Contra el poder. Una historia de España desde abajo

Por . 17 junio, 2015 en Reseñas
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La editorial Comares acaba de publicar Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la Historia de España, una obra del historiador Juan Sisinio Pérez Garzón que nos recuerda que las libertades y derechos se los debemos a muchos miles de personas, y de la que tenemos el honor de publicar su introducción.

Recuerda, lector, como la propia editorial y el autor nos avisan: esas conquistas no son irreversibles; avanzar en libertad, democracia y justicia para todos requiere crecientes compromisos de solidaridad.

 

Sí. El camino de la historia, por tanto, sigue abierto.

 

  

Una historia desde abajo

Este libro se ha escrito pensando ante todo en que pueda ser útil a los jóvenes que cursan diversos grados universitarios de humanidades y ciencias sociales y, por supuesto, que resulte de fácil comprensión para cuantas personas tienen interés por saber quiénes protagonizan la historia en cada momento. Bertolt Brecht lo explicó con claridad poética en los versos de Preguntas de un obrero ante un libro:

 

 

“En los libros figuran los nombres de los reyes/ ¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?…El joven Alejandro conquistó la India/ ¿Él solo?… Felipe II lloró al hundirse/ su flota ¿No lloró nadie más?… Un gran hombre cada diez años/ ¿Quién paga sus gastos?/ Una pregunta para cada historia”.

 

 

En efecto, una pregunta para cada época y para cada sociedad. Por eso en este libro no se encuentran ni los reyes ni las personalidades y líderes que dominan en muchas obras de historia, y no hablemos ya de las miles de novelas históricas que se han apoderado de la divulgación del pasado entre el gran público. En este libro se han buscado respuestas en los sujetos, anónimos o no, léase personas (mujeres y hombres), que han desarrollado con sus intereses y afanes, sus ambiciones e ideas, sus esperanzas y temores una continua lucha por cambiar y mejorar, con frecuencia desde posiciones no poco utópicas. Bien es cierto que estas motivaciones nunca han sido ni lineales ni homogéneas, porque los intereses contrapuestos y las visiones encontradas del mundo han desencadenado movimientos sociales, conflictos entre grupos y clases y protestas constantes contra quienes han detentado el poder y, en su caso, han frenado los cambios. Porque la historia es la ciencia social que estudia los cambios que nos han traído a este presente y que nos condicionan para construir el futuro.

Ahora bien, llegados a este punto, quizás los expertos reclamen que se les expongan los anclajes teóricos sobre los que se ha encarrilado el libro. Existen, por supuesto, y los lectores más especializados podrán advertirlos y captarlos en los sucesivos capítulos. Además podrán refutarlos con diversos argumentos, también matizarlos o ratificarlos con mejores elaboraciones en cada caso. Ahora bien, esbozar esos marcos teóricos obligaría a una apretada síntesis del pensamiento político sobre los factores de movilización social por lo menos desde Karl Marx hasta Slavoj Zizek y Thomas Piketty, cabalgando sobre Émile Durkheim y Max Weber, Charles Tilly y James C. Scott o Simone de Beauvoir y Judith Butler. Se opta por citar en la bibliografía del final del libro un abanico de obras suficiente para adentrarse en las distintas teorías sobre el cambio social, la dinámica de los movimientos sociales y las tipologías de la protesta.

En ese apartado de bibliografía también se relacionan los libros que permitirán ampliar los contenidos y cuestiones que se tratan en este libro. En especial es de justicia hacer referencia a la obra que Manuel Pérez Ledesma hace 25 años publicó bajo el título de Estabilidad y conflicto social. España, de los iberos al 14-D. También a la más reciente Historia de España dirigida por los profesores J. Fontana y R. Villares. En todo caso, no son referencias bibliográficas exhaustivas, se incluyen los libros que puedan permitir al joven estudiante o al lector no especialista profundizar en cada etapa histórica; además esos libros, a su vez, hacen cadena con otras muchas obras que aparecen citadas en sus páginas.

