El general Balmes… ¡no encontrado!

Por . 26 octubre, 2015 en Siglos XIX y XX
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Esta es una crítica de la obra En busca del general Balmes, de Moisés Domínguez Núñez.

 

En el año 2011, el veterano historiador Ángel Viñas publicó una obra bajo el título La conspiración del general Franco y otras revelaciones acerca de una guerra civil desfigurada (Crítica), donde exponía la tesis de que el general de brigada de Infantería Amado Balmes Alonso, gobernador militar de Las Palmas, había sido asesinado por orden de su superior inmediato, el general de división Francisco Franco Bahamonde, comandante militar de Canarias. balmes3Aunque al año siguiente salió a la venta una edición ampliada, lo cierto fue que Viñas sólo pudo argumentar su tesis sobre pruebas circunstanciales e indicios, no sobre fuentes escritas u orales directas. Este hecho provocó cierta sorpresa y estupor en el ámbito académico, y una gran polémica en los medios de comunicación que el veterano historiador alimentó mediante reiteradas alusiones al asesinato del general Balmes en su blog.

Recientemente, el aficionado a la Historia Moisés Domínguez Núñez ha publicado una obra titulada En busca del general Balmes: primer muerto de la Guerra Civil con motivo de la preparación del Alzamiento (Librería Hispania Ediciones). Esta obra –cuyo título en sí constituye una auténtica contradicción– ha sido catalogada como definitiva por diversos medios –cuando en Historia un calificativo así carece de sentido–, afirmando que desmonta totalmente la tesis de Viñas; al demostrar con pruebas incontrovertibles que el general murió de un accidente.

Antes de proceder al análisis del libro de Domínguez Núñez, situaremos primero la figura de Balmes. Pues la vida y trayectoria de este general nos puede dar las claves de su muerte.

 

El general Balmes en su contexto histórico

balmes2El primer rasgo distintivo de la vida de Amado Balmes Alonso fue su fecha de nacimiento; ya que lo hizo en Zaragoza el 7 de noviembre de 1877. Aunque por edad era cercano a los “Generales del 98” –formados en las campañas de Cuba y Filipinas–; su entrada tardía en el Ejército –1897–, le situó en la llamada generación de “Generales del 23”, grupo integrado por aquellos militares que alcanzaron el generalato por su participación en las campañas marroquíes y que presentaba tres características distintivas:

 

  1. Desde un punto de vista cronológico, cubre un espectro de tiempo muy amplio, existiendo un grupo senior de la misma, cuyos representantes podían ser Joaquín Fanjul Goñi (1880-1936), Luis Orgaz Yoldi (1881-1946), Miguel Ponte y Manso de Zúñiga (1882-1952), Manuel Goded Llopis (1882-1936), Alfredo Kindelan Duany (1879-1962), Francisco Llano  de la Encomienda (1879-1963) y el propio Balmes; y un grupo junior, al que pertenece Emilio Mola Vidal (1887-1937), José Enrique Varela Iglesias (1891-1951) o Francisco Franco (1992-1975). Esta diferencia generacional hay que buscarla en la gran duración de las campañas de Marruecos (1909-1927), lo que proporcionó múltiples posibilidades de ascenso a los militares participantes en ellas.
  2. Desde el punto de vista ideológico, la inmensa mayoría de ellos eran liberales conservadores, pero su monarquismo no era tan intenso como el de los “Generales del 98”. Además, estaban más cercanos a los postulados propios de la cultura militar occidental –autoritarismo, disciplina rígida, defensa a ultranza de la jerarquía, antiliberalismo, recurso a la fuerza y a la violencia para resolver cualquier tipo de problemas incluidos los sociales, desprecio al poder civil y a los partidos políticos, etc. –, gestada en la primera mitad del siglo XIX, más concretamente entre 1814-1815 y 1848. Aunque en su versión más radicalizada; pues tenían una fuerte conciencia de la necesidad de que el Ejército participase en la gobernación del Estado. Estas características eran más acusadas en el caso del grupo junior que en el senior.
  3. Desde el punto de vista histórico, la Guerra Civil coincidiría con el momento de plenitud de sus carreras, por lo que fue el grupo más diezmado por el conflicto, ya que en 1936 ocupaba los principales destinos del Ejército. De hecho, salvo Franco y Varela, en la conflagración bélica cayeron sus miembros más brillantes, como los generales Goded y Mola.

El segundo era su origen social. Balmes nació en un hogar burgués, ya que su padre aparece calificado como “propietario” en su expediente militar. Además, era descendiente del filósofo conservador Jaime Balmes y Urpia (1810-1847). Esta procedencia social y familiar conservadora, podría tomarse como argumento para justificar sus simpatías por la sublevación que estalló el 17 de julio de 1936. Sin embargo, hay que tener en cuenta que unos rasgos distintivos del pensamiento de Jaime Balmes fue el rechazo hacia el intervencionismo militar en política, como recogió en uno de sus artículos más importantes “La preponderancia militar” publicado en El Pensamiento de la Nación, el 18 de marzo de 1846.

El tercer rasgo que tener en cuenta fue su participación en las campañas de Marruecos. Balmes, a diferencia de Franco, Mola, Goded o Varela, se incorporó a las mismas cuando ya era un hombre maduro y formado –comienzan en 1909–; consiguiendo el ascenso por méritos de guerra para el empleo de comandante, coronel y general de brigada de Infantería. Este último en 1927, cuando ya tenía 50 años. Estos ascensos los obtuvo al mando de unidades de Infantería de choque –Regulares y Legión–, siendo por tanto un arquetipo del militar africanista.

Existe en nuestra historiografía académica una tesis según la cual ente grupo presentaba unas características que se consideraban exclusivas de él –autoritarismo, disciplina rígida, defensa a ultranza de la jerarquía, antiliberalismo, recurso a la fuerza y a la violencia para resolver cualquier tipo de problemas incluidos los sociales, desprecio al poder civil y a los partidos políticos, etc. –, cuando en realidad eran las propias de la cultura militar occidental. Además, según esta tesis, fueron estas características las que convirtieron a los africanistas en la punta de lanza de la sublevación de 1936 contra el Gobierno republicano. Sin embargo, este planteamiento no se ajusta a la realidad.

En primer lugar, porque hubo africanistas que permanecieron leales a la República como los generales de división Sebastián Pozas Perea y Miguel Núñez de Prado, o el de brigada de Infantería Llano de la Encomienda.

Y, en segundo lugar, porque esas características no eran exclusivas de los africanistas ni del Ejército español, sino que –como ya hemos indicado– conforman la cultura militar occidental. Fueron precisamente esas características las que explicarían el intervencionismo en política del Ejército francés, británico o alemán, y también la violencia que desencadenaron en sus campañas coloniales, igual o mayor que la de las fuerzas militares españolas en Marruecos. De hecho, el término “Solución final” que la cultura popular atribuyó y atribuye al régimen nazi, pertenecía a la cultura militar alemana, y surgió para dar una respuesta definitiva a cualquier problema militar que existiese –desde una batalla convencional a una rebelión civil–, como señala Elisabeth Hull en su obra Absolute Destruction. Military culture and the practices of war in Imperial Germany (2006). Por tanto, la adscripción al grupo africanista de Balmes tampoco sería un indicio de que fuera un militar golpista.

El cuarto, su actuación durante los años finales de la monarquía alfonsina (1930-1931) como jefe superior de Aeronáutica. Desde esa responsabilidad, se enfrentó a la sublevación republicana de Cuatro Vientos, el 15 de diciembre de 1930, cumpliendo órdenes de la superioridad. Se trató por tanto de una muestra más del carácter disciplinado de este militar.

El quinto, su posición ante la llegada de la II República. Por educación y procedencia social, Balmes probablemente fuera monárquico y conservador, pero era sobre todo un militar profesional y disciplinado. Así se explica que, a pesar de tener ya 54 años y ser un general de brigada moderno y por tanto con pocas posibilidades de ascenso al empleo inmediatamente superior –general de división–, no optara por el pase a la situación de retiro, acogiéndose al decreto promulgado por el nuevo ministro de la Guerra Manuel Azaña. Tampoco participó en la conspiración militar monárquica liderada por el teniente general Emilio Barrera Luyando y los general de brigada Luis Orgaz Yoldi y Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, ni en el golpe de Estado del 10 de agosto de 1932, encabezado por un ilustre africanista, el teniente general José Sanjurjo Sacanell. Esta actitud profesional fue premiada por Azaña manteniéndole en el servicio activo cuando hubiera sido fácil pasarle a la reserva no otorgándole destino durante un periodo de seis meses.

El sexto, su participación en la lucha desencadenada por la sublevación de Asturias de 1934, fase más relevante de la llamada revolución de Octubre. Balmes encabezó una de las columnas –sustituyendo por orden del general Franco al de su mismo empleo Carlos Bosch Bosch–, teniendo una actuación destacada en la derrota de las fuerzas revolucionarias. Su jefe operativo en esta campaña fue el general de división Eduardo López Ochoa, republicano, masón y conspirador contra la dictadura de Primo de Rivera. Y como él, actuó de forma absolutamente profesional, cumpliendo las órdenes de la superioridad, y sin que apareciera implicado en ninguna de las atrocidades cometidas por algunos miembros de la Legión y los Regulares.

El último dato que considerar fueron los destinos que recibió en los últimos años de su vida. Así, tras su participación en la campaña asturiana pasó a convertirse en gobernador militar de Las Palmas en febrero de 1935. En octubre, recibió el mando más cotizado para un general de brigada: el de la Primera Brigada de Infantería acuartelada en Madrid. En ese destino, asistió a la crisis política de diciembre de ese mismo año que supuso la caída del Gobierno radical-cedista, lo que provocó un amago de golpe de Estado donde estuvieron comprometidos los generales de división Goded, Franco y Fanjul, y el de brigada José Enrique Varela, y civiles como el dirigente de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) José María Gil-Robles y los monárquicos José Calvo Sotelo y Juan Antonio Ansaldo. Sin embargo, Balmes con un mando decisivo en Madrid, no formó parte del grupo conspirador, como demuestran los testimonios conservados de los participantes en esa intentona. En enero de 1936, pasaría de nuevo al Gobierno Militar de Las Palmas. La llegada al poder del Frente Popular en febrero no modificó su situación, permaneciendo destinado en las islas Canarias donde le sorprendería la muerte el 16 de julio de ese mismo año.

