El legado de Jaime I el Conquistador

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Cristina Durán y David Barreras han publicado en Sílex ediciones El legado de Jaime I el Conquistador. Las gestas militares que construyeron el Imperio mediterráneo aragonés, una obra que cierra el círculo analítico y así la deuda contraída con los lectores a raíz de su obra, digamos anterior, La Cruzada Albigense y el Imperio Aragonés (Nowtilus).

A continuación, Anatomía de la Historia reproduce uno de los epígrafes de El legado de Jaime I…

 

El final del reinado

Poco antes de sellar teóricamente la paz con Francia tras el tratado de Corbeil (1258), la Corona había vivido un ambiente que hacía presagiar la guerra con el país vecino, ya no solo como consecuencia del affair occitano, sino también debido a un asunto que trajo de cabeza a Jaime I durante todo su reinado: la cuestión navarra. Por aquellos años previos al acuerdo de Corbeil, en concreto en 1252, fallecía el rey de Navarra, Teobaldo I de Champagne, hecho que abría la posibilidad de que Jaime I reclamara el trono pamplonés para sí. ¿A qué se debían las aspiraciones del rey Conquistador? Las relaciones de Aragón con el vecino reino de Navarra venían de lejos.

Habría que remontarse al siglo IX para descubrir que tanto los territorios originales de Navarra como Aragón formaban parte de la Marca Hispánica. Debido a estos vínculos, en varias ocasiones un mismo monarca había portado las dos Coronas, el último de los cuales fue Alfonso I el Batallador (1104-1134). Pero para acotar mejor el periodo en el que la relación navarro-aragonesa volvió a ser muy estrecha debemos irnos al reinado de Pedro II, monarca que, como ya hemos podido ver, llegó incluso a nombrar heredero de sus Estados a Sancho VII de Navarra. Siguiendo el ejemplo de su padre, Jaime I firmó en 1231 un tratado de afiliación recíproca con este monarca navarro, conocido como pacto de Tudela, de forma que el primero de ellos que muriera pasaría automáticamente a ser rey de los territorios del otro. Parece ser que Sancho VII El Fuerte, sintiéndose viejo y enfermo, veía rondar la muerte y en consecuencia optó por dar solución al problema sucesorio ante la falta de herederos y la siempre presente amenaza de anexión de su reino por parte de Castilla.

Soldevila nos informa que la hazaña de la conquista de Mallorca por parte del, por aquel entonces, joven monarca aragonés, debió hacer que el rey Fuerte decidiera nombrar su sucesor en la persona del Conquistador, a cambio del apoyo militar de su favorito. Poco tiempo después del pacto de Tudela, el 7 de abril de 1234, fallecía Sancho VII y, debido al tratado, Jaime I contaba con serias opciones de ser proclamado rey de Navarra, puesto que el acuerdo había sido jurado incluso por las Cortes de este reino. Sin embargo, los intereses aragoneses chocaron con Castilla y Francia. Los reyes castellanos siempre habían aspirado la anexión del pequeño reino vecino. Pero Luis IX iba aún más lejos, puesto que incluso tenía en la recámara a un candidato legítimo y afín a sus intereses. Prestó todo su apoyo al sobrino de Sancho VII, Teobaldo de Champagne. Como conde de Champagne, Teobaldo rendía vasallaje a Luis IX y era un fiel defensor de la causa franca frente a los movimientos ingleses en el continente.

Jaime I estaba en su derecho de defender su herencia navarra por las armas, pero por esas fechas se hallaba en el sitio de Burriana, como vimos anteriormente, campaña militar clave para la conquista de Valencia. Si al rey le resultaba complicado mantener el frente de Burriana por contar con escasos efectivos militares, nos podemos imaginar que aún le sería más difícil reclutar un ejército para defender sus intereses en Navarra, algo que, en definitiva únicamente satisfacía su interés personal. A pesar de todo, según Ferran Soldevila, Jaime I comenzó a invadir Navarra. Al cuasi imposible mantenimiento de dos frentes diferentes debemos añadir que Jaime I se enfrentaría además a Francia y Castilla, para nada dispuestos a reconocer la herencia del rey de Aragón. Ante la falta de apoyos que reforzaran la candidatura de Jaime I finalmente logró imponerse el pretendiente francés, por lo que al poco Teobaldo era coronado en Pamplona, mientras el rey de Aragón se retiraba a sus fronteras.