En todo caso, quizás convenga recordar en esta explicación introductoria que el concepto de “movimiento social” se fraguó como instrumento de análisis en los procesos revolucionarios de la Europa de 1848 para precisar las exigencias de las clases trabajadoras, exigencias en bastantes casos en contra del orden social implantado por los correspondientes grupos dominantes desde el Estado liberal. Se trataba de diferenciarlos de los “movimientos políticos” porque desarrollaban acciones encaminadas a lograr objetivos que se catalogaron como “sociales”. Tales análisis surgieron en el pensamiento radical democrático y socialista del momento al que le preocupaban las nuevas desigualdades e injusticias producidas por la revolución industrial y la expansión del capitalismo. Las calificaron como la “cuestión social”. Apareció de este modo el apelativo de “social” para calificar cuanto se relacionaba con las desigualdades que afectaban a los grupos de personas que cargaban con la parte del trabajo y nuevas condiciones de vida de la industrialización y de las distintas formas de implantación del capitalismo.

Si a los liberales de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa preocupaban lo político, esto es, la conquista del Estado, y así hicieron los congéneres liberales del resto de Europa a lo largo del siglo XIX, a partir de mediados de esta centuria, con el avance de la industrialización y de nuevas relaciones de clase, adquirió prioridad, incluso para los propios liberales, la organización de la sociedad. Unos para prevenir el conflicto, otros para luchar contra las desigualdades. En ese contexto fue donde surgió las obras de Marx y Engels, que albergaron no sólo propuestas activas de lucha, como fue la organización de la primera Internacional de Trabajadores, sino intuiciones y conceptos para las ciencias sociales que han influido incluso en quienes explícitamente se han situado al margen de su pensamiento. En este sentido, es incuestionable subrayar la aportación que supuso el materialismo histórico, porque planteó el reto de analizar la totalidad humana como totalidad social y porque situó las clases sociales en el eje explicativo de los procesos históricos.

En los Grundrisse, Marx analizó cómo las categorías económicas no eran comprensibles en sí mismas sino en función de “sus relaciones en el seno de la sociedad”. En concreto, especificó que si en la sociedad burguesa el orden social estaba construido en torno al capital y a la propiedad, de ningún modo eso significaba que la sociedad fuera el simple reflejo de tales realidades económicas sino que, según sus propias palabras, “bajo el reinado del capital, la preponderancia pasa al elemento social creado en el curso de la historia”. Un reconocimiento similar planteaba para la disparidad de los ritmos cuando puntualizaba que “las condiciones de producción se desarrollan de manera desigual respecto al sistema jurídico”.

De ningún modo era un planteamiento reduccionista ni se establecía una relación mecanicista entre economía y sociedad. Al contrario, semejante perspectiva totalizadora significaba que toda la historia estaba protagonizada por la naturaleza de las relaciones sociales, siempre complejas, como desentrañó el propio Marx en su estudio sobre El 18 Brumario de Luis Bonaparte, donde puso el centro de atención en los conflictos y movimientos sociales que se retroalimentaban dialécticamente con el grado de desarrollo de las fuerzas productivas en Francia. Pues, en efecto, planteaba como nudo de la distribución del poder social las relaciones de clase definidas no por el encuadramiento de un grupo coherente en la jerarquía social, ni siquiera únicamente por su posición objetiva sino sobre todo por la conciencia de esa posición y de sus intereses específicos, por el grado de organización política y por la interacción cultural e ideológica con otras clases.

