Sixto Cámara (1824-1859), un aldeano revolucionario

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El siglo XIX es el momento de las grandes revoluciones pero también, y valga la obviedad, el de los héroes revolucionarios.

En la época del romanticismo se elevaron los espíritus y pasiones, contribuyendo a forjar los grandes mitos nacionales encarnados en acontecimientos y personajes. Así nació la Historia como disciplina formalizada, para contar las grandes hazañas que habían llevado al hombre hasta el camino del progreso. El recuerdo es, sin embargo, selectivo y a pesar de que poseemos crónicas y biografías que narran multitud de hechos únicamente algunos han prevalecido en la memoria de las naciones europeas.

La Rioja dio al liberalismo español a Salustiano de Olózaga (1805-1873) y a Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903). Mas en un humilde pueblo de la ribera del Ebro nació un quizás más desconocido pero no menos singular protagonista de grandes sucesos en la convulsa etapa decimonónica española. Hablamos de Sixto Cámara, un socialista utópico español.

 

La forja de un rebelde

Sixto Sáenz de la Cámara y Echarri nació el 6 de agosto de 1824 en Aldeanueva de Ebro (actualmente, en la comunidad autónoma de La Rioja), un pueblo con una gran historia en movimientos y hombres contrarios al statu quo. Fue hijo de Escolástica Echarri y de Saturio Sáenz de la Cámara, quien había sido escribano del ayuntamiento y alcalde en pleno final del Trienio Liberal (1823). La familia era humilde y poca formación pudo darle pero sí le inculcaron el ardor de la lucha, y en plena adolescencia se alistó en una milicia para combatir al carlismo. La Rioja era tierra fronteriza entre el bando cristino o liberal y los absolutistas partidarios de Carlos, hermano de Fernando VII.

Sixto Cámara nació, vivió y murió en plena época de transformación de España, a todos los niveles. Políticamente se estaba constituyendo un régimen liberal-burgués basado en la constitución de un nuevo Estado controlado por oligarquías. Un control al servicio del régimen de la propiedad, nuevo definidor del sistema social. Débil pero constante fue el cambio económico con una agricultura que debía orientarse al mercado capitalista y una frágil industrialización periférica. Madrid aunaría todos estos cambios y además, quizás junto a Barcelona, se convertiría en el gran epicentro de los acontecimientos y de las nuevas ideas que venían de Europa.

Desde 1843, una vez acabada la Primera Guerra Carlista (1833-1840), tenemos noticias de la presencia de Sixto Cámara en la capital. Ya no volvería a su tierra natal, salvo en una breve estancia para enterrar a su padre. En Madrid encontraría el espacio perfecto para nutrirse del ardor revolucionario y de ideas que pretendían subvertir el nuevo orden de los propietarios.

A lo largo de los años, Cámara irá evolucionando ideológicamente, desde aquel liberalismo exaltado con el que llegó a Madrid hasta convertirse en un conspirador de ideas casi anarquistas. Pero sin duda el período en el que tenemos a un Cámara más activo, en cuanto al desarrollo de su pensamiento, fueron los años que giraron en torno a 1848, fecha mítica en Europa (la primavera de los pueblos), el período en el que se dieron las ideas del socialismo utópico.

 

Sixto Cámara escritor

España no se caracterizó en estos años por tener grandes pensadores o desarrollar novedosas teorías políticas, bebió mucho de los países vecinos y sobre todo de Francia. No hubo grandes economistas como en Inglaterra, ni grandes filósofos como en Alemania, ni tan siquiera pensadores sociales originales al estilo francés. Más no por ello España careció de desarrollo intelectual propio, sólo que sus formas de expresión tuvieron otros cauces. Hombres como Francisco Pi y Margall (1824-1901), Emilio Castelar (1832-1899) o el propio Sixto Cámara publicaron libros exponiendo sus tesis, pero eran escritos de intervención. Estaban pensados para sintetizar una cierta idea, para combatir cierto argumento de moda, para defender el ideario de un partido. No tenían un afán universalista sino simplemente estaban pensados para el momento concreto. Para ir conociendo su pensamiento mejor el investigador ha de ir ordenando estas obras cronológicamente pero también ha de mirar el gran instrumento intelectual que ha sido la prensa en España.

Otros países como Inglaterra o Estados Unidos han tenido un desarrollo espectacular del periódico pero en España ha tenido un carácter especial. Los grandes intelectuales, desde el romántico Mariano José de Larra (1809-1837) hasta los intelectuales de la Edad de Plata durante las tres primeras décadas del siglo XX, han vertido su pensamiento en la prensa escrita. Artículos y fragmentos de sus obras están expuestos en este medio de comunicación. Sin duda, para conocer el clima ideológico del XIX hay que leer prensa.