Un periodista brasileño que le conocía bien, le describió con las siguientes palabras (p. 22):

 

“El General Balmes era un hombre simple y afectuoso que le caracterizaba la disciplina. No amaba la política. Mucho menos las intrigas y las ambiciones de los partidos. Sería al Ejército, sirviendo a España. Con Rey o sin Rey, era soldado y sabía cumplir sus deberes”

 

Es decir, era Balmes un profesional puro y disciplinado que en 1936 contaba con 59 años de edad. Los militares de estas características no suelen sublevarse.

 

En busca del general Balmes

Esta obra tiene la característica –desde su prólogo realizado por el sacerdote y antiguo profesor de Historia de la Iglesia en el CEU-San Pablo Ángel David Martín Rubio– de presentarse como una réplica del citado libro de Viñas. Y también como una muestra más de la historiografía revisionista aparecida en las últimas décadas. Su análisis lo realizaremos siguiendo los aspectos más importantes de la misma.

 

Introducción

Este planteamiento revisionista de la obra aparece ya en sus primeras páginas. Así, el autor nos proporciona una interpretación revolucionaria del célebre mensaje que Franco mandó a Mola el 12 de julio, y que decía: “Geografía poco extensa”. Hasta ahora, todos los historiadores habían pensado que esa frase cifrada indicaba que el entonces comandante general de Canarias no se unía a la sublevación. Sin embargo, Moisés Domínguez afirma que Franco se estaba refiriendo a que había niebla en el aeropuerto tinerfeño de Gando (p. 18). Por eso, el Dragon Rapide tuvo que partir de Las Palmas. Con esta argumentación –original y simple–, Moisés Domínguez cree haber desmontando uno de los argumentos de Viñas, quien afirmaba que dicho avión siempre tuvo por destino final Las Palmas. No obstante, la tesis del aficionado a la Historia choca con un hecho irrebatible: al recibir ese mensaje, Mola se indignó y ordenó que se avisara al teniente general Sanjurjo para que fuera él quien sublevase al Ejército de África.

Tras ilustrarnos con esta nueva tesis que supone, sin duda, una auténtica revolución en los estudios sobre la conspiración que desencadenó la Guerra Civil, y que abre nuevas vías para la interpretación de estos acontecimientos; el aficionado a la Historia nos hace una disertación sobre la metodología histórica. De la misma, entresacamos el siguiente párrafo (p. 19):

 

“Con este trabajo no entraré en discusiones estériles y partidistas, nada interesadas en hacer Historia. Solo con buenas fuentes, documentos contrastados y datos rigurosos, se pueden combatir las mentiras y medias verdades que en los últimos tiempos han corrido en torno a la muerte del general Amadeo Balmes”.

 

Se trata, por tanto, de una declaración de motivos intachable, propia de un historiador riguroso, que sigue con precisión las enseñanzas de los maestros Charles Langlois y Charles Seignobos.

 

Balmes, monárquico y antirrepublicano

Tras esta “interesante” introducción, pasa a ocuparse de la figura del general Balmes, centrándose en dos aspectos: Su carácter monárquico y antirrepublicano, y su participación en la sublevación –él la denomina Alzamiento– de 1936.

balmes4Para demostrar que Balmes era monárquico y no republicano, escribe el siguiente párrafo, muy ajustado a lo que debe ser la Historia académica: “¿Qué General entró en Cuatro Vientos, ocupándolo y apresando a los sediciosos? El general Balmes. ¡Curiosa forma de ser republicano!” (p. 34). Tal vez, sólo tal vez, el general apresó a los aviadores sublevados porque era jefe superior de Aeronáutica, y por tanto, eran sus subordinados. No obstante, esta afirmación del aficionado a la Historia es tan importante –incluso más– que su interpretación sobre el mensaje “Geografía poco extensa”, ya que nos proporciona un nuevo y revolucionario concepto de la profesión militar: los oficiales no deben tener como máxima la disciplina y la obediencia a las órdenes superiores, sino la ideología. Si las órdenes no se ajustan a su ideología, no deben cumplirse.

Este planteamiento vuelve a aplicarlo cuando nos explica el papel de Balmes en la sublevación de Asturias (p. 39):

 

“En octubre de 1934, fue jefe de una de las columnas que sofocaron la Revolución de Asturias, ‘aquel que entró por Campomanes en las cuencas mineras de Asturias, al frente del Batallón de Valladolid, dos Banderas del Tercio y una de Regulares’. ¡Sin comentarios!”

 

No hay duda que el dato que apunta es sin duda demoledor. Por eso, y con razón añade “dato al que algunos historiadores, al parecer, no dan mucha importancia”. En este grupo nos incluimos; tal vez porque a diferencia de Moisés Domínguez pensamos que el papel de Balmes en la revolución de Asturias vino determinado por su carácter de militar profesional –por tanto, obediente a las órdenes de la Superioridad– y no porque fuera antirrepublicano. De hecho, el general fue destinado para el mando de una columna por Franco; no se presentó voluntario para hacerlo.

No obstante, y tras darnos esta visión revolucionaria de la profesión militar, que demuestra el carácter monárquico y antirrepublicano de Balmes; el aficionado a la Historia no explica por qué Balmes no participó en la conspiración militar monárquica ni en el golpe de Estado del 10 de agosto de 1932 –acontecimientos que no cita– ni por qué tampoco pidió su baja en el Ejército para no servir a un régimen que odiaba tan profundamente.

Más interesante son sin duda las páginas donde nos ilumina sobre la participación del general en la conspiración contra la II República. Aunque debemos reconocer que comete una serie de deslices que no se ajustan a su declaración de motivos inicial sobre lo que debe ser la Historia como ciencia. Son los siguientes:

a) Utiliza datos erróneos: así, apoyándose en la novedosa obra de Frank Jellinek, The Civil War in Spain –la primera edición fue de 1938–, vincula a Balmes con la Unión Militar Española (UME) (p. 27). De nuevo, vuelve a sorprendernos, ya que esta organización, creada a finales de 1933 por el teniente coronel de Infantería Emilio Rodríguez Tarduchy y el capitán de Estado Mayor Bartolomé Barba Hernández, sólo admitía a jefes –coroneles, tenientes coroneles y comandantes– y a oficiales –capitanes, tenientes y alféreces–; pero no a generales. No obstante, dado su carácter monárquico y antirrepublicano –como Moisés Domínguez ha demostrado con pruebas demoledoras y “¡sin comentarios!”– debió hacer una excepción con el general Balmes, acogiéndole en su seno. Huelga decir que no hay ninguna prueba documental sobre este hecho.

b) Utiliza fuentes secundarias de nulo valor: en este sentido, destacan dos. La primera es la obra del diplomático franquista Juan Antonio Vaca de Osma titulada La larga guerra del general Franco. De la misma entresaca el siguiente párrafo (p. 43):

 

“Otra cosa que me contó Sangroniz, es que cuando hablaba con Franco en aquellos días, casi a diario, en vísperas del 17 de julio, tenía ya todo dispuestos para su viaje a Marruecos y que le obsesionaba dejar Canarias en paz, en orden y en buenas manos, para lo que contaba con Orgaz y con Balmes. Esto último, que me fue confirmado por Martínez Fusset [sic] en el balneario de Vichy Catalán, es una prueba más de que la muerte de Balmes fue totalmente accidental”.  

 

Evidentemente, no existe ninguna prueba material de este testimonio de José Antonio Sangroniz, marqués de Desio –un hombre devoto de Franco, que fue clave en el vuelo del Dragon Rapide a África, ya que entregó al general su propio pasaporte diplomático para que no tuviera problemas con las autoridades francesas–, ni tampoco del jurídico militar Lorenzo Martínez Fuset –hombres de confianza del Caudillo–. Pero al aficionado a la Historia le da igual este hecho. Como Vasca de Osma, Sangroniz y Martínez Fuset son franquistas, su testimonio goza del “criterio de autoridad”.

Más interesante es el segundo testimonio que utiliza para recalcar el compromiso del general Balmes con la conspiración. Así no duda en escribir (pp. 45-46):

 

“Contundente y fuera de toda duda, acerca de las íntimas relaciones conspirativas habidas entre Franco y Balmes resulta el testimonio que nos deja el cofundador de la Legión Millán Astray:

‘Esta situación agitadísima de los espíritus, le llegó a Franco por conducto de sus agentes de enlace, y entonces envío al General Balmes, Gobernador Militar de Las Palmas, un agente para ponerle en conocimiento de la situación y pedirle informes de la situación local de Las Palmas.

Balmes contestó que los elementos estaban divididos y que si bien había leales de positiva fuerza, había otros elementos, también con fuerza contrarios, o por lo menos indiferentes’.

¡Sin comentarios!”

