¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?

Por . 10 agosto, 2015 en Mundo actual
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Dedicado a José Luis Ibáñez Salas y a Ramiro Domínguez Herranz

 

 

Manuel Sacristán

Con motivo de la controversia mantenida por los doctores José Álvarez Junco y Luis Fernando Medina sobre Marx hoy en El País y en Público, quisiera entrometerme. No para rebatir argumentos de uno u otro, sino para preguntarme más concretamente por lo que queda de Marx.

Lo hago volviendo ahora a un artículo que leí en su momento, un texto de Manuel Sacristán, el mayor especialista que ha habido en España en la obra de Karl Marx. La escritura data de febrero de 1983. Se publicaron dos versiones. La breve, recortada sin autorización del autor, apareció en El País (14 de marzo de 1983). Ésa es la versión que leí. La completa se publicó en el número 16-17 (agosto-noviembre de 1983) de la revista Mientras Tanto, que entonces dirigía el propio Sacristán.

Digo que regreso a dicho artículo y al indicarlo así me expreso incorrectamente. Lo que ahora leo completo es el texto publicado en Mientras Tanto. Es, pues, una experiencia nueva.

¿Cuál es el título de dicha intervención? El epígrafe que Sacristán le dio es muy revelador: “¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI? Dice Sacristán:

 

“En el siglo XXI se seguirá leyendo a Marx. Para entonces estará claro que el desprecio por Marx de los años setenta y ochenta [del siglo XX], nacido del hipermarxismo de 1968, fue sólo, como éste, otro despiste de la misma labilidad pequeñoburguesa. Estará claro, como lo está hoy, que Marx es un clásico. Se seguirá leyendo, si es que algo se lee: si no se produce antes la catástrofe cuyo presentimiento anda reprimiendo tanta gente”.

 

Empieza fuerte y empieza bien, con contundencia expresiva y con audacia, como solía hacer Manuel Sacristán. ¿Se lee a Marx hoy en día? ¿Se le lee como Sacristán señaló, como un clásico?

Qu-Marx-se-leer-en-el-siglo-XXI_MScaristnLos clásicos no son autores olvidados ni obras arrinconadas en un almacén de trastos inservibles. No son cachivaches apartados ya inútiles. Tampoco son materiales inertes depositados en un museo. Antes al contrario, un clásico es un objeto vivo que envejece bien, una pieza ya gastada, incluso muy gastada, de la que descubrimos matices insospechados conforme volvemos a contemplarla o a usarla.

Los clásicos formulan las preguntas que nos acucian, las preguntas; y dan respuestas probablemente insuficientes, tentativas, incluso erróneas, pero en las que advertimos osadía, arrojo. Lees un clásico y las contestaciones que te proporciona no resuelven tus dudas o tus angustias. Sin embargo, aprecias la audacia del autor o de la obra, esa capacidad de aventurar respuestas.

Los clásicos –los auténticos, los que resisten el paso del tiempo– no repiten sin más lo que es propio de su época. Crean un lenguaje nuevo para designar las cosas de su tiempo, que suelen ser las cosas sin tiempo, las cosas que no se resuelven; rehacen verbalmente el mundo e inventan una descripción que parece adecuada, pertinente, reveladora. Parece, digo. En todo caso, esa descripción es nueva, una aportación original que se vale de materiales ya empleados.

Mao Zedong quiso ser original, quiso ser empeñosamente literario, y el resultado es soporífero. No es un clásico al que volver. El paso del tiempo ha arrinconado su prosa campanuda y esforzadamente simbólica, enfáticamente elevada, una sintaxis que quiere valerse de ecos populares y que acaba siendo un pastiche.

En cambio, Marx tiene capacidad para designar el mundo con vocablos nuevos. Tiene capacidad para describir el orden y el desorden con un lenguaje en el que hallamos resonancias mesiánicas e imágenes propiamente poéticas. En él se aprecian lecturas innumerables, la gran literatura que ahora confluye para expresar lo visible, el presente. Pero en Marx hay también la voluntad de decir lo que no se ve, lo que a simple vista, no detectamos.

