el camino de Pirro hacia las colonias de Calabria.

Pirro no decidió atacar directamente a Roma, pues ansiaba obtener previamente el apoyo de las ciudades de la Magna Grecia. Entre tanto, el cónsul Lavinio asolaba Lucania para impedir a los lucanos y a los brucios unirse a Pirro. Siendo consciente de que dichos refuerzos tardarían en llegar, Pirro creyó que lo más apropiado era aguardar a los romanos en una llanura próxima al río Siris. En ese lugar tomó posición y decidió esperar a sus enemigos, confiando en que la dificultad de estos para vadear el río le otorgara el tiempo suficiente para que se le unieran sus aliados.

Antes de que comenzase el conflicto, el rey epirota envió a sus emisarios al cónsul romano Lavinio con la intención de imponer su arbitraje en el conflicto entre Roma y las poblaciones del sur de Italia, prometiendo que sus aliados respetarían su decisión si le aceptaban finalmente como árbitro. Roma, como era de esperar, rechazó la propuesta e instaló su campamento en la llanura situada en la orilla norte del río.

Al amanecer, las tropas romanas atravesaron el río Siris y la caballería comenzó a atacar los flancos de los exploradores griegos y su infantería ligera. Tan pronto se conoció la noticia de que los romanos habían cruzado el río, se ordenó a la caballería macedonia y tesalia pasar a la ofensiva. La caballería de la vanguardia griega consiguió desorganizar las tropas romanas y provocar su retirada.

Durante la contienda, Volsinio, líder de un destacamento auxiliar de la caballería romana, reparó en Pirro gracias a que el general epirota llevaba un equipamiento y armas características de un rey. Lo persiguió consiguiendo herirlo y descabalgarlo, si bien poco después falleció a manos de la guardia personal del monarca. A continuación, Pirro le confió sus armas a Megacles, uno de sus mejores oficiales.

Las falanges griegas tomaron la iniciativa en varias ocasiones, pero todos sus ataques fueron respondidos con contraofensivas romanas. Aunque las tropas griegas lograron quebrantar las primeras líneas romanas, no podían combatir contra ellas sin romper su formación.

Megacles, al que los romanos confundieron con Pirro, resultó muerto y en el campo de batalla pronto se difundió la noticia de que el rey había fallecido, lo que provocó la desmoralización del bando griego y elevó la moral romana. Para evitar una catástrofe absoluta, Pirro tuvo que recorrer las filas griegas gritando con la cara descubierta para convencer a sus hombres de que todavía seguía vivo. En ese momento decidió atacar con sus elefantes de guerra. Al verlos, los romanos se asustaron y cundió el pánico entre sus caballos impidiendo su ataque. En consecuencia, la caballería epirota atacó los flancos de la infantería romana. Ésta huyó, permitiendo a los griegos apoderarse del campamento romano. En realidad, el abandono del campo de batalla era interpretado como la derrota total, pues suponía abandonarlo todo.

Concluida la batalla a finales del verano del 280 a.C., los refuerzos procedentes de Lucania y del Samnio se unieron al ejército victorioso.

Como vencedor, Pirro dictó a los romanos unas condiciones de rendición que garantizasen la independencia de las colonias griegas, si bien el anciano Apio Claudio el Ciego, honorable senador romano, exhortó a sus conciudadanos a rechazarlas. Como respuesta, Pirro dirigió sus fuerzas contra Roma, hostigando y saqueando los territorios vecinos. Pero cuando se encontraba a las puertas de Roma, fue informado de que otro ejército romano se dirigía contra él, tras firmar la paz con los etruscos, y no tuvo más remedio que retirarse.

Políticamente, la victoria de Pirro en la batalla de Heraclea trajo consigo la incorporación a la coalición griega de un gran número de ciudades de la Magna Grecia que en ese momento buscaban la protección del rey del Epiro. Sin embargo, la victoria de Pirro también supuso que muchas ciudades de la Campania y del Lacio reafirmasen su fidelidad a la República romana.

 

La batalla de Asculum

Un nuevo enfrentamiento entre las tropas romanas y los efectivos del rey epirota se produjo en el 279 a.C., después de que este último se retirase tras su fracaso en el intento de reclutar aliados en su camino hacia Roma. Tuvo por escenario las colinas próximas a Asculum, a poco más de 100 kilómetros de Tarento, y enfrentó a las legiones romanas comandadas por los cónsules Publio Sulpicio y Publio Decio Mure, el héroe de Sentino, y los efectivos de Pirro junto con las tropas aliadas de tarentinos, oscos y samnitas.

