Pablo Escobar: narcotráfico y clientelismo

Por . 10 junio, 2015 en Siglos XIX y XX
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Para Hans Magnus Enzensberger, el gánster es una de las figuras más sobresalientes en la breve nómina de personajes mitológicos del siglo XX. Tiene razón, por supuesto.

Sólo hay que ver la trilogía de El Padrino o Camino a la perdición, donde el mafioso, por la magia de la ficción, se convierte en un héroe con el que llegamos a simpatizar. Lo mismo sucede con las películas de piratas, aunque en la vida real los individuos de la tibia y la calavera fueran tan poco simpáticos como los hampones norteamericanos. ¿Es esta mitificación un producto sólo un producto de la fantasía del cine?

En la vida real, los fuera de la ley siempre han despertado una extraña fascinación porque la gente suele hacer abstracción de sus crímenes para quedarse con su rebeldía frente al sistema. En el caso del bandido social, el delincuente se presenta como un campeón contracultural que parece subvertir la realidad cotidiana: roba a los ricos para dar a los pobres, justo lo contrario de lo que acostumbra a hacer el Estado.

Cuando los jefes del crimen organizado juegan a benefactores, su actuación no obedece al impulso humanitario sino al cálculo político. En su mundo, el clientelismo supone la condición sine qua non del poder: es alguien el que es capaz de dar algo.

Volvemos así a la época pre-moderna, en la que un atributo esencial del gobernante consistía en la capacidad de distribuir mercedes entre los suyos. Frente al concepto universal de ciudadanía surgido tras la Revolución Francesa, aquí importa la pertenencia a una facción. Como en los tiempos del Antiguo Régimen, la lealtad posee una naturaleza inequívocamente personal: se ofrece a un individuo, el capo, no a una entidad abstracta como la administración estatal. A través de la obediencia a un amo, el súbdito espera ver garantizado su bienestar económico y su posibilidad de ascenso social.

Esta imagen redentora es en buena parte mítica. Los narcotraficantes, sin el corsé de una legislación laboral, por laxa que sea, utilizan a las bases de su organización como mano de obra barata y desechable en el sentido más literal del término. Un sicario mexicano, por ejemplo, puede ganar al mes tan sólo ochenta o cien euros, cifra irrisoria por sí misma pero sobre todo en comparación con lo que ganan sus jefes. Y si no cumple las expectativas puestas en él, o molesta, siempre puede ser eliminado. Su explotación permite amasar grandes fortunas con las que después, el líder de la organización, podrá financiarse una imagen filantrópica.

Se repite así el comportamiento del típico empresario que roba a sus obreros pero siempre tiene una cifra suculenta para entregar a la caridad. Nada nuevo bajo el sol, en suma. El mismo Al Capone que obtenía increíbles ganancias del juego y la prostitución se ocupaba también de abrir comedores para los proletarios, en plena Gran Depresión.

Compra diputados, policías, jueces, periodistas… El narcotráfico ejerce el poder con todas sus ventajas pero sin asumir sus responsabilidades. Así, sin necesidad de crear un Estado, los traficantes construyen una estructura paralela que desafía al poder legítimo. Es más, lo deja en ridículo. Porque, frente a las anquilosadas estructuras de la burocracia, los delincuentes utilizan métodos eficaces de gestión empresarial sin ninguna cortapisa para sus objetivos.

La crueldad, con la moral nihilista que lleva implícita, se convierte en una ventaja comparativa que da alas a los miembros del hampa, envueltos en una cultura donde la muerte se asume como un elemento habitual del paisaje, no como una disonancia ni como un tabú del que mejor no hablar, que es lo que sucede en el resto del mundo.

 

Frente al Estado

Los sicarios de Medellín, como los obreros del siglo XIX, no tienen nada que perder. Eso les da fuerza en su rebeldía, sólo que la suya no pretende crear una nueva sociedad sino recrear, a su particular manera, los peores vicios del capitalismo. Mansiones, coches de lujo, sexo… El materialismo más desenfrenado se convierte en una demostración de estatus por parte de los advenedizos metamorfoseados en señores feudales del siglo XX y del XXI. Para ellos, la ostentación equivale a propaganda de su poder, de la misma forma que los antiguos aristócratas levantaban palacios para que el común de los mortales visualizara su posición hegemónica.