Lógicamente la lección metodológica de Marx abrió caminos que se han enriquecido posteriormente, para lo que concierne a este libro, con las aportaciones de autores como E. Hobsbawm, E. P. Thompson, G. Rudé y R. Samuel, que destacaron dentro del marxismo británico que en la segunda mitad del siglo XX lanzaron, siguiendo la idea inicial del francés G. Lefebvre, la necesidad de reescribir “la historia desde abajo” (History from below). Es útil a este respecto subrayar también lo que ha supuesto como aportación el concepto gramsciano de “clases subalternas”, porque la historia de las clases dirigentes, según Gramsci, acaba fundiéndose con la del Estado, mientras que eso no ocurre con las clases subalternas, cuya historia implica conocer sus exigencias, actitudes, actividades políticas y además los mecanismos de recepción de las iniciativas y formas de poder de los distintos grupos dominantes.

Además, cabe subrayar también la idea de Gramsci sobre el conflicto social que de ningún modo lo reduce al antagonismo entre la clase dominante y la dominada sino que plantea cómo en toda sociedad se producen otros movimientos de protesta y oposición al orden social establecido, con una pluralidad de expresiones que requiere desentrañar estrategias de poder, los distintos puntos de focalización de dominio y los impulsos para cambiar un presente que no gusta, en una dirección siempre abierta porque la contingencia forma parte del resultado de la pugna. Aunque existen otras muchas aportaciones de estudiosos y teóricos del conflicto, cabe enfatizar el giro que realizaron autores como Charles Tilly, Tedda Skocpol y Sidney Tarrow en la década de 1970 cuando pusieron sobre el escenario histórico el análisis de los recursos y oportunidades de la acción colectiva. La propuesta tuvo un eco inmediato por lo sencilla y rotunda. Se trataba de explicar en cada momento de la historia por qué se ponían en marcha unos recursos materiales y organizativos (los individuos no actúan si no están organizados) y se abrían unas oportunidades en un sistema de concertación que permitía actuar a los agentes. Han recogido herramientas de Marx, aunque sin insistir tanto en la lucha de clases y en las determinaciones materiales, para abordar el conflicto siempre como realidad política y analizar los procesos que desembocan en crisis políticas revolucionarias a partir del concepto clave de movilización colectiva.

Con la perspectiva de la movilización de recursos, la investigación desplazó el centro de atención “de las causas de la insatisfacción de los ciudadanos hacia las organizaciones del movimiento social que dan sentido y dirección al movimiento”. Ha sido un enfoque con extraordinaria influencia historiográfica porque permite conjugar tanto la movilización de recursos como el estudio de las formas de sociabilidad, o las creencias colectivas y los referentes que explican por qué se producen o no cuajan, según, las movilizaciones colectivas. Semejante exigencia ha llevado a otros autores a sumar la teoría de la identidad, del reconocimiento como clave para desentrañar unos intereses que no son exclusivamente racionales. Se ha subrayado el hecho de que no basta con ser sujeto sino que además es imprescindible tener conciencia de pertenencia a una identidad colectiva que es la que da coherencia a las movilizaciones en un conflicto. Esas propuestas surgieron fruto de los nuevos contextos desarrollados desde década de 1990, cuando dejaron al descubierto que, por encima de los supuestos racionales de un individuo abstracto, existían los individuos concretos que actuaban con motivaciones de índole cultural, religiosa, nacional…que además los cohesionaba como parte de una colectividad cuya existencia daba sentido a sus respectivas vidas.

Precedente importante fue la obra de A. Hirschman, quien en 1970 ya propuso un sencillo modelo para analizar la dinámica que sigue la participación individual en grupos y organizaciones, con independencia de los objetivos de tales grupos. Es el mecanismo que el propio autor usó para titular su obra como Salida, voz y lealtad. De igual modo hay que enfatizar la aportación del antropólogo James Scott quien, apoyándose en E. P. Thompson, ha reinterpretado los “discursos ocultos” de los dominados como parte de las condiciones materiales de vida y del “arte de la resistencia” contra el poder que se practica en un amplio espacio de la vida cotidiana de los pueblos.