 

Esta cita del general de brigada de Infantería José Millán Astray, al que la inmensa mayoría de los militares –salvo Franco– consideraban un histrión, la extrae de un libro publicado en 1939, bajo el título Franco. El Caudillo. Y, como en el caso anterior, ni se molesta en contextualizarla –Millán Astray fue un personaje clave en el ascenso de Franco y el resto de su vida mostró una devoción sin límite hacia su “protector” – ni en someterla a la debida crítica. Simplemente, como se ajusta a lo que pretende demostrar, el aficionado a la Historia la toma literalmente, ya que es un testimonio “contundente y fuera de toda duda” y “¡Sin comentarios!”…

Sin embargo, el autor –tal vez por desconocimiento– no da importancia a una fuente teóricamente secundaria que cita: la obra de José María Iribarren, secretario del general Mola, titulada Con el general Mola. Este libro, escrito en 1937 –en vida de Mola– constituye un documento de excepción para conocer la historia de España, pues su publicación fue supervisada por el propio general –que poco después fallecería en un accidente de aviación–, y en un contexto muy concreto, marcado por el enfrentamiento entre Mola y Franco, como nosotros explicamos en una obra titulada El general Mola y la evolución política de la España nacional (1936-1937). Lo más interesante del libro de Iribarren fue su censura y su retirada de las librerías, ya que parte de su contenido era molesto –nada se decía de la participación de Franco en la preparación de la sublevación–. Pero, si nos centramos en su relación con Balmes, había una frase críptica ya que el autor –es decir, el propio general Mola– afirmaba que fue “Un asesinato en circunstancias misteriosas” (p. 270). Por tanto, El director de la conspiración –al tanto de todo lo que pasó en la misma– reconocía que el gobernador militar de Las Palmas no murió en un accidente.

c) Interpreta libremente los testimonios.

En este aspecto, destaca el siguiente párrafo (p. 46):

 

“Además, en el testimonio que efectuó el que fuera sargento de Infantería Juan López Morales, se recoge de forma indubitada la siguiente información relacionada con la preparación del Alzamiento:

‘Tenía recibidas órdenes (del general Balmes) de que al personal designado para ordenanzas montados, se les enseñara a montar bien a caballo al objeto de que cuando fuera preciso llevar alguno cualquier orden urgente y lo efectuaran a caballo, supieran hacerlo y para ello se les daba instrucción tres o cuatro veces en semana a las que algunas de ellas asistió el General’ ”.                  

 

Con todo los respetos por el historiador aficionado, lo único que refleja esta declaración es el interés –propio de un oficial tan profesional como Balmes– de que los soldados estuvieran lo mejor entrenados posibles para cumplir sus misiones. A no ser claro que para Moisés Domínguez –dentro de la nueva interpretación que realiza de la profesión militar–, el entrenamiento militar tenga como único objetivo preparar golpes de Estado. Más interesante, resulta la figura de este sargento, sobre la que volveremos; ya que en su declaración siempre apunta la idea de que Balmes le daba explicaciones de todo lo que hacía. Lo que para cualquiera que haya realizado el servicio militar puede resultar muy extraño…

d) Utiliza informaciones erróneas a sabiendas.

Así, no duda en escribir (p. 58):

 

“Por último, en el periódico El Gráfico, de Valladolid, del día 23 de mayo de 1937, se publicaba una fotografía en la que aparecía el malogrado general Balmes, acompañado de varios amigos falangistas, entre ellos, Antonio Martínez García. La crónica la firmaba El Príncipe Azul y en ella relataba que el citado Martínez García era un conspirador y agente de enlace falangista de Balmes en Las Palmas”.

 

Sin embargo, luego en el pié de página, se dice exactamente lo contrario de lo que se apunta en el texto principal:

 

Antonio Martínez García, autodenominado fascista, elevó una carta al diario Falange en la que aclaraba que: ‘yo no tuve con el llorado e ilustre General Balmes otras relaciones que las que corrientemente se derivan de una buena amistad, la que nació entre nosotros al calor de su afecto, de su simpatía y de su bondad. Ahora bien, de eso a que yo fuese un conspirador a sus órdenes, media un abismo. Y la verdad es que ni conspiré contra nadie, ni fui agente de enlace ni de ninguna otra cosa, ni vigilé a nadie, ni creo haber sido vigilado por individuos del llamado Frente Popular’ ”.

 

Es decir, en el cuerpo principal expone una información periodística sobre una persona –publicada en plena Guerra Civil– que dice exactamente lo contrario que el testimonio dado por la misma; lo que la invalida completamente. Pero, como el aficionado a la Historia no tiene ninguna fuente que avale la participación de Balmes en la conspiración, la deja caer a ver si cuela… ¡Al fin y al cabo, nadie lee las notas a pié de página!

e) Rechaza las fuentes que no se ajustan a su tesis.

La gran aportación a este asunto de Ángel Viñas –excelente políglota– ha sido, sin duda, haber utilizado numerosos archivos extranjeros para construir sus obras sobre la Guerra Civil. De hecho, toda la argumentación sobre el posible asesinato de Balmes, la edificó sobre el testimonio de los ingleses que viajaron en el Dragon Rapide: el piloto Cecil Bebb, el capitán Hugh Pollard y su hija Diana. Los tres apuntaron que Balmes fue asesinado, tratándose por tanto de unos testimonios interesantes; ya que si bien no fueron testigos de la muerte de Balmes, si estaban presentes en el lugar en que tuvo lugar –Las Palmas– y en el momento en que se produjo, pudiendo así recoger las primeras impresiones y comentarios sobre el mismo. Pero, el aficionado a la Historia decide obviarlos, afirmando que no dan “datos de quién o quienes están detrás de la muerte del general Balmes” (p. 32). Es decir, para Moisés Domínguez, el testimonio de tres testigos presenciales –pero indirectos–, no debe ser tenido en cuenta porque aunque afirmen que Balmes fue asesinado, no dan datos del autor. Por el contrario, si Millán Astray –que no estaba en Las Palmas– escribe que Balmes conspiraba con Franco, se trata entonces de un testimonio “contundente y fuera de toda duda”. No creemos que este planteamiento se ajuste a la declaración de motivos sobre el uso de las fuentes históricas que el autor hizo en la introducción de su obra.

f) No somete a crítica los testimonios de los subordinados de Balmes.

A pesar de todas las carencias que hemos apuntado hasta ahora, es indudable que la obra de Moisés Domínguez tiene un mérito: haber encontrado el expediente sobre el general depositado en el Archivo Dirección General de Personal del Ministerio de Defensa. El mismo contiene las declaraciones de un conjunto de jefes, oficiales y suboficiales que sirvieron a las órdenes de Balmes. De ellas, cinco –las de los comandantes de Infantería Domingo Padrón Guarello, Eduardo Cañizares Navarro; el de Ingenieros José María Pinto de la Rosa; el de Estado Mayor Fernando García González y el teniente de Infantería Juan Godó– afirmaron que Balmes estaba comprometido en la conspiración militar (p. 43-52). Sin embargo, más allá de esas afirmaciones, lo verdaderamente importante, lo que provoca auténticas sospechas, son dos hechos. El primero es la referencia a un archivo secreto de carácter político de Balmes que aparece en las declaraciones que hicieron un jefe y un oficial de la guarnición de Las Palmas –ambos sublevados–. Así el comandante Padrón Guarello escribió (p. 47):

 

“Hablaba casi a diario del movimiento con el General, le facilitaba nombres de significados marxistas en Las Palmas, confeccionando un fichero donde anotaba nombres, antecedentes y movimientos de dichas personas. Ese fichero desapareció de su despacho después de su fallecimiento”.   

 

Por su parte, en la declaración del teniente Godó se podía leer (p. 44):

 

“Mas tarde se dijo que el desdichado General poseía un completísimo fichero en el que indicaba a la perfección el pie de que cojeábamos no sólo los de la tertulia sino muchos a ella ajenos. Ficheros que alguien, por lo visto se apresuró a destruir, en cuanto cayo en sus manos, a la muerte del General”

 

Estas declaraciones son de suma importancia, aunque el aficionado a la Historia no lo perciba. Ya que dos subordinados de Balmes hablaron de una actitud del general –recoger datos políticos de civiles y militares– que chocaba radicalmente con su mentalidad de oficial apartidista y apolítico. Pero, más interesante era el hecho de que ese archivo –prueba capital de la sublevación en Canarias… ¡de haber existido, claro! – fuera sacado del despacho de Balmes y destruido. ¿Por quién? ¿Quién se atrevería a entrar en el despacho del general una vez muerto si toda la guarnición estaba comprometida con la sublevación? No, ese archivo nunca existió, pero sirvió de coartada para justificar la vinculación de Balmes con la sublevación.

El otro aspecto trascendental es la obsesión de Balmes por las pistolas; causa única de su muerte para el aficionado a la Historia.

 

La muerte de Balmes

El general Balmes murió a las 12:30 horas del 16 de julio de 1936 como consecuencia de un disparo en el estómago producido a quemarropa aproximadamente dos horas antes en La Isleta, donde había ido con su chofer a probar cuatro pistolas modelo Astra 400. Para contextualizar esta muerte, el autor nos explica la trascendental historia de esas pistolas, una de las cuales fue la responsable del supuesto accidente mortal. Así, escribe (p. 61):

 

“El 15 de julio de 1936, Balmes envía la minuta de un oficio dirigido al Parque de Artillería, en relación a la información anterior, interesándose si las pistolas estaban arregladas pues no le parecía prudente demorar más el asunto, capital para el Alzamiento”.

          

Es decir, para Moisés Domínguez, el éxito de la sublevación dependía de cuatro pistolas modelo Astra 400. De ahí que un soldado veterano como Balmes metiera prisa a sus subordinados para que las tuvieran en perfectas condiciones. Esta hipótesis absurda totalmente la recoge de los testigos indirectos de la muerte del general. Especialmente del ya citado sargento López Morales, quien no dudó en declarar que el general le dijo (p. 64-65):

 

“Quiero Sargento, que al personal de la Sección de aquí, tengan pistolas de verdad y no cacharros inútiles imitando a los juguetes y que al llegar el momento de hacer uso de ellas, puedan responder y hacer frente a cualquier eventualidad que se pueda presentar, para ello quiero yo personalmente probarlas, y, una vez convencido de que funcionan bien, dárselas al personal más destacado para que hagan ejercicios de tiro al blanco en la Isleta, asignándole las mismas a los mejores tiradores y al resto los mosquetones”.

 

En este testimonio se comprueba, por tanto, que el general era un oficial excepcional y único. No sólo daba explicaciones de sus planes a un sargento –caso único en toda la historia de los ejércitos–, sino que además era tal su preocupación por la tropa, que probaba personalmente las armas antes de entregárselas.

