Mentiras hasta debajo de las piedras

Por . 27 mayo, 2015 en Discusión histórica
Share Button

“Yo haré de cada piedra

latido en la memoria

para que cuando estallen

hablen sus transparencias.”

Laureano Albán, Todas las piedras del mundo

 

Tradicionalmente, la investigación histórica basada en la arqueología se ha tenido por una disciplina con escaso grado de subjetividad y, por lo tanto, menos dada al fraude que la investigación histórica convencional, por la influencia que en ésta podría llegar a tener la interpretación del cronista del pasado.

 

Arqueología y verdad

Ya lo decía José Cadalso: “Dicen en Europa que la historia es el libro de los reyes. Si esto es así, y la historia se prosigue escribiendo como hasta ahora […] los reyes están destinados a leer muchas mentiras además de las que oyen” (Cartas Marruecas, Carta LIX).

Sin embargo, la arqueología y la Prehistoria nos han ofrecido algunos de los casos más curiosos de falsedades y engaños históricos, demostrando con ello, que la subjetividad o el embuste no están (o no sólo están) en la crónica o en el objeto, sino (también) en el investigador o arqueólogo.

Santa Helena en la Iglesia de la Santa Cruz de Kaysersberg (Alsacia, Francia).

Y todo eso sin entrar a analizar el fenómeno de las reliquias religiosas que con toda seguridad no resistirían un análisis científico de autenticidad: Desde los providenciales “descubrimientos” de Santa Helena (247-330 aproximadamente), madre del emperador Constantino (y hoy patrona de los arqueólogos), quien alrededor de la edad de 80 años encontró providencialmente la cruz del calvario, dividida después por toda la cristiandad en varios Lignun Crucis; pasando por los supuestos huesos de San Pedro guardados celosamente en el Vaticano; hasta la proliferación de objetos santos de todo tipo durante la Edad Media, incluida la Sábana Santa de Turín, una más que probable falsificación medieval, según un análisis de carbono 14 realizado en 1988.

Algo parecido ocurrió en octubre de 1869 cuando la ciudad de Cardiff (Nueva York, Estados Unidos) despertó con un hallazgo que maravillaría al mundo y revolucionaría la paleoantropología: William C. “Stub” Newell, excavando un pozo en su granja, halló el cuerpo de un ser de más de tres metros de altura, un hombre petrificado, un gigante bíblico que el avispado granjero se apresuró a exhibir cobrando unos centavos. Pero era una falsedad. El entramado de todo el engaño se descubrió tiempo después, cuando un paleontólogo de la Universidad de Yale tuvo la oportunidad de examinar el gigante y descubrió hasta las señales del tallado con el cincel.

Al parecer, un primo de Newell, George Hull, ateo confeso, había encargado la estatua para demostrar a un pastor metodista por él conocido que la Biblia no puede entenderse de forma literal cuando declara la existencia de “gigantes que una vez habitaron la tierra” (Génesis 6:4). Pero su “obra” fue, sorprendentemente, muy bien aceptada, de tal modo que la discusión acerca de su veracidad trascendió estados y, merced al creciente poder de la prensa, atrajo la codicia de otros personajes como Phineas Taylor Barnum (1810-1891), el famoso y controvertido empresario circense quien, al no poder hacerse con el “Goliat” que tantos pingues beneficios parecía estar aportando a su poseedor, se construyó el suyo propio, al tiempo que calificaba el primero de “fraude”. Hull demandó a Barnum por difamación y el 2 de febrero de 1870 los timadores se vieron las caras en los tribunales donde acabaron por desvelarse ambas falsificaciones y se desmontó definitivamente el engaño. Además, el juez desestimó la denuncia de Hull, ya que, explicó, Barnum no podía ser demandado por llamar “falso” a un gigante “falso”. Mentira sobre mentira y sobre mentira… dos.

A día de hoy, ambos “especímenes” se exhiben en sendos museos estadounidenses: el de Hull en el Museo de los Granjeros de Cooperstown (Nueva York); y el de Barnum en el Museo de las Maravillas Mecánicas de Marvin, cerca de Detroit, en Michigan.