Jaime evitó la guerra con Francia y Navarra reconociendo a Teobaldo como rey y a partir de aquí Aragón desarrolló de nuevo unas excelentes relaciones diplomáticas con el reino pirenaico, a pesar de que en un principio el trato entre los dos Estados se preveía oscuro. Al poco de iniciarse la andadura en el trono del nuevo monarca navarro, Teobaldo I y Jaime I firmaban un tratado. Los dos monarcas no tardaron demasiado tiempo en comprender que sus Estados no eran hostiles y que los verdaderos enemigos eran Francia y Castilla, siempre dispuestos a hacerse con los despojos de Navarra o listos para perjudicar todo lo posible a Aragón. La relación entre Jaime y Teobaldo fue más allá de la diplomacia, incluso podríamos decir que se trató de una auténtica amistad. Tanto es así, que Teobaldo solicitó a Jaime la promesa de defender la herencia de sus hijos frente a Castilla y Francia. Cuando falleció Teobaldo I en 1253 Jaime podía nuevamente reclamar el trono navarro para sí, amparándose en el antiguo pacto firmado con Sancho el Fuerte. Sin embargo, el rey Conquistador hizo gala de su honor y cumplió la promesa hecha a Teobaldo.

Tan solo un año antes se había producido la muerte de Fernando el Santo y accedía al trono castellano Alfonso X, el yerno y a su vez archienemigo de Jaime I. Mientras las relaciones con Fernando III habían sido excelentes, ahora que Alfonso X era rey, nada bueno se debía temer para Aragón. Alfonso X ya había mostrado su hostilidad hacia Jaime I cuando tan solo era príncipe de Castilla, como demuestran los acontecimientos de la conquista de Játiva, el respaldo a los alzamientos del primogénito del rey de Aragón o el incondicional apoyo a los rebeldes moros. Ahora que era rey y disfrutaba de mayor poder se podía presagiar un futuro oscuro en las relaciones entre ambos monarcas.

Tras la muerte de Teobaldo I, con el hostil Luis IX en el trono de Francia –recordemos que el tratado de Corbeil no se firmará hasta cinco años después– y con Alfonso X ya coronado, el panorama no pintaba nada bien para Navarra y Aragón. El riesgo de una guerra en la que se verían inmersas cuatro potencias era inminente y el inteligente Jaime no quería seguir en este juego, ya que bastante tenía con mantener la integridad de Cataluña frente a su ambicioso hijo Alfonso. Jaime I demostró una vez más sus buenas artes diplomáticas y mató dos pájaros de un tiro. Momentáneamente solucionó el asunto navarro y el conflicto con su hijo en la misma jugada. El rey de Aragón envió como representante al infante Alfonso ante la corte navarra, de forma que se firmó un tratado con la viuda de Teobaldo en el que se reconocía que el enemigo era Castilla. La razón de ser de este tratado pronto será demostrada cuando a finales del verano de 1253 Alfonso X se disponía a conquistar Navarra. Tras conseguir arrancar una tregua de un año al rey de Castilla, los movimientos diplomáticos de Jaime I le irritaron sobremanera. La astucia de Jaime había conseguido atraer hacia sí al poderoso señor de Vizcaya, Diego López de Haro, e incluso, como ya hemos podido observar, a su hijo Alfonso de Aragón. Finalizada la tregua, Alfonso X se dispuso de nuevo a invadir Navarra. Sin embargo, la balanza parecía inclinarse en esta ocasión del lado aragonés; Jaime I había logrado una alianza con el nuevo rey navarro, Teobaldo II, y con la reina madre, contando además con el respaldo de su hijo Alfonso, el señor de Vizcaya e incluso con el apoyo del hermano de Alfonso X, el infante Enrique. En consecuencia, Alfonso X se veía completamente rodeado en el frente y, aunque su fin estaba próximo, la voluntad de Jaime lo evitó.

¿Por qué el rey de Aragón negoció la paz con Alfonso X cuando este estaba a punto de ser derrotado? Al parecer su hija Violante, la esposa de Alfonso, le hizo recapacitar y entender que no podía destruir al padre de sus nietos ni negarle a estos su herencia. En consecuencia, la pacificación de Navarra se firmó hacia marzo de 1256. Por esas fechas Alfonso X presentaba su candidatura al trono imperial, lo que a buen seguro tuvo también su peso para que las negociaciones con Jaime I llegaran a buen puerto. De esta forma el rey castellano pudo concentrarse en esta nueva y ambiciosa empresa.