No obstante, Balmes además de ser un oficial muy “democrático” –lo que chocaba con ese carácter reaccionario que el aficionado a la Historia nos ha mostrado de él–, era también una persona muy imprudente –con todos los respetos–, como afirmó su ayudante, el comandante Fiol Pérez (p. 66):

 

“Aquella mañana [16 de julio] había ido el General al Parque a recoger las cuatro pistolas que eran el armamento de la Sección de destinos y aunque descargadas una de ellas, al montarla, se la apoyó en el vientre; y al hacerle notar el comandante que eso no debía hacerlo, le contestó que siempre lo había hecho y nunca le había sucedido nada”.

 

Pero, además de imprudente, era un “solitario” al que siempre se le encasquillaban las armas, como declaró el comandante Cañizares Navarro (p. 61):

 

“El General fue varios días por la mañana y generalmente solo, sin siquiera Ayudante, al Campo de Tiro de San Fernando, y fue poniendo a punto las pistolas y hubo una que se le encasquillaba y hubo de llevarla al Parque de Artillería para que la hicieran un arreglo”. 

 

Cualquier historiador académico, incluso cualquier persona que leyese estas fuentes objetivamente, se daría cuenta inmediatamente de que los declarantes estaban preparando el camino para justificar lo que ocurrió en la mañana del 16 de julio: el general Balmes –un oficial comprometido con la sublevación y poseedor de un archivo político secreto– se presentó sólo a probar unas pistolas en La Isleta, y al encasquillarse una de ellas, la apoyó imprudentemente en su estómago, disparándose por un descuido y ocasionándole una herida mortal. Al fin y al cabo, era lo que hacía siempre, ¿no?

balmes1

Sin embargo, para Moisés Domínguez estas fuentes dicen la verdad: la muerte del general fue consecuencia de un accidente. Y para corroborar esta tesis, utiliza el testimonio del supuesto único testigo del hecho: el chofer del general, soldado de Ingenieros Manuel Escudero Díaz. Construir un acontecimiento histórico a partir de una sola fuente no contrastada siempre se ha considerado erróneo desde la metodología histórica, ya que la verificación de las fuentes es un paso imprescindible y previo antes de poder utilizarlas. Sin embargo, Moisés Domínguez, un hombre de mentalidad revolucionaria obvia este hecho, y considera que puede utilizar este testimonio apoyándose en la siguiente crítica que hace del mismo (p. 63):

 

“Hemos indagado, por si existiese algún procedimiento judicial militar en el Archivo General e Histórico de Defensa (Madrid) y este organismo nos manifiesta que una vez consultado sus bases de datos, no han encontrado información relativa a este militar. Esto significa que no sufrió represalias por parte del régimen franquista y que su testimonio tiene un alto índice de verosimilitud”.

 

¡Una argumentación genial! La validez de los testimonios viene determinada por la ideología de los declarantes. Si son de franquistas como Vaca de Osma, Sangroniz, Martínez Fuset o el chofer Escudero Díaz, hay que aceptarlos literalmente, ya que un franquista no miente. Menos mal que en la introducción, el aficionado a la Historia dijo aquello de “Con este trabajo no entraré en discusiones estériles y partidistas, nada interesada en hacer Historia. Solo con buenas fuentes, documentos contrastados y datos rigurosos…”. ¿Y que dice esta declaración “contrastada”? Veámoslo (p. 69):

 

“El General empezó a tirar, y a medida que acababa de tirar con cada pistola mandaba al deponente a ver los impactos que había hecho. Que en la tercera pistola el último cartucho se encasquilló en la pistola y entonces empezó a manipular con dicha pistola para desencasquillarla cuando de repente en un falso movimiento teniendo la pistola apoyada hacia el cuerpo se le disparó”.

 

Es decir, el chofer declaró en la misma línea de los jefes y oficiales de la guarnición de Las Palmas –todos sublevados el 17 de julio de 1936 por cierto–: que un hombre tan imprudente como el general tenía que acabar muy mal. Vamos, que tenía que morir como consecuencia de un accidente provocado por él…

No obstante, en una actitud un tanto extraña, el aficionado a la Historia, tras aceptar el planteamiento de Escudero Díaz, nos sorprende proponiéndonos otras dos hipótesis para explicar la muerte de Balmes, a cual más increíble (pp. 71-72):

 

  1. Cogió el cañón del arma con la mano izquierda, y con la mano derecha, no hay que olvidar que el General aun tenía el guante puesto, hizo retroceder la corredera apoyando el cañón sobre el vientre para dejar corriente el arma, como había hecho, temerariamente, según distintas versiones no contrastadas en otras ocasiones, con tan mala suerte, que al forcejear con el arma movió el gatillo, inopinadamente el arma se le disparó, cayendo al suelo herido gravemente.
  2. Al acercarse por detrás el chofer, para darle la tercera pistola –en este supuesto la pistola no está encasquillada– que empuña con la mano derecha, el General coge el cañón del arma con su izquierda, el chofer, sigue de pie aún y sin acabar de entregarla por completo, el General hace retroceder la corredera, no hay que olvidar que el arma está recién engrasada, con tan mala suerte, que inopinadamente se le dispara, cayendo al suelo herido gravemente.

 

Dejando a parte el hecho de que Moisés Domínguez no es Cervantes y que desconoce la utilidad del “punto y seguido”, estas dos hipótesis son absurdas. Y en el caso de la segunda, desmonta totalmente su argumentación, ya que supondría la participación, al menos pasiva, de un tercero en los hechos. Esta es una muestra más del rigor del autor. Primero, acepta una declaración con argumentos subjetivos; para, a continuación, plantear una hipótesis que la invalida totalmente.

Sin embargo, hay un dato interesante en que el aficionado a la Historia no se detiene: la meritoria carrera militar de este chofer. Nacido en Francia, de una familia emigrante, terminó de teniente del Ejército del Aire y haciendo cursos de perfeccionamiento profesional en Estados Unidos (pp. 62-63). Fue por tanto un ejemplo destacado de las posibilidades de ascenso social que ofrecía el franquismo en los años cuarenta y cincuenta.

Hay tres datos más sobre la muerte de Balmes que resultan de interés y que, aunque cita, el aficionado a la Historia no analiza:

  1. Según el informe del perito médico Juan José Pelegrín Calero –solicitado por el autor–, dada la gravedad de la herida del general “perdió la consciencia a los quince o veinte minutos debido a la disminución del flujo sanguíneo al cerebro” (p. 87). Si tenemos en cuenta que el accidente se produjo en La Isleta, y que el general era un hombre corpulento, el chofer debió tardar varios minutos en arrastrarle hasta el coche y meterle dentro del mismo. A estos minutos, se unirían los empleados en el trayecto hasta el Cuartel de Infantería, donde recogió al sargento José López López, y desde allí, hasta la Casa de Socorro donde inicialmente le trasladaron. Por tanto, fue muy posible que el general ingresara ya en esta última inconsciente, lo que le imposibilitaría por razones obvias articular ninguna palabra. Eso significa que todas las declaraciones de los jefes militares que le acompañaron en la Casa de Socorro y después en el Hospital Militar –donde falleció–, y donde se afirmaba que el general pronunció frases como “¡Qué fatalidad! ¡Me ahogo! Pero no digan nada a mi mujer, por Dios…!”, “¡Qué fatalidad! ¡Me ahogo! ¡Maldita pistola! ¡Ay, mi hija! ¡Qué no se entere Julia!” o “¡Estas malditas pistolas! ¡Qué fatalidad!” (pp. 77-79), estarían faltando a la verdad.
  2. Según la declaración de Escudero Díaz, las pistolas quedaron sobre el campo de tiro, salvo una que estaba en el estribo del coche, y que voló cuando este salio disparado llevando al general herido. Sin embargo, estas pistolas no pudieron ser recogidas por el juez instructor del caso, ya que según Moisés Domínguez: “Un oficial de Infantería (desconocemos el nombre) las recogió y se las llevó al próximo cuartel de Infantería. Desde luego, este oficial no actuó de la forma debida” (p. 95). Efectivamente, cuando el juez instructor civil del caso –juzgado de 1ª instancia de Triana– Juan Mendoza pidió las pistolas, le entregaron cuatro, incluida la que produjo el disparo fatal. El problema fue que nadie con anterioridad sabía cuál era el número de las supuestas armas con las que Balmes había disparado…
  3. A pesar de que Balmes –según Moisés Domínguez– era un oficial monárquico y antirrepublicano, su muerte causó sorpresa, perplejidad y levantó sospechas en Madrid, llevando al ministro de la Guerra Santiago Casares Quiroga y al subsecretario de dicho Ministerio, general de división Manuel de la Cruz Boullosa, a afear la conducta de Franco por no haberles informado antes del accidente (p. 102).

 

La autopsia de Balmes 

Moisés Domínguez afirma que la autopsia de Balmes constituye una prueba irrebatible (p. 83). Pero, ¿de qué? Tras leerla detenidamente, se llega a la conclusión de que estuvo muy bien hecha por su carácter detallado. Pero, el único dato de la misma que podría ayudar a esclarecer la muerte del general fue que los forenses escribieron:

 

“Parece probable un disparo ocurrido al mismo sujeto, dada la pequeña distancia de quemarropa a que fue efectuado. Es a la conclusión que han podido llegar los informantes como resultado de esta autopsia” (p. 86).

 

Por tanto, los autores de la autopsia reconocieron que el general pudo morir de un disparo efectuado por él mismo; corroborando por tanto la tesis del accidente. ¡Una prueba irrebatible!, por tanto. Sin embargo, al aficionado a la Historia se le olvida analizar un hecho de enorme importancia. Es el siguiente:

 

“Don Domingo Doreste Rodríguez, secretario del Distrito de Triana.

