Los nombres de España

Por . 23 noviembre, 2015 en Historia Antigua
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El árbol genealógico del patronímico España es fascinante, más rico de lo que habitualmente se suele creer. Tartessos, Eskaria, Estrimnia, Ispania, Hesperia, Ofiusia, Iberia, Celtiberia, Hispania, Spania, Sefarad, al-Ándalus y Espanya son las distintas denominaciones que ha recibido, gracias a los aportes tartésico, ligur, vasco, fenicio, griego, romano, godo-germánico, hebreo, árabe-bereber y catalán. Cada pueblo ha nombrado al territorio peninsular o ha adaptado uno anterior con grafía propia.

 

Primeros nombres

BH de Tartessos_MaquetaciÛn 1Tarsis, o más habitualmente, Tartessos, es el apelativo pionero, conocido ya al doblar el primer milenio cuando Salomón encargaba al rey de Tiro que le llevara oro, plata, cobre y estaño de aquel reino metalúrgico en el extremo opuesto del Mar Interior. Pudiera ser que este reino legendario, con su ciudad-estado en la actual Huelva, dominara todo el territorio debido al comercio interior [la antigua Ruta de la Plata y la que llevaba en diagonal a Gerunda] y la navegación de cabotaje por la cornisa atlántica y el arco de Levante, de modo que la influencia –y las leyes– de Tartessos abarcaran la Península. A pesar de ello, es evidente que el nombre no cuajó entre los visitantes e invasores que llegaron más tarde.

Existe otra denominación arcaica, poco conocida: Estrimnia. La recoge el poeta latino del siglo IV de nuestra era Rufo Festo Avieno en su Ora Maritima, curiosa obra en verso que describe los países ribereños del Mare Nostrum pero no según el mundo conocido en época del autor sino siguiendo fuentes griegas del s VI a. C., como Hecateo de Mileto, Helánico de Lesbos, Fileo de Atenas y otros, es decir 900 ó 1.000 años antes. Entre los versos 154 a 157 Avieno habla de un país, “el de los Oestrimnios”, que ocupaba el cuadrante noroeste peninsular y quedó devastado por una plaga de serpientes.

Estrimnia, vocablo del que desconocemos su etimología, sería aquí la tierra originaria del pueblo ligur, desplazado por la primera oleada céltica a finales de la Edad de Bronce, hacia 1200 a.C. La serpiente era el animal totémico de estos indoeuropeos que se instalaron en las cornisas cantábrica y atlántica hasta al menos la desembocadura del Duero, ocupando las actuales Galicia, Asturias, Cantabria, Vizcaya, León, Zamora, norte de Portugal y Salamanca. Pueblo guerrero, jerárquico y señorial, llevaban brazaletes y torques (collares) en forma de serpiente y el ofidio, solo o entrelazado con otro, estaba presente en sus cascos y estandartes y era objeto de culto, por lo que la identificación de la ‘plaga de serpientes’ con ellos es plausible.

Poco después [podríamos datarlo sin mucha precisión a principios del I milenio a.C.] llegaron los fenicios y llamaron Ispanya a esta parte, delimitada y precisa, del extremo occidental europeo. Se trataba de hábiles navegantes y mercaderes de la ciudad-estado de Tiro, que exploraron a conciencia las costas peninsulares para establecer factorías de salazón y centros comerciales donde intercambiar mercaderías con los nativos a cambio de metal. Fueron ellos, probablemente, los primeros en conocer el perfil del apéndice peninsular y su topografía costera. Tan buena debió de ser la acogida y tan prósperos los negocios que no tardaron en fundar ciudades como Gadir (Cádiz), Malaka (Málaga) o Sexi (Almuñecar).

La denominación Iberia se debe a los griegos foceos, oriundos de la isla de Focea que habían fundado Massalia (Marsella) y quisieron ampliar sus dominios comerciales con una nueva ciudad en el golfo de Rosas a la que nombraron Emporión, término que significa “mercado”. Al territorio próximo, con cuyos habitantes tenían contactos de tipo comercial y cultural, lo llamaron Iberia porque se hallaba junto al río Iber, entre los confines de su caudaloso cauce final y el macizo de los Pirineos orientales.