El segundo episodio del affair navarro llegaba por lo tanto a su fin. Mientras tanto, en el reino de Valencia la amenaza de rebelión sarracena seguía patente, sobre todo si tenemos en cuenta el apoyo de sus correligionarios de Granada. Algo similar ocurría en los territorios castellanos de Andalucía y Murcia, donde los moriscos habían osado incluso alzarse en armas contra Alfonso X en 1263. En consecuencia, el rey Sabio se veía desbordado y solicitaba desesperada ayuda a su suegro Jaime I. Jaime y sus Estados, ante la posibilidad de que la insurrección se extendiera por el reino de Valencia, quizá recordando la horrible revuelta de al-Azraq, no lo dudaron y decidieron intervenir.

Recordemos que Murcia no había sido conquistada por Castilla, continuaba siendo un reino moro que prestaba vasallaje a su vecino cristiano desde tiempos de Fernando III, padre de Alfonso X. Ferran Soldevila nos habla del plan de batalla de Alfonso X: él se ocuparía de reducir la revuelta andaluza, el trabajo más sencillo, en definitiva, ya que este territorio si pertenecía de facto a Castilla; mientras que Jaime I se encargaría de la conquista del reino de Murcia. El futuro Pedro III se ocuparía de allanar el terreno a su padre, para lo cual realizó dos cabalgadas en 1265 durante las cuales llegó a atacar la capital.

Jaime I lanzaba en noviembre de ese año la campaña final, en la que, ante el poderoso ejército desplegado por el Conquistador en la región, las fortalezas fueron prácticamente rindiéndose una a una.

La conquista del reino concluyó a principios del siguiente año. No obstante, la labor del rey aragonés no finalizó aquí. Para evitar más revueltas en Murcia, Jaime I se encargó de repoblar el reino, como asegura en su Llibre dels Feyts:

 

“Poblam-hi bé deu milia homens d’armes entre la nostra terra

e d’altres […]”.

 

Y como también lo afirma Alfonso X en su Crónica:

 

“e porque no podia haver gentes de la su tierra que los poblasen,

vinieron e poblaron muchos catalanes de los que era venidos

poblar en el reino de Valencia”.

 

Concluida la tarea de Jaime I en Murcia, el rey aragonés, siempre fiel a su palabra, entregó el nuevo reino cristiano a su yerno. No obstante, los catalanes, que a partir de entonces poblaron el reino de Murcia, facilitaron en gran medida la anexión aragonesa llevada a cabo por Jaime II en la guerra que le enfrentó a Castilla, como podremos comprobar en la última parte de este trabajo. Entre tanto, el rey Jaime se hacía cada vez más viejo. Parecía que por edad su labor podía darse ya por concluida, sobre todo si tenemos en cuenta que Mallorca había sido conquistada y que la reconquista de los territorios peninsulares, que le correspondían a Aragón y Cataluña por su tratado con Castilla, había finalizado. También comprenderemos que ya le había llegado al Conquistador la hora de jubilarse si además consideramos que quería evitar la guerra con Francia a toda costa. El conflicto con el vecino francés fue esquivado a lo largo del amplio reinado de Jaime I, a diferencia de lo que hicieron sus sucesores Pedro III, Alfonso III y Jaime II, reinados los suyos caracterizados todos por el cuasi continuo enfrentamiento armado con los monarcas Capeto. Debido a todo lo anterior, a Jaime I no le quedaba otro camino que retirarse a morir en paz o ampliar sus conquistas haciéndose a la mar. Y, contra todo pronóstico, esto último fue precisamente lo que hizo el rey haciendo honor a su sobrenombre. Por ello, en el ocaso de su vida, Jaime I se alió con bizantinos y tártaros y organizó una Cruzada a Tierra Santa, con el objetivo de crear un reino cristiano en Jerusalén. El 1 de septiembre de 1269, el rey partía del puerto de Barcelona al mando de la flota.

No obstante, a pesar de que el viejo monarca aragonés aún no había perdido del todo su ímpetu guerrero, la expedición pronto fracasó. Jaime I no tenía en esos momentos buenas relaciones con el papa como consecuencia de su incestuoso amor con Berenguela Alfonso, por lo que, como afirma Ferran Soldevila, fue suficiente con que el temporal dispersara la armada aragonesa para que Jaime I tuviera la sensación de que Dios no quería su servicio ni su paso a Tierra Santa. Ante esto y su falta de vigor, así como también a los ruegos del resto de expedicionarios por regresar a tierra, la empresa fue finalmente suspendida. El fracaso de este primer intento de expansión ultramarina de la Corona de Aragón, efectuado por Jaime I, tendrá su continuidad, en esta ocasión fructífera, con sus herederos: Pedro III arrebatará Sicilia a los angevinos y Jaime II conquistará Cerdeña, como podremos ver en las siguientes partes de este trabajo.

