La vida sentimental de José Antonio Primo de Rivera

Por . 28 octubre, 2015 en Siglos XIX y XX
Share Button

María Teresa León consideraba a José Antonio Primo de Rivera un hombre atractivo. “Era un buen mozo”, rememora en Memoria de la melancolía. “¿Y por qué cayó, si tal vez…? Sí, tal vez fue una equivocación política. ¿No hubiera sido más acertado mandarlo a morir a otra parte, por ejemplo, a Burgos? […] ¿Qué efecto hubiera producido José Antonio Primo de Rivera en Burgos, frente a frente con el Caudillo?”

La escritora de la generación del 27, hija de militar, había tenido ocasión de tratarle en Barcelona en sus años jóvenes. Su padre, Ángel León, había seguido al general Miguel Primo de Rivera, padre del líder falangista, en diversos destinos y también en su aventura dictatorial. Aunque nunca hubo entre ellos una relación estrecha y sus ideas acabarían siendo antagónicas. Pero muchos años después, María Teresa León reconocería que el joven Primo de Rivera –durante un tiempo un soldado más a las órdenes del padre de la escritora– no carecía de atractivo e inteligencia. Lo recordaba desde su exilio romano, mientras escribía su gran obra, Memoria de la melancolía, un monumento literario en el que se filtra la nostalgia, la belleza y el dolor.

Ja0_primo-rivera-discurso-comedia-19331Hubo otras mujeres más cercanas al líder falangista que podrían haber explicado mejor las razones de su atractivo. El abogado y político ejercía una inequívoca fascinación entre las damas de su entorno. A pesar de su estética convencional y algo anticuada para los tiempos actuales, en los años veinte y treinta del siglo XX encarnaba un modelo masculino en alza, un icono. De verbo fluido y bien parecido, ejercía de seductor.

Ahora, setenta y nueve años después de su muerte, un montaje musical intenta desempolvar su figura bajo el título de Mi princesa roja. La historiografía sobre el fundador de Falange es abundante, pero el cineasta Álvaro Sáenz de Heredia, sobrino nieto suyo, ha proyectado este musical para rescatar al personaje. Quiere que José Antonio Primo de Rivera, un desconocido para la generación actual, llegue a los jóvenes en un registro asequible. Un José Antonio idealizado y sentimental, sin apenas carga ni reflexión políticas. El musical gira en torno a la relación amorosa que Primo de Rivera mantuvo con Elizabeth Charlotte Lucy Asquith (1897-1945), una aristócrata inglesa casada en 1919 con el diplomático y príncipe rumano Antoine Bibesco, nombrado embajador en España en 1927. Tenían una hija, Priscilla, nacida en 1920. Su estancia en España facilitaría el encuentro y el amor entre el abogado y la dama. Un romance secreto y poco conocido, al tratarse ella de una mujer casada y ajena a los círculos falangistas.JA1cartel-para-prensa-400x600

Hija de Lord Asquith, primer ministro británico entre 1908 y 19016, Elizabeth recibió una educación liberal y se movía entre intelectuales y artistas, entre ellos algunos de los más selectos miembros del Círculo de Bloomsbury, desde J. Maynard Keynes a Virginia Woolf –aunque esta no la apreciaba-. Su marido, Antoine Bibesco, veintidós años mayor que ella, era amigo de Marcel Proust. En el tiempo en que el matrimonio vivió en París –en una casa con las paredes decoradas con pinturas de Vuillard–, el trato con Proust fue asiduo y Elizabeth escribió un obituario a su muerte. Por su formación cosmopolita, la pluralidad de sus amistades españolas –su condición de esposa de embajador le permitía mantener un trato fluido con Manuel Azaña y otros prohombres republicanos– y su mente abierta y progresista, se le atribuían ideas socialistas, de ahí el título del musical, Mi princesa roja.

Se reivindica y en parte se reinventa así la figura del líder de Falange Española desde el lado humano, el más desconocido del personaje. La obra se suma a la tendencia de aderezar con ingredientes sentimentales su trayectoria, al subrayar su amistad con Azaña o Federico García Lorca, algo poco relevante desde el punto de vista del devenir histórico, aunque tenga su valor en una etapa en la que la tolerancia era un bien escaso. Era lógico que figuras tan conocidas se encontraran, saludaran y hasta compartieran tertulias o acontecimientos sociales, aunque eso no modificara, lamentablemente, determinados prejuicios y animadversiones. En el Madrid de los años treinta no era difícil coincidir e incluso mantener simpatías y amistades fronterizas. Era lo razonable. A pesar del machacón goteo de indicios del golpe miliar en marcha, las clases ilustradas –y la mayoría de los españoles– querían vivir y convivir.