Como la cultura helena tuvo distintos focos antes de que Atenas se convirtiera en la potencia hegemónica, no es de extrañar que haya otros nombres para España de origen griego además del foceo, como Esperia, o Hesperia. Héspero es en la mitología helena el lucero vespertino, Venus, primer astro que aparece en el crepúsculo. Al atravesar las Columnas de Hércules, estos otros griegos llamaron Hesperia −“el país del ocaso”- a la tierra que dejaban a la derecha y Hespérides a las islas Canarias, como último faro del crepúsculo y testigos finales de occidente.

El tercer nombre griego que conocemos es Ofiusa, que significa “tierra de serpientes” y nace del mito arcaico de la invasión aniquiladora del territorio por estos ofidios. Lo que no está claro es si este término denomina el terreno peninsular o sólo nombraba a las islas baleares de Ibiza y Formentera, bases de operaciones helenas mientras que las mayores, Mallorca y Menorca, lo serían de los poderosos fenicios.

 

La Hispania romana

BH_Hispania_aRoma, que tantas cosas asimiló de Grecia, en este caso siguió la estela fenicia por su heredera Cartago, república con la que Roma comenzó a rivalizar hacia el siglo V a.C. por el control de las rutas comerciales de las costas e islas mediterráneas. La incipiente república romana tomó el nombre y lo convirtió en Hispania, aspirando la primera vocal por lo que se añadió en la escritura la /h/ y acortando la semivocal /y/ de la sílaba final, al cambiar el acento tónico a la sílaba –pa- y suprimir el diptongo final; es decir que en vez de pronunciarse [Gispanía] en latín fue [Ispania].

Hubo además una interpretación errónea del término púnico. Catulo, que califica a Hispania como cuniculosa (‘conejera’) demuestra que los romanos atribuyeron al nombre Ispanya la raíz span, un substantivo del fenicio clásico que significa ‘conejo’, por lo que tradujeron el apelativo literalmente como “tierra de conejos”. Esta versión la recogió el estudioso francés Samuel Bochart en 1674 y así quedó en la recopilación enciclopedista de la Ilustración gala. Sin embargo, otro estudioso español contemporáneo de Bochart, el historiador y hebraísta Cándido María Trigueros, propuso una teoría diferente en 1767 durante una sesión de la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona, basada en que el alfabeto fenicio carecía de vocales. Así, el lexema /spn/ designaría “norte” y el morfema /ispania/ “tierra del norte”, designación que los navegantes de Tiro darían a la península porque llegaban bojeando la costa africana. Un significado más figurado o alegórico de /span/es, por otra parte, “lejano” u “oculto”, lo que podría indicar que los antiguos fenicios consideraron la masa peninsular como una tierra ignota, de límites remotos.

Hoy día contamos con una explicación más sólida, de mayor rigor lingüístico y antropológico, que ha sido ampliamente aceptada. Sostiene que [I-span-ya] se traduce literalmente como isla o costa donde se baten o forjan metales” ya que /spy/, raíz verbal del substantivo o participio activo /span/significa batir o forjar metales. El hallazgo etimológico, que es reciente pues data del año 2000, se debe a los profesores del CSIC Jesús Luis Cunchillos y José Ángel Zamora, expertos en filología semita que tras realizar un estudio comparativo entre varias el fenicio y el arameo determinaron que el nombre tiene su origen en la fama metalúrgica de la península Ibérica en la Antigüedad, y en especial de sus minas de oro y forja de acero.

