Disparando contra los últimos soldados de la República

Por . 2 septiembre, 2015 en Siglos XIX y XX
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Hay libros en los que uno se zambulle una y otra vez para rescatar perlas y sentirse plenamente humano.

Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino, publicado por Random House, es uno de ellos, una portentosa manera de conmovernos y de saber un poco más de lo que es España e incluso conocer todavía mejor una ciudad como Madrid, o Zaragoza, y la Guerra Civil que duró tantas décadas y las pasiones de los seres ensimismados y la violenta y dulce realidad del deseo y de la memoria.

 

Anatomía de la Historia agradece a Random House y al propio autor permitirnos reproducir unos párrafos de este libro singular que nosotros hemos querido titular como sigue…

 

 

Disparando contra los últimos soldados de la República

 

Portada-Libro-188x300Moriréis como piojos. Esa fue la promesa que Enrique Líster hizo a los chavales de dieciocho años que instruía en la playa de Salou en el verano de 1938. Líster quedó para la historia como un dirigente comunista de jersey grueso y habla grave que salía en los documentales orlado con el prestigio de los expulsados por Carrillo. Líster, el comunista incorruptible, el héroe de la República. Mi abuelo tenía su autobiografía en la casa de Bubierca. Memorias de un luchador, se titula. La empecé a leer, pero me hartó muy pronto su prosa burocrática y su tufo de arenga. Las únicas memorias de un comunista español que de verdad me interesan son las de Semprún, tan íntimas, tan dolientes, tan arrimadas a la palabra justa. Las de Líster son como él, groseras y cuarteleras. Como no las he leído del todo, no sé si cuenta en ellas el episodio, referido por muchos testigos y aceptado por los historiadores, ocurrido uno de los días que gritaba a los chavales que morirían como piojos. Unos reclutas entraron en unas casas de veraneo vacías de Salou y robaron algo. Les sorprendieron y les apresaron. El castigo decretado por Enrique Líster, el luchador, fue su fusilamiento inmediato. Tirotearon a los chavales en la playa delante de todos sus compañeros de f ilas. Después ordenó que dejaran los cadáveres en la arena, sin cubrir, tal y como habían caído, e hizo que todos los reclutas marchasen y corriesen alrededor de ellos. Cumplieron la instrucción de aquel día mirando cómo los fusilados ennegrecían bajo el sol de verano. Moriréis como piojos, dijo Líster, el luchador. Él ya había empezado a matarlos por su cuenta.

A las doce y cuarto de la noche del 25 de julio de 1938, día de Santiago, el Ejército del Ebro cruzó el río. No hay fotos ni películas del momento porque se hizo sin luces, usando la oscuridad de camuflaje. Queda, como de todas las grandes batallas, una canción. El Ejército del Ebro, una noche el río pasó, ay Carmela, ay Carmela. Es una canción descriptiva. Los cientos de libros que se han escrito sobre la batalla sólo han desarrollado lo que ya contenía aquella letra. No es la Chanson de Roland y tampoco El mío Cid. No es, ni siquiera, una buena canción. Pero es el producto cultural más perdurable y emocionante que dejó la mayor batalla de la historia de España, un país harto de batallas.

Todo salió bien al principio. El general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor republicano, se ganó aquella madrugada una mención en los manuales de estrategia de todas las academias militares del mundo. Sorprendió a los nacionales, que dormían y bailaban. La caballería del general Monasterio celebraba un concurso hípico. Otras unidades festejaban la noche de Santiago con verbenas al aire libre. Estaban relajados, no se esperaban aquello. Juan Yagüe, comandante de las tropas nacionales en la zona, tardó más de dos horas en enterarse de que los rojos habían cruzado el río. En el cuartel de Franco, la noticia se demoró unas horas más. Para cuando lo supieron ambos, el desastre era irreversible. En día y medio, la República conquistó casi toda la comarca de la Terra Alta.