En las tertulias de la norteamericana Eva Fromkes (con casas en Madrid y Segovia) o en los salones privados de Carmen Muñoz, condesa de Yebes, se reunían personalidades de distinta adscripción política. En la casa madrileña de Fromkes podían coincidir Zenobia Camprubí, Marichu de la Mora o Dionisio Ridruejo. García Lorca era asiduo de los salones de Carmen Muñoz, amiga de Ortega y Gasset y de Gregorio Marañón. En realidad, la liberal y tolerante condesa de Yebes mantenía amistades en todos los sectores. Marichu de la Mora la apreciaba y solía invitarla a las tertulias dominicales que celebraba en su domicilio, adonde acudía José Antonio Primo de Rivera y su círculo. Yebes, sin embargo, no siempre se sentía cómoda, ya que sabía que al ausentarse una parte de aquellos tertulianos ridiculizaba su liberalismo y la tildaba de republicana. Lo delirante e irracional es que bajo este telón de fondo de cortesía y de aparente trato civilizado latía un ansia de fractura y dominio y una atracción por la violencia que se hizo patente en el golpe militar de julio del 36.

 

El amor imposible

Más allá de este musical, que, como es obvio, no puede sustituir toda la bibliografía y documentación ya existente sobre el dirigente falangista, no cabe duda de que en el aspecto humano José Antonio era una figura poliédrica.

ja4_Pilar-Azlor-de-AragónEn su círculo más íntimo podía pasar de ser brillante y hasta sofisticado a volverse taciturno o asumir postulados políticos arrogantes o violentos. Su vida amorosa era compleja. Enamorado de la hija de los duques de Luna, Pilar Azlor de Aragón, una joven de belleza rubia y angelical que se casó con el candidato que deseaban sus padres –reacios a que lo hiciera con un Primo de Rivera, ya que, además de aspirar a un partido mejor, achacaban al padre de José Antonio el descrédito de la institución monárquica–, caía a menudo en la melancolía y les seguía hablando a sus amigos –incluidas las amigas con las que flirteaba– de ese amor pleno irremediablemente perdido. Un amor obsesivo y recurrente que reaparecía en su recuerdo aun sabiendo que era un imposible.

Antes de Pilarz Azlor había tenido un breve noviazgo con Cristina de Arteaga, una joven lectora e instruida que acabó metiéndose a monja. A ella le recordaba con afecto, pero el recuerdo de Pilar de Azlor continuaba atormentándole. Simultáneamente seducía y se dejaba seducir por algunas amigas y correligionarias, sin llegar a mantener una relación de noviazgo con visos de futuro. Algunos de sus hagiógrafos han tratado de mitificar su fama de mujeriego con una aureola de misterio, como si se hubiera jugado a una sola carta el amor de Pilar Azlor de Aragón y tras ella, la elegida, no quedara nada, solo sucedáneos. Quizás su aparente soledad se debiera a la dificultad práctica de hacer compatible su labor de líder con sus conquistas apresuradas y efímeras. De cualquier modo, no debió de serle fácil compaginar unos ideales elevados respecto al amor y el matrimonio como los que profesaba públicamente José Antonio, de acuerdo con la época, y su proclividad a sentirse atraído por mujeres fuertes, osadas e incluso algo excéntricas, como Elizabeth Asquith.