 Certifico: que en el sumario instruido por muerte del Excmo. Señor don Amado Balmes Alonso, consta lo siguiente:

[informe de la autopsia]

Es conforme con su original a que me refiero; y para que conste, cumpliendo lo mandado, expido la presente en Las Palmas, á veinticinco de abril de mil novecientos treinta y siete.

El juez instructor: José Mendoza. Secretario Domingo Doreste”.

 

Entonces, resulta que la prueba irrebatible es una copia del original. Según la metodología histórica, cuando se dispone de copias de un original, pero no se tiene este; debe procederse a realizar una operación denominada “crítica de restitución”. En este caso, al tener sólo una fuente, la única acción posible es reconstruir el documento por deducción. No obstante, dado el carácter reciente del documento, debería buscarse el original de la autopsia que se encontraría en el expediente de la causa civil 177/1936, instruida por el juez Mendoza. Sin embargo, esta prueba documental se ha perdido, lo que resulta algo extraño. No para el aficionado a la Historia que no da ninguna importancia a este hecho. Sin embargo, sí lanza un SOS para intentar encontrarlo. Así escribe: “Estaría bien que desde los sectores cercanos a la Memoria Histórica, en vez de tantas elucubraciones, intentaran averiguar el paradero de este expediente” (p. 93). ¡Muy bien! No obstante, este llamamiento choca con su carácter de historiador riguroso. Debería haber sido él –como supuesto especialista en el tema– quien lo debería haber buscado. Y así no tendría que utilizar una copia que no puede ser prueba irrebatible de nada.

 

La pensión de la viuda de Balmes

Se trata sin duda de uno de los aspectos más delicados de la obra; ya que pone en tela de juicio la tesis del aficionado a la Historia. La viuda pidió la pensión que le correspondía como esposa de un general en 1937. Sin embargo, se la denegaron, afirmando que “es evidente que medió imprudencia en la víctima al colocar sobre su vientre una pistola encasquillada” (p. 112). ¡No nos extraña que llegaran a esa conclusión si leyeron las declaraciones de los subordinados del general! Sin embargo, surge una duda inmediatamente: ¿No estaba Balmes probando las pistolas que se iban a emplear en la futura sublevación? ¿No estaba en absoluta conexión con Franco? Si fue así, habría muerto en acto de servicio. Pero, la Secretaria General de Guerra no debía estar en conocimiento de estos arcanos, ya que denegó la pensión.

La pobre viuda tuvo que conformarse con una pensión ordinaria de viudedad. Es decir, la que correspondía a toda mujer casada que había perdido a su marido, y que era muchísimo menor que la de la esposa de un general. No fue hasta 1942 cuando recibió esta pensión, con el cobro de los retrasos desde 1936. Este hecho permite escribir a Moisés Domínguez: “Menos mal que Franco no fue generoso con dicha señora…, o al menos eso dicen algunos estudiosos” (p. 119). Si el entonces jefe del Estado hubiera sido tan espléndido con la viuda de Balmes, y si el general hubiera sido tan amigo suyo y estado tan comprometido en la sublevación como dice el aficionado a la Historia, su viuda habría recibido la pensión que le correspondía desde 1937.

 

Los “profesionales de las armas”

Tras ilustrarnos con su teoría del accidente de Balmes, utilizando para ello “pruebas irrebatibles”, el aficionado a la Historia se retira y da paso a los especialistas en armas. Son cinco testimonios los que recoge, y debe reconocerse que resultan cuando menos contradictorios. Así, los tres primeros –un sargento de la Guardia Civil, un coronel del Ejército y José María Hernansáez, “una caja de sorpresas” (p. 130) – aceptan la teoría del accidente (pp. 127-131). El problema es cuando entran en liza los dos últimos, que son los más importantes. El primero es Javier Torijano, uno de los mayores expertos mundiales en pistolas Astra 400 –la que causó la muerte del general–, quien escribe (p. 131):

 

“Dada la seguridad del arma y el hecho de tener el martillo oculto, el accidente que pretende describir es materialmente imposible, en mi opinión (…) Es posible, pues si los muelles eran como se entiende demasiado fuertes, que al expulsar la vaina disparada ésta quedase bloqueada en la ventana de expulsión, pero imposibilitaría absolutamente la alimentación del arma y, por supuesto, un disparo accidental”.

 

¡Menudo problema! Un experto mundial en la pistola “asesina” afirma contundentemente que Balmes no pudo morir tal como afirma la versión oficial. Tal vez por eso, Moisés Domínguez intenta desarrollar otras dos hipótesis como ya hemos visto; pues la que articula toda su obra es negada taxativamente por un experto en el tema.

Si contundente es el testimonio de Torijano, no lo es menos el de Asensio Carrión, perito, quien declara: “Cabe también la posibilidad de que hubiese otra persona más a la izquierda del general, y que fuese esta la que le disparase a quemarropa, mientras el General está ocupado en su prueba” (p. 133). Esta declaración si cabe es más demoledora para Moisés Domínguez. Pues, abre la posibilidad de que hubiese una tercera persona que participase de forma activa en la muerte de Balmes: Su asesino.

Por tanto, si Moisés Domínguez pretendía con este capítulo demostrar que Balmes había muerto de un accidente, lo único que logra es crear la sensación contraria.

 

El testimonio de la hija de Balmes

Debemos reconocer que este era el capítulo de la obra del aficionado a la Historia que más nos atraía. Pues Viñas siempre había afirmado que contaba con el apoyo de la única hija del general y, dada su trayectoria, nos sorprendía que Moisés Domínguez, en su dedicatoria dijese: “a doña Julia Balmes Alonso, hija del General y a sus nietas, Pilar y Julia Arquer Balmes, extraordinarias personas, por su colaboración, amabilidad y sencillez” (p. 24). Resultaba extraño, pues, que la misma persona apoyase dos tesis contrapuestas. Y cual fue nuestra sorpresa cuando a llegar a la página 143, donde supuestamente estaba este testimonio de la hija nonagenaria de Balmes, nos encontramos con una carta escrita por la misma a la revista Interviu y reproducida por la revista Fuerza Nueva, el 12 de agosto de… 1978. Aquí si que podemos utilizar la frase que tanto le gusta a Moisés Domínguez: ¡Sin comentarios!

 

Conclusión

En el prólogo de sus maravillosas Flores del Mal, el “maldito” Charles Baudelaire escribió: “Léeme para aprender a amarme”. Debemos reconocer que tras leer su obra, no hemos desarrollado ese sentimiento hacía Moisés Domínguez. Su libro no sólo es insostenible desde el punto de vista de la metodología histórica, sino que en algunos puntos roza el esperpento –su interpretación del mensaje “Geografía poco extensa” –, y en otros el fraude al lector –como el supuesto testimonio de la hija de Balmes–.

No obstante, llaman la atención de En busca del general Balmes dos aspectos. El primero, la publicidad que se le ha hecho desde determinados medios de comunicación, presentándolo como la obra definitiva que desmonta la tesis de Viñas. Con dicha tesis se puede estar en desacuerdo; pues no está contrastada con fuentes primarias directas. Como también se puede discrepar intelectualmente con su autor, cuya visión de la II República es diferente a la nuestra. Pero es una obra académica, construida a partir de la crítica de las fuentes que disponía en ese momento. De la de Moisés Domínguez, “historiador especialista en la Guerra Civil en Extremadura y graduado social”, no se puede decir lo mismo. El segundo aspecto, y tal vez más importante, es que Moisés Domínguez consigue con este trabajo lo contrario que pretendía: aumentar las sospechas sobre la muerte del general Balmes.

¡Ah! Se nos olvidaba. No entendemos por qué el autor confunde al comandante de Infantería Eduardo Cañizares Navarro, al que a veces le nombra con su verdadero empleo –comandante– (p. 61) y otras le hace coronel (p. 137). Pues se trata de un militar importante: africanista, comandante militar de La Isleta cuando murió Balmes y hombre clave en la sublevación de Las Palmas. Durante la Guerra Civil alcanzaría el grado de coronel y mandaría la 21 División. Es cierto que después sufriría un cierto ostracismo, para reaparecer en los años sesenta en puestos políticos de cierto relieve: gobernador civil de Soria (1960-1963) y Granada (1963-1966).

 

 

    

Roberto Muñoz Bolaños es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Educación de la

Universidad Camilo José Cela


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Nací en Madrid en 1970. A los 18 años ingresé en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid porque mi madre quería un hijo médico. Aguanté un año… Mi siguiente destino fue la Facultad de Filosofía y Letras, sección Geografía e Historia, de la Universidad Autónoma de Madrid, donde permanecí los cinco años reglamentarios, obteniendo una licenciatura en Historia Moderna y Contemporánea, acompañada del Premio Extraordinario. A la vez que cursaba Historia, inicié la licenciatura en Derecho. En la actualidad, me dedico a escribir compulsivamente artículos y libros, ya que he hecho una apuesta conmigo mismo: alcanzar las 100 publicaciones antes de cumplir los 50; pues, como decía el gran Aristóteles: En realidad vivir como hombre significa elegir un blanco -honor, gloria, riqueza, cultura- y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un fin es señal de gran necedad.