En esta ocasión, ambos ejércitos se encontraban en igualdad numérica. En este sentido, para contrarrestar la flexibilidad de las legiones romanas, Pirro mezcló la infantería ligera itálica con sus falanges.

Ambos ejércitos presentaban en su flanco derecho las fuerzas de choque más preparadas y dispuestas. Pirro reubicó a la falange macedonia reforzada con los mercenarios italiotas –pueblos grecoparlantes que se extendían entre las actuales Nápoles y Sicilia– al servicio de Tarento. Paralelamente, y procedentes del noroeste de Grecia, desplegó las falanges de los ambraciotas, y junto a estos los aliados brutios, lucanos y salentinos. En el centro de sus efectivos militares, Pirro situó a los epirotas molosos, tesprotos y caones seguidos de los mercenarios provenientes de la Grecia central, naciones con las que el Epiro mantenía frontera –etolios, acarnanios y atamantes–. En el flanco izquierdo estaban dispuestos todos los samnitas. La caballería, aproximadamente 8.000 jinetes, fue dividida en dos divisiones y enviada a los flancos.

Después de la batalla de Heraclea, donde los elefantes de guerra habían producido como acabamos de ver un gran impacto sobre los efectivos militares romanos, las legiones se suministraron de proyectiles y armas especiales para contrarrestar sus ataques.

La batalla de Asculum fue muy breve, pues según las fuentes clásicas tan sólo se prolongó durante dos días. Ambos ejércitos desplegaron su infantería en el centro y la caballería en los flancos. Durante el primer día de contienda, la caballería y los elefantes del epirota fueron bloqueados por el propio medio físico en el que se libró la batalla. Sin embargo, las falanges no mostraron ningún traspié en su enfrentamiento con la infantería itálica. Las tropas de Pirro derrotaron a la primera legión romana y sus aliados itálicos del ala izquierda, pero la tercera y cuarta legiones vencieron a los tarentinos, a los oscos y a los epirotas en el centro, a la par que los daunios atacaban el campamento griego. Pirro envió a los atamios, acarnanios y samnitas con el propósito de forzar a sus adversarios a salir al encuentro, pero fueron dispersados por la caballería romana. Los dos bandos se retiraron de la batalla al anochecer sin que ninguno hubiera alcanzado una clara ventaja.

Al día siguiente, Pirro reubicó a su infantería ligera obligando a los romanos a entablar batalla en campo abierto. Al igual que en Heraclea, las legiones romanas y las falanges macedonias trabaron combate hasta que una carga de elefantes apoyados por la infantería ligera rompió la línea romana. En ese momento, las tropas romanas enviaron a sus carros, pero estos sólo resultaron efectivos durante unos breves instantes obligando a los animales a retroceder. Finalmente, los elefantes cargaron contra la infantería y paralelamente Pirro cargó con su guardia personal para completar su victoria.

Paralelamente, los aliados brutios y lucanos fueron derrotados y puestos en fuga por el ejército romano. Asimismo, los tarentinos comenzaban también a ceder ante el empuje de las legiones romanas. Con este panorama, Pirro podía dar por quebrantada su línea. No obstante, en mitad de la llanura viraron y se dirigieron directamente contra las tropas romanas que, si bien habían roto el centro griego, se esparcían por la llanura.

La inesperada aparición de esta fuerza de choque griega impulsó a las tropas romanas a reagruparse y a replegarse en orden cerrado tomando posición en una colina. En ese lugar el ejército romano se fortalecería a cubierto tanto de los elefantes como de la caballería. Empero, pronto la infantería ligera griega dio con ellos y aprovechando que debían permanecer a la expectativa sobre la colina, los atacaron con una feroz lluvia de proyectiles. En ese preciso instante, ambos bandos concentraron todos sus efectivos militares en este escenario. En cuanto fueron informados de lo sucedido, los cónsules enviaron toda la caballería de la que pudieron disponer. Mientras tanto, Pirro sacó de su flanco izquierdo a parte de los samnitas junto con los mercenarios atamanes y acarnanios con el propósito de ejercer más presión sobre las legiones atenazadas. Probablemente, la caballería romana no tuvo posibilidad de acercarse a las legiones cercadas, retrocediendo en consecuencia los caballos ante la presencia de los elefantes. El combate se prolongó inútilmente durante todo el día hasta casi el anochecer. Llegado el momento, se dio la orden de retirada de ambos bandos a la vez. Se puede afirmar que la victoria pudo inclinarse del lado epirota si tenemos presente lo ocurrido con las dos legiones atrapadas en el centro de la llanura.