 

La princesa Bibesco

ja2_Princess_Elizabet_3461033bFaltan datos para conocer la intensidad y duración real de su romance con la princesa Bibesco. Pero la relación abarcó los años más importantes de la vida de ambos. Se cree que, una vez que Elizabeth se trasladó a Paris, siguieron en contacto y que José Antonio podría haber aprovechado, para visitar a su enamorada, sus viajes de 1935 a la embajada de Italia en la capital francesa con el objeto de recibir una subvención de Mussolini. Uno de los primeros testimonio de esta relación se encuentra en El hombre al que Kipling dijo sí, publicado por el periodista deportivo José Antonio Martín Otín en 2005. Se trata de un recorrido biográfico por la trayectoria del líder falangista a través del célebre poema If de Rudyard Kipling que José Antonio Primo de Rivera tenía enmarcado en su despacho. A raíz de este libro se supo que Elizabeth Asquith, profundamente afectada por la muerte de su amado, publicó en 1940 una novela, The Romantic, con una dedicatoria que deja pocas dudas:

 

A José Antonio Primo de Rivera. Te prometí un libro antes de que empezara. Es tuyo ahora que ha concluido. Aquellos que amamos solo mueren cuando nosotros morimos”.

 

El argumento de esta obra, concebida como un homenaje a la memoria del dirigente falangista y a la novela inconclusa que él mismo había iniciado en la cárcel –y de la que ella tenía noticia por sus cartas–, encierra ciertas claves sobre la historia real de ambos. Tanto la novela como la dedicatoria no pueden desligarse del clima de mitificación que siguió a la muerte de José Antonio entre sus allegados.

A Elizabeth Bibesco, sin embargo, no se la puede integrar entre sus correligionarios; su reivindicación del Ausente expresa, ante todo, su duelo y su añoranza. Murió en 1945 y en su epitafio se lee: “My soul has gained the freedom of the night” –‘Mi alma se ha ganado la libertad de la noche’–”. Había publicado cuentos e historias cortas entre 1921 y 1940 que, en 1951, fueron recopilados bajo el título de Heaven, con prólogo de la escritora Elizabeth Bowen.

Había ya un pequeño vestigio de este romance en la célebre maleta de José Antonio con sus enseres de la cárcel recuperada por su familia en 1977. Entre los papeles de la maleta había un telegrama de Elizabeth –expedido en París el último día de febrero de 1936– con este texto: “Je pense a toi. Love”.  Escrito entre francés e inglés, no parece una declaración apasionada ni trascendente, pero sí evidencia cierta intimidad.  El fundador de Falange ingresó en la cárcel Modelo de Madrid el 14 de marzo por tenencia de armas, tras ser ilegalizada su organización, y debió llevar consigo el telegrama. Primo de Rivera conservó el telegrama y lo trasladó a la prisión de Alicante con sus pertenencias.

Tras su muerte, las autoridades republicanas se hicieron cargo de la maleta y esta siguió una ruta un tanto novelesca. Entregada a Indalecio Prieto, este la llevó al exilio con otros archivos, y la depositó en el Banco Central de México. Durante la transición a la democracia en España, en 1977, uno de los albaceas de Prieto –ya fallecido–, Víctor Sandoval, devolvió las llaves de la caja fuerte donde estaba la maleta a Miguel Primo de Rivera y Urquijo, sobrino del dirigente falangista.

Franco había tratado de recuperar sin éxito años atrás la famosa maleta por si había algún documento comprometedor, algo que no ha trascendido. Por lo que se sabe, en la maleta había más objetos personales que información política. Entre esos papeles aparece una enigmática y ampulosa declaración de amor frustrado que se pensaba que hacía referencia a Pilar Azlor de Aragón y que algunos se plantean que aludía en realidad a su segundo amor imposible por Elizabeth Asquith. La frase, de cualquier modo, forma parte de un relato y se atribuye no a José Antonio sino a su alter ego en la ficción, Alarico Alfós:

 

A ti, la imposible, por la que mi vida de apariencias vanas arde a fuego lento en la llama heroica, perenne, escondida, purificadora, del renunciamiento. Firmado: Alarico Alfós.”

 

Esta o una frase similar fue la que el propio José Antonio habría dirigido desde la cárcel a Elizabeth Bibesco para poner punto final a la relación. Un final de renuncia, reflejo del arrepentimiento que sentía por haber sucumbido ante una mujer casada.

Se trata de una frase mitificada por sus amigos por la fuerza del planteamiento y la idea de sacrificio que implica. Primo de Rivera había utilizado el nombre de Alarico Alfós como personaje de un relato que escribió en 1924 para presentarlo a un concurso de novela corta convocado por Blanco y Negro, y más tarde lo retomó para continuar en la cárcel con una segunda parte titulada El navegante solitario, que no acabó.