Como en Goethe, dice literalmente Manuel Sacristán, hay también en Marx poesía y verdad. Y añade: “las páginas de Marx que pueden sobrevivir como clásicas ofrecen textos de varias clases: científicos sistemáticos, históricos, de análisis sociológico y político, de programa”. O, en otros términos, distintos a los empleados por Sacristán: en Marx hay ciencia, análisis profundo de la estructura, del funcionamiento de las cosas; y hay literatura, una voluntad de estilo expresivo que ha de servirle para nombrar los objetos que lo rodean. Lo hondo y lo superficial, pues. Lo invisible y lo visible. Lo ignorado y lo ya sabido.

Pero Sacristán hizo hincapié en el apocalipsis medioambiental, algo de lo que hay atisbos en la obra de Marx cuando habla del desarrollo de las fuerzas productivas o cuando habla de la revolución científico-técnica. ¿Cuáles son sus consecuencias? Sacristán escribe en 1983… Y el filósofo español subrayó también el estilo intelectual de su par: la voluntad de sistema que hay en el pensador alemán.

Le preocupó menos la vertiente propiamente literaria, aunque no le faltó sensibilidad para analizarla. “Ninguno de esos textos”, dice refiriéndose a la obra de Marx, “es tan bueno literariamente como para perdurar por su sola perfección”. Sacristán introduce de inmediato alguna salvedad: “tal vez con la excepción del Manifiesto Comunista y de algunos trozos del Capital“. Es decir, que el Manifiesto y El Capital pueden ser leídos ahora, en el siglo XXI, como obras clásicas de la literatura. Justamente a lo que yo quería llegar.

 

Francisco Fernández Buey

Qu-Marx-se-leer-en-el-siglo-XXI_FFBueyY quería llegar también a Francisco Fernández Buey, que falleció poco tiempo atrás. No hace muchos años releí la nueva edición que acababa de aparecer de un libro suyo de 1998, una biografía intelectual: Marx (sin ismos). Lo publicó en 2009 El Viejo Topo, la revista que se convirtió en editorial. Por razones que ignoro, los responsables no adviertieron al lector de que este libro de 2009 era una reimpresión del volumen aparecido en 1998. Tengo ambos ejemplares.

La primera edición tiene una cubierta en la que vemos a Karl y Jenny Marx. La última tiene como motivo una fotografía de su efigie, un detalle escultórico: no es la figura que corona su tumba en el Cementerio de Highgate de Londres –como había pensado así, a bote pronto–, sino parte del monumento a Karl Marx y a Friedrich Engels que está en Berlín.

La obra que releí es una notable introducción al pensador alemán, escrita precisamente por un discípulo de Manuel Sacristán: Francisco Fernández Buey. Revisado ahora, el libro cobra una actualidad inusitada. No hace falta declararse marxista ni altermundista. Tampoco hace falta convenir enteramente con lo que dice el autor. Lo que sorprende favorablemente es la pasión con que lee o relee a Marx, la buena prosa con que lo trata y la calidad de sus reflexiones… de 1998.

Cuando Fernández Buey escribe esta obra, el nombre de Marx está prácticamente deshauciado. El contexto no facilita su recuperación. En aquel momento, el triunfo indiscutible del pensamiento liberal ha arrinconado al filósofo alemán, que es y se ve sobre todo como un pensador antiliberal precisamente. En aquel contexto, insisto, liberalismo y democracia parecen comunes. Y, sin embargo, no son sinónimos.

La democracia contemporánea nace como una corriente de oposición a los regímenes restrictivos del Ochocientos: contra el liberalismo censitario, por ejemplo. En los años cuarenta del siglo XIX, Marx comienza a escribir en la prensa. Lo hace contra el liberalismo prusiano: contra la censura, contra la represión. Y lo hace con vehemencia, con furia, oponiéndose a las incongruencias del liberalismo. Cuando empieza no es un comunista: como otros, es un liberal desencantado que acaba abrazando la democracia y el republicanismo.

Fernández Buey reconstruye ese avatar biográfico y, sobre todo, recupera para nosotros la genialidad particular de un joven que se enfrenta al mundo, a un mundo represor e incoherente que le disgusta. En ese joven ya están el ilustrado racional y el romántico pasional. Están el pensador que confía en la ciencia y el escritor que se vale de recursos literarios para persuadir y combatir. Están el estudioso de gabinete y el polemista de prensa.

En las páginas que escribe Fernández Buey están, además, el filósofo del sistema y el intuitivo desordenado, el liberal desencantado y el comunista ardoroso. Están el analista del capitalismo y el faro del socialismo.