Este es uno de los múltiples niveles en los que el narcotráfico plantea su batalla por el control social, todos ellos dirigidos a construir una legitimidad alternativa a la democrática. Si el político recibe su autoridad de los votos, el capo se construye como un caudillo a quien se venera y se teme al mismo tiempo, dotado de un carisma que proviene de su naturaleza transgresora.

Frente a un Estado odiado por su corrupción y su prepotencia, el bandido se yergue como encarnación de la masculinidad. Es el hombre verdadero que se ha ganado su posición a fuerza de valor y no, como los líderes tradicionales, a partir de componendas. Un corrido mexicano expresa muy bien esta función de la violencia como fuente de un nuevo contrato social: “Yo buscando un mejor rango, así como en los partidos, allá se gana gritando, aquí se gana con tiros”. Dicho de otra manera: en la selva, el fuerte es el rey porque es fuerte, sin necesidad de hacerse ratificar en unas elecciones.

 

Escobar, el patrón del mal

En Colombia, el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria es el arquetipo de estos justicieros al margen de lo establecido. Tras su muerte, no son pocos los que visitan su tumba como muestra de admiración e incluso le continúan solicitando favores, como si fuera un santo capaz de interceder en su favor desde el más allá, lo mismo para ganar en la lotería que para pagar una deuda.

“Unos y otros convocan el espíritu poderoso de Pablo, el Patrón, entonando, solos o acompañados, rezos con la estampa que lleva su fotografía”, señala Alonso Salazar en El patrón del mal, su biografía del antiguo zar de la cocaína. Escobar, en este imaginario, lejos de ser una figura maléfica, aparece como un empresario talentoso víctima de las calumnias de los estadounidenses, los ricos, los periodistas o el gobierno.

Escobar comprendió los beneficios propagandísticos de acentuar su perfil social, por lo que impulsó todo tipo de acciones caritativas entre los sectores más desfavorecidos, derramando el dinero con generosidad. Lo mismo dio fondos para pavimentar calles de Envigado, el municipio donde transcurrió su juventud, que para construir campos de futbol dotados de iluminación y gradas, de forma que los niños y los jóvenes pudieran correr tras un balón sin arriesgar sus vidas en las calles “cruzadas de raudos automotores”.

De esta manera, contribuía a dignificar el casi único esparcimiento de los más pobres, a la vez que ayudaba a muchachos humildes a labrarse una carrera deportiva. El futuro guardameta de la selección colombiana, René Higuita, se benefició de su mecenazgo. Mucho tiempo después, declaró que había sido amigo suyo y que conocía su “lado humano”.

Su labor no quedó aquí. También aportó el dinero para la construcción de viviendas dignas en los barrios miserables. Después del incendio del barrio de Moravia, en Medellín, en 1982, fue él quien hizo un censo de los damnificados, la mayoría recicladores de basura. Les entregó viviendas que ellos debían terminar, pero que estaban provistas de lavamanos e inodoros. Por otra parte, tampoco olvidó practicar la caridad individual con todo tipo de personas en apuros. A la esposa de un portero enferma de cáncer, le pagó el tratamiento.

Nuestro hombre se ganó así un aura de líder con una preocupación genuina por los marginados entre los marginados. Por eso tanta gente le admiraba: parecía muy distinto de los políticos al uso, aquellos que se esfuman cuando acaba el periodo electoral. Entre los humildes no se decía que fuera un delincuente sino un millonario que había salido de la nada y que, por eso mismo, deseaba ayudar a los desposeídos.