Es difícil saber qué importancia tuvo para José Antonio la princesa Bibesco. Era enamoradizo y la pérdida de Pilar Azlor de Aragón le perseguía. Pero a tenor de lo que se conoce de su vida amorosa sí se atisba que, a pesar del papel secundario que atribuía a las mujeres en el terreno creativo o político, en la esfera privada no siempre eligió como interlocutoras o amantes a damas convencionales. La princesa Bibesco se alejaba por su falta de prejuicios y cosmopolitismo del imaginario conservador que defendía.

 

Carmen Werner, la “novia” falangista

En los años treinta se decía que tenía una relación de noviazgo con Carmen Werner, dirigente falangista malagueña de la que hablaba con cariño, pero el trato no era asiduo. Era más amiga que novia, aunque la zalamería de señorito antiguo que empleaba a veces José Antonio Primo de Rivera pudiera confundir. Aun así, Carmen Werner y Marichu de la Mora fueron las dos únicas camaradas a las que el líder escribió desde la cárcel y les hizo llegar sus pensamientos; el grueso de su correspondencia iba dirigida a sus colaboradores masculinos o a interlocutores políticos.

A Carmen Werner le escribió el 16 de julio, en vísperas del golpe militar, y ella recibió la carta el 19, con la sublevación militar en marcha. Le hablaba de “triunfo seguro”, pero intercala cuestiones personales y no renuncia a los mimos, como era habitual:

 

“Como único precio solo espero beber una limonada exprimida por tus propias manos bajo la sombra de los árboles de tu jardín”.

 

Así, pues, Carmen Werner era lo más parecido a una novia oficial. Su correspondencia podría aclarar este término, pero Werner confió sus cartas a una amiga, Mercedes Discher, cuando el Gobierno republicano sofocó la sublevación en Málaga. La depositaria tenía que ocultarlas en su jardín, pero acabó quemándolas para evitar que las descubrieran.

Pilar Primo de Rivera parecía estar al corriente del supuesto idilio de su hermano con Carmen Werner y no descartaba que se formalizara. Pero la veterana falangista Vicky Eiroa me reconoció en una entrevista realizada en 2004 para el libro La roja y la falangista: dos hermanas en la España del 36 (Planeta, 2006) que dentro de la Sección Femenina se le atribuían varias novias o candidatas. Puede que el líder tuviera una mayor complicidad con algunas, pero no había una novia oficial ni definitiva, aseguró.

 

La enigmática María Santos Kant

La percepción de Vicky Eiroa (fallecida en 2007) choca en apariencia con el hallazgo de una carta dirigida a Franco el 24 de noviembre de 1936 con la firma de María Santos Kant, una supuesta novia de José Antonio que se atrevió a preguntar a la máxima autoridad si eran ciertas las noticias que circulaban sobre la muerte del líder. La carta, escrita a máquina y con la firma manuscrita, acompañada de la copia en papel azul de la respuesta oficial, se encuentra en la Fundación José María Castañé (Madrid). La Fundación la adquirió el 31 de mayo de 1997 dentro de un lote que contenía documentos que habían pertenecido a la Secretaría del general Franco o su entorno. La que se declaraba novia de José Antonio rogaba al general Franco que le esclareciera sus dudas sobre la suerte de Primo de Rivera y que le enviara la respuesta a las señas de la delegación de la Sección Femenina de Segovia. María Santos Kant recibió una respuesta burocrática y desoladora:

 

“El Sr GENERAL FRANCO me encarga manifieste a usted que recibió su carta del 24 actual referente al Sr. Primo de Rivera. El Sr. General no sabe directamente nada relativo a la suerte de dicho señor, porque las emisoras rojas aseguran haberlo fusilado y no es creíble lo digan sin que sea ello verdad, pues el mentir en este asunto no tendría para ellos utilidad”.