Si bien el fraude de Cardiff se desveló en su misma época, otro “descubrimiento” paleoantropológico mantuvo en vilo a la comunidad científica mundial durante nada menos que 45 años. Fue el bautizado como Hombre de Piltdown, unos restos que aparecieron un día de 1912 en esa tranquila población inglesa del condado de Sussex, cuando un obrero trabajaba en una cantera. Considerado en su momento como el “eslabón perdido”, el nombrado como Eoanthropus dawsonii, se trataba en realidad de un fraude muy bien elaborado pero del que no se supo nada hasta que en 1949 dos científicos de la Universidad de Oxford inician una investigación. Pero para entonces los implicados, tanto el “descubridor” Charles Dawson (1864-1916), como el reputado paleontólogo Arthur Smith Woodward (1864-1944), o el también muy reconocido geólogo y paleontólogo de Oxford, William Jonson Sollas (1849-1936), habían fallecido. Incluso se habló en su día de la posible intervención del polémico religioso y paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), pero ni su implicación ni la del mismísimo sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), quien igualmente se viera salpicado por el asunto Piltdown, pudieron ser probadas.

El caso de Piltdown causa aún tanta expectación que en el año 2012, según la revista Nature, el paleontólogo inglés Chris Stringer, jefe de Investigación en orígenes humanos del Museo del Historia Natural de Londres (y vecino de Sussex, para más señas), puso en marcha un nuevo análisis de los restos con las nuevas técnicas de ADN y las dataciones por radiocarbono para tratar de encontrar pistas sobre los autores del embuste. Y al parecer, éstas apuntan a Dawson, quien podría haber creado hasta 38 falsificaciones a lo largo de su carrera (abogado de profesión y arqueólogo aficionado) con la espuria intención de ser admitido en la Royal Society británica.

 

Arqueología y prestigio

Lo cierto es que este tipo de fraudes contribuyeron, más que ninguna otra cosa, a desprestigiar la investigación prehistórica. Quizá la presión por el reconocimiento científico, o la gloria del mejor hallazgo arqueológico, puedan explicar, que no justificar, este tipo de acciones, pero, lamentablemente, los engaños se han seguido produciendo.

James Mellaart (1925-2012) fue un reputado arqueólogo inglés, miembro del Instituto Británico de Arqueología en Ankara (Turquía), a quien se debe algunos de los descubrimientos más asombrosos de Anatolia. Fruto de sus trabajos en los años 50 son, además de otras importantes aportaciones arqueológicas sobre el Calcolítico y la Edad del Bronce, las excavaciones en Hacilar (con el descubrimiento de unas figurillas femeninas que podrían apuntar a una cultura adoradora de una “diosa-madre”) y el descubrimiento en 1958 del importante yacimiento de Çatal Höyük en Turquía, un tell de trece niveles de ocupación que se remonta a más de nueve mil años de antigüedad. Fue el logro más importante de su carrera y donde Mellaart también encontró esmeradas estatuillas femeninas que enseguida atribuyó a un culto femenino como en Hacilar. Sin embargo no toda la comunidad científica estuvo de acuerdo con esta teoría y se generó una controversia en la que se acusó a Mellaart de “componer” algunas de las fuentes mitológicas con las que pretendía avalar sus conclusiones.

Todas sus investigaciones empezaron a ser cuestionadas y se difundieron algunas de sus actuaciones más controvertidas como el llamado “Caso Dorak”, ocurrido en 1958 en esa aldea cercana a Esmirna, en Turquía: una polémica en torno a unos descubrimientos de la Edad de Bronce, “de la cultura Jortan”, de los que no aportó más que unos dibujos que la supuesta dueña de la propiedad, Ana Papastrari, le había permitido realizar. El hallazgo se publicó en la prestigiosa revista Illustrated London News (28 de noviembre de 1959) donde mencionaba joyas de oro y plata, figuritas de obsidiana y hasta el más antiguo testimonio escrito en Anatolia, un jeroglífico encontrado en un trono real del 2400 a.C. Para cuando se quiso investigar, ni objetos, ni propietaria, ni excavación pudieron ser localizados.

Ocurrió algo parecido con lo que afirmaba era el hallazgo de lo que parecía ser una pieza textil, pero de la que solo se conservaba el dibujo que había realizado el arqueólogo antes de que se “desintegrara” a causa de la precariedad en la extracción. No obstante Mellaart afirmó que había descubierto un kilim de 4500 años de antigüedad en una zona donde nunca antes se habían encontrado tejidos.

