Sobre un nuevo poema de Safo de Lesbos

Por . 21 septiembre, 2015 en Historia Antigua
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Hay mucha fantasía, muy interesada, en la historia de la divina Safo (Mitilene, isla de Lesbos, c. 630-c. 580 a.C.), mujer, poeta, docente, a quien se le saltaban las lágrimas contemplando el origen del mundo: 

Amor: zarandea mis sentidos,

como el viento

en la montaña

acomete a las encinas.

 

Pues su vida, más conocida que su obra, de la que sólo nos han llegado dos odas y algunos fragmentos, nos ha sido transmitida por referencias, especialmente provenientes de los poetas cómicos, dada su gran popularidad, que llevó su efigie a estatuas y monedas. Lo que sugiere que la envidia no sería ajena a quien era considerada cumbre la de la poesía lírica griega, la décima Musa la llamó Platón y tercera poeta de la Grecia clásica, a decir de Indro Montanelli.

Habla del poeta Alceo, contemporáneo y paisano de Safo, compañeros de clase, aristócrata, en conspiraciones políticas y de exilio, a quien se presume un amor, más bien literario, o no…, por Safo. Le envió un poema amoroso en el que decía que su boca no era capaz de expresar sus sentimientos, a lo que ella contestó, con la sencillez y contundencia de su vida y escritura, que si sus sentimientos fueran puros y honrados en el corazón, la boca no encontraría obstáculos para expresarlos.

Dice Montanelli:

 

“Alceo era un virtuoso de la poesía e inventó una métrica personal, que más tarde fue precisamente llamada alcaica por su nombre. Y probablemente habría pasado a la posteridad como el más grande poeta de su tiempo —el tercero después de Homero y de Hesíodo—, si no hubiese tenido la desventura de ser contemporáneo de (…) Safo” (Historia de los griegos).

 

Safo, que se había casado y tenido dos hijos en su exilio en Sicilia, cuando enviudó –“el industrial [su esposo] cumplió también con el postrero de sus deberes de buen marido: la dejó viuda y dueña de toda su hacienda. «Necesito del lujo como del sol», reconoció ella lealmente”, dice Montanelli–, volvió a Lesbos, fundó una escuela, o cofradía, thiasos o mouseion (μουσεῖον), consagrada a las Musas, en la que enseñaba sus artes, música, literatura, su gusto y sabiduría de la vida a las jóvenes aristócratas: compañeras a las que preparaba para sus cercanos casamientos y convivencia con los maridos.

El poeta Anacreonte, de una generación posterior, fue quien relacionó el thiasos con la sexualidad de Safo; bien porque fuera cierto su amor por la joven Atthis, cuyos padres, conocidas o rumoreadas esas relaciones, le prohibieron asistir a sus enseñanza; bien porque Anacreonte cantaba el placer del amor bisexual, como los del vino y la vida regalada: su actividad, o bien (mal), por último, porque el también celebrado Anacreonte no lo fuera tanto ni mucho menos que la divina Safo. En todo caso, al margen de la calidad literaria, ¿no es más de fiar una señora como Safo, luchadora política y vital, que un hedonista Anacreonte, que malgastó su vida empleándose al servicio cortesano de dos tiranos, Hipias de Atenas y Polícrates de Samos? Uno mismo…

 

El amor sáfico

Víctima propiciatoria de la intolerancia moral ‑¿in-moral?‑, la historia ha lavado lo que ensuciaron de Safo y que Safo no ensució: amor sáfico, amor lésbico, el amor homosexual femenino ha encontrado dos banderas de su orgullo en su apasionante transcurrir –incluso en lo que ella llama su vejez, alrededor de 50 años: una dama anciana plácida y tranquila: una viejecita pulcra, creativa y reflexiva–, cuya poesía, ahorremos adjetivos, ha admirado a todo el que la ha conocido. Y tampoco olvidemos que sus más feroces perseguidores a causa de sus actividades homosexuales son los más interesados en enterrar en el olvido lo que decía un Bonifacio VIII, papa de Roma, casi veinte siglos después:

 

“El darse placer a uno mismo, con mujeres o con niños, es tanto pecado como frotarse las manos” (Karl Josef von Hefele [Unterkochen, Württemberg, Alemania, 1809-Rottenburg, Tübingen, Alemania, 1893], Historia de los Concilios de la Iglesia [Conciliengeschichte, 1855-1874], vol. II, libro 40, art. 697).

 

De manera que ahorremos lo innecesario y abundemos en méritos principales: el metro nuevo que tanto influyó en la poesía clásica y que creó para las bodas de sus educandas, la hoy llamada oda sáfica. Una estrofa de tres versos endecasílabos y uno adónico; los de once sílabas se componen de cinco pies –grupo de dos o más sílabas que contiene un verso y que responde a su medida–; el primero y los dos últimos son troqueos (una sílaba larga y otra breve); el segundo pie, un espondeo (dos sílabas largas) y el tercero, un dáctilo (una sílaba larga, y dos breves); la estrofa de tres endecasílabos se remata con un verso adónico (un dáctilo y un espondeo). ¿Estamos? (Lo mismo me pasa a mí…).

 

Suicidio

La leyenda no dejó de mimarla, como sus contemporáneos, y quiere que se suicidara arrojándose desde la roca del Léucade, desde donde despeñaban a los condenados y se suicidaban los enamorados. No era correspondido su amor por el legendario marinero Faón… ¿Era joven Faón? Faón era joven y bello para la eternidad. Pues era un semidiós tras haberle concedido esos dones Afrodita por haberla transportado por los mares cuando visitó la tierra disfrazada de vieja… Es decir, una heroína por encima de los hombres y cerca de los habitantes del Olimpo.