La respuesta más sensata, la que aconsejaban todos los generales del Estado Mayor de Franco y los libros de Clausewitz, era replegarse hasta la frontera con Aragón y contener al enemigo en esa línea fortif icada. Estaba claro que la República quería ganar tiempo para evitar la caída de Valencia, que era el siguiente objetivo militar franquista. Casi todos los generales opinaban que había que mantener el ataque a Valencia y seguir luego contra Barcelona, para desbaratar la estrategia republicana. Hacer otra cosa suponía dar la razón al enemigo. Pero Franco estaba dispuesto a dársela. Anuló la operación valenciana y concentró todas sus tropas en el Ebro. Llevó soldados desde el otro extremo de España, desde Extremadura y Andalucía, para responder al ataque republicano. Sus órdenes fueron simples y definitivas: reconquistar el territorio perdido hasta el último centímetro, costase lo que costase. Los generales pensaron que Franco había enloquecido, y Franco lo sabía. No me entienden, se quejaba en su corte de Burgos. Pero le daba igual ser entendido o no, su decisión no admitía debate. Así fue como una maniobra brillante de un ejército que sólo quería ganar tiempo y llamar la atención se convirtió en la más brutal y cruenta batalla que se ha visto en España.

A Franco le costó cuatro meses de combates diarios recuperar lo que el general Rojo conquistó en una noche. Más de doscientos cincuenta mil soldados de ambos bandos lucharon en alpargatas o descalzos, con rifles de la guerra de Cuba que se atascaban, ametralladoras checas grasientas que se escurrían y bombas de barrilete que explotaban cuando no debían. Veinte mil de ellos murieron y muchos de sus cuerpos siguen allí. De vez en cuando, un payés o un recolector de setas desentierran sin querer unos huesos. Todavía hoy se ignora cuántos restos quedan en los montes. Los heridos fueron casi setenta mil. Uno de ellos se llamaba José Molina.

Mi abuelo no habría conocido esa curva del Ebro si Franco no se hubiera empeñado en reconquistar cada centímetro de terreno a cualquier precio. El precio era las vidas de sus propios soldados, que valían mucho menos que un tozal de una comarca deprimente y despoblada en el interior de Cataluña. Conforme se le iban gastando, tiraba de sus ahorros repartidos por otros frentes. Pasaron agosto y septiembre en el fuego de Gandesa. Se habían lanzado cinco contraofensivas, y en cada una de ellas se había ganado una porción ridícula de terreno. Cada nueva colina costaba cientos de muertos y miles de heridos, ya no quedaba un soldado ileso en la zona.

A finales de septiembre, cuando se cumplían dos meses de una batalla medieval, de hombres descalzos y astrosos que prácticamente se mataban con las manos, la Terra Alta se cubrió de unas nubes oscurísimas. Un otoño fiero y eléctrico llenó de barros y torrentes la comarca, estancando los carros, enterrando a los muertos y cegando a los artilleros. Los aviones no podían despegar. Los rifles no funcionaban bajo la lluvia. Se declaró sin palabras una tregua de unos pocos días. Se vendaron las heridas, se limpiaron las armas, se jugó al guiñote y se escribieron cartas a las novias.

Francisco Franco no descansó. Dedicó esos días de lluvia a planificar con sus generales la siguiente contraofensiva. La sexta, que empezaría en cuanto pudieran despegar los aviones. Franco no estaba en Burgos. Se había obsesionado tanto con el Ebro que trasladó su cuartel general allí para dirigir las operaciones sobre el propio campo de batalla, napoleónico e insomne. Fortificó una colina con cañones que bombardeaban Corbera d’Ebre. Era un monte llamado el Coll del Moro donde hay restos de un poblado celtíbero, como si aquel Almanzor católico y serio quisiera fundar su Nueva España aprovechando los cimientos de la más vieja de las Españas. Heredero de Viriato y de los sitiados de Numancia, haciendo suya toda la gloria que su bigote asesino no sabía inspirar. Construyó un búnker rodeado de trincheras y, desde allí, envuelto en su capa de campaña, daba órdenes señalando puntos del paisaje devastado. La tropa sabía que el Caudillo resoplaba en el Coll del Moro. Sentían su aliento, su respiración ansiosa, la corriente eléctrica que salía de su dedo cuando marcaba un objetivo y les empujaba a él. A resguardo de la tormenta, sentían también su inquietud, su crujir de falanges, sus ganas de que escampara para seguir matando rojos.