En el siglo III a.C. surge lo que los romanos llaman la Celtiberia, un territorio entre la margen derecha del Ebro y la cordillera Ibérica y dominado por arévacos, titos, belos y berones, que sintetiza la cultura de los dos ‘países’ peninsulares que existen si se traza una diagonal desde el cabo de Rosas hasta Trafalgar. Una atlántica, de etnia celta, guerrera y patriarcal. Otra mediterránea, íbera, comerciante y matriarcal. Los celtíberos hicieron frente a Amílcar Barca y resistieron las campañas de Asdrúbal y Aníbal, hasta sucumbir a los romanos como demuestra la gesta de Numancia, una de sus ciudades más importantes. Pero es ahí en el encuentro de las culturas celta e íbera, tamizadas por lo romano, unidas a través del cristianismo y enriquecidas por la aportación germano-gótica de los visigodos, lo que va a propiciar, con la solera de los siglos, el precipitado de lo español.

Hispania, la voz latina que designa la Península, aparece por primera vez citada documentalmente por el poeta Quinto Ennio en el 200 a.C. Convertida en provincia romana por la República y dividida en Citerior y Ulterior, adquirió cuatro segundos nombres, o apellidos, con la conquista definitiva de Augusto y bajo el imperio: Tarraconense, Bética, Cartaginense y Lusitana.

Los visigodos heredaron el concepto territorial y lo elevaron a rango de nación (en el sentido de ‘conjunto de pueblos vinculados entre sí por lazos familiares, políticos y culturales’) independiente del Imperio, con el título de reino. Una vez conquistado todo el territorio peninsular por Suintila y Leovigildo y permitidos los matrimonios mixtos con los hispanorromanos, la nueva entidad política tomó un cariz germánico y se convirtió en ‘tierra padre’. Incluso su escritura se transformó en Spania, con /s/ líquida goda, aunque conservó el afijo /His/ del latín oficial en los sellos de la monarquía y las acuñaciones de numerario. Pero lo más trascendental desde el punto de vista simbólico de la etapa visigoda fue la creación de una noción, política y al mismo tiempo sentimental, que se fundió en la expresión Patria Hispana. Representa la fusión lingüístico y jurídico entre la mentalidad latina, con su idea femenina de Tierra Madre en la que se basa el Ius soli del Derecho romano, y el concepto germánico masculino de solar familiar, y su Ius Sanguinis.

No es de extrañar que los visigodos, los godos,  reflejaran un sentimiento de amor y hasta orgullo por con la patria integradora. Habían estado deambulando durante casi tres siglos por Europa, desde Gothia en Escandinavia al Cáucaso y Anatolia, después se detuvieron en Moesia (la actual Serbia) para hacerse aliados de los romanos en su lucha con otras naciones germánicas y antes de emprender el asalto definitivo a la fortaleza imperial, pero ninguna de estos países y territorios fue su asiento definitivo. Continuaron con su migración ancestral hacia occidente buscando las regiones cálidas del mediodía europeo, el corazón del imperio.

Entraron en la península Itálica, la conquistaron y se dividieron en dos: los que permanecieron en Italia se llamaron ostrogodos y los que continuaron viaje a las Galias tomaron el nombre de visigodos –“godos (en busca) de la luz” – donde derrotaron a los hunos de Atila y al agonizante imperio romano y se establecieron. Fue el reino de Tolosa, la dulce campiña del sudeste galo, su primer hogar, origen simbólico de la Cataluña medieval y razón por la que el futuro califato cordobés y los reinos de taifas encontraron en tierras catalanas una enconada resistencia.

Cuando Leovigildo finalmente a la nación goda en Hispania y designó la central Toledo como su capital, la satisfacción histórica se desbordó. Surgió el sentimiento de amor hacia la tierra hecha suya y el orgullo patrio por un reino al que consideraban pletórico de dones, un territorio de ricos contrastes con el que la Providencia había sido generosa, como se deriva de la obra Laus Spaniae de san Isidoro de Sevilla. Aparecía así, en la antigua Celtiberia fragmentada, el patriotismo como rasgo psicológico natural, ligado al terruño, los ancestros y la propia cultura e identidad. Una realidad histórica de nuevo cuño entre las tribus germánicas migratorias y la ciudadanía romana que dispensaba una sola ciudad. No es que fuera nuevo en la Historia de la civilización humana, claro está, pues ya existió y con enorme fuerza entre los israelitas, persas o espartanos. La novedad reside en que dicho sentimiento, el patriotismo, surgió en la Spania goda por primera vez en Europa y fue pionero en los que se manifestarían más tarde en la Inglaterra anglosajona, el reino de los francos o los secesionistas portugueses.