Están el enamorado de Jenny y el amigo de Engels. Están el poeta vocacional y mediocre y el lector inagotable y creativo, aquel que salta de un libro a otro con exaltación: páginas de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, William Shakespeare, Heinrich Heine, David Ricardo, etcétera. Un largo etcétera, sí, de autores: y de metáforas y de figuras míticas con Prometeo a la cabeza.

Están quien observa y quien describe, aquel que se vale de instrumentos prestados y reelaborados para designar de nuevo modo al protagonista presente e histórico: la burguesía.

¿Qué puedo decir ahora que no se haya dicho ya? ¿Qué puedo añadir que no haya sido dicho por otros en polémicas recientes o pasadas? La respuesta me la da Fernández Buey, que no pretende ser original y acaba siéndolo. Glosa a Marx leyendo sus textos en su contexto, irritándose con él. Lo interpela para ver qué dice el filósofo y qué decían sus rivales o los autores a los que él tomó como rivales.

No lo voy a resumir, claro. No voy a sintetizar el contenido de unas páginas en las que expresa admiración y crítica, cercanía y distancia. Fernández Buey se siente sobrecogido y admirado ante el titanismo prometeico que anima a Marx, su decidida voluntad de cambio. Pero sabe de su exceso, de su genialidad herida, de su herida omnipotente. Fernandez Buey reproduce un poema de Marx, del Marx juvenil y enamorado de Jenny von Westphalen, una Jenny que critica su ampulosidad versificadora.

 

Terry Eagleton

Hay autores que no es posible leer, sólo releer. Eso decía Jorge Luis Borges de los clásicos. Aun cuando no hayamos consultado ninguno de sus libros o aun cuando creamos ignorarlo todo de ese autor, sabemos muchas cosas de él, cosas correctas o tergiversaciones. En el ambiente actual está Karl Marx. Años atrás parecía muerto y bien muerto. Y sus ideas se nos antojaban un resto equivocado del siglo XIX. Ahora, por el contrario, parece sensato releer sus obras, al menos algunas de sus páginas más vibrantes, más perspicaces.

Yo lo vengo haciendo desde hace años. No mejoro. Incurro. En otoño o en primavera suelo leer sobre el marxismo, como suelo releer, por ejemplo, el Manifiesto comunista o ciertos pasajes de sus obras mayores. Es un choque saludable, un purgante intelectual. No sé si lo he dicho ya en alguna ocasión. Cuando me amodorro, Marx me despierta. Me administro unas lecturas como tónico o como tóxico: eso sí, en dosis moderadas. No porque crea que tiene necesariamente razón, sino porque me saca de mis casillas: me hace preguntarme sobre lo presuntamente obvio.

A comienzos de los años noventa, cuando el triunfo del liberalismo era universal y la caída de la URSS era inminente, alguien dijo que el marxismo sólo sobreviviría en lugares remotos y clausurados como Albania o los campus de algunas universidades anglosajonas. La primera parte del vaticinio no se ha cumplido. La segunda parte de esa profecía, sí: en ciertas facultades inglesas, por ejemplo, hay notables pensadores que cultivan el marxismo.

Uno de ellos, uno de esos autores, es Terry Eagleton, crítico literario y profesor de Teoría Cultural. Hace unos años escribió un artículo sobre la vigencia insólita de Marx. Después, de este investigador nacido en Salfor la editorial Península traducirá un libro con el título de Por qué Marx tenía razón (2011).

El arranque es prometedor:Qu-Marx-se-leer-en-el-siglo-XXI_TEagleton-300x184

 

“Este libro se originó a partir de una única y llamativa posibilidad: ¿Y si todas las objeciones que se plantean más habitualmente a la obra de Marx estuvieran equivocadas? ¿O, cuando menos, aun no siendo desatinadas del todo, sí lo fueran en su mayor parte? Con esto no pretendo insinuar que Marx no diera jamás un paso en falso. No soy de ese género de izquierdistas que, por un lado, proclaman devotamente que todo es susceptible de crítica y, al mismo tiempo, cuando se les pide que propongan aunque solo sean tres puntos importantes que se puedan reprochar a las tesis de Marx, reaccionan con malhumorado silencio. Yo mismo tengo mis propias dudas acerca de algunas de las ideas marxianas y creo que este libro lo pondrá suficientemente de manifiesto. Pero la verdad es que Marx tuvo la suficiente razón a propósito del suficiente número de cuestiones importantes como para que llamarse marxista pueda ser una descripción razonable de uno mismo”.