 

La respuesta debió dejar sin esperanza a su destinataria. Pero, ¿existió María Santos Kant o era un seudónimo? Hasta ahora no se ha podido confirmar su identidad ni como novia ni como falangista. Sería osado concluir que no existió una mujer con dicha identidad, pero es posible que se tratara de una estrategia para indagar sobre la suerte del Ausente. Lo que subyace en la carta no es tanto una declaración de amor como una voluntad de saber. En la página 149 de La roja y la falangista se alude a que Marichu de la Mora, presa de los nervios ante las malas noticias sobre José Antonio, decidió escribir a Franco:

 

Como en los primeros momentos circulaban versiones contradictorias, dando pie al mito del Ausente, Marichu, inquieta, llegó a escribir al Cuartel general de Franco, manifestando su interés particular por esclarecer la suerte del líder falangista. Curiosamente, la contestaron diciendo que no había motivo justificado para no creer “las malas noticias”.

 

El paralelismo es evidente, pero no puede asegurarse que María Santos Kant fuera Marichu de la Mora. Tal vez no hubiera una sola sino varias cartas dirigidas al general Franco con un contenido similar, teniendo en cuenta la consternación vivida en esos días entre las filas falangistas. No se puede descartar tampoco que, aunque la carta estuviera firmada por María Santos Kant, alguna otra falangista conociera la iniciativa a fin de guardar la carta de respuesta a la enigmática novia.

Desde luego, Marichu de la Mora no era novia de José Antonio. No podía serlo. De ser ella la autora material o intelectual de la carta, esta sería una argucia para que Franco se pronunciara. La estrategia de presentarse como novia pudo tener cierto impacto en el entorno del Caudillo y facilitar su respuesta. De ese modo María Santos Kant supo que su mito había muerto mucho antes de que el Caudillo anunciara su desaparición de manera oficial.

Marichu de la Mora y José Antonio Primo de Rivera se conocieron en casa de una amiga común, la marquesa de Agrelo. De la Mora acudía allí a jugar al póquer y el líder falangista a agasajar y deslumbrar a las damas con su encanto, como acostumbraba. La fascinación fue mutua y derivó en nuevos encuentros sociales. Ambos eran seductores, cada uno a su modo, amaban la conversación –y la discusión– y De la Mora se encontraba como pez en el agua en la vida social, pero estaba casada y era madre de familia, por lo que era consciente de sus límites. No había opción para el romance estricto ni para mantener una relación clandestina al uso.

Marichu se sintió herida al leer en Doble esplendor, el libro de memorias de su hermana comunista, Constancia de la Mora, que se había hecho de la Sección Femenina porque se había medio enamorado del líder. Mas había algo de verdad en ello, ya que entró en la Falange de la mano de José Antonio, aunque se declarara convencida. Era una de las pocas falangistas que se veía más con los dirigentes varones –a los que trataba directamente por ser sus propios amigos– que con otras mujeres de la Sección Femenina. Era militante, era amiga personal del dirigente y compartía con él amigos comunes que mantenían entre sí un importante vínculo emocional y político: Agustín de Foxá, Margarita Pedroso, Rafael Sánchez Mazas, José Ignacio Escobar –marqués de Valdeiglesias–, Trina Jura-Real y más tarde Dionisio Ridruejo. Los mismos que, junto a José Antonio, frecuentaban las reuniones dominicales que ella celebraba en su casa madrileña.

De la Mora visitó al dirigente falangista cuando se encontraba preso en Madrid tal como ella recordó en un artículo publicado en Vértice en 1937, y mantuvo correspondencia con él cuando le trasladaron a Alicante. Para evitar riesgos o pérdidas, optó por recoger las cartas de José Antonio en una estafeta de correos en vez de recibirlas en su domicilio y más tarde copiaba su contenido en un cuaderno de tapas de hule negro antes de destruirlas. A la muerte de Primo de Rivera confió el cuaderno a Dionisio Ridruejo y éste lo guardó en un armario de la sede central provisional de la Falange en el Colegio Trilingüe de Salamanca. La sede sufrió un extraño incendio y el cuaderno quedó inservible. No obstante, Marichu de la Mora se sabía algunos párrafos de memoria y reconstruyó el epistolario casi al completo en un nuevo cuaderno de tapas verde agua que entregó para su custodia de nuevo a Ridruejo. La mayoría de los papeles del político y poeta están depositados en el Archivo General de Salamanca. Los documentos privados, entre ellos las cartas de José Antonio a Marichu y el epistolario entre el propio Ridruejo y De la Mora desde 1937 a 1941 los guardó su familia.