Pero tras la malograda aventura marítima de Jaime I, la larga y agitada vida del rey haría que aún hubiera tiempo para que tuviera lugar una nueva guerra civil; el tercer capítulo en el asunto navarro, episodio que a punto estuvo de sentar en el trono pamplonés a su hijo Pedro –el heredero de Aragón tras la muerte de su belicoso hermanastro Alfonso en 1260–; así como otra revuelta de los sarracenos de Valencia.

Hacia la década de los setenta del siglo XIII la situación en los reinos de Jaime era caótica. Por estos años Fernando Sánchez de Castro, un hijo bastardo del rey, se encontraba a la cabeza de una rebelión nobiliaria en la que el futuro Pedro III luchaba denodadamente para defender su herencia. Como nos informa Soldevila, el infante Pedro quería mantener a los nobles dentro de la disciplina, evitar sus abusos y reducirlos a la justicia empleando procedimientos muy rigurosos si era necesario. El rey Jaime desaprobaba estos métodos, ya que únicamente servían para enfurecer aún más a los nobles y darles una razón para alzarse en armas. Hay que resaltar al respecto que, tanto Jaime I como, posteriormente, su nieto Jaime II, supieron mantener a raya a la nobleza con la ley en la mano, de forma justa, ganándose el respeto como reyes, algo que no consiguió Pedro III, monarca que se enfrentó duramente a la aristocracia de sus Estados utilizando todos los medios, legales o no, negándose a jurar en ocasiones sus fueros y privilegios o, incluso, apropiándose de impuestos, como el bovatge, sin haber tenido la aprobación de las Cortes. Debido a ello, Pedro III nunca llegó a doblegar a su principal enemigo: la nobleza.

El resultado, como veremos en la siguiente parte de este manuscrito, fue la dolorosa invasión de Cataluña, sufrida durante la guerra con Francia, al haber padecido Pedro III el abandono por parte de los ricoshombres aragoneses. En cambio, el reinado de su padre, en opinión de Rodríguez-Picavea, supuso la consolidación de la monarquía catalano-aragonesa al frente de la Corona, ya que, a pesar de la oposición de una parte de la nobleza, el Conquistador supo reforzar el trono con el apoyo económico y social de la burguesía, que aumentó su protagonismo político al fortalecer su participación en las Cortes.

Jaime I tenía en gran estima a su hijo bastardo, por lo que existía una dura rivalidad entre el infante Pedro y su medio hermano Fernando Sánchez de Castro, algo que hizo incluso que monarca y heredero estuvieran un tiempo enemistados. No obstante, al primogénito de Jaime I no le faltaba razón para enfrentarse al bastardo. Sánchez de Castro se había entrevistado en Sicilia con el rey Carlos de Anjou, y se había puesto a su servicio, en un claro intento por apoyar la legitimidad de la dinastía angevina en el trono de esta isla en detrimento de las aspiraciones de Pedro como consecuencia de su matrimonio con Constanza, hija del depuesto rey Manfredo, algo que estudiaremos con más detalle en la segunda parte. El enfrentamiento fraticida se recrudeció, de tal forma que la violencia del futuro Pedro III el Grande hizo que Fernando Sánchez y su mujer estuvieran a punto de morir en sus manos. Al poco, en abril de 1272, Jaime I mostraba su predilección por el bastardo y privaba de la procuración general de los reinos al infante Pedro, cargo que normalmente iba parejo a la primogenitura. El rey delegaba en ocasiones una importante parte de sus funciones en la figura del procurador general, personaje que se encargaba de facilitarle las tareas de gobierno y del ejercicio de la justicia. Al mismo tiempo, cuando el cargo recaía, como era habitual, sobre el primogénito, el desarrollo de las funciones asignadas a su oficio servía para que el joven príncipe fuera adquiriendo experiencia de cara a su futura estancia en el trono.

No pasó demasiado tiempo para que se demostrara el porqué del recelo de Pedro hacia Sánchez de Castro: el favorito del rey tomó parte en una revuelta nobiliaria como cabecilla, en la que destacaba la presencia de Ramón de Cardona, Hugo V de Ampurias y Arnau Roger de Pallars. Jaime I no tardó en comprender el error cometido y hacia 1273 se reconciliaba con su hijo legítimo. Pedro respondió entonces a este gesto sin rencores y actuó con contundencia para defender el patrimonio de su padre y su propia herencia.