James Mellaart terminó siendo acusado de fraude académico por sus propios colegas y las autoridades turcas sospecharon que podría estar implicado en el contrabando de objetos arqueológicos. Él siempre afirmó que fue engañado, pero fue expulsado de Turquía en 1965. Unos análisis realizados con la técnica de termoluminiscencia en 1971 arrojaron un resultado inquietante: 48 de las 66 piezas de la Cultura de Hacilar aportadas por Mellaart eran falsificaciones.

En realidad no hubiese sido el primer caso de restos arqueológicos de los que solo se contara con documentación gráfica. Entre 1921 y 1937 en el yacimiento de Zhoukoudian, en China, el arqueólogo Otto Zdansky y el geólogo Gohan Anderson hicieron un importante descubrimiento paleoantropológico al que llamaron Hombre chino de Pekín (o Sinanthropus pekinensis, como fue descrito en la revista Nature en 1926). Cuando los japoneses ocuparon Pekín en el transcurso de la Segunda Guerra sino-japonesa de 1937, se suspendieron las excavaciones y más tarde (en 1941) se quiso poner los huesos a buen recaudo, por lo que se decidió enviarlos a Estados Unidos, destino al que nunca llegaron. Hay muchas especulaciones acerca de lo que pudo ocurrir con aquel cargamento de fósiles, pero ni una investigación llevada a cabo en 1972 por el millonario norteamericano Christopher Janus (ofreció una importante recompensa por los restos), ni las investigaciones que emprendió el Gobierno chino en 2005 con el fin de esclarecer lo ocurrido, han ofrecido resultado alguno. Curiosamente en los trabajos de excavación también había participado nuestro ya conocido y controvertido paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin…

Pero lo que nos interesa destacar ahora de este asunto es que los investigadores posteriores solo han podido contar con los moldes y dibujos realizados por sus descubridores sin que se cuestionara su veracidad, lo que no ocurrió con Mellaart. En 1993, Ian Hodder, arqueólogo británico y antiguo ayudante de Mellaart, se hizo cargo del hoy exitoso yacimiento de Çatal Höyük y contribuyó en gran parte a restituirle académicamente, dedicándose a la enseñanza hasta su fallecimiento en el 2012.

 

Arqueología y fraude

En las antípodas de Mellaart se sitúa el japonés Shinichi Fujimura, un arqueólogo (se duda hasta de esto) que llegó a ser director del Instituto Paleolítico Tohoku, y que era tenido por un extraordinario “encontrador” de restos arqueológicos. A finales de los años 70 empezó a trabajar en más de 180 excavaciones y funda una ONG para la investigación del Paleolítico japonés. Su fama creció hasta ser conocido como “manos de oro” o “la mano de dios” (otra “mano de dios” obtuvo esta fama por “engañar” al árbitro y marcar un gol con la mano) por la cantidad de aciertos en sus excavaciones. Pero todo era fruto de un fraude que fue descubierto en el año 2000 por unos reporteros japoneses del diario Mainichi Shimbun, que le siguieron y le filmaron cuando se dedicaba a “plantar” los fósiles que más tarde “descubría”.

Se formó una comisión de investigación el año 2001 fruto de la cual Fujimura acabó confesando: “Hice algo que no debería haber hecho”. Había engañado a toda la comunidad científica en al menos dos de los yacimientos que había excavado durante veinte años: en las ruinas Kamitakamori (en la prefectura de Miyagi) y el sitio Soshin-Fudozaka en Hokkaido, negando que hubiese otras (se le acusó de falsificar hasta 42 yacimientos japoneses). El escándalo alcanzó grandes proporciones, sus hallazgos se retiraron de los museos y, aunque Fijimura afirmó ser el autor único del fraude, uno de sus colaboradores, Mitsuo Kagawa, arqueólogo (esta vez sí) de la Universidad de Beppu, de 78 años, terminó suicidándose por no poder soportar la presión de las acusaciones (se demostró su inocencia y la familia demandó a las publicaciones que le acusaron). Fijumura tuvo que ser ingresado en un psiquiátrico totalmente desacreditado.