 

Otros nombres

al-andalus-1Los israelitas que llegan en el siglo II a la Península darán nombre hebreo a la patria perdida, cuando fueron obligados a abandonarla en 1492. Las derrotas judías ante Vespasiano y Tito, con la consiguiente destrucción del Templo, junto a la expulsión masiva de Judea decretada tras la revuelta de Bar Kojba, produjo una diáspora hebrea por la cuenca mediterránea que alcanzó la península Ibérica, destino final de una gran mayoría de ellos (unos 200.000). Para estos pacíficos y discretos apátridas, Hispania se convirtió en Se-Pharad, ‘el Paraíso’, noción que los judíos expulsados han conservado durante siglos y es la raíz de un patronímico hebraico –el sefardí– que en la actualidad forma con los ashkenazis las dos ramas principales del árbol judío y su presencia en Israel y en el mundo.

“Paraíso” significaría también el nombre vasco Eskaria que, según el erudito flamenco del siglo XV Juan Goropio Becano, comprendía “los Campos Elíseos españoles”, solar de los “felices feacios”, un pueblo que tenía su patria al sur de los Pirineos y se llamaban a sí mismos “euskaros”. Existe una versión curiosa que va más allá y sitúa el origen remoto del nombre en los escitas. Pueblo enigmático como el ligur, el íbero y el etrusco, a quienes pudieron superponerse, eran de procedencia aria y ámbito indoeuropeo. Fueron considerados en su tiempo como la más antigua de las naciones del mundo e invadieron Europa al final de la Edad de Bronce. Según esta hipótesis, los eskitas nombraron países tales como Eskozia, Eskandinabia, y Eskaria, el antiguo nombre de la España norteña con nombres como Ezkaray, Hueska o Euskalerria.

Con la conquista musulmana el nombre volvió a cambiar. Es muy posible que Al-Andalus signifique “tierra de vándalos”, pues este pueblo germánico siguió su ruta invasora por el norte de África y así llamaban los bereberes a todos los godos.

El gramático Nebrija, en la línea de Isidoro de Sevilla, propuso un origen autóctono al nombre Hispania, como deformación de la palabra ibérica Hispalis, que significaría ‘la ciudad de occidente’ y que, siendo la ciudad principal de la península en un momento determinado, dio nombre al territorio. Existen también hipótesis de cariz legendario. Roberto Matesanz Gascón ha formulado una que explica la presencia en fuentes latinas, griegas y medievales, de un héroe epónimo llamado Hispan o Hispalo. Este historiador integra la hipótesis fenicia con la legendaria. Hispano sería la forma latinizada de una divinidad semita importada por los fenicios a Gadir, Espan, que fue extendiendo su ámbito de aplicación lingüista hasta abarcar la Península.

Existen, además, los falsos cronicones, las genealogías míticas inventadas por distintos autores en época diferente, que no se sabe bien de dónde arrancan y cuánto tienen de impostura o verosimilitud. La más conocida es la que sostiene que tanto Hispalis como Hispania son derivaciones de los nombres de reyes legendarios de Tartessos, Hispal y su hijo Hispan, hijo y nieto de Hércules. Lo más interesante de estos nombres simbólicos, el rumor de la verdad, es la indicación sobre el origen de la monarquía tartesa, que pudiera ser curete, del ámbito helénico aqueo o cretense.

 

Extracto del próximo libro del autor.

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He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados. He colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas. Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

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