Los primeros años de Franco. Una dictadura a ras de suelo

Por . 7 octubre, 2015 en Siglos XIX y XX
Share Button

La palabra memoria evoca muchas cosas, desde el relato solemne de las historias nacionalistas a la experiencia humilde del sencillo trabajador. Es este último sentido el que nos interesa.

Tras la victoria franquista en 1939 –hablar de nacionales es un absurdo porque en una guerra civil todos lo son–, la violencia de las “gentes de orden” se desató sobre los humildes. Se trataba de restablecer le jerarquía social cuestionada durante los años de la República.

En Andalucía, la represión adquirió perfiles propios al ir unida a un sistema latifundista que reducía a los jornaleros a una especie de semiesclavitud. Francisco Martínez Ruiz nació en un pueblecito de Granada, en 1946, en pleno drama de la postguerra. Sufrió, por ello, miseria y hambre, al tiempo que presenciaba la arrogancia y la impunidad de los ricos. Es mi padre. Por eso, un diálogo con él acerca de aquellos tiempos oscuros posee un evidente significado personal. El Universitario no se puede explicar a sí mismo sin el niño pastor que pasaba frío en el monte, sólo con su rebaño.

 

– ¿Cómo vivía la familia de los yayos antes de la guerra?

Bien, por las dos partes. En casa del yayo tenían tierras, en el pueblo de Moreda. Las tenían arrendadas al marqués de la Motilla. Mi padre, de niño, se quedó huérfano de padre, al morir mi abuelo joven. Entonces mi abuela y los ocho hijos que eran, siete varones y una hembra, seguían trabajando la tierra. Vivían más o menos bien hasta que llegó la guerra: sacaban sus cosechas y hacían sus matanzas.

Mi padre era el penúltimo y se casó en el año 35.

Por parte de mi madre, pues lo mismo. Vivían en Bogarre, un pueblecito pequeño que pertenece al ayuntamiento de Píñar. También tenían unas tierras. También eran ocho hermanos. Vivían de la tierra y de la caza. No estaban mal. Mi madre llevaba sus ropas y sus cosas cuando se casó.

 

– ¿Se llevó el yayo a la novia?

Sí, se la llevó. Eran novios y como no había para casarse por la Iglesia ni para celebrar nada… Otra razón para esta costumbre podía ser la oposición, a veces, de los padres. Entonces el novio terminaba por llevarse a la novia y ante los hechos consumados los padres acababan cediendo.

 

– ¿Cómo afectó la guerra?

En la guerra no es que lo pasaran mal. El yayo tuvo la suerte de quedarse en el mismo pueblo. En la casa del alcalde, que estaba enfrente de la nuestra, montaron el cuartel de artillería. Tuvo la suerte de que le cogieron de asistente de un capitán. Así vivía en su casa y, al mismo tiempo, estaba en el cuartel.

En la guerra se iba tirando. Fue entonces cuando nacieron los primeros hijos. Una, la primera, nació muerta. En el año 36 ya tenían la segunda hija, Piedad. Y en el 38, todavía en guerra, a Pepa.

Cuando vinieron los vencedores, según cuenta la yaya, a los militares (republicanos) les daban tirones de las solapas y les arrancaban las estrellas y los galones. Los metieron en camiones y los llevaron a la plaza de toros de Granada, en la que el yayo estuvo un mes. Hasta que la yaya fue al comité que se había formado en Moreda y pidió un aval para sacarlo de la plaza de toros porque, según contaba, lo estaba pasando muy mal. Allí estaban miles de soldados. No les daban de comer prácticamente nada. Los piojos hacían carreteras por la arena de la plaza.

En Moreda, el comité le puso pegas. Lo formaban unos enteraillos. Se querían engrandecer mucho y mi madre tuvo que enfrentarse con ellos.

– Oye, Montalbán, que tú conoces a Fernando y sabes que no ha hecho nada. Sabes que está limpio de todo. A ver si me das ya el aval.

El otro se quería engrandecer y se hizo un poco el remolón, pero al final mi madre lo consiguió. Con el aval, la yaya se fue a la plaza de toros. Unos amigos del pueblo le dijeron que se pusiera en una parte alta, donde estuviera visible, para que mi padre, desde allí, como eran miles, la divisara. Se puso con su hija mayor en brazos, la Piedad, hasta que él la vio y pudo entregarle el aval. Y se vinieron para su casa.

Él salió del campo de concentración más o menos bien. Lo peor fue la posguerra. Había mucha escasez de todo, mucho racionamiento. El famoso 1940, el año del hambre, fue muy malo porque durante el tiempo de la guerra no hubo cosechas. Las tierras estuvieron abandonadas.