Mi abuelo abandonó las trincheras aburridas de Balaguer y viajó en camiones y a pie hasta el Ebro. Pero no hasta su Ebro. No volvía al Ebro de su piragua y su remo solitario al atardecer entre las torres de Zaragoza. Llegaba a un río más ancho, más furioso y turbio de tormentas y de muertos. Cuando se incorporó a la batalla, esta había vuelto a empezar. Hacía seis días que se mataban de nuevo. Le llevaron a primera línea de fuego, como siempre. Con las alpargatas rotas y el bolsillo de la camisa lleno de cosas. A por el objetivo que se resistía desde hacía mucho tiempo, la Venta de Camposines, al este de Corbera d’Ebre, un cruce de caminos en un alto cuyo dominio permitía cubrir mucho terreno. Todos los esfuerzos homicidas estaban empeñados en su conquista. Las mejo res tropas del ejército franquista luchaban cota a cota, promontorio a promontorio y árbol a árbol, apartando las pilas de muertos que no dejaban ver ni avanzar. Desde el norte de Corbera atacaban simultáneamente la división de Navarra y la 13.ª. El 6 de octubre de 1938 ambas estaban casi destrozadas. Les sustituyeron la 82ª y la 53.ª divisiones. En la segunda es- taba mi abuelo. La 53.ª división, recién llegada de Balaguer, tenía fama de correosa e implacable. Sus soldados de leva eran veteranos de primera hora, quintos del treinta y seis que habían sobrevivido a Teruel, a la ofensiva de Aragón y a Balaguer. Nadie lo diría por la postal que guardo del Merengue, pero José Molina estaba en el grupo de los tipos duros, temibles y broncos. Además de soldaditos forzosos como él, la 53.ª división se completaba con voluntarios, muchos de ellos aragoneses. El Tercio de requetés de Nuestra Señora del Pilar y las banderas 3 y 7 de la Falange de Aragón. Voluntarios fanáticos y chuscos deseosos de que una bala roja les partiera el pecho. También había marroquíes, dos tabores de Tetuán, mercenarios cubiertos de leyendas de canibalismo y rojas violadas. Mi abuelo llegó fresco y limpio al Ebro, confundido en una nube de fieras, entre yugos, detentes y cantos de muecín. Detrás de él, desde el búnker del Coll del Moro, resoplaba la nariz ex- citada de Franco, confiado a esos aragoneses que nunca le habían fallado, que no se cansaban de matar rojos ni de romper frentes. Cachorros asesinos listos para rematar a una presa que resistía, cada vez más encogida y ensangrentada entre las ruinas eremitas de la Venta de Camposines.1343121538809-1024x576

La hoja de servicios dice que el soldado José Molina sostuvo «numerosos y violentos combates con el enemigo». El parte de guerra de Franco del día en que entró en la batalla dice que recogieron más de cien muertos republicanos e hicieron trescientos ochenta y dos prisioneros. El parte de guerra republicano lamenta, en un tono dramático impropio de la burocracia militar, un «extraordinario número de bajas, luchándose con gran violencia a la hora de cerrar este parte». Entre las letras se huele el miedo del of icial en forma de polvo y escayola que cae sobre su máquina de escribir tras una detonación.