Y para actualizar la leyenda, los arqueólogos alemanes Michael Gronewald y Robert Daniel, de la Universidad de Colonia, descubrieron en 2002, en sus excavaciones en Oxirrinco (El Bahnasa, Egipto), un sarcófago cuya momia estaba envuelta en papiros escritos –como solía hacerse, pegando papiros y tejidos– que les resultaban familiares. Los signos griegos recordaban los de los papiros encontrados en 1922 en otro sarcófago, en los que se habían hallado lo poco que se conoce de una obra perseguida por el fuego integrista.

Los profesores Gronewald y Daniel identificaron su coincidencia con uno de aquellos fragmentos sin sentido del siglo XX: juntos aquéllos y éstos, completan casi un poema más de Safo, todos copiados, según la datación, en el siglo III a.C. Confiaron al prestigioso helenista Martin West, de la Universidad de Oxford, su “restauración y traslación” y The Times Literary Supplement del 24 junio de 2005 comunicó al mundo la buena nueva: un poema (casi) más de Safo ‑del que su traductor, con esa inconveniente displicencia británica dice: “It gives us no ground for thinking that Sappho’s poetic reputation was undeserved”, que no voy a traducir en honor a mi propia displicencia‑. West avisa que las palabras entre corchetes son conjeturas suyas destinadas a suplir las ausencias de algunas palabras en ambos papiros:
Safo_John-Reinhard-Weguelin-1886-193x300[You for] the fragrant-blossomed Muses’ lovely gifts

[be zealous,] girls, [and the] clear melodious lyre:

[but my once tender] body old age now

[has seized;] my hair’s turned [white] instead of dark;

my heart’s grown heavy, my knees will not support me,

that once on a time were fleet for the dance as fawns.

This state I oft bemoan; but what’s to do?

Not to grow old, being human, there’s no way.

Tithonus once, the tale was, rose-armed Dawn,

love-smitten, carried off to the world’s end,

handsome and young then, yet in time grey age o’ertook him,

husband of immortal wife.

 

Y aquí, una versión en castellano sobre la inglesa, obra de la profesora de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid Alicia María Canto (en el foro “Hallan en una momia un poema de Safo inédito”, www.celtiberia.net), cuya inclusión “tañed” ha inspirado la mía “pulsad”:

 

Muchachas, entusiasmaros vosotras con amables regalos, fragantes
/como flores,
para las Musas,
y [tañed] la limpia y melodiosa lira:

La vejez, en cambio, se ha apoderado de mi cuerpo, en otro tiempo tierno,
y mis cabellos, antes oscuros, se han vuelto blancos;

mi corazón se ha hecho torpe, y mis rodillas, que otrora eran ligeras
para bailar como los cervatillos, no podrán ya soportarme.

Sufro por mi presente estado, pero ¿qué se puede hacer?
Ningún ser humano puede impedir convertirse en viejo.

Se cuenta que la rosada Aurora, transida de amor por Tithón,
se lo llevó con ella al fin del mundo.

Él era entonces guapo y joven, y el marido de una esposa inmortal;
pero a pesar de todo, cuando llegó su hora, la edad gris también se
/apoderó de él
.

Del que, enamorado de las víctimas, tanto más cuanto más débiles y más maltratadas, y animado por el prodigio de la fuerza de la belleza de unas palabras que escritas hace veintiséis siglos se nos plantan en nuestro absurdo presente para iluminarlo, sí voy a tratar de pergeñar, sobre la reconstrucción de West, mi propia versión apasionada, enamorada y en castellano (y sin corchetes: ésos, para la ropa y para los malos):

Niñas, aprovechad las flores fragantes y los florecidos
/dones de las Musas
y pulsad la cristalina y melodiosa lira.
Ved cómo mi cuerpo, un día niño, es presa conquistada:
la vejez ha emblanquecido mi cabello negro;
la creciente pesadumbre acongoja mi corazón;
mis rodillas, ágiles cervatillos en la danza, ya no me harán
/volar…
Y aunque a menudo me lamente, ¿qué
puedo hacer?
Ningún ser humano puede impedir que avance la vejez.
Titono fue hermoso y joven, esposo de una inmortal mujer,
pero la edad de la grisura también se apoderó de él.
Y cuenta el cuento que
su esposa, la sonrosada Aurora,
se llevó en brazos a
su amor sin fin al fin del mundo.

Lo que no he conseguido averiguar, a pesar de mis esfuerzos, es el sexo de la momia, de las momias… Pido ‑a nada, a nadie: nada‑ que se haya redondeado la gracia y que las carnes mortales que eligieron como compañera del largo viaje la perfección de la intensa emotividad poética de Safo fueran de mujeres. Pero si fueron de hombres, agradecidos y respetuosos, destoquémonos.

 

Este texto pertenece a la obra Literatura para amantes. Apuntes para una historia social de la poesía clásica española [en elaboración].


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  • (no será publicado)

  1. gravatar Octavio Colis Responder
    octubre 21st, 2015

    Leyendo esto que nos envías de aquella Safo, me parece estar ante lo que fue el amor primero, como si todavía no lo hubieran zarandeado la decepción y el olvido, como si el otoño y el invierno supieran bien que no son el tercero y cuarto de los momentos de la vida, sino sólo del año; como si confiaran en su ser otoño e invierno enamorado, siendo ahora más que ahora, siendo siempre, no siendo nunca jamás.