Precisamente en 1940 nació el tercer hijo, Fernando. Mi abuelo Antonio, que le llamaban “Toñuelo” de apodo, decía: “Fernando, en que mal año has nacido”.

Mis padres siguieron adelante. Tuvieron la mala suerte de que, al volver los ricos del pueblo, que les tenían las tierras arrendadas, no sé porqué les quitaron las tierras al padre del yayo. Incluso una cabra que tenía el abuelo, también se la quitaron. Los ricos, que se habían refugiado en Granada, al volver arrasaron con todo.

Todo lo que tenían los campesinos del pueblo se lo quitaron, a unos tierras y a otros animales: gallinas, cabras, mulos… Se lo quitaron porque a ellos les dio la gana,

Cuentan que mi abuelo materno tenía poca cultura pero de sentimientos era una gran persona. Se enfrentó al rico del pueblo, al alcalde, un tal Martínez, muy mala persona.

– Oye, Martínez, sabes que esa cabra es mía. Me la quitas por ser quien eres. Si no, no me la quitarías.

El hombre lo pasó muy mal en la guerra. Le mataron a dos de sus cuatro hijos varones. A uno, Antonio, lo fusilaron. El otro, Manuel, murió cuando ya salía de la cárcel. Éste le decía en una carta a mi madre que le mandara cincuenta pesetas para el viaje porque estaba en Cuéllar, provincia de Segovia. Según compañeros del mismo pueblo, como en la cárcel lo pasó tal mal porque las comidas y todo era tan malo, al salir a la calle y ver un poco la luz, como estaba tan débil, no aguantó y murió.

El otro hijo de mi abuelo, casado y con un niño, en un poco de revuelta que hubo allí en la zona en 1936, fue a Granada a curarse unas heridas. Le dieron un tiro en una mano cuando salió a la calle a buscar a su hijo. Se fue a Granada a curarse, al mismo tiempo que estalló la guerra. Entonces no pudo venirse para Píñar. Estuvo recogido unos días en una especie de fonda, pero como los fascistas empezaron a mirar casa por casa, a los dueños le dio miedo de tenerlo allí y le dijeron que se fuera. Al salir de allí lo cogieron, lo llevaron a un campo y lo fusilaron.

 

– ¿Cuáles son tus primeros recuerdos de la niñez?

A partir de los siete años. Hubo una tragedia en Bogarre: cuatro padres de familia y un chico soltero, de 18 años.

Nada, que hicieron cuatro gamberradas allí en el pueblo de salirle a algún rico, de pedirle mil pesetas, de quitarle el reloj. Una noche pararon al niño Eulogio, que era el rico de allí. Le dijeron inocentemente –porque hay que ser inocente para hacerlo de esta forma– que en tal sitio y a tal hora les trajera 100.000 pesetas. Éste se fue a la Guardia Civil, les denunció, y cuando fueron a recoger el dinero les detuvieron automáticamente. Recuerdo que vino un camión de soldados al mando de un tal capitán Pelayo, de allí de Granada.

Los cogieron a todos, se los llevaron a Moreda y les dieron la ley de fugas: los fusilaron. Cogieron a uno del pueblo que tenía un carro, los cargaron medio a rastras (esto también lo presenció un tío mío, un hermano del yayo que se llamaba Manuel, que con el tiempo sería municipal de Moreda). Se los llevaron al cementerio y los enterraron en un lugar aparte destinado a estas personas que se ahorcan. Uno encima del otro los enterraron a los cinco.

 

– Háblame de los recuerdos más antiguos de la casa donde vivías.

Era una casita pequeña. Tenía dos plantas. Eran dos casitas, en principio. Cuando la recuerdo era solamente para nosotros, para mis padres y los siete hijos que somos. Pero antes de ser para nosotros había vivido otro hermano de la yaya, con su mujer y sus tres hijos.

Había tres piezas abajo. Una era la cocina y el comedor, donde lo teníamos todo. La de en medio era una pequeña cuadra que teníamos para alguna cabra. O un cerdo, incluso un mulo que tuvimos ya después. Y en la parte de atrás, otra habitación.

Arriba, tres habitaciones, pero, claro, en total éramos diez de familia. Mis padres, siete hijos y la abuela materna, que vivía con nosotros.

 

– ¿En tu habitación, cuántos erais?

En una misma cama dormíamos los tres varones, Fernando, Antonio y yo. Sobre todo en invierno pasábamos mucho frío. Como mis padres se quedaron sin ropas por la escasez de la guerra, teníamos una manta para los tres. Yo que era el más pequeño dormía en el centro y los otros dos dando tirones, peleándose, uno por una punta y otro por la otra. Pero se iba sobrellevando.

