Pasado y porvenir. El común y el historiador

Por . 9 septiembre, 2015 en Discusión histórica
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Empecemos por el principio: el dato primero, el que nos guía durante un tiempo, lo puede experimentar cualquier individuo medianamente consciente. Ese es el común.

 

El común

No hace falta haber cursado estudios de historia: cuando somos mozos, el futuro es un horizonte prácticamente infinito, el porvenir se extiende hasta confines que no divisamos, se prolonga en un más allá siempre incierto y probablemente prometedor.

Lo que está por suceder es un pasaje y un paisaje incierto, un lapso dilatado, larguísimo, una eternidad de varias décadas por vivir en la que aún caben los hechos, los sucedidos y los venideros. Si todo está por consumarse, la historia puede ser objeto de vaticinios, de supercherías, de conjeturas improbables o indocumentadas. Nos abandonamos a todo tipo de fantasías, nos aventuramos, y, seguro, suponemos lo que aún no ha ocurrido: a nuestro frente se disponen posibilidades variables y aprovechables.

Lavenir dure longtemps (1992) es el título original de la autobiografía que escribiera el filósofo francés Louis Althusser. Bella, excelentemente escrita, desgarradora. Althusser era el pensador del determinismo, de la fatalidad irreparable que acompaña a la marcha de la historia. Era el estructuralista que ahogaba al individuo en su impotencia.

En las páginas de dicho volumen hablaba del pasado, de su pasado, de la historia, de ese tiempo pretérito en el que todo era posible porque el porvenir era eso: exactamente futuro. Siendo muchacho, el autor habitaba un presente eventual, un porvenir abierto y sólo probable. Se sabía arrastrado por la marcha del tiempo y por la fatalidad, con una tristeza que no podía sofocar.

Como aquel personaje ficticio que ideara Julio Cortázar en uno de sus cuentos: también Louis Althusser o cualquiera de nosotros podemos sentirnos dueños de una inmortalidad de cincuenta o sesenta años por vivir, personas que todavía no se han consumado o individuos que aún no se han malogrado. Pero podemos sentir igualmente de antemano la derrota.

Para quien es adolescente o joven o simplemente mozalbete, el tiempo venidero excita y aplasta, eleva y angustia. El mundo está por venir mientras sobrevivimos gracias a la cultura con la que nos socializan. Sobrevivimos, en fin, sumidos en un caos de indicios cuyo significado adivinamos, indicaciones imprecisas, bajo el peso del pasado y bajo la presión del azar, de lo imprevisible, de que nos trastorna. Pero también sobrevivimos con un orden que nos apacigua y que no es otra cosa que el patrimonio, la herencia.

¿Cómo soportamos dicho caos? Estableciendo unas bases, asumiendo ese orden heredado, fijando lo que ahora, justamente ahora, sucede; hilando, relatando aquello que era disperso y que la tradición nos detalla. De entrada, la existencia es la suma heteróclita de actos numerosos y simultáneos, una grave desorientación y a la vez un esquema prefijado, un determinismo irrevocable que ata al individuo a lo que otros hicieron.

Para evitar lo indeterminado, los humanos relacionamos las cosas ocurridas rastreando su principio, indagando su sentido, un significado que las amarre, descubriendo alguna congruencia entre el hoy y el ayer, entre lo que hay en nuestros días y lo que hubo en otra circunstancia. Para eso, la disciplina histórica y sus rendimientos nos son muy útiles y a la vez muy consoladores.

De ahí que, a pesar de todo, lo pretérito no sea un tiempo remansado ni muerto. De hecho, regresa siempre, una y otra vez. Los humanos necesitamos corroborarnos, cerciorarnos constantemente. El conocimiento de lo antiguo o de lo cercano nos proporciona firmeza: una idea de certidumbre, de identidad.

Vivir en un presente perpetuo, sin fundamento, nos deja desarbolados, con esa inquietud del que no tiene asideros a los que agarrarse. Por ello, el pasado nos es tan necesario. El yo de cada uno se desarrolla sobre lo que recuerda, unas reminiscencias que nos afirman: cuando evocamos lo pretérito ese juego nos remite a un origen, dándonos coherencia.

Muchos de nuestros recuerdos suelen ser involuntarios: se ponen en marcha al margen de nuestra deliberación y con frecuencia nos dañan. Pero la palabra juego referida al pasado quizá no sea tan inadecuada.

Desde niños hacemos deliberados ejercicios de memoria para distraernos, para aliviarnos de las injurias del presente, para conjurar las angustias del futuro. El discurrir de la existencia es tan imprevisto y el fin es tan fatal que nos alargamos hacia atrás, hacia aquello que nos da vida retrospectiva.