 

El día en que empecé dicho volumen me leí en un santiamén más de cuarenta páginas. A las dos de la madrugada tuve que dejarlo. Podría haber seguido sin pegar ojo: tantas son la gracia y la garra del libro, tanta es la polémica que me provoca, tan ardorosamente argumentado está. Qué divertido puede ser el pensamiento bien escrito, bien razonado, sin artificios expresivos o charlatanerías vulgares.

¿Podemos leer a Marx con provecho? Claro que sí. Sorprende cómo cambia la literalidad de lo dicho conforme cambia tu contexto, circunstancia o momento. Por supuesto, no se le puede atribuir lo que no dijo. Pero lo que sostuvo fue frecuentemente ambiguo e incluso contradictorio. Por un lado podía sostener una concepción de la historia determinista y por otro lado confiaba en la acción humana, esa que se despliega gracias a la razón, a la voluntad, incluso a la pasión. En Marx hay un romántico y no sólo un hijo de la Ilustración que se cree científico; hay un trágico que habla en términos épicos de la burguesía y hay un profeta cuyos vaticinios son escasos e imprecisos.

Pero sobre todo hay un observador atento, un analista obstinado. El Marx que describe Terry Eagleton siempre es un pensador que vive tentando el mundo: aunque confía en un futuro mejor, no sabe cuál es el destino real de las fuerzas desencadenadas. Felizmente, ese Marx es menos egregio y consumado que el trazaran tantos marxistas posteriores. Por eso, su porfía analítica me parece cercana a la de Antonio Gramsci. A pesar de la distancia temporal y generacional se parecen: ambos son dos individuos finalmente aislados que estudian lo real con enciclopedismo y con erudición, con pocos datos disponibles, ensayando. Pero eso que hacen es lo que razonablemente hay que hacer: adelantan explicaciones e interpretaciones sin esperar que la marcha inexorable de la historia salve la situación. No se resignan.

Leer a Terry Eagleton, un socialista inglés tan refinado, nos permite saber qué es el pensamiento, cómo releer: los clásicos no son figuras fijadas y no hay hermenéutica o comprensión definitivas; los clásicos no operan con abstracciones, sino con su tiempo concreto, con sus problemas irresueltos. Pero, eso sí, se plantean las preguntas más audaces. El Marx más osado y perspicaz es el que aparece en estas páginas. Son muy alentadoras: animan a pensar y a hacer, a intervenir, pues cualquier tiempo pasado fue peor. Ahora nos desconciertan los mercados y la tecnología nos cambia completamente. En tiempos de Marx, las fábricas humeantes y la internacionalización del comercio y de la cuestión social desmantelaron un mundo de certidumbres y arraigo. Aunque sólo sea por eso, estamos en tiempos de Marx. Releamos. Veamos otra vez qué se preguntó…

 

Jonathan Sperber

Qu-Marx-se-leer-en-el-siglo-XXI_SperberEl historiador no es aquel que echa una ojeada a lo remoto o a lo chocante de otros tiempos. Primero, porque no puede acceder a lo ya ocurrido y finalmente desaparecido: sólo a sus restos. Segundo, porque no se dedica a recopilar curiosidades o episodios pintorescos, sino a relacionar, trabar, analizar y narrar lo sucedido y lo no sucedido: es decir, lo que aconteció y también lo que no se consumó por estar sólo en las intenciones y en los pensamientos de los antepasados. De lo que se materializó quedan huellas; de una parte de lo que se pensó sin finalmente ejecutarse, también.

La historia no es una recopilación de éxitos más o menos antiguos que sirvan de orgullo patriótico. Tampoco es una cosecha de derrotas o fatalidades que nos sirvan para alimentar rencores. La historia es un saber laico, racional. Sus oficiantes deben expresarse con la mejor prosa posible administrando la información de una manera documentada, persuasiva y convincente. ¿Para qué? Para aprender del pasado, para alejarnos de los antepasados. En realidad, lo que nos preocupa es el presente, lo que hoy nos inquieta o completa. Por ello, el investigador continuamente se interroga sobre lo que pasa para contrastarlo con lo que sabemos o creemos saber del pasado.