En la otra habitación estaban mis padres, las dos hermanas mayores, Piedad y Pepa, y Lidia, la niña más pequeña. En otra, mi abuela materna con otra hermana, Tere.

Íbamos tirando. Había mucha escasez. Mi padre trabajaba mucho. En aquellas fechas estaban las terceras. Entre diez o doce obreros sacaban toda la cosecha de un terrateniente, desde que se siembra, se aran las tierras, se preparan, luego se van labrando, hasta que se recoge en verano. Todo el año prácticamente, hasta que se sacaba la cosecha. Entonces, como eran diez o doce obreros trabajando, y el terrateniente se llevaba la mayor parte, se repartía un poco de grano para cada trabajador.

Dinero no corría ninguno. Durante el año, que habían estado yendo a las tierras a sacar un poco de pan, de aceite, lo más básico. Con la cosecha se iba pagando.

Mi padre estuvo así 17 años. Según cuenta la yaya era lo más duro. Todo para sacar un poco de grano con que subsistir. Había trabajo, pero muy mal pagado. No había para comprarse ropa y la comida era muy escasa.

Los hijos, mientras tanto, no paraban de nacer. En el 42 nació otra, Carmela, que murió.

 

– ¿Eras consciente, de niño, de todos esos problemas económicos?

Sí. En el año 53, que ya tengo 7 años, me doy cuenta de que hay mucha miseria. Yo le pido pan a mi madre y mi madre me dice que no hay pan. Entonces yo grito más fuerte que quiero pan. Y mi madre me responde:

– Francisco, que no hay pan.

Pero eso a mí no me consuela porque yo tengo hambre.

Por cierto, teníamos unos vecinos con un chico de 18 o 19 años que estaba enfermo. De las palizas que le daba la Guardia Civil porque esta misma familia tenía otro hijo que al terminar la guerra, en vez de entregarse, se fue a la sierra. ¿Qué pasaba? Que la Guardia Civil de Píñar cada día iba allí para que hablaran donde estaba ese hijo. Cosa que los padres no sabían, ni el hermano.

La Guardia Civil se ensañaba allí con el muchacho y le daba un palizón cada día, por lo que el muchacho al final murió. Según cuenta mi madre, cuando ya estaba enfermo, me oía pedir pan. Como la yaya me contestaba que no había, yo gritaba más fuerte. Y se ve que él me oía y decía:

– Denle pan al niño, que se me mete su llanto en la cabeza.

Fíjate lo mal que lo pasarían los padres de este chico, con las palizas que le daba la Guardia Civil con el fusil y con todo, que la propia madre cogió una cuerda y les dijo que lo ahorcaran y lo mataran de una vez.

 

– Háblame de cuando ibas a la escuela.

A la escuela empecé con ocho años. No iba mucho porque el maestro del pueblo tenía unos corrales en su casa con una cabra y conejos. Y el hombre me pidió que si le podía buscar hierba cada día para sus animales. Yo dije que sí, por ignorancia o por no decir que no a alguien al que considerábamos superior. Prácticamente me pasaba la tarde fuera de clase. Y el maestro, además, ponía poco interés en los que éramos más pobres. Prestaba atención a los hijos de los ricos: el alcalde, el médico, las autoridades de allí. Cuando nos hacía alguna pregunta, como tampoco estábamos preparados, pues no la sabíamos. Entonces poníamos la mano y nos atizaba un palo con una vara de olivo o de mimbre que te hacía polvo.

En la escuela, pues, aprendí muy poca cosa. También porque mis padres me tuvieron que poner a cuidar en casa de los ricos los cerdos, los borregos y todo esto, porque sabían que así la comida la tenía más o menos resuelta.

Era muy sacrificado porque se pasaban muchas calamidades, mucho frío, mucha nieve, mucho barro, todo el día con los animales. Pasaba también mucho miedo, sólo en el campo con los animales, con ocho o nueve años que tenía. La mía fue una niñez muy esclava. A veces el trabajo lo hacía en los cortijos, con otros chicos mayores, o a veces estando en casa, con los mismos hermanos, nos íbamos a espigar los campos o a coger aceitunas. Ganando muy poco. Volvíamos de noche, después de hacer siete u ocho kilómetros.


Share Button

Adquiere nuestros libros impresos con un 5% de descuento, gastos de envío gratis y la versión ebook de regalo. Solo tienes que visitar la tienda online de Punto de Vista Editores e ingresar el código de cupón PDV-04001


Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)