Aquellas jornadas de octubre del ataque obsesivo e inagotable sobre la Venta de Camposines fueron de las más sangrientas de toda la batalla. Enquistados en el paisaje ondulado que ocultaba a los combatientes y sólo dejaba ver humo y fuego entre los arbustos y los pinos. Las colinas como picadoras de carne, trituradoras de magro y tendones de recluta. La 53.ª división había relevado a una unidad casi exterminada, y parecía que su destino consistiría ser igualmente aniquilada. El relevo era un eufemismo, luchaban sobre los cadáveres de quienes habían ido a sustituir. Cuando ellos murieran, otros dispararían sobre sus propios cuerpos. Estratos de carne y alpargatas des- trozadas que ondulaban aún más la muy ondulante Terra Alta. Franco, desde el Coll del Moro, respiraba fuerte y contemplaba cómo la carne triturada cubría aquel bosque bajo y rocoso. La carne que él mismo llevaba a triturar.

Palmo a palmo, centímetro a centímetro, los nacionales ganaban terreno. Imperceptiblemente, se movían hacia la Venta de Camposines. Cada metro costaba kilos y kilos de carne triturada, mientras los rojos retrocedían sin darse cuenta del retroceso, tan lento era. Los franquistas se enteraron de que empezaban a ganar cuando una línea de tierra se cruzó entre ellos y los republicanos. Era la carretera de La Fatarella, la ruta que llevaba al cruce de Camposines. El frente se estabilizó en ella. Ambos bandos se concedieron un momento mientras acomodaban los fusiles en su lado de la cuneta, los recargaban y volvían a apuntar a aquellas fieras con forma humana cubiertas de barro y sangre. Los pies descalzos, llagados, la mirada gris y blanca, pendiente de matar mucho para no morir ni un poco.

Dicen los que no se callan que, en esos combates, se dispara a bulto. Nadie lleva la cuenta de lo que ha matado porque no se apunta antes de apretar el gatillo. Se dispara allí donde se intuye que se agazapa el enemigo. Cinco balas tiene un máuser. Cinco disparos desde el suelo y recargar. Cinco tiros y recargar. Cuando el oficial lo ordena, avance. Nueva posición, parapeto, recarga y cinco disparos más. Se anula la percepción del ruido y de los colores. Los sentidos se resumen a lo esencial. Entre recargas palpan los bolsillos de los muertos en busca de tabaco. Paquetes rectangulares con el sello del sindicato de trabajadores de la industria tabaquera de la CNT. Cajetillas cuadradas de la fábrica nacional. Pitilleras de cuero, si había suerte. Dentro de ellas, los cigarros no se empapan de lodo y sangre. Cinco disparos y recarga. Cinco disparos y recarga. Eso cuentan quienes no se callan las guerras.

A la derecha, en dirección sur, la Legión destripaba rojos en el Coll del Coso, una colina estratégica que cambiaba de manos cada día. Los cadáveres se atascaban en los arbustos de la falda, sin resbalar hasta la carretera. Los legionarios eran la fuerza de choque, asesinos de élite, artistas del miedo. Franco, desde su búnker del Coll del Moro, les conf iaba su victoria, eran sus cachorros. Su amigo Millán Astray inventó el cuerpo en los años de la asf ixia en Marruecos y recuperó para ellos una palabra que ya no se usaba en ningún ejército. El tercio. Una unidad de tiempos del emperador Carlos, con moho de Breda y óxido de lanza de Velázquez entre la erre y la ce. Los tercios de Flandes. El tercio de la Legión. En la guerra de Marruecos, Franco corrió delante de ellos cuando los moros de Abd El Krim les habían diezmado y estaban a pun- to de rendirse. Se montó en un caballo, un of icial que no tenía treinta años, bajito y contrahecho, y se lanzó contra los moros como si las balas fueran de agua. Un San Jorge con bigote enseñando a sus soldados que contra el enemigo sólo valen los cojones. Quien tenga miedo, bramó, que se pegue un tiro.

