Memoria e historia de la Transición

Por . 25 noviembre, 2015 en Siglos XIX y XX
Share Button

“No estábamos solos y no lo vimos. Memoria e historia de la Transición” es el título del prólogo a la obra La calle es nuestra: la Transición en el País Vasco (1973-1982) [Bilbao, Mikel Toral], de reciente aparición, que tenemos el honor de poner a tu alcance, amigo lector.

 

 

No estábamos solos y no lo vimos. Memoria e historia de la Transición

 

La historia es un relato, pero no un relato más. A diferencia de cualquier otro, pretende sostenerse sobre la comprobación veraz de los hechos y sobre una lectura crítica de lo ocurrido, tanto de los acontecimientos como de los procesos en su conjunto. Ahí se diferencia pronto de lo que resulta tanto de la memoria como de la “convicción social”. Una y otra no tratan de quedarse con la realidad de lo sucedido, sino de generar un recuerdo que permita a los individuos concretos y a la comunidad en su conjunto convivir con sus respectivos pasados.

 

Un método exigente para dar una explicación útil: la historia

Por eso la historia es, por definición y desde siempre, incómoda, y la memoria acomodaticia. Historia y memoria están estrechamente relacionadas: sin una no hay otra, ni al revés. Si alguien no nos traslada su recuerdo para que lo depuremos y demos significado, no hay historia. Si no se construye racionalmente esa historia, los trazos de memoria son imágenes que vagan en la nada, que no proporcionan sentido cabal a lo acontecido. Historia y memoria son, por eso, como hermanas; o mejor, hermanastras: esta, sugerente y atractiva; aquella, hosca y grave.

La historia es una construcción intelectual; también la memoria, el recuerdo, la leyenda popular y todo lo que encierra y da sentido a los recuerdos. Pero la historia es una construcción consciente: quienes la hacen como tal relato son plenamente conscientes de que no es el reflejo directo de lo ocurrido, algo realmente imposible, sino solo un resto de aquello y, además, elaborado para que resulte útil a cada presente. Esa es la función de la historia: no retener todo el pasado, sino dar una explicación útil del mismo a cada instante histórico. Por eso la historia es sobre todo una abstracción, un constructo intelectual, no la imposible repetición de todo lo que sabemos, incluso verazmente, que ocurrió.

Pero, ¡cuidado!, construcción, utilidad, elaboración, no son términos que remitan a la idea de manipulación, de escritura de la historia al servicio de algo o alguien, o de validez universal. Puede ocurrir, y de hecho ha ocurrido miles de veces en la historia –el poder o la mayoría tienen más mano en este asunto–, pero eso no obvia el hecho de que la misma se elabora mediante un procedimiento, un método exigente, riguroso y contrastable. A partir de ahí, cada resultado es también criticable y evaluable por parte de cada lector. Por eso hay buena y mala historia, e historiadores que cuentan relatos plausibles y otros que los cuentan insensatos, desprovistos de solidez en los hechos demostrados y ausentes de lógica argumental.

Cuando se escribe sobre los hechos protagonizados por muchas personas que aún viven –incluso cuando pueden ser hechos vividos por el propio historiador– somos más conscientes que nunca de esas reflexiones que habitualmente quedan para los profesionales de la historia. Además de otras circunstancias no menores –rigor, influjo aún de los hechos en el narrador, disponibilidad de suficientes fuentes, distancia respecto de lo analizado…–, al escribir sobre historia reciente comprobamos la distancia entre el relato frío que conforman el historiador y la historia, y lo vívido que resulta el construido desde la memoria particular o colectiva, o simplemente desde los lugares comunes tenidos popularmente por ciertos. Aún más: muchos protagonistas o coetáneos de aquel tiempo se reconocen más en el segundo que en el primero, sobre todo porque este último no obliga a hacer el viaje reflexivo e intelectual que hace el historiador.

Al final, que es a donde va este delantal, el relato desde la memoria es capaz de retener la emoción que atribuimos a un tiempo vivido mejor que el que se hace con la historia. Y, al revés, el histórico nos resulta distante, al principio desconcertante y ajeno, y, si acaso y si es plausible, al final aceptable, aunque a regañadientes.

 

¡Cuánto mejor la acomodaticia y sensual hermanastra memoria!

Algo de esto pensará el lector cuando se introduzca en los acertados textos que ha preparado Gaizka Fernández Soldevilla para La calle es nuestra. Un libro de recuerdo combativo… conformado por un adusto texto histórico que deja las cosas en su sitio y, sobre todo, templa las ensoñaciones que todavía pudiéramos tener sobre aquel tiempo. Pues es necesario que así sea.

Han pasado nada menos que cuarenta años desde la muerte del dictador: tantos años o más que los que duró su interminable dictadura. No somos muy conscientes de ello. Sin embargo, aquellos años intensos del tardofranquismo y la Transición nos resultan extraordinariamente cercanos. Quizás porque fueron los años de nuestra frenética, saludable y combativa juventud. Quizás porque entonces teníamos sueños que no cabián en ninguna historia. En todo caso, seguro, porque forman parte esencial de nuestras biografías y memorias, y las tenemos por eso todavía presentes. Pero son también hechos y procesos que, acumulativamente y