Leónidas, el más famoso espartano

Por . 23 septiembre, 2015 en Historia Antigua
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espartanos-202x300Anatomía de la Historia te ofrece un nuevo pasaje de la obra de José Alberto Pérez Martínez titulada Espartanos: los hombres que forjaron la leyenda (edición digital: Punto de Vista Editores, 2014; y edición en papel: Punto de Vista Editores/Sílex ediciones, 2015), extraído del capítulo dedicado a Leónidas I.

 

En nuestros días, Leónidas I es, sin lugar a dudas, el espartano más famoso de la historia. Cualquier persona de cualquier rincón del mundo (al menos occidental) conoce la historia del rey espartano que murió en las Termópilas. Ello se debe, en buena parte, gracias a la difusión que han hecho de su vida medios como el cine y la televisión, los cuales, a la hora de representar un capítulo verdaderamente atractivo para la audiencia, han escogido, sin dudarlo, el de la batalla de las Termópilas. Esa conjugación de romanticismo y heroicidad forma un poderoso tándem fácilmente comercializable entre los espectadores. The 300 spartans de Rudolph Maté en 1961, y más recientemente 300 de Zack Snyder, son probablemente los dos intentos más exitosos de hacerse eco del episodio que tuvo lugar un día a mediados de agosto del año 480 a.C. No solo el cine y la televisión. También videojuegos, cómics, canciones, camisetas, nombres de estadios, recogen de una manera o de otra los nombres Leónidas o Termópilas. Como consecuencia de ello, no solo estos nombres se han visto reforzados a lo largo de la historiografía, sino también el de Esparta y su historia en general. De hecho, esa visión idealizada de la sociedad guerrera que es capaz de morir por sus ideales fue reivindicada en otros momentos de la historia en circunstancias similares por unos y otros bandos. La búsqueda en Google “Leónidas I” arroja en la actualidad más de 29 millones de resultados, más que ningún otro espartano de la historia. Eso hace reflexionar acerca de la envergadura de la gesta llevada a cabo en aquella magnífica batalla. Pero, para conocer realmente donde reside la importancia de aquel capítulo, pasemos a analizar sin más preámbulo los detalles de ese interesante capítulo de la historia

 

La formación de un rey

Entre el año 490 y el 488 a.C. debió de producirse la muerte de Cleómenes de Esparta, sin dejar clara la sucesión al trono. No tenía hijos varones, tan solo su hija Gorgo. Además, su hermanastro Dorieo, quien le había disputado el trono años antes, tampoco podía sucederle ya que había muerto en una de sus campañas en Sicilia. Sin una línea descendente en la que delegar, hubo que continuar el patrón de sucesión horizontal, el cual recaería en el siguiente de los hermanos vivos de Cleómenes y Dorieo. Por lo tanto, la corona, como dijo Heródoto, vino a recaer en las sienes de Leónidas, el siguiente en el orden de nacimiento después de Dorieo. Se suele dar el año 540 a.C. como el del nacimiento de Leónidas. Sin embargo, ello conduce a afirmar que para el 480 a.C. Leónidas habría estado en el frente de las Termópilas con cerca de 60 años, lo cual era una edad extraordinaria para la época, y sobre todo, para encontrarse en primera línea de combate. Por ello, la opción dual 535-530 a.C. sería más acertada, puesto que supondría una edad de 50-55 años, que, aunque avanzada, se torna más plausible para estar presente en una batalla. Además, si tenemos en cuenta que Cleómenes fue el primero de los cuatro hermanos, que Dorieo nació después, y solo entonces nació Leónidas, podemos estar hablando de que la diferencia entre Cleómenes y Leónidas podría ser de entre cinco y siete años. Teniendo en cuenta que Cleómenes no finalizó su reinado de manera natural, sino detenido, quiere decir que su vida y reinado no llegaron a la longevidad, sino que finalizaron en una edad madura, pero nunca anciana. Y para la época, hablar de madurez significaba hablar de una persona 45-50 años a lo sumo. Todo lo que pasara de ese margen podía considerarse anciano.

Al no ser el primogénito, Leónidas tuvo que realizar su formación en la agoge. Solo el primer hijo de los monarcas estaba exento de realizar dicha formación, dando a entender que su preparación y desarrollo se llevaría a cabo dentro de la vida civil, alejada de los barracones. No fue el caso de Leónidas, quien, muy probablemente, gracias a esta formación, debió de comprobar en sus carnes las calamidades por las que tenían que pasar los soldados cuando entraban en combate. Puede que ello, además, forjara su carácter humilde y le granjeara la amistad y simpatía de los hombres con los que combatiría más adelante. Al fin y al cabo, nada hay más apreciado por un soldado que la cercanía de sus mandos.