Aquel día Franco ganó los galones de general y el amor desesperado de los legionarios. Mucho más que soldados, eran novios de la muerte. Hozaban fuera de la sociedad, criados en otra moral. Los legionarios eran carne de presidio y de garrote vil, hez del mundo, polizones de todos los barcos y asaltadores de todos los caminos. Franco no les pedía que cambiasen. No se les requería arrepentimiento ni que entonaran disculpas por todas las niñas que habían violado. El uniforme de la Legión sólo exigía que, cuando se llevara puesto, su dueño violase únicamente a las niñas correctas. Que no se equivocase más de camino para asaltar ni de cuello para degollar. Los novios de la muerte, machacando el Coll del Coso, imperturbables, sus carcajadas mezcladas con las explosiones de las bombas de barrilete. Sonrientes y cantando, el gatillo como sección rítmica. Mataban de miedo a sus enemigos antes de matarlos a tiros y de rematarlos con el filo de la bayoneta. Al final de la batalla, se retrataban con cabezas decapitadas. Jugaban al fútbol con ellas los días tranquilos. Guardaban muelas, escrotos y mechones de enemigos muertos como amuletos, hacían muescas en las culatas de los fusiles, llevaban al día su contabilidad homicida. Franco confiaba en ellos. Cuando los falangistas de carnet y los carlistas de boina roja llegaban al frente berreando himnos por Dios, por la patria y el rey, parecían caniches ladradores. Bravucones de yugo y detente, fanáticos de gomina, chulos de verbena. Venían de dar palizas a rojos en callejas y de reventar sus manifestaciones a tiros. Traían las bocas llenas de fascismo y banderas. Eran los matones del barrio, el terror de las señoritas de provincias. Parecía que el frente era suyo. Sus canciones decían que iban a matar más rojos que f lores tenían abril y mayo, pero en la batalla mataban muy pocos. Cuando las bombas hablaban, se quedaban firmes en las estrofas de sus himnos. El frente no era el barrio. Allí no valían los garrotes. No bastaba con apostar a dos amigos en las esquinas para vigilar al sereno mientras se reventaba a patadas a un sindicalista viejo en un portal. Los rojos del otro lado iban bien armados y tiraban a dar. En la batalla, los chulos del yugo y el detente desesperaban a los of iciales. Franco quería a sus asesinos. Ellos resolvían las batallas, ellos conquistaban los tozales. Los fascistas de carnet sólo sabían ladrar y cagarse de miedo, conf iando en que la peste de la guerra disimulara el olor de su propia mierda.

José Molina, apostado en la cuneta de la carretera de La Fatarella, escuchaba canciones broncas en las voces de los novios de la muerte. Mayordomo de ciudad y residente de interiores femeninos, se había sentido intimidado por sus carca- jadas y sus competiciones de taberna, pero sólo durante las primeras semanas en Teruel. En la carretera de La Fatarella, veterano y harto, se había acostumbrado a ellas. Los legionarios dejaban en paz a los reclutas. Los respetaban. Aunque forzosos, eran soldados, tan soldados como ellos. Desde la distancia, al f inal cuajaba entre los militares una hermandad guerrera primordial. Los legionarios sólo sentían asco de ver- dad por los fascistas de carnet y camisa, futuros burócratas, listillos de gramática subordinada y diccionario de sinónimos. Sentir los gritos y el aroma de sudor viejo y patibulario de los novios de la muerte era tranquilizador, un sosiego macho que sólo compartían quienes llevaban un año y medio en las trincheras. La alegría homicida de los legionarios y sus éxtasis de matarife funcionaban como sangrías de cirujano medieval, liberando los coágulos de miedo. Saberse detrás de aquellos locos disolvía la idea de la muerte inmediata.

El 10 de octubre de 1938 el hostigamiento funcionaba. El aliento de los legionarios ahogaba a los republicanos. Quizá José Molina no lo supiera, pero apuntaba y tiraba contra un ejército que empezaba a saberse derrotado. El general Rojo había suplicado ayuda a los otros dos ejércitos de la República. En varias reuniones desesperadas con políticos y generales pidió una estrategia de diversión. Quítenmelos de encima, suplicaba Vicente Rojo, nos están destrozando. Desvíen la mirada y el aliento de Franco de los tozales de la carretera a La Fatarella. Quería que los legionarios, a una orden muda de su amo, soltasen los muñones de sus presas y galopasen hacia el sur. Rojo sólo reclamaba tiempo para que sus soldados se vendaran las heridas y retirasen los muertos del campo. Que el aliento de Franco desde su búnker soplase en otra dirección por un día. Pero la República nunca fue una partida de amigos.