Los romanos perdieron 6.000 hombres y Pirro poco más de 3.500, incluidos muchos de sus mejores oficiales. La victoria de Pirro, con tan escaso margen y grandes pérdidas, acuñó la expresión victoria pírrica para referirse a una victoria que se consigue con un gran coste humano, es decir, una victoria sin ningún beneficio aparente. La ofensiva se produjo con más ímpetu del lado romano, si bien Pirro dispuso en todo momento de la iniciativa táctica. Siempre que sus líneas no cediesen relativamente pronto, podría hacer uso de sus bazas tácticas para asestar un duro golpe a sus contrarios.

Parece que la victoria pudo haberse inclinado del lado epirota gracias a lo sucedido con las dos legiones atrapadas en el centro de la llanura. No obstante, se cree que fue tras la conclusión de esta batalla cuando Pirro pronunció las siguientes palabras: ‘otra victoria como ésta y estamos perdidos’.

A pesar de todo, muchas ciudades le retiraron el apoyo el rey del Epiro. Además, el hecho de que pese a seguir venciendo en todas las batallas perdía más hombres de los que se podía permitir, le llevó a trasladarse a Sicilia por un periodo de tres años. En la isla, los cartagineses ya se encontraban asediando Siracusa, por lo que Pirro se desvió y tomó posiciones en Panormo, negándose a entregar Sicilia a Cartago.

 

La batalla de Benevento

Esta contienda tuvo lugar en el verano del 275 a.C. y fue el último enfrentamiento entre las fuerzas de Pirro, con sus aliados samnitas, y las legiones romanas comandadas en esta ocasión por los cónsules Lucio Cornelio Léntulo y Mario Curio Dentato.

Si bien es cierto que la información relativa a esta batalla es bastante exigua, se sabe que los efectivos militares de Pirro se encontraban muy desgastados a consecuencia de la guerra en Sicilia y sus victorias por la mínima ante los romanos, por lo que no es extraño suponer que sus hombres estaban desmoralizados. Asimismo, el ejército romano, que superaba en una altísima proporción al ejército de Pirro, supo cómo neutralizar a los elefantes mediante flechas ardientes, por lo que en la batalla de Benevento las bestias se desperdigaron por el campo de batalla aplastando tanto a las tropas del epirota como a las romanas. Si bien es cierto que la batalla no se decidió en favor de ningún bando, Pirro perdió a sus mejores tropas y no tuvo más remedio que regresar al Epiro. Paralelamente, los samnitas fueron finalmente sometidos y todas las ciudades de la Magna Grecia perdieron su independencia, aunque lograron conservar sus privilegios a cambio de que jurasen lealtad a la República romana.

Con tal panorama, en el 272 a.C., Tarento se rindió finalmente al ejército romano.

En realidad, el ejército romano fue incapaz de derrotar al rey del Epiro en una batalla. No obstante, lograron desgastarlo y vencer a uno de los mejores estrategas de la Antigüedad aunque a él le corresponde también el dudoso honor de dar origen a la expresión victoria pírrica.

Tras años de esforzada lucha, Pirro volvió al Epiro con las manos vacías. De hecho, incluso su prestigio como militar se vio afectado. Nada más volver a su patria, supo que Antígono II Gonatas, hijo de Demetrio Poliorcetes, era el nuevo monarca de Macedonia, por lo que decidió atacarle y arrebatarle el trono. Su éxito fue total. Acto seguido, fue reclamado al Peloponeso para someter a Esparta. Pero, según la tradición, murió en Argos después de caer herido por una teja que una anciana arrojó desde un balcón en medio de los disturbios.

 


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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  1. gravatar José Pablo Domínguez Responder
    agosto 30th, 2018

    Hola Miguel,

    Muy bueno tu blog. Por eso mismo quería hacerte una pregunta. ¿Por qué crees tu que Pirro tuvo tanto éxito en Sicilia en su campaña contra los cartagineses en los primeros años, mientras que los romanos, mejor preparados, con más recursos, con un ejército más poderoso que el griego, se demoraron 20 años en la vencer a los púnicos en Sicilia?

    Saludos