 

Y las Termópilas

El paso de las Termópilas contaba con una estrechez natural importante, ideal para frenar tropas especialmente numerosas y, además, contaba con un antiguo muro realizado por los focenses años atrás para defenderse de los tésalos. Por si esto fuera poco, su situación más al sur que Tesalia fue el hecho que terminó por decidir a los griegos de enviar allí a sus tropas terrestres y a sus flotas a Artemisio. La cercanía de ambos lugares les permitiría optimizar y acelerar las comunicaciones entre sí. Si para todos los griegos, en general, las Termópilas eran el lugar adecuado, es muy probable que para Leónidas y sus 300, aquel sitio guardara también un significado especial. Al fin y al cabo, los espartanos decían descender del mismísimo Heracles y, según la mitología, aquel fue uno de los sitios en los que estuvo el héroe. Por tanto, para los espartanos, que eran fervientes religiosos, el misticismo que envolvía aquella aventura agrandaba enormemente la trascendencia del hecho. Puede que este suceso, junto a una excelente preparación y sumisión a la vida militar, explique el porqué de tan trágico desenlace.

Así pues, un fresco amanecer del mes de agosto del 480 a.C. las tropas griegas, capitaneadas por el rey Leónidas, partieron hacia el paso de las Termópilas. Junto a Leónidas y sus 300 espartanos, se contaban también 700 tespios, 2.000 arcadios, 400 corintios, 400 tebanos y 1.000 hoplitas focenses. Como puede apreciarse, se trataba de avanzadillas o destacamentos de los ejércitos de cada ciudad. El grueso de las mismas se encontraba disputando los Juegos Olímpicos y, en el caso de los espartanos, las fiestas carneas. El hecho de no enviar a todas sus tropas podría ser interpretado de varias maneras. Por un lado, que dicho destacamento tuviera como objetivo simplemente frenar la marcha persa, hasta que el resto de los ejércitos se congregaran para lanzar la ofensiva, o por otro lado, que tuvieran la pretensión de vencer directamente a los persas confiando en que el paso sería tan estrecho que nada podrían hacer los persas con sus numerosas tropas, las cuales, una vez agotadas, desistirían. En frente, el ejército persa estaba formado por unidades de las más diversas nacionalidades que convivían bajo el mismo techo de su imperio. El número ha sido largamente discutido. Desde los más de dos millones de hombres dados por Heródoto o los cuatro millones referidos por Simónides de Ceos, los historiadores han creído más prudente señalar una cifra aproximada de entre 200.000 y 400.000 hombres. En cualquier caso, la diferencia entre ambos contendientes sería abismal, lo cual agrandaría la leyenda de Leónidas. A la llegada de éste al paso, muy probablemente una de sus primeras órdenes fuera apostar a los focidios en la senda Anopea, con el fin de evitar un ataque por la espalda, en caso de que los persas se enteraran de su existencia. Además, también dio orden de reconstruir el antiguo muro focense con el fin de estrechar más las posibilidades de penetración del enemigo entre sus filas.

 

 

De esta manera, la suerte terminó por dar la espalda a los griegos. Una fuerza de aproximadamente 20.000 persas recorrió de madrugada la senda Anopea y espantó a los focenses, que no lograron trabar combate con ellos. El adivino Megistias ya habría vaticinado a los griegos su desdicha al rayar el alba del día siguiente. Mientras la oscuridad de la noche ocultaba la imparable marcha de los persas hacia “las espaldas” de los griegos, las noticias de su venida corrieron como la pólvora por el campamento de éstos, creando un estado de gran confusión. Todos entendían que atrapados por la retaguardia y acosados desde el frente, su suerte estaba echada. Entonces se convocó con carácter de urgencia un consejo con representantes de todas las ciudades griegas allí presentes para decidir el futuro inmediato de sus tropas. Como era de esperar, algunos siguieron apostando por retornar al istmo de Corinto y parapetarse allí, abandonando las Termópilas. Otros, simplemente creyeron conveniente la retirada sin un destino fijo. Tanto unos como otros estaban ansiosos por escuchar las palabras del que a la postre comandaba la expedición, Leónidas. No conocemos con exactitud cuál sería su reacción ante la actitud de sus compatriotas, pero analizando las pocas posibilidades que tenían de salir bien parados de aquella muerte anunciada, lo más probable es que entendiera que de nada serviría retenerles allí contra su propia voluntad. Así que consentiría su retorno a casa. A buen seguro que él mismo, como genio militar habría optado por retornar también y tomar a todo su ejército a fin de enfrentarse en una batalla más igualada. Sin embargo, para los espartanos la cuestión no sería tan sencilla. Por un lado, si todas las tropas huían, la velocidad de los persas habría conseguido atraparles antes de retornar a las ciudades y dar aviso de lo que se avecinaba, lo que habría llevado inevitablemente a la caída de toda Grecia. Por otro lado, aunque el primer supuesto no se hubiera dado y todos los griegos hubieran conseguido dar la voz de alarma, esto no garantizaría tampoco una victoria aún con todos los ejércitos griegos reunidos. Y, finalmente, la cuestión de mayor peso para Leónidas: su propia reputación como espartano. Él sabía perfectamente que una huida del campo de batalla le habría costado tanto a él como a sus hombres una vergüenza pública en Esparta imposible de soportar.