Su popularidad no puede entenderse sin tener en cuenta el origen social de su público, las víctimas de un sistema que había arrojado a miles de trabajadores de las industrias de Medellín, condenándolos a subsistir a través de la economía informal. El Estado se desentendió de ellos y la izquierda, ni siquiera la guerrillera, fue incapaz de representarles. Se produjo así un vacío que sólo esperaba la llegada de un caudillo populista para ser ocupado. En un mundo donde el Estado del bienestar brilla por su ausencia, las obras de beneficencia del “patrón” son la única política redistributiva que conocen las masas.

Un comentario del propio Pablo refleja este hecho: “Hemos visto con dolor a muchos niños sentados sobre adobes, en locales destartalados, y a los maestros viviendo sin ninguna protección ante la indiferencia del Estado”. No decía, en cambio, que estas criaturas serían la cantera donde los amos del crimen organizado, empezando por él mismo, reclutarían sus ejércitos de sicarios, con frecuencia menores de edad a los que no se puede imponer la condena de un adulto.

Igual que Michael Corleone en El Padrino II, Escobar gastaba parte de su tiempo en atender la demandas de sus “clientes”, consciente de que los favores establecían lazos de dependencia que en el futuro podían resultarle de extrema utilidad. Eso fue lo que sucedió cuando secuestraron a su padre, puesto que familias enteras de los suburbios de Medellín aceptaron vigilar los teléfonos públicos por si identificaban a alguien que exigía un rescate. Finalmente, consiguió rescatar a su progenitor sin pagar un peso y pudo enorgullecerse de que le habían ayudado más de cinco mil “amigos”.

En otros casos también quedan igualmente de manifiesto las contrapartidas de la política de la generosidad. Cuando abrió un espectacular zoo gratuito, en 1980, Escobar utilizó los excrementos de los animales para untar los paquetes de cocaína de forma que los perros adiestrados no fueran capaces de detectarlos.

La práctica del populismo resultó fundamental para su trasformación en un poder en la sombra, en el hombre imprescindible con quien los políticos tenían que contar, cosa que hacían desde el respeto e incluso desde la simpatía, decididos a beneficiarse de una fuente de financiación prácticamente inagotable. Lejos de ser visto como una amenaza, aparecía como el héroe que impulsaba la economía con su talento para los negocios. No importaba que traficara con estupefacientes, sino que allí donde movía el dinero se creaban puestos de trabajo y se multiplicaba la riqueza. Gracias al narcotráfico, Envigado se convirtió en el municipio más prospero del país, el “Mónaco colombiano”, en el que se ofrecían a los ciudadanos prestaciones como el seguro por desempleo, impensables en otras zonas del territorio nacional.

Mientras tanto, el “zar de la cocaína” no dudaba en acentuar un aparente izquierdismo, presentándose como un defensor de los derechos humanos y un enemigo de la oligarquía. Si hacemos caso a su discurso, él no era más que un hombre del pueblo que conocía su realidad, preocupado porque la juventud no cayera en “el vicio de la droga”. Tampoco vacilaba a la hora de tocar la tecla nacionalista, oponiéndose a los proyectos de extradición a Estados Unidos con la retórica del que pasa por un enemigo del Imperio.

Por todas estas razones, no puede extrañar que acabara convirtiéndose en un héroe para mucha gente humilde. En cierta ocasión, durante una conversación con una cuidadora de ancianos colombiana, se me ocurrió realizar una crítica a Escobar que fue inmediatamente mal recibida. No debía decir esas cosas contra un amigo de los pobres. Sí, su negocio era ilegal, pero, a fin de cuentas, se limitaba a satisfacer los vicios de los gringos.

Desde Europa y Estados Unidos, la visión de Colombia suele estar teñida de un moralismo que impide la compresión de los procesos sociales que impulsan la extensión de la delincuencia. Se acostumbra a identificar América Latina con un continente esencialmente irracional y caótico, en manos de todo tipo de bandidos. El tópico quiere que la violencia sea algo consustancial a este mundo supuestamente incomprensible, de forma que permanezca incuestionada la auténtica raíz del mal, el fracaso del Estado a la hora de satisfacer las necesidades de la ciudadanía. Si el poder público renuncia a su razón de ser, la guerra de todos contra todos se extiende igual que los gases y ocupa todo el espacio disponible.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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