Historia secreta del mundo (cuarta entrega)

Por . 15 junio, 2015 en Edad Moderna
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Ediciones de La Discreta permite a los lectores de Anatomía de la Historia leer una amplia selección de los textos en los que Emilio Gavilanes nos descubre desde su Historia secreta del mundo la aventura literaria que puede ser vislumbrar las entretelas del pasado de los seres humanos.

Esta es la cuarta entrega de este camino fascinante.

El gran río

Expedición del capitán Rodrigo de Reinosa por el interior de Nueva Granada en busca del lago Guatavita, en cuyo fondo yace el fabuloso tesoro de las ofrendas arrojadas a sus aguas durante generaciones, tesoro que esperan recuperar vaciando el lago. Pero como les han abandonado los indios que traían para portear los víveres, las municiones, toda la carga, se han visto obligados a abandonarla en medio de la selva y a emprender el regreso. Desde hace varios días van perdidos. Son cerca de cuarenta hombres, que avanzan en hilera abriéndose paso entre la maleza a golpes de machete. El que capitanea la expedición marcha en último lugar. Es el único que no releva la cabeza. Siempre encuentra el paso despejado. Es pequeño, de pocas carnes, muy oscuro, casi negro. No se quita nunca la armadura.

Cuando encuentran un espino lo rodean. Ya saben que son venenosos. Los primeros días vieron cómo moría uno de los suyos, mientras se abría paso, confiado, entre lo que creía eran meras zarzas. No se atrevieron a sacarlo por temor a correr la misma suerte.

Avanzan por la orilla de un gran río. Hace mucho calor. Hay tanta humedad que parecen estar caminando bajo el agua, como si la selva y el propio río junto al que caminan, todo, estuviese bajo otro río, gigante y transparente, invisible.

Los objetos de metal escurren un orín que parece brotar de su interior. Todos los hombres sudan a chorros, salvo el capitán.

Inútilmente buscan las huellas que dejaron hace pocos días. Solo se detienen al llegar la noche, cuando se tumban hambrientos y aturdidos, con la infantil esperanza de despertar salvados. Todos los días, cuando amanece, falta alguien.

El capitán Reinosa, al que nadie ha visto dormir, a menudo se acerca a la orilla del río y clava la espada en la corriente y aunque el agua parece inmóvil enseguida se forma una trenza junto al arma, como una cuerda, que indica la dirección en la que corre el río. A veces reparte golpes entre sus hombres sin dar explicaciones. Ellos tampoco las piden. En el fondo creen que los merecen.

Las orillas están infestadas de mosquitos. A la tarde se levanta un gran viento que los arrastra río arriba como una nube de humo. Entonces los pájaros menudos dejan de volar, pues ya no necesitan perseguirlos. Se posan en alguna rama, cara al viento, y se limitan a abrir el pico, que no tarda en llenarse de comida.

Dentro de unos días, durante un descanso, el capitán se quedará dormido y sus hombres, sin ponerse de acuerdo, sin saber muy bien qué hacen, lo matarán. Pasarán toda la tarde mirando su cadáver. Alguien preguntará: “¿Por qué lo hemos matado?” Todos permanecerán en silencio. Después de un tiempo alguien dirá: “Yo creí que vosotros lo sabíais”. Pasarán las horas y alguien va a añadir: “No sudaba nunca”. Y a todos tranquilizará la observación, como si eso justificase el crimen.

Cuando arrojen el cuerpo al agua desaparecerá enseguida de la vista, pues no le quitan la armadura. El agua estará turbia y parecerá quieta. Durante unos instantes flotará una mancha roja, que no tardará en disolverse.

A la mañana siguiente el sol no saldrá sobre la laguna que en los últimos días les sirve de referencia. Pasarán los días y cada vez saldrá y se ocultará por un punto diferente. Todos pensarán que el remordimiento los ha vuelto locos. No sabrán que el suelo por el que caminan se ha desgajado de la tierra firme y flota a la deriva, llevando consigo una gran porción de selva.

En todos va a ir brotando el sentimiento de que viajan en una expedición de perturbados de los que no deben fiarse, pues ya han demostrado que son imprevisibles.

Antes de que el miedo comience a disgregar el grupo y de que cada uno parta en una dirección distinta, ensayarán una oración conjunta, en un último intento de obtener el perdón de Dios. No se oirán sus voces, anuladas por el estruendo de la selva. Los animales chillarán más fuerte, como si les hicieran burla.

Aún van a pasar tantos trabajos que cuando les alcance la muerte sentirán alivio. Pero faltan unos días. Ahora avanzan convencidos de estar en el infierno.


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Emilio Gavilanes nació en Madrid, en 1959. Realizó estudios de Geológicas y de Físicas, y se licenció en Filología Románica. Ha desempeñado una buena variedad de oficios y desde hace años trabaja en el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española. Ha publicado las novelas La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007) y Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio Tiflos de Novela, Edhasa/Castalia, 2014), los libros de relatos La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Finalista del III Premio Setenil, Ediciones de La Discreta, 2005), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015), y las colecciones de haikus Salta del agua un pez. 101 haikus (La Veleta, 2011) y El gran silencio (La Veleta, 2013). También ha preparado la edición de la obra de Camilo Bargiela Luciérnagas (Renacimiento, 2009) y ha escrito numerosos artículos y colaboraciones en diversas publicaciones.

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