Nadie respondió a sus cartas de súplica. Vicente Rojo, el Napoleón republicano, estaba solo. Fingieron no oírle. El Ejército de Levante no se movió. Nadie agitó una muleta torera para sacarle los legionarios de encima. Era el f in de la guerra, ya había pasado el momento de los héroes. Las brigadas inter- nacionales habían vuelto a sus casas, Durruti llevaba mucho tiempo enterrado, la Pasionaria estaba afónica y Hemingway bebía cócteles en otros hoteles. A Europa entera le aburría ya la matanza española, pendiente de otra matanza mucho más feroz que estaba a punto de empezar. Mientras José Molina apuntaba a los muertos vivientes del otro lado de la carretera y escuchaba la tranquilizadora joie de vivre legionaria en el Coll del Coso, Vicente Rojo escribía cartas desde su búnker. Sabía que nadie las iba a responder. Ni tan siquiera abrir. Como los vecinos que f ingen no oír los gritos de la mujer que vive arriba, la República estaba ocupada haciendo las maletas y buscando la mejor sombra de la playa de Argèles-sur-Mer. Mientras los chicos de Rojo entretuvieran a los novios de la muerte, podrían meter más mudas limpias y escribir más versos náuticos en los bolsillos, para morir sin hacer ruido en una pensión de Collioure.

José Molina disparaba contra soledades, contra los últimos soldados de la República. Si Franco no lo sabía, debía de adivinarlo de una forma aromática e innombrable. Por eso no apartaba sus ojos de la carretera de La Fatarella y del Coll del Coso. Eran sus últimos golpes. Detrás del Ejército del Ebro crecían las vides de la victoria. Una victoria llana y esponjosa. Por eso pedía calma a sus perros. Que disfrutaran de aquella carne y aquellas colinas, porque serían las últimas. No había necesidad de acelerar nada. Francisco Franco se encontraba bien en su búnker del Coll del Moro. Era donde quería estar, no tenía prisa por decorar el despacho del palacio del Pardo. Aspiraba hondo los perfumes de la batalla para recordarlos en la paz blanca e inodora, cuando no quedara nada que oler y sus perros de la muerte se malograran jugando a las cartas en sus perreras africanas. El búnker de Franco era un corazón lento que movía la sangre despacio.