Por este motivo Sixto Cámara colaboró en multitud de periódicos y fundó algunos, sabía que era la herramienta clave para crear estructuras políticas y de afinidad. Ejemplos de lo dicho lo tenemos en La Atracción, La Organización del Trabajo, La Reforma Económica, La Tribuna del Pueblo, La Soberanía Nacional… La censura gubernamental y las represivas leyes de prensa de los moderados hicieron que la duración de estos periódicos fuese breve y ocasionasen multas a sus propietarios. Pero cuando uno cesaba otro aparecía, no se podía parar la efervescencia de pensamiento y menos a un hombre tan hiperactivo como Cámara. Fue autor de una obra de teatro, Jaime el Barbudo (1852), y de varios libros en los que fue sintetizando su pensamiento.

Su primer escrito netamente socialista, concretamente adscrito al fourierismo surgido de las ideas de Charles Fourier (1772-1837), es El espíritu moderno (1848). De todas las corrientes del socialismo utópico fue la que más presencia gozó en España y tuvo en Cádiz su primer centro desde donde pasaría unos años después a Madrid. El paso de Cádiz a Madrid fue la trayectoria vital que hizo uno de los grandes amigos y compañero ideológico de Cámara, Fernando Garrido (1821-1883). Él fue quien introdujo en Madrid y en el propio Cámara las ideas del socialismo fourierista, que Garrido había aprendido en su juventud gaditana. En la obra aparece expuesta la clásica concepción del progreso humano que avanza por etapas y en la cual el liberalismo es una pero no la final, que será el socialismo comunitario.

La cuestión social (1849) es una obra más política y pensada para responder a uno de los grandes evangelios del liberalismo doctrinario como fue De la propiedad (1848), de Adolphe Thiers (1797-1877). Concretamente, condenaba la hipocresía de los pensadores liberales que hablaban de derechos pero que únicamente actuaban para defender la propiedad. Sólo una verdadera democracia social, radical, total, sería la solución para una sociedad enferma y que necesitaba regenerarse.

La Unión Ibérica (1859) fue escrita en Portugal, una vez que Cámara hubo de exiliarse a ese país tras el fracaso del Bienio Progresista (1854-1856). Proponía la unión entre España y Portugal, pensada como una conjunción de los espíritus revolucionarios para combatir a la reacción. En esta última fase de su vida, Cámara se había imbuido de ideas carbonarias y de conspiración internacionalista con las que esperaba triunfar allá donde la palabra, primero, y la labor de gobierno, después, habían fracasado. Era o la revolución o la nada.

 

Maneras de hacer una revolución

Todas estas ideas tienen dos claves. Por un lado, la insatisfacción con el nuevo estado de las cosas. El capitalismo o el liberalismo político no habían cumplido las promesas de progreso que pregonaban. Pensadores como Fourier pensaban que para cumplir el destino del hombre, predicho ya por el cristianismo, habría que acabar con todo aquello que cortaba los lazos sanos de la fraternidad y el bien común. La propiedad privada e individual, la oligarquía parlamentaria o la familia eran trabas para los hombres. Era una retórica idealista, bienintencionada y que buscaba convencer por la razón a los espíritus de los contemporáneos. Los medios habían de ser pacíficos pues ¿cómo alguien podría negar las ventajas de un mundo más armónico?

Sin embargo y por otro lado, estas ideas nunca tuvieron capacidad de transformación real y hasta la consolidación del marxismo político estos primeros socialistas acabaron por abandonar la doctrina y buscar alianzas con todos aquellos que pretendiesen combatir a los regímenes conservadores. Es en este contexto cuando se fundó en 1849 el Partido Demócrata español, escisión de progresistas junto a grupos republicanos y socialistas como Cámara. El partido, del que Cámara fue su primer secretario, tuvo cierto papel en los acontecimientos del Bienio. Creían que la democracia podría llegar entonces, si el pueblo lograba hacerse con el Gobierno podría responsabilizarse por primera vez de su destino y para Cámara sería entonces cuando llegaría el socialismo. Pero también fracasó pues la coalición de intereses que sustentó los gobiernos en aquellos años se rompió. El propio Partido Demócrata se rompió en corrientes más individualistas (en convergencia con el progresismo), demosocialistas (futuros republicanos federales), etc.

Cámara hubo de huir de Madrid, en 1856, y establecerse en Portugal. En un intento por regresar a España murió, en plena persecución de la Guardia Civil. Su compañero de partido, amigo y colaborador Fernando Garrido le escribió una biografía donde narraba en tono elogioso la valentía de un hombre que combatió toda su vida por una sociedad menos deshumanizada.

 

Conclusión

La memoria de Cámara no desapareció para republicanos y anarquistas, en su propio pueblo natal le dedicaron a principios del siglo XX una calle. Pero al final la Historia le enterró en detrimento de otros que le sobrevivieron como Pi y Margall. Y también la izquierda renunció en la práctica, aunque no en el recuerdo, a sus ideas y prácticas políticas. El movimiento obrero empezó a liderar la marcha ante el fracaso de la burguesía exaltada. Se crearon nuevos referentes, lenguajes y marcos culturales. El fracaso histórico de hombres como Sixto Cámara provocó que el naciente movimiento obrero creara sus propias formas de identidad cultural y política. Pero podemos decir que Cámara nunca se hubiera sentido decepcionado porque, parafraseándole, la humanidad debía trabajar, trabajar y perseverar.


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