Debemos tener cuidado con estas operaciones: la memoria es emocional y hay recuerdos embellecedores y mentirosos, pura recreación o ensueño. Si esto nos pasa como individuos, imaginemos qué nos puede ocurrir colectivamente.

Parece que las sociedades precisan un origen, una continuidad, una identidad entre los antepasados y los contemporáneos. Por eso, para darnos vida, para fundamentarnos, es común retroceder a los momentos gloriosos, esas etapas inmortales de las que procederíamos.

Si los antecesores obraron como héroes y en ellos nos reconocemos, si los tomamos como el espejo en el que reflejarnos, entonces todo lo que hagamos ahora cobrará una dimensión forzosa, egregia, directamente épica. Desde la Antigüedad estamos con ello: es preciso exhumar lo pasado y a la vez hay que tener cuidado con las reminiscencias consoladoras o ficticias.

 

El historiador

“Hablamos a veces del curso histórico diciendo que es «un desfile en marcha». La metáfora no es mala, siempre y cuando el historiador no caiga en la tentación de imaginarse águila espectadora desde una cumbre solitaria”, decía E. H. Carr en 1961. Se trata de aquella conferencia que impartió en Cambridge y que luego se recogieron en forma de libro: ¿Qué es la historia?

Muchas décadas después, en El paisaje de la historia, John Lewis Gaddis se planteaba la misma cuestión, los desafíos a que se enfrenta el historiador. “Un hombre joven está de pie, sin sombrero y con un abrigo negro, sobre una roca alta, de espaldas a nosotros y se apoya en un bastón para resistir el viento que le agita y le enmaraña el pelo.

caspar-david-friedrich-wandererAnte él se extiende un paisaje envuelto en niebla, en el que apenas se divisan parcialmente formas fantásticas de promontorios más lejanos”. Nada sabemos de ese individuo, porque, de hecho, lo vemos de espaldas y no podemos intuir qué expresa su rostro, ese rostro que es incógnita, cifra, misterio. Con esta imagen, Gaddis se valía de una pintura celebre, El caminante ante un mar de niebla (1818), de Caspar David Friedrich, elaborando con ella una metáfora.

“Para mí”, añadía Gaddis, “la postura del caminante de Friedrich —esa impresionante imagen de una espalda frente al artista y frente a todos los que desde entonces han visto su obra— «se asemeja» a la de los historiadores. La mayoría de nosotros piensa que, después de todo, en eso precisamente consiste nuestro oficio, en dar la espalda al sitio hacia el cual vamos”.

Y no es así, añadía Gaddis, pues lo que distingue a los mejores historiadores, lo que les diferencia y les eleva, es su implicación y la conciencia de estar insertos en el mundo. En vez de dar la espalda a lo que ahora, precisamente ahora, acontece, se comprometen, incluso equivocándose, haciendo inseparables lo pretérito y lo presente, valiéndose de los instrumentos que la sociedad les da para evaluar, para contar el pasado, pero también para enjuiciar su tiempo. En ellos, la vida y la disciplina que cultivan son inseparables; en ellos, el pasado que puede ser narrado y los lectores a los que persuaden y atraen son su motivación y su desafío. Les ayuda a fijar criterios.

El de la verdad como ideal regulativo, por ejemplo; el de sus reglas. La historia no es sólo relato, es una disciplina: te sometes a ciertas normas. El historiador no escribe por mero afán de comunicación. El historiador no busca los documentos a su antojo, no discrimina sectariamente entre las informaciones. No desecha lo que le estorba. El historiador riguroso somete sus ideas previas al contraste con los documentos. Por principio no se fía de ninguno de esos testigos, sabe que hay contradicciones y falsedades y racionalizaciones equivocadas.

Imaginemos a un médico de campaña que debiera intervenir quirúrgicamente, decía el antropólogo Clifford Geertz. Apresurado, próximo a las bombas que caen y que amenazan con arruinarlo todo, no podrá exigir las mejores condiciones para operar, esas que son habituales en tiempos de paz, las que le permiten curar en un quirófano esterilizado. Al no contar con un ambiente neutro, ¿deberíamos concluir que le dará lo mismo donde lo haga, en una sala aseada o en un estercolero?

Hemos de suponer que evitará el lodazal o el muladar; hemos de suponer que tratará de tenerlo todo lo más lustroso y fregado posible, aunque sólo sea para convencer al paciente de sus buenas intenciones. Esas cautelas serían como las marcas del historiador, las pruebas que atestiguan su respeto a las reglas de la profesión. Pero no bastan. El galeno deberá tener, además, la intención última de salvar al paciente: como el investigador deberá, en fin, salvar la verdad de su relato.

Si no nos imponemos esa disciplina, entonces el interés de los lectores lo despertarán charlatanes, revisionistas, falsificadores y otros vendedores de quincalla historiográfica.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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