Con todas estas cuestiones en mente, Leónidas optó, finalmente por permitir la marcha de todos los griegos excepto de sus propios espartanos y cubrir con sus propias vidas la retirada de éstos. Uno de los mayores desastres de la historia se cernía sobre Grecia, por lo que el sacrificio de un puñado de ellos sería un mal menor si con eso se conseguía poner en alerta al resto. De esta manera, era como empezaba a tomar forma el oráculo que tiempo atrás la Pitia había anunciado a los espartanos: la muerte de uno de sus reyes a cambio de la salvación de la patria. Junto a los 300 de Esparta, Domófilo, líder de los tespios, obnubilado por la integra y firme decisión del rey de los espartanos de morir en aquel desfiladero, decidió quedarse junto a él con sus 700 tespios y salvaguardar la retirada del resto de los griegos. Además, 400 tebanos retenidos como rehenes por Leónidas debido a su ambigua posición con respecto a los persas, conformaron la tropa que allí permaneció para el resto de la eternidad.smg_king_leonidas

Al saberse vulnerados ya por su espalda, Leónidas y sus 300 abandonaron la zona más estrecha del desfiladero que en aquellos días les había protegido. Adelantaron su posición hasta una planicie de mayor anchura. Allí donde pudieran hacer gala por última vez de sus dotes militares. Su formación en falange, como siempre impecable, se aferró a la tierra dispuesta a plantar cara a los miles y miles de soldados persas, llevándose ensartados en la punta de sus lanzas al mayor número posible de ellos. Al parecer, la resistencia de los griegos fue encarnizada y su lucha continuó hasta que sus lanzas terminaron por quebrarse. Cuando ya no disponían de lanzas, en un último aliento de vida sacaron sus espadas y corrieron en tropel contra la infantería persa dispuestos a preparar una carnicería entre sus hombres. En el transcurso de esta acción, perdería la vida el rey Leónidas dando lugar a otra encarnizada lucha por recuperar su cadáver. Los espartanos, al igual que un lobo herido, se afanaban por sacar intacto el cadáver de su rey del campo de batalla. Para los persas el cadáver de Leónidas serviría para ultrajarlo y cobrarse su recompensa por todas las provocaciones a las que aquel lacedemonio les había sometido. Aunque finalmente quedara en el bando espartano, de poco sirvió. Cuando todos y cada uno de aquellos valientes griegos hubieron perecido, Jerjes ordenó decapitar a Leónidas y clavar su cabeza en una pica.

En la zona en la que los últimos griegos se parapetaron antes de morir, se erigió un león de bronce en honor a Leónidas, el cual no se ha conservado. Años más tarde, hacia el 440 a.C., su cuerpo sería trasladado a Esparta donde se le consagró un mausoleo en el cual se grabaron los nombres de los 300 espartiatas muertos junto a él.