Lo malo es que se cuestionó también toda la investigación científica japonesa como puso de relieve la revista Archéologia en un reportaje publicado en noviembre de 2001 (nº 383), titulado “Japón… ¿todo falso?”

La lista de falsificaciones arqueológicas se incrementa con el reciente caso del yacimiento alavés de Iruña-Veleia, donde los arqueólogos Eliseo Gil e Idoia Filloy empezaron a trabajar en el año 1994. Tras una más que importante aportación económica del Gobierno vasco, entre 2005 y 2006 se anuncian una serie de descubrimientos que incluyen cientos de fragmentos de cerámica y algunos huesos de animales con inscripciones del siglo III, donde Eliseo Gil afirmó haber encontrado “la evidencia más temprana del euskera escrito”. Más tarde, “aparecen” objetos con jeroglíficos egipcios que incluso incluían un cartucho con el nombre de Nefertiti. El “hallazgo” que acabó por hacer sospechar ya a toda la comunidad científica fue el de antiquísimas representaciones de la crucifixión de Jesús con la inscripción RIP.

En mayo de 2007 el nuevo Gobierno vasco abre una investigación y un comité de expertos (hasta 26 fueron consultados) del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE) declaró que, al menos 35 de las 39 inscripciones halladas por Gil eran falsificaciones. En consecuencia, Eliseo Gil e Idoia Filloy (ex codirectora del proyecto) fueron acusados por la Diputación de Álava de “atentado contra el patrimonio y estafa”. En febrero de 2014, Eliseo Gil seguía afirmándose en su inocencia.

Y más recientemente todavía, en el mes de noviembre de 2014, Alfonso González Guerrero, aficionado a la historia (que no historiador ni arqueólogo, aunque conocido autor de libros de historia), dio a conocer el posible “descubrimiento de restos pertenecientes a la época castrense prerromana” en la localidad de La Válgoma en León. Una investigación y cata llevada a cabo por arqueólogos de la Junta de Castilla y León manifestó que se trata de un enterramiento medieval de menor importancia, pero también que el yacimiento ha sido manipulado indebidamente (se extrajo tierra con una excavadora) por el “aficionado” al que se le ha abierto un expediente sancionador que podría contemplar hasta una multa grave de 150.000 euros. No es un fraude, ni una mentira, pero es una acción tan irresponsable como todas las descritas anteriormente, e igualmente dañina para la investigación y para la historia.

Termino con una aseveración atribuida a Quevedo que nos desvela donde puede estar el secreto de una mentira bien construida:

 

 

 

“El mentir de las estrellas

es muy seguro mentir

porque ninguno ha de ir

a preguntárselo a ellas”.

 

 


Share Button

Adquiere nuestros libros impresos con un 5% de descuento, gastos de envío gratis y la versión ebook de regalo. Solo tienes que visitar la tienda online de Punto de Vista Editores e ingresar el código de cupón PDV-04001


Soy una vallisoletana de la generación del 63 y de vocaciones tardías. Mi nombre es Pilar López Almena, pero adopté un nombre “mediático” que ahora me identifica en la red como Alma Leonor López. Me diplomé en Educación Social y ejercí como voluntaria en una ONG impartiendo charlas en colegios y asociaciones y organizando cursos sobre Educación para el Desarrollo en el Centro de Profesores y Recursos de Valladolid. No tengo nada publicado. Para no mentir del todo, un querido amigo de la Universidad de Puerto Rico tuvo a bien publicar en la revista de su Departamento un artículo mío sobre la victoria de Obama. Pero eso es todo. Y tampoco tengo nada escrito. Para no faltar de nuevo a la verdad, sólo lo que publico de vez en cuando en mi blog HELICON, un lugar de ilusión donde todo tiene cabida, y en Pa Lo Que Hemos Quedao, un proyecto divulgativo y de compromiso social de la red.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

  1. gravatar PAULINOS Y EL CUADRO DE COLON | HELICON Responder
    octubre 21st, 2015

    […] (que curioso que sea esta misma palabra la que se dijo haber hallado en el yacimiento alavés de Iruña-Veleia, y que después se ha cuestionado hasta el punto de considerarlo un […]