En resumen, los estudios del conflicto y de los consiguientes movimientos sociales han investigado los mecanismos que provocan la adhesión de los individuos, han buscado los componentes culturales y los relatos imaginarios y han precisado sus conexiones con las quiebras del poder político y con las condiciones materiales de vida. Ahora bien, tal y como se ha escrito al inicio de estas páginas, no se trata de aturdir al lector en esta introducción con un nuevo repaso académico sobre las teorías del conflicto y de los movimientos sociales en la historia, porque entonces habría que comenzar refutando, por ejemplo, las tesis nada menos que de Charles Tilly cuando deja fuera del concepto de movimiento social cuantas protestas hubo antes de los procesos de modernización al considerarlas efímeras e incapaces de articular una alternativa de poder frente al Estado.

Baste quedarnos con el balance de que en el análisis de los movimientos sociales y del conflicto se ha llegado a posiciones pluralistas que han constatado que la ideología no cumple un cometido unificador y totalizante de la acción colectiva pues existen aspectos de la identidad social que son de carácter cultural y simbólico. Esto permite comprender la acción humana como acción creativa tanto en las relaciones entre individuo y grupo como también en el despliegue de tácticas de movilización, resistencia o perturbación que cambian a lo largo de la historia. Los actores plantean problemas, lo quieran o no, cuya solución no viene dada inequívocamente y de antemano por la propia realidad, sino que exige creatividad y trae al mundo algo objetivamente nuevo. Cabría de nuevo citar a Marx quien defendió justamente que “la historia no hace nada, no posee ninguna riqueza, no libra ninguna lucha. Es el hombre real y viviente quien hace todo; no es la historia la que utiliza al hombre como medio para realizar sus fines… [pues] la historia no es más que la actividad del hombre que persigue sus fines”.

En conclusión, los objetivos de este libro son limitados. No se plantea resolver ni siquiera sistematizar los debates teóricos sobre los conflictos y cambios que marcan la historia. Sencillamente se ha escrito para explicar otra perspectiva de lo que ha ocurrido entre los muy distintos y diversos antepasados de esta sociedad que hoy llamamos España. Eso sí, se ha tratado de explicar la historia de esa inmensa mayoría de antepasados que habitualmente no aparecen en los grandes relatos sobre lo que consideramos “nuestra historia”. Ni están Fernando III el Santo, ni el Gran Capitán ni los tercios de Flandes, y si en algunos capítulos aparecen los grandes hombres es porque desde sus enormes poderes han condicionado o determinado, según las circunstancias, la vida de las colectividades anónimas, de los hombres y mujeres de a pie.

Por eso también se pretende explicar en este libro que las muy lentas y sucesivas conquistas de libertades y derechos que se han realizado por la mayoría de la población son tan recientes como frágiles. Eso significa que la historia no es irreversible pero también que la historia está abierta, la hacemos entre todos cada día y se confirma que, cuanto más mecanismos de cooperación se desarrollan, más plurales y tolerantes son las sociedades y más formados están los ciudadanos en el pensamiento crítico, más sólidas son las mejoras de libertad, democracia y justicia para todos.

El estímulo para escribir con este afán se lo debo a los estudiantes con los que cada curso aprendo nuevas exigencias para abordar el futuro, porque dar clases no es una “carga”, fea denominación con la que algunos profesores hablan del trabajo docente para contraponerlo al prestigioso trabajo de investigar. Al contrario, dar clases es un privilegio social, aunque no se mida con sexenios de brillo investigador. Este privilegio es compartido con excelentes colegas de la Universidad de Castilla-La Mancha, profesores de Historia, de Hispánicas, de Arte, de Ingenierías, de Química, de Derecho, de Educación… A todos les debo compartir inquietudes y aprender a enseñar; son demasiados nombres para relacionarlos todos así que me limitaré a expresar ese reconocimiento en cuatro personas cuyos consejos para limar este manuscrito me han sido muy provechosos. Son las profesoras Rosario García Huerta y Raquel Torres y los profesores Damián González y Fernando del Rey Reguillo.


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