ja3_MrichudelamoraRidruejo conservó en su archivo personal tres de las cartas de Primo de Rivera dirigidas a Marichu de la Mora. En la larga carta del 4 de junio de 1936, el líder falangista le confiesa:

“Mi espíritu va adquiriendo una serenidad imperturbable. Claro está que a ello contribuye ahora en buena parte la presencia de mi hermano Miguel […]. Me da miedo pensar que ya habrás leído en el periódico que piden para mí cuatro años de cárcel”. Más adelante comenta: “No sé de dónde has sacado ese maravilloso arte de escribir. Con tres o cuatro palabritas […] atraviesas cuatro o cinco capas y llegas a los más profundos secretos”. Unas líneas más abajo le aclara un malentendido y se dirige a ella como “mi señorita Kant”, por su actitud puntillosa. Quizás no fuera la primera vez que la llamaba señorita Kant. Un sobrenombre que podría tener alguna extraña relación con el segundo apellido de María Santos Kant. A continuación, el amigo-dirigente tiene palabras de aprobación:

 

“Estoy contento de ti y de tus últimas cartas. Pero por desgracia tengo poco tiempo para escribirte. Estoy en días de gran actividad. Como muestra te mando unos trabajos […]. Te ruego me los devuelvas pues solo tengo los ejemplares que te envío. Tengo el barrunto de que voy a estar poco tiempo en la cárcel. Y lo que es mejor, que España va a estar poco tiempo en la cárcel […].He cambiado mis viejas alternancias de depresión y entusiasmo […] por una templada y duradera confianza en mí […]. Tengo muchas ganas de verte […]. Como señalas en tu carta, que una docena de personas le quieran a uno ya está bien. Sobre todo si a una de ellas se las quiere más que a todas las otras, como me pasa contigo”, concluye.

 

Era lógico que Primo de Rivera se apoyara en sus amigos más íntimos en esos días de incertidumbre. Aunque no se sentía tan solo. Según uno de sus biógrafos, José María Zavala, al final de de su vida había iniciado un flirteo algo más serio de lo acostumbrado con Isabel (y no era Elizabeth), una joven de origen abulense que vivía en la calle Santa Engracia de Madrid. Le escribió varias cartas que encabezaba con su inicial, I., tratando de que le visitara, pero apenas quedaba tiempo ya y el romance no prosperó.

Pocos días antes del golpe militar de julio del 36, Marichu y sus hijas se fueron a La Granja, en Segovia. Su marido, Tomás Chávarri, permaneció en Madrid por motivos de trabajo. Solían alquilar la casa de verano a la madre de Edgar Neville, pero ese año no estaba disponible y optaron por una más grande. Estaba ya instalada en La Granja cuando se desencadenó la Guerra Civil y se puso a disposición de los sublevados. Su casa fue utilizada para realizar transmisiones frente al monte y ella misma aconsejó a sus camaradas y a unos primos suyos de Renovación Española las mejores rutas para ir a Rascafría o a El Paular. Tanto La Granja como la capital provincial, Segovia, habían quedado desde el primer momento en manos sublevadas, pero la cercanía del frente aconsejó que De la Mora dejara la casa de veraneo y se trasladara a la capital segoviana. Se instaló con sus tres hijas en el hotel Comercio y utilizó sus conocimientos de enfermera para atender a los heridos. Comprobó así que aquella matanza tenía muy poco que ver con las ensoñaciones golpistas de muchos de sus camaradas.

José Antonio Primo de Rivera, preso en Alicante, fue sentenciado a muerte el 18 de noviembre de 1936. Una sentencia que no puede desligarse del escenario de guerra fratricida que vivía el país. Era un desenlace anunciado, pero sobre el que no existía unanimidad dentro del Ejecutivo republicano. En las semanas previas al golpe militar se le pedía una condena de cuatro años. La Guerra Civil había empeorado su situación de forma sustancial. Existían varios planes de canje en marcha para devolverlo a la zona nacional a cambio de otros presos relevantes en manos de los sublevados, pero las negociaciones fracasaron.

Se dice que Manuel Azaña era partidario de salvarle –y que recibió diversas peticiones en esa línea, incluida la de Elizabeth Asquith– pero el presidente tenía que atenerse a la ley y se sentía preso de la República. Los falangistas también habían proyectado varios planes para liberar a José Antonio pero los pospusieron para no provocar su muerte si eran descubiertos. Así que la fecha de su ejecución, aunque esperada, los pilló desprevenidos. La tarde del 18 su hermana Carmen Primo de Rivera y los familiares que se encontraban en Alicante fueron autorizados a despedirse de él. La sentencia se cumplió poco antes de las siete de la mañana del día 20. La noticia se difundió en la zona controlada por el Gobierno republicano y no tardó en llegar a través de sus diferentes fuentes o espías a los sublevados.

En la Embajada argentina en Madrid, donde se refugiaban algunos partidarios de Franco, entre ellos el marido de Marichu de la Mora, la noticia llegó rauda y, en pocas horas, se celebró una misa por su eterno descanso. En la llamada zona nacional o franquista, los rumores causaron desconcierto. El golpe militar y la matanza civil que había desencadenado no solo no habían sacado a su líder de la cárcel sino que lo había conducido directamente a la muerte. No podían dar crédito a la noticia. No querían creerlo. Preferían alimentar el mito del Ausente. Si había sido fusilado, como se decía, ¿por qué no lo confirmaban las autoridades franquistas?

Marichu de la Mora prolongó su estancia en Segovia más allá del verano, pero Pilar Primo de Rivera reclamó su ayuda para refundar la Sección Femenina en las provincias de Castilla y León y Galicia. Parte de los mandos femeninos estaban aún en zona republicana y De la Mora, convertida en número dos de la organización, se trasladó a vivir temporalmente a la casa de Pilar Primo de Rivera en Salamanca, aunque viajara a Segovia con regularidad por razones familiares. Pilar Primo de Rivera vivía con su hermana Carmen –tras ser canjeada y devuelta a la zona nacional– y dos de sus primas, y Marichu aportó vajilla y ropa de cama de su casa de verano. Nunca supo por qué Pilar Primo de Rivera recurrió a ella, una madre de familia de la alta sociedad, para realizar esa misión política. Al principio sospechó que pudo deberse a una indicación de José Antonio antes de morir, aunque cabía la posibilidad de que hubiera sido Dionisio Ridruejo, con su gran ascendiente sobre Pilar Primo de Rivera, quien le alabó la gran capacidad de Marichu. Tal vez fuera más sencillo y la hermana del líder recurriera a ella porque la consideraba leal y resolutiva y apenas tenía cuadros.

Fue una etapa de intensa actividad en la que De la Mora se recuperó de la tensión de los primeros meses de guerra y de la crisis anímica sufrida al conocer la muerte de su idealizado amigo. En la casa salmantina de la plazuela de San Julián se celebraban constantes reuniones de los principales líderes falangistas en torno a Pilar Primo de Rivera para preparar estrategias frente al enojoso Decreto de Unificación de 1937 que les obligaba a fundirse con los Requetés. Querían sobrevivir como organización y ganar la guerra.

Mientras, aun a sabiendas de que había muerto, seguía la mitificación del Ausente como contrapeso al creciente poder de Franco. Su sombra se alargaba y se exaltaban sus virtudes. Puede que algún día se desvele de modo fehaciente si existió María Santos Kant. De momento parece probado que José Antonio Primo de Rivera, además de la pasión por la belleza transparente de Pilar Azlor de Aragón, tuvo otras musas o amantes. Entre ellas Elizabeth Asquith, la roja —o no tanto—, princesa Bibesco.


Share Button

Inmaculada de la Fuente es escritora y periodista. Estudió Historia Moderna y Contemporánea y Periodismo y ha estado vinculada profesionalmente a El País desde 1977 hasta 2012. En 1985 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en la modalidad de Reportajes y Artículos literarios. En los últimos años se ha especializado en ensayos biográficos de mujeres de la generación de la Segunda República y la posguerra. Recientemente ha publicado una biografía de María Moliner (El exilio interior. La vida de María Moliner, editorial Turner, 2011). Es autora, además, de la novela Años en fuga (El Acantilado, 2002) y los ensayos de temática histórica Mujeres de la Posguerra. De Carmen Laforet a Rosa Chacel, historia de una generación (Planeta, 2002) y La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36 (Planeta, 2006). Ha participado también en la obra Historia de las mujeres de España y América Latina (Cátedra, 2006, tomo IV) con el capítulo “Escribir su propia historia”.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)