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  1. gravatar tienda virtual tarragona Responder
    noviembre 25th, 2015

    Esto es ¡sorprendente! No he leído algo como esto en mucho tiempo . Maravilloso hallar a alguien con algunas ideas propias sobre este tema. Este blog es algo que se necesita en la red , alguien con un poco de sinceridad. Un trabajo útil para traer algo nuevo a la red. Gracias de todos lo que te leemos

  2. gravatar Roberto Muñoz Bolaños Responder
    noviembre 9th, 2015

    Publicaciones sobre la conspiración de 1936 y la Guerra Civil:
    • Cuadernos de trabajo
    o Martínez Anido. Militar y Represor, Madrid: Anatomía de la Historia, 2013 (19 páginas) http://anatomiadelahistoria.com/2014/01/severiano-martinez-anido-1862-1937-militar-y-represor/
    • Capítulos en obras de varios autores
    o “El general Mola y la evolución política de la España Nacional (1936-1937)” en TRUJILLANO SÁNCHEZ, José Manuel, y DÍAZ SÁNCHEZ, Pilar: Jornadas . Testimonios orales y escritos. España 1936-1996, Ávila: Fundación Santa Teresa, 1998, pp. 197-212.
    o “La Guerra Civil: una síntesis histórico-militar” en RECIO CARDONA, Ricardo (ed.): Rojo y Azul. Imágenes de la guerra civil, Madrid: Almena, 1999, pp. 4-57.
    o “El Ejército Nacional”, Ibidem, pp. 88-107.
    o “La guerra civil española (1936-1939)”, Ibidem, Tomo II, pp. 627-650.
    o “Las Fuerzas Armadas y la defensa nacional entre las coyunturas bélicas de 1898 y 1936”, en ABAD RIPOLL, Emilio, y QUINTANA NAVARRO, Francisco: Actas del seminario Defensa y Sociedad , Las Palmas de Gran Canaria: Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Ministerio de Defensa, 2006, pp. 43-69.
    o VV. AA.: Diccionario biográfico español, Madrid: Real Academia de la Historia, 2009-2012. Biografías realizadas:
     Capitán General José Moscardó Ituarte. Vol. XXXVI: De “Montoya” a “Muñoz”, 2012, pp. 497-503.
     Capitán General José Sanjurjo Sacanell. Vol. XLV: De “Sáez Martínez” a “Santa Cruz Blasco”, 2013, pp. 993-1003.
    o “Francisco Llano de la Encomienda. General de División”, en GARCÍA FERNÁNDEZ, Javier (coord.): 25 militares de la República, Madrid: Ministerio de Defensa, 2011, pp. 543-585.
    o “Por Dios, por la Patria y el Rey marchemos sobre Madrid: el intento de sublevación carlista en la primavera de 1936” en MACÍAS FERNÁNDEZ, Daniel y PUELL DE LA VILLA, Fernando (eds.): David contra Goliat: Guerra y asimetría en la Edad Contemporánea, Madrid: IUGM-UNED, 2014, pp. 143-169.
    • Artículos
    o “El Ejército de Euzkadi. El PNV en la Guerra Civil (I)”. Serga, 21 (2003), pp. 2-14.
    o “El Ejército de Euzkadi. El PNV en la Guerra Civil (II). Serga, 23 (2003), pp. 2-14.
    o “El Ejército de Euzkadi. El PNV en la Guerra Civil (y III). Serga, 24 (2003), pp. 2-14.
    o “Los Tercios carlistas en la ofensiva de Vizcaya”, Desperta Ferro: Contemporánea, 9 (2015), pp. 38-42.

  3. gravatar Roberto Muñoz Bolaños Responder
    noviembre 8th, 2015

    Muchísimas gracias por tus aportaciones, José Antonio. Son muy interesantes, equilibradas y objetivas. Un abrazo.

  4. gravatar Juan Antonio Cortés Avellano Responder
    noviembre 8th, 2015

    Mi nombre completo es Juan Antonio Cortés Avellano, soy natural de Badajoz y vivo en el mismo sitio. No ofrezco ni mi DNI ni mi dirección por razones obvias. Me gusta esta web y creo que hace una excelente labor.

  5. gravatar Juan Antonio Responder
    noviembre 8th, 2015

    Estimado José Luis Ibáñez Sánchez, me entristece que me meta en el mismo saco que a Eduardo. No sé si sabrá como funciona su propia web, pero si hace click en mi nombre (Juan Antonio) éste le llevará a mi blog, Badajoz y la Guerra (in) Civil, No soy una persona anónima en la Red, precisamente estar plenamente identificado y no actuar de forma anónima me ha valido una demanda de Antonio Manuel Barragán-Lancharro, colega de Moisés Domínguez. aquí tiene información:
    http://www.eldiario.es/eldiarioex/honor-nombre-torno-demanda-judicial_0_447955981.html
    Tenga usted buenas noches y no se preocupe más por mis futuras intervenciones, pues estas no se volveran a repetir. Por cierto el correo que tengo que adjuntar para poder comentar, es mi dirección personal. Sí tiene algo que comunicarme le ruego que lo haga por esta vía. Muchas gracias.

  6. gravatar Juan Antonio Responder
    noviembre 8th, 2015

    Según me comentó Francisco Espinosa Maestre, Pierre Vidal- Naquet tenía la costumbre de no discutir con anónimos ni con revisionistas. El anónimo Eduardo parece entrar en esta web con fines espurios y a defender lo indefendible con argumentos vanos.
    La crítica del prof. Bolaños al aficionado a la historia don Moisés Domínguez Núñez es, además de demoledora, escrupulosamente científica. No logramos entender porqué el anónimo Eduardo trata de recordar a los lectores de esta web que él no recuerda “ninguna universidad española que este (sic) catalogada siquiera dentro de las 100 primeras universidades del mundo. Cualquier economista experto, focalizaría a los responsables de la crisis actual de la sociedad española, precisamente en el bajo nivel de la esfera universitaria española”.¿¿??
    Con este nivel analítico se nos presenta el anónimo Eduardo. Por esa absurda regla de tres, el sr. Moisés Domínguez Núñez debería ser un mal graduado social y, por lo tanto, un mal profesional en el trabajo que desempeña, ya que el sr. Domínguez estudió precisamente en una de esas universidades que no están catalogadas entre las 100 primeras del mundo.
    Ser monárquico,africanista o ser de derechas, no garantizaba estar de acuerdo con los golpistas o adherirse alegremente al Golpe de Estado. El Coronel Puigdengolas era africanista y participó en la defensa de Badajoz. El comandante de la Guardia Civil, José Vega Cornejo (asesinado por el tte. coronel Juan Yagüe Blanco) tampoco se sumó al Golpe de Estado en Badajoz. Esto le costó ser pasado por las armas por sus compañeros de profesión. El comandante José Vega Cornejo, según su familia, era monárquico y de derechas, cuando lo llevaban a fusilar dijo: “esto me pasa por ser rectilíneo”.
    Es normal que traten como historiador aficionado al sr, Moisés Domínguez Núñez. ¿Dónde está la incorrección o el insulto? Tener en tu poder infinidad de información primaria (evidencia relevante de época, que diría Viñas) no te convierte en historiador, sobre todo cuando careces de sapiencia o de conocimientos suficientes para poder analizarlos con rigurosidad.
    Qué el prof.Bolaños haya trabajado o conocido a Ángel Viñas no cambia para nada la crítica bien fundamentada por parte del prof hacia la obra de Moisés Domínguez Núñez. Es más, Roberto Muñoz Bolaños podría ser hermano de Ángel Viñas y la crítica del prof. seguiría siendo igual de válida.
    Como bien le recuerdan, esta web es un foro académico, nada que ver con “Foro Coches”, o algo por el estilo. Por eso no se extrañe del tratamiento que reciba.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      noviembre 8th, 2015

      Estimado Juan Antonio: creo que lo que le tengo dicho a Eduardo va también con usted. En esta foro se discute, se debate a cara descubierta. Una cosa es una opinión de poca monta y otra ya entrar en tanto detalle. Si no se identifican los contertulios dejaremos de publicar sus consideraciones. Sean estas las que fueren.

  7. gravatar Eduardo Responder
    noviembre 8th, 2015

    Creo que estoy suficientemente identificado, en la pantalla de mi ordenador leo mi nombre: Eduardo y el de los demás participantes. También leo Roberto Muñoz Bolaños y Jose Luis Ibañez Salas. En estos dos últimos casos, leo literalmente, nombre y apellidos. Como observarán ,claramente, me atengo a las normas académicas. Ahora y antes he puesto en la casilla correspondiente, mi nombre: Eduardo.
    Estoy repasando mis palabras por si he cometido algún desliz. Creo que he mantenido las formas, me gustaría saber su opinión sobre la técnica utilizada por el señor Roberto Muñoz Bolaños, a la hora de nombrar más de quince veces al Sr. Moises Dominguez como aficionado a la historia. ¿Supongo que eso entra en las reglas básicas de la cortesia de un colega hacia otro?. A lo mejor estoy confundido, pero más de algún inocente lector pensaria que seria las técnicas conocidas de un tal Goebbels, estoy seguro que no tengo que recordarselas.
    Si en algún momento, he molestado al Sr. Roberto Muñoz, le pido de antemano disculpas, puesto que es lo más lejos de mi intención soliviantar a sus señorias. Sólo hago de nuevo hincapie, que no ha aclarado su relación con el distinguido historiador Angel Viñas, puesto que se permite hacer una analisis metodológico de la obra del Sr. Moises Fernandez, que se llama asi, Moises Fernandez, y no entra dentro de las reglas basicas no solo de la educación sino de la cortesia entre colegas, calificarlo con sequedad y repetitivo desdén como “aficionado a la historia”. Le aseguro Sr. Muñoz, que admiro su trabajo como historiador, he tenido el placer de leerlo esta mañana con atención, puesto que no tenia el gusto, y me reitero, le doy mis más sinceras felicitaciones por su labor como historiador especializado en ese enigma llamado 23-F. Creo que hacen falta jovenes historiadores valientes como ustéd en el panorama actual de la historiografia española. Pero también le reitero, que ustéd no esta capacitado para juzgar al señor Moises, por la razón simple, para hacerme comprensible, que un reumatólogo no puede juzgar nunca a un dentista, los dos son médicos, pero sus especialidades son diferentes. Su especialidad es el 23-F, y yo no veo ninguna información en su crítica que refleje algún conocimiento especial sobre la situación social, económica, militar o de cualquier otra idole de Canarias, del general Balmes, de la conspiración del 18 de Julio, etc.
    Y vayamos al contenido de su intervención: Hoy voy a analizar solamente el primer apartado: El general Balmes en su contexto histórico.
    Solo me voy a permitir aplicarle a usted sus propias reglas argumentales. Afirma, de salida, que el primer rasgo distintivo del general Balmes, fue su fecha de nacimiento. Distintivo, distintivo si es cierto pero reconózcame que no es muy significativo. Normalmente todas las personas nacemos en dias diferentes, en dias distintos, pero ese dato por si solo no tiene relación con la muerte de una persona, y mucho menos con su causa. Salvo que usted, haga uso de imperativos astrológicos que a dia de hoy no son muy aceptados por la comunidad científica. Queda claro como dato significativo que usted encuadra al general Balmes, en el grupo de: los “generales del 23”. Espero que esa etiqueta no suponga su aportación crucial para resolución del caso Balmes. El señor Moises ha aportado en su obra numerosas reseñas de la prensa historica, que oscilan desde los años 25 hasta el 36, donde se afirma por parte de testigos de epoca que el general Balmes era monárquico. Estoy hablando de memoria, el próximo dia seré más extenso y preciso en las citas. El caso es que usted dedica 95 lineas a contextualizar historicamente al infortunado general Balmes, y no aporta ningún dato y si afirma tajantemente:
    “Es decir, era Balmes un profesional puro y disciplinado que en 1936 contaba con 59 años de edad. Los militares de estas características no suelen sublevarse.”
    Su conclusión es : Los militares de estas características no suelen sublevarse. Si usted ha encontrado alguna razón oculta en el comportamiento psicológico de toda una generación de generales que les anima a no sumarse a una sublevación, permitame que le felicite. Su teoría psicopatológica de analisis grupal es sencillamente antológica.
    Si no prohiben mis futuras intervenciones, espero tener más tiempo para seguir debatiendo con los participantes de esta revista de “alta divulgación”.
    Como no pertenezco a la comunidad académica espero sepan disculpar mis heterodoxas afirmaciones. Solo recordarles a la comunidad científica de esta revista de élite cientifica, que no recuerdo ninguna universidad española que este catalogada siquiera dentro de las 100 primeras universidades del mundo. Cualquier economista experto, focalizaria a los responsables de la crisis actual de la sociedad española, precisamente en el bajo nivel de la esfera universitaria española. Esta afirmación última es facílmente comprobable en la literatura cientifica y evidentemente no es un desdoro, es una realidad.
    Un cordial saludo a todos los participantes