Quizá mi abuelo confundió esa calma con tranquilidad. Tras cuatro días de barro, esparto roto y tabaco de muerto, lo sensato era creerse invencible. En cuatro días, José Molina había visto morir a mucha gente. Frente al cañón de su fusil, pero también a su lado. Compañeros, dependientes-mayordomos de otras reputadas casas de comercio y piragüistas de otros ríos. En los violentos y numerosos combates que ref ieren su hoja de servicios se concentraban muchos cadáveres. Aguantar cuatro días en primera línea de fuego y llegar a la carretera rompía todas las leyes de la probabilidad. Tumbado en la cuneta mientras chupaba un pitillo de picadura recién sacado del bolsillo de un f iambre, tenía derecho a sentirse inmortal. Nadie esperaba que la carnaza soldadesca como él durase cuatro días. Cuatro días contienen muchas horas, cada una con sus sesenta minutos, cada uno de los cuales con sesenta segundos. Cada segundo que se pasaba tumbado en una cuneta de la carretera de La Fatarella fumando tabaco de picadura era un segundo improbable. Desde que la 53.ª división llegó de las trincheras  de Balaguer y se desplegó en las afueras de Corbera d’Ebre, cada segundo vivido era un segundo de más. El resto de sus días, José Molina buscaría en los Ideales el sabor de la picadura que fumó contra el talud que le servía de refugio y respaldo. El humo de todos los caldos de gallina que aspiró hasta su muerte luminosa no le acarició el pecho por dentro como aquel tabaco de muerto con fondo de himno de la Legión. Esos cigarros que sabían a tasa de supervivencia y a risa histérica. Cuatro días después, lo razonable era relajar- se y pensarse inmune, dejar de oír las explosiones y suponer que los cuerpos destripados eran máquinas expendedoras de tabaco y sacos de compost. En cuatro días de combate sin tregua, las emociones se mezclaban dentro del pecho con el humo del cigarro y el aliento escarchado que Franco expelía desde su búnker. Incluso los colores se fundían en un solo tono otoñal y húmedo. Tras la lluvia de octubre, la Terra Alta era una sopa de ajo. El valle entero, un cuenco del que sorbía el general. Todo se mezclaba en el puchero de la batalla hasta que el miedo no era más que un trozo de pan f lotando en el caldo. En crudo, el miedo no se dejaba masticar ni tragar, pero, tras cuatro días de cocción en su propia sangre, estaba tierno. Se hacía gelatina en la boca. Tumbado en la cuneta, José Molina había digerido el miedo y lo metabolizaba. Lo transformaba en él mismo, en nutrientes y calorías, volviéndolo inútil. Porque el miedo sólo sirve como alerta incomestible. Cuando se ha metabolizado, deja de funcionar. El soldado José, apurando el pitillo de después de comerse el miedo, se sentía bien, pero el bienestar era su enemigo.

Un soldado sin miedo muere más deprisa que uno con miedo. Mi abuelo olvidó algo que parecía tener claro desde los primeros días en el frente de Teruel, que su vida dependía de que el espacio de honores y medallas de su hoja de servicio quedara en blanco. Eran los legionarios, con sus cánticos y sus carcajadas, quienes debían sacar el cuerpo de la trinchera. La obligación de José Molina era permanecer agachado fumando hasta que los novios de la muerte empezaran a recoger amuletos de los republicanos masacrados. Olvidó que había que dudar unos segundos cuando el sargento gritaba la orden de avanzar, para no ser el primero en correr al descubierto. Aunque quedaban pocos compañeros que pudieran morir por él. Casi todos lo habían hecho ya. Cuando el sargento ordenó al grupo levantarse de la cuneta y avanzar al otro lado, José Molina se resignó a obedecer sin pausas dramáticas porque no vio a ningún conocido cuya cabeza estuviera en condiciones de sustituir a la suya contra las balas rojas. Recargó, quitó el seguro y se levantó con el dedo en el gatillo. Apenas avanzó dos pasos, no llegó ni al centro de la calzada. Un escozor aprendido en otras trincheras le tumbó en la grava. No quiso mirar, no supo qué manos fueron las que se lo llevaron de nuevo al talud. Vomitó la parte del miedo que aún no había digerido. Volvió a sudar. Volvió a sentir. La mortalidad le atravesó todo el cuerpo como una f iebre. Se llevó una mano al bolsillo de la camisa para asegurarse de que el tabaco seguía allí. Los cigarrillos como prueba de vida. Sólo se robaba a los muertos, nadie le quitaba el tabaco a un herido. Había mucha sangre. Hablaban de evacuarlo. Pedían camillas. Hacían nudos con camisas de muertos para apretar torniquetes. Muy bien, chaval, te has portado muy bien, decía el sargento, ahora te sacarán de aquí. Qué suerte tienes, hijo de la gran puta, le susurró un compañero como despedida. Era el adiós más dulce que podía recibir un soldado herido. Marcharse con todos sus cigarros en el bolsillo y la envidia de los camaradas, convencidos de que la siguiente bala roja no caería en un muslo. La próxima vez, el enemigo apuntaría mejor. Sangrante y desmayado, se volvió invisible también para el dedo índice de Franco, que apuntaba desde su búnker a los demás reclutas. Era el 10 de octubre de 1938, fecha de nacimiento de su segunda y mayor cicatriz.


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