Para acabar de empeorar la ya de por sí maltrecha situación de la Corona de Aragón, solo faltaba que en medio del alzamiento de Sánchez de Castro, el rey de Navarra, Enrique I, hermano de Teobaldo II, muriera en 1274 sin haber dejado sucesor, por lo que nuevamente se presentaba la ocasión para Jaime I de hacer valer los antiguos pactos de afiliación firmados con Sancho el Fuerte. Irremediablemente, parte de la atención del rey de Aragón se desviaba en consecuencia hacia el vecino reino pirenaico. No obstante, Jaime I, y también el monarca castellano, Alfonso X, optaron por ceder sus derechos al trono pamplonés a sus respectivos hijos, Pedro y Fernando. En consecuencia, los candidatos al trono bacante eran el hijo y el nieto de Jaime I.

El infante Fernando de Castilla armó su ejército y se dirigió a Navarra. Aragón poco podía hacer inmerso como estaba en una guerra civil. Sin embargo, la diplomacia y las buenas relaciones con Navarra hicieron que Pedro fuera bien recibido ante las Cortes de este reino.

Allí, el dominante partido pro-aragonés adelantó al infante de Aragón doscientos mil marcos de plata para que armara un ejército con el cual defender Navarra de Castilla y de Francia. Esta importante suma no solo permitiría a Pedro hacerse con Navarra, sino que al mismo tiempo acabaría con la revuelta de su hermano bastardo. A pesar de todo, la presencia militar castellana, con Fernando al frente, tuvo su peso y los tumultos ocasionados fueron posibilitando el aumento de adeptos al partido pro-castellano. El horizonte navarro era cada vez más opaco, y fue en ese momento cuando entró en liza Francia, un huésped frecuente en los acontecimientos relacionados con periodos de interregno navarro. La viuda de Enrique I, Blanca, huyó de los altercados públicos de Navarra y se refugió en la corte francesa de su primo Felipe III el Atrevido. Allí casó a su hija Juana con el futuro Felipe IV de Francia, monarca que acabaría reinando también sobre Navarra.

En esos momentos el entendimiento entre Jaime y Pedro era excelente, por lo que mientras el rey, que rondaba ya los setenta años –una edad extrañamente elevada para la época–, se dirigía a combatir en Ampurias al conde rebelde, el infante marchaba al encuentro de Fernando Sánchez de Castro para, una vez concluido el último episodio de los asuntos navarros, acabar de una vez por todas con el alzamiento nobiliario. Corría el año 1275 cuando el bastardo fue finalmente hecho prisionero y ahogado por orden del infante Pedro en aguas del río Cinca. De esta forma tan violenta cesaba la rebelión y casi al mismo tiempo el reinado del gran Jaime I. A finales de ese mismo año surgía una nueva insurrección, esta vez ocasionada por los sarracenos valencianos: al-Azraq reaparecía, apoyado por sus correligionarios del norte de África. En este ambiente Jaime I el Conquistador moriría el 26 de julio de 1276.


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David Barreras Nací en París tres meses después de fallecer el dictador Francisco Franco. De padres y abuela emigrantes. Mi abuelo, un exiliado republicano. Nos trasladamos a España en plena transición, a un lugar maravilloso en medio de la huerta valenciana, donde tuve una infancia feliz rodeado de buenos amigos, exactamente los mismos que ahora. Y libros, muchos libros. Sobre todo de Historia. Tocó ir al instituto y luego a la universidad y, ante todo, fui práctico. La Historia era mi pasión pero las ciencias no se me daban nada mal. Finalmente me licencié en Tecnología de Alimentos, empecé a trabajar como investigador científico, siempre en biotecnología y, más tarde, me hice escritor. Lo cierto es que nunca me lo propuse. Cristina Durán De la mezcla de la herencia familiar y de lo que una recolecta en su vida universitaria nace lo que soy hoy, preocupada por el sustento de todos estos saberes un tanto olvidados en nuestro actual mundo. Fue aquí, terminados mis estudios cuando conocí al que es hoy mi marido y coautor de mis libros, con el que comparto mi interés e inquietud por la Historia, David Barreras, por él me trasladé a Valencia. Hoy en día es un lugar en el que no quisiera dejar de vivir, una tierra con un pasado histórico glorioso, con reyes ilustres y vestigios muy palpables de un pasado musulmán, algo que ha pesado sobremanera en nuestros libros, todos ellos relacionados con la Edad Media. Aquí, además, se me ha brindado la oportunidad de colaborar y revisar obras de otros autores valencianos y seguir desarrollando mi faceta como historiadora.

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