¿Para ver repeticiones? ¿Para confirmar la fatalidad de una derrota o de una guerra cuyas heridas aún no habrían cicatrizado? ¿Para enorgullecernos de unos triunfos lejanos? Quedarse atado a lo pretérito es negarse a vivir, decía Friedrich Nietzsche en una de sus Consideraciones intempestivas.

No hay repeticiones históricas. El futuro no está en el pasado. Como tantas veces se ha insistido con razón, el pasado es un país extraño, un repertorio de acciones humanas que hay que interpretar y un conjunto de circunstancias que hay que explicar. Los actos humanos tienen intenciones, justificaciones, racionalizaciones: es decir, los individuos dicen lo que hacen o lo que no hacen y eso que hacen y dicen o no dicen ha de ser comprendido por el historiador. Pero quien investiga no puede quedarse en las razones que esgrimían real o falsamente los antepasados: el historiador no es un portavoz de los muertos. Hay cosas que los vivos de aquel tiempo no pudieron saber, condiciones que les superaban y de las que eran perfectamente ignorantes. Como nos sucede a nosotros con estos tiempos de incertidumbre. El historiador sabe más que aquellos muertos y averigua las circunstancias que desconocían. Averigua el contexto de las cosas.

Y el contexto de cada época nos dice mucho acerca de nosotros mismos: podemos comparar lo que sabemos de nuestro tiempo con lo que ya está documentado para este o aquel momento de la historia. Comparar, contrastar. Lo pasado sólo subsiste en restos materiales o restos inmateriales: desde una vasija milenaria que el arqueólogo completa tentativamente, hasta unas concepciones o fantasías que sobreviven enteras, a cachos o en estado ruinoso. Todas estas ideas, archisabidas, me vienen a la cabeza al pensar en Karl Marx. Ahora diré por qué.

Debemos preguntarnos una y otra vez sobre las condiciones y el contexto de ciertos pensadores originales, osados, esos autores que tan influyentes han sido y que tanto nos han interesado o interesan: individuos que se alejan del común gracias a una gran perspicacia o inteligencia, a un empeño incluso loco por analizar las cosas.

Esos pensadores son propiamente creadores en el sentido más preciso de la palabra: llevan a cabo una tarea diferente a la de muchos y, por ello, son malinterpretados o rechazados. Eso pensaba de sí mismo Friedrich Nietzsche, por ejemplo. Podía ser capaz de sacrificarlo todo, toda su energía, a la tarea que se proponía, determinación admirable y preocupante.

Es admirable porque ese tipo de pensador se sabe dueño de su genialidad; es preocupante, sin embargo, porque no repara en sacrificios, que suele imponerse a sí mismo, pero también a las personas más cercanas. Reflexionaba sobre estas cosas, sobre los grandes creadores, y de chiripa siempre llego a Karl Marx.Qu-Marx-se-leer-en-el-siglo-XXI_1-300x300

Precedida de todas las recomendaciones, críticas y elogios llegó a Galaxia Gutenberg la biografía que Jonathan Sperber dedica a Karl Marx. Aún está reciente y su lectura me deparó un placer intelectual que no me puedo callar. Aunque la traducción tiene algún defecto subsanable (ciertos giros empleados en español), lo cierto es que la obra compensa cualquier pero o reproche.

Sperber analiza a Marx en su contexto sin dar nada por supuesto procurando no llevarlo al siglo XX: este libro no es una historia del marxismo, sino una biografía de Marx como individuo del siglo XIX. ¿Qué significa nacer judío en Tréveris, Renania, en 1818? ¿Qué significa morir en 1883, como revolucionario, como estudioso entregado fanáticamente a sus obras y a sus conspiraciones? ¿Qué significa fallecer en la cúspide de la celebridad política e intelectual, en lo más alto de las simpatías y antipatías?

La intención de Sperber no es convertir a Marx en nuestro contemporáneo (cosa que se le ha reprochado), sino en lo que realmente es: un antepasado del Ochocientos que le tocó vivir en un mundo completamente distinto al nuestro, un mundo que se transformaba provocando gran incertidumbre. ¿Acaso el biógrafo manda a Marx al pasado para desactivarlo?

No lo veo así. La obra de Sperber está escrita con genio, con habilidad narrativa, con ánimo exhaustivo. El autor interpreta y explica casi siempre de manera convincente. Tiene cientos de páginas. En su momento no quise mirar el número exacto: así, la dicha se prolongó más.

Más Marx.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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