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      noviembre 8th, 2015

      Estimado Eduardo, creo que hemos sido suficientemente claros al respecto. Muchas gracias por tu disfrazada opinión. Un fuerte abrazo.

  8. gravatar Roberto Muñoz Bolaños Responder
    noviembre 8th, 2015

    Estimado Sr. Eduardo:
    En el mundo académico cuando alguien hace una crítica sobre cualquier tipo de publicación, pone su verdadero nombre para que las personas que participan en el debate sepan a quien se tienen que dirigir. Es un detalle de buena educación simplemente. Además, esas críticas se dirigen al contenido de la publicación y no a la persona que la ha hecho.
    La revista “Anatomía de la Historia” es una publicación de alta divulgación en el mundo de la Historia y de la Cultura donde participan catedráticos de la talla de Justo Serna, Julián Casanova, Abdón Mateos o José Luis Gómez Urdañez, y no un blog de 3ª donde se puede entrar con nick anónimos, insultando y faltando al respeto a las personas. Aquí se mantienen unas formas y se participa en el debate de acuerdo a unas regñas básicas de buena educación.
    Por tanto, no me voy a molestar en contestar lo que Vd. ha escrito. Si quiere participar en el debate, primero identifíquese y luego critique, si quiere, el contenido de mi reseña y de mi respuesta a la crítica del Sr. Moisés Domínguez. Si por el contrario, sigue empeñado en debates sobre “personas”, no va a obtener ninguna respuesta de mi persona. Sinceramente, me es indiferente lo que piense de mí, y no pienso rebatirselo por tanto.

  9. gravatar Eduardo Responder
    noviembre 8th, 2015

    Sr. Roberto Muñoz Bolaños, podia informar a los lectores de este blog, si entre usted y el Sr. Viñas ha existido alguna colaboración acádemica durante el año 2014 o 2015, de algún tipo en relación con el título siguiente:
    Los cuatro jinetes del Apocalipsis: la Primera Guerra Mundial según Vicente Blasco Ibáñez
    En el caso de que usted tenga alguna relación académica (que usted ha omitido y todos los lectores deben conocer), usted queda automáticamente invalidado como un historiador objetivo, merced a esa asociación. Todos sus lectores comprenderán su escaso interés en aplicar con el mismo rigor a su pater que a un historiador crítico a la labor de éste.
    Si se analiza su curriculum, facílmente consultable, me va a permitir que salvo sus incursiones en la temprana historia de Marruecos y España de primeros de siglo, sus conocimientos sobre los hechos acaecidos en Canarias durante el año 1936 sean minúsculos. Asi que, salvo sus analisis argumentales totalmente sesgados (que no tiene el valor de aplicarselo al libro de Angel Viñas), yo le pediria que sea honesto con sus lectores y no omita el 90 % de las pruebas aportadas por el autor del libro, En busca del general Balmes. Usted no puede ser juez y parte. Sus juicios no son válidos y sus argumentaciones solo tiene que aplicarselas a sus propias afirmaciones. Es de perogrullo. Le reconozco que a todos los lectores que no hayan leido al Sr. Moises estarán confundidos con sus interesados analisis. Asi que les anímo a leer ambos libros, porque los dos son excelentes. El único que no esta a la altura, es usted. Hay que ser más honestos, y debería aplicarse la doble deontologia del periodista y del historiador. Es ustéd un magnífico historiador y no enredarse en temas que no domina. Zapatero a tus zapatos.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      noviembre 8th, 2015

      ¿Sería tan amable, por favor de hacerse notar de la manera habitual en los foros académicos, es decir, identificándose convenientemente? De lo contrario, nos gustaría advertirle de algo que usted seguramente ha pasado por alto. Quien afirma, prueba, y quien prueba se desenmascara, da su nombre y se significa. Muchas gracias por participar, bien que indeducadamente, en este foro de alta divulgación.
      Y, por cierto, esto no es un blog. Es una revista de alta divulgación.

  10. gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
    noviembre 7th, 2015

    Por supuesto, tanto para el señor Domínguez como para quien estime oportuno participar en este o en cualquier otro debate relacionado con los artículos publicados en la revista, este marco de opinión está abierto, sin más cortapisas que la observancia del respeto y de los buenos modales.

  11. gravatar Juan Antonio Responder
    noviembre 7th, 2015

    Gran lección de historia del profesor Bolaños. Es un placer encontrarnos con análisis de esta envergadura por la Red. Los historiadores, al igual que los matemáticos, los cirujanos, etc, pueden equivocarse, un servidor no está de acuerdo con algunos análisis políticos del profesor Bolaños:de un hecho en concreto se pueden tener varios puntos de vista;de ahí nacen las ideologías, pero la metodología que usa el profesor Bolaños para analizar el trabajo de Moisés Domínguez está basada en la ciencia.

  12. gravatar Roberto Muñoz Bolaños Responder
    noviembre 7th, 2015

    Estimado Sr. Domínguez:
    En primer lugar, le ofrezco mis disculpas por haber confundido su apellido. Ya está subsanado.
    Y en segundo lugar, voy a proceder a rebatir su crítica a mi reseña siguiendo el mismo orden en el que Vd. desarrolla la suya.
    1. El objeto de mi reseña era su libro no el de Ángel Viñas. Si Vd. hubiera leído la totalidad de la misma, se hubiera dado cuenta que empezaba de la siguiente manera:
    En el año 2011, el veterano historiador Ángel Viñas publicó una obra bajo el título La conspiración del general Franco y otras revelaciones acerca de una guerra civil desfigurada (Crítica), donde exponía la tesis de que el general de brigada de Infantería Amado Balmes Alonso, gobernador militar de Las Palmas, había sido asesinado por orden de su superior inmediato, el general de división Francisco Franco Bahamonde, comandante militar de Canarias.
    Aunque al año siguiente salió a la venta una edición ampliada, lo cierto fue que Viñas sólo pudo argumentar su tesis sobre pruebas circunstanciales e indicios, no sobre fuentes escritas u orales directas. Este hecho provocó cierta sorpresa y estupor en el ámbito académico, y una gran polémica en los medios de comunicación que el veterano historiador alimentó mediante reiteradas alusiones al asesinato del general Balmes en su blog.
    Por tanto, ya había dado mi opinión sobre la obra de Viñas. Que volvía a reiterar al final de la reseña en el párrafo siguiente:
    El primero, la publicidad que se le ha hecho desde determinados medios de comunicación, presentándolo como la obra definitiva que desmonta la tesis de Viñas. Con dicha tesis se puede estar en desacuerdo; pues no está contrastada con fuentes primarias directas. Como también se puede discrepar intelectualmente con su autor, cuya visión de la II República es diferente a la nuestra.
    Pero, Vd. no debió comprender lo que decía, pues añadió lo siguiente: “¿La de Vd. señor Roberto Muñoz Bolaños y la de quien más? La del Sr. Viñas, la de Santiago Carrillo, la del Campesino y la Pasionaria…”. Yo tengo la costumbre de escribir en plural mayestático que es la forma correcta de hacerlo en español. Por tanto, ya tiene la respuesta a su pregunta.
    2. Yo a Vd. no le sitúo dentro de la Historiografía Revisionista. Es su prologuista, el sacerdote y antiguo profesor de Historia de la Iglesia en el CEU-San Pablo Ángel David Martín Rubio, quien lo hace. Si tiene alguna duda, lea por favor el prólogo de su obra.
    3. En relación con el carácter monárquico y antirrepublicano del general Balmes –y tras haberle desmontado toda su argumentación que se centraba en su actuación militar contra la conjura republicana de Cuatro Vientos y contra la revolución de octubre de 1934-, cita en esta crítica una carta abierta que una gacetilla de extrema izquierda dirigió al presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra Manuel Azaña. Vd. cree que, como todas sus pruebas, es irrebatible. Fíjese si lo es que Azaña ni le dio importancia ni habló de ella en sus memorias. De hecho, se trató de una muestra más de las tensiones que existían entre la extrema izquierda y el Ejército, reflejo de la radicalidad de la época. Si Vd. lo quiere convertir en un documento definitivo, es libre de hacerlo. Por cierto, también a propósito de la represión de la Revolución de Octubre, la izquierda cargó contra los militares que la dirigieron como el republicano, liberal y masón Eduardo López Ochoa y el propio Balmes. Es curioso, sin embargo, que si bien el Gobierno del Frente Popular encarceló a López Ochoa, no hizo lo propio con Balmes, dejándole en su destino canario. Y eso a pesar, de que según Vd., era tan monárquico y tan antirrepublicano.
    4. Sr. Domínguez, yo no tengo que demostrar con documentos que el general Balmes no estaba unido a la conspiración de 1936 porque “se supone” como el valor en el Ejército. Defender la legalidad es una obligación de todos los miembros de las Fuerzas Armadas. Es Vd. quien debe demostrarlo, ya que está acusando al general Balmes de estar comprometido en un golpe de Estado; una conducta tipificada como delito. Pero, ya que me pide que se lo demuestre, lo voy a hacer de una forma muy simple. No existe, repito no existe, ningún documento redactado entre los principales responsables de la conspiración de 1936 que incluya a Balmes en la misma. Y cuando me refiero a documentos, no utilizo como Vd fuentes secundarias como las obras de Vaca de Osma o de Millán Astral, sino fuentes primarias. Así, ni en el informe del comandante Fernández Cordón –ayudante del general Mola (Archivo General de Ávila)-, ni en el de su mismo empleo Carlos Lázaro –ayudante del general Goded (Archivo Historico Nacional. Causa General)-, ni en el del capitán Bartolomé Barba –fundado de la UME (idem)- se cita ni usa sola vez a Balmes, aunque sí a muchos otros generales. Esto que le acabo de exponer recibe el nombre en la metodología histórica de “razonamiento negativo” o “argumento a silentio”, y consiste en negar la existencia de un dato o acontecimiento; partiendo de la base de que si hubiera existido el mismo, debería haber sido recogido en alguna fuente primaria por su importancia. Es más. Si conocemos a todos los generales que estaban en la conjura, y Balmes no aparece en ese grupo, es porque este general no estaba en la misma. En todo caso, y se lo vuelvo a repetir, le corresponde a Vd. –que acusa a Balmes de estar en la conspiración de 1936- de demostrar este hecho. No obstante, si tiene un documento secreto –que nadie ha visto- donde se diga lo contrario, y cuyo autor pertenezca al núcleo de la conspiración, cambiaré de opinión.
    5. El argumento anterior lo puedo aplicar perfectamente a la supuesta relación de Balmes con la UME. Vd. utiliza como fuente un libro viejo y desfasado, el de Jellinek, cuya primera edición es de 1938. Yo utilizo testimonios directos: el de Barba y el de Lázaro –miembro de la UME y a través del cual, Goded se puso en contacto con esta organización-. Pues le repito: ni Barba –que controlaba la organización- ni Lázaro afirmaron que la UME entrase en contacto con Balmes. Es más. Barba citó a todos los generales que si lo hicieron, entre los que no estaba Balmes; como ya le he indicado.
    6. La mención que hago al libro de José Mª Iribarren radica en su importancia histórica; pues fue supervisado por el propio general Mola y escrito cuando las tensiones entre éste y el general Franco habían alcanzado su máximo nivel. Le recomiendo que lea mi artículo El general Mola y la evolución política de la España nacional (1936-1937). De ahí la trascendencia de que Mola afirmase que Balmes había sido asesinado; pues podía entenderse como una acusación a su rival político en ese momento.
    7. Vd. está en su derecho de interpretar libremente lo que quiera, pero eso no es Historia. Las fuentes se interpretan en función de su contenido y tras ser sometidas a una doble crítica: la externa o de autenticidad y la interna o de credibilidad. Y luego se verifican con otras fuentes. Esa es la forma de trabajar en el ámbito académico. Vd. puede seguirla o no. Pero lo que si le puedo decir es que nada tiene que ver el sistema político vigente con la interpretación de las fuentes. Aunque Vd. intente vincularlos.
    8. Sr. Domínguez los viajeros ingleses del Dragon Rapide afirmaron que Balmes fue asesinado. Y Vd. desecha esta fuentes porque no se ajustan a su tesis. Escuche sus testimonios Vd. como he hecho yo. Por cierto, “has been killed” significa literalmente “ha sido asesinado”.
    9. Sr. Domínguez, Vd. no puede demostrar que ese supuesto archivo de Balmes existió, y menos diciendo que los comunistas durante la guerra civil y las empresas en la actualidad tienen archivos de este tipo. ¿Y? Eso no significa que el general Balmes tuvieran uno similar. Es más. Afirma que se lo robaron tras su muerte. ¿Dónde estaba? ¿Quién lo vio? ¿Quién lo robó? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Se denuncio el robo? ¿Se forzó la puerta de su despacho para hurtarlo? No aporta ni un solo dato sobre ese supuesto archivo; más allá de unos testimonios vagos de dos subordinados de Balmes –sublevados ambos-, que luego hablan de un robo del que no dan ni un solo detalle. No obstante, y como le he explicado anteriormente en relación con la vinculación de Balmes con la conspiración, no me corresponde a mi demostrar la no existencia de la “nada”. Es a Vd. quien debe hacerlo. Hágalo. Es muy sencillo. Sólo tiene que encontrarlo y presentarlo públicamente.
    10. Sr. Domínguez en relación con el testimonio del chófer, soldado de Ingenieros Manuel Escudero Díez, me reitero en mi crítica anterior. No se puede reconstruir un acontecimiento sobre una sola fuente. Si a Vd. le parece fiable, perfecto. Yo nunca lo haría porque no se ajusta a la metodología histórica.
    11. En relación con la autopsia del general Balmes, le reitero lo que ya le dije en mi reseña: No se puede demostrar nada con una copia. No entro ni salgo en sus intentos de encontrar el original de este documento. Lo que si he podido comprobar y esta recogido en distintos medios es que Vd. ha presumido de haber encontrado el informe de la autopsia. Y que con ese único documento, desmontaba la tesis de Viñas cuando realmente era una copia y no el original. Es decir, sacaba unas conclusiones –según Vd. definitivas- a partir de un documento cuyo valor es inicialmente nulo porque no podemos demostrar si es copia literal del original o, por el contrario, está modificado.
    12. Sr. Domínguez, la viuda del general Balmes estuvo malviviendo hasta 1942 porque le dieron una pensión de “supervivencia”. Yo no confundo nada; ni me hago líos. Es Vd. el que de forma torticera interpreta los datos. Le repito lo que puse en mi reseña: “Si el entonces jefe del Estado hubiera sido tan espléndido con la viuda de Balmes, y si el general hubiera sido tan amigo suyo y estado tan comprometido en la sublevación como dice el aficionado a la Historia, su viuda habría recibido la pensión que le correspondía desde 1937”. Y no en 1942, como así ocurrió; aunque se le reconociera con fecha del 16 de julio de 1936. Seis años malviviendo, Sr. Domínguez; aunque para Vd. eso no tuviera importancia.
    13. Sr. Domínguez, Vd. afirma en la introducción de su libro lo siguiente: “a doña Julia Balmes Alonso, hija del General y a sus nietas, Pilar y Julia Arquer Balmes, extraordinarias personas, por su colaboración, amabilidad y sencillez”. ¿Dónde esta esa colaboración? ¿En la carta que cita de 1978? Ahora dice que tiene emails, pero no cita ninguno en su libro. Y en su crítica a mi reseña sólo nos muestra uno que dice lo siguiente: “Hola: Mi madre ya ha leído el libro y le ha gustado mucho. Te da la enhorabuena por tu trabajo. Un saludo Pilar y Julia”. Sr. Domínguez, ¿Es esa toda la colaboración de la familia Balmes con Vd.? ¿Un email donde se le dice que han leído su libro? Se lo dije y se lo vuelvo a repetir: Lo que Vd. hace es un fraude al lector. Indica en la “Introducción” que ha contado con el apoyo y colaboración de la familia Balmes, y luego, en el cuerpo principal de su obra, ese apoyo y esa colaboración no aparecen en ningún capítulo.
    14. Presume Vd. de honestidad intelectual por poner los testimonios de los expertos en armas que niegan que se pudiera producir un accidente como el que supuestamente mató al general Balmes. Se lo agradecemos. Pero, Sr. Domínguez no se puede defender una tesis a lo largo de un libro, y luego en el penúltimo capítulo, poner unos datos que la invalidan totalmente. Resulta absurdo totalmente.
    15. Sr. Domínguez, no hay ninguna “burda trampa”. Simplemente nos extraña que confunda el empleo del comandante de Infantería Eduardo Cañizares. No vea más de eso. En todo caso, estaríamos encantados si nos diera más datos de este importante militar.
    Esta es mi crítica a su crítica sobre mi reseña. Entiendo que en todo lo demás que le critiqué –y que constituye el grueso de la reseña- está de acuerdo; ya que no ha hecho ninguna mención a ello.
    La página de Anatomía de la Historia está abierta para Vd. Si quiere contestar, está en su derecho de hacerlo. Además, le recomendamos que mande sus emails con acuse de recibo, pues no hay ninguno enviado con su nombre; aunque en su reseña diga lo contrario.
    Un saludo.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      octubre 29th, 2015

      Muchísimas gracias. Esa es una espléndida manera de citar un artículo de otra web. Nada habitual por desgracia. Muy agradecidos.

  13. gravatar Juan Antonio Responder
    octubre 28th, 2015

    Excelente estudio, con tu permiso lo voy a publicar en mi blog. Moisés Domínguez también escribió en 2010, un libro (junto a otros dos aficionados) sobre la Matanza de Badajoz, es por el estilo al de Balmes.