La fama y la gloria que aquel día exhibieron los espartanos y los tespios luchando con uñas y dientes, difícilmente será alcanzada nunca por ninguna otra hazaña heroica. Algunos autores posteriores llegaron a considerar la muerte de Leónidas como un sacrificio similar al de Jesucristo. Más de 2.400 años han transcurrido desde entonces, y aún a día de hoy la gesta de Leónidas y sus hombres es bien conocida por todos. La memoria que perduró en Esparta acerca de aquella hazaña se prolongó en el tiempo, convirtiéndose en el episodio patriótico por excelencia de Esparta. Aquel sueño al que todos los varones espartanos de las generaciones venideras aspirarían en vida. Sin embargo, la historia no volvería a regalarnos otro Leónidas. Es cierto que durante años, Esparta conoció a otros genios y grandes militares, pero el peso de las circunstancias en las que se desenvolvió la aventura de Leónidas por salvar a la civilización griega de su extinción hizo de su vida un hecho absolutamente singular e irrepetible. Concederle el título de “salvador” de la civilización occidental actual quizás sería simplificar en exceso el análisis de la historia. Pero lo que sí es innegable es que su entrega, arrojo y finalmente sacrificio concedió a los griegos la oportunidad de rearmarse y derrotar casi de manera definitiva a los persas años más tarde, salvando a Grecia de una inminente invasión.

Gracias a la labor de Heródoto, los nombres de algunos de aquellos héroes han permanecido con nosotros. Entre ellos se encuentra Dieneces, quien, al serle avisado que las flechas de los persas podrían ocultar el sol, contestó que en ese caso “lucharían a la sombra sin que les molestase el calor”. Además, los hermanos Alfeo y Marón, hijos de Orisanto, y el tespiense Detirambo, hijo de Amártidas.

Además, otra gran anécdota recogida por el historiador da a entender el peso que, como antes dijimos, tenía para Leónidas el no regresar a Esparta huyendo del enemigo. Eurito y Aristodemo, soldados espartanos, estaban exentos del campo de batalla con permiso de Leónidas a causa de una enfermedad en los ojos que les impedía entrar en combate. Sin embargo, ambos tomaron caminos diferentes cuando tuvieron noticia de que el fin estaba a punto de llegar. Eurito, inmediatamente ordenó a su esclavo que trajera su panoplia y le guiara hasta el campo de batalla donde finalmente murió peleando. Por su parte, Aristodemo decidió regresar sano y salvo a Esparta. Allí, entendiendo los espartanos que, al igual que Eurito, él también podía haber luchado, se le declaró maldito y se le apodó el Desertor. Durante un año, Aristodemo se convirtió en un auténtico marginado social y nadie le ofreció agua o fuego. Sin embargo, paradojas del destino, su desesperada situación hizo que, al año siguiente., se destacara como uno de los más valientes espartanos en la victoria de Platea, redimiendo la vergüenza de su memoria. No correría su misma suerte Pantites, quien habiendo sido enviado como mensajero a Tesalia, cuando regresó a Esparta fue tenido por infame y decidió quitarse la vida ahorcándose antes que vivir en la desdicha.

Así, de aquella heroica manera, perecieron los “300” de las Termópilas. Su legado, de indudable valía para el kosmos espartano, difícilmente será borrado tras 2.500 años de supervivencia. Aunque haya sido el cine y no el estudio quien más repercusión haya dado a dicho capítulo, no obsta para que éste deba de ser considerado uno de los episodios básicos para el conocimiento de la Antigüedad clásica. Hoy por hoy, sin conocer Termópilas, se hace difícil entender de una manera amplia la sociedad espartana. Efectivamente, en aquel pequeño episodio se dieron cita muchos de los elementos que el legendario Licurgo trazó para la nueva y militarizada ciudad lacedemonia.

Bienvenido sea todo aquel que haya recibido la “llamada” de la Antigüedad a través de este venerable episodio.


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José Alberto Pérez Martínez (Madrid, 1981) es licenciado en Geografía e Historia por la UNED (2006). Ha investigado sobre el ejército espartano y obtenido por ello el Diploma de Estudios Avanzados (2012). Prepara la defensa de su tesis doctoral basada en el colapso económico y social de Esparta en el siglo IV a.C. Funcionario de carrera, su trabajo literario se extiende también a la reciente publicación de su primera novela, Amos del Mundo” (2014), y la publicación de diversos artículos de historia en revistas científicas. Muy vinculado al mundo de la salud y el fitness, fue campeón de Madrid de taekwondo (promoción, 2010) y ha trabajado como entrenador personal durante diez años. Además ha colaborado con diversos blogs del mundo del deporte como Puntofape y Efeblog, publicando más de cincuenta artículos.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

  1. gravatar Alberto Responder
    octubre 22nd, 2015

    Gloria eterna al gran Leonidas….impecable relato…gracias por publicarlo.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      octubre 23rd, 2015

      Entonces, deberías leer el libro del autor, José Alberto Pérez Martínez, ‘Espartanos: los hombres que forjaron la leyenda’ (edición digital: Punto de Vista Editores, 2014; y edición en papel: Punto de Vista Editores/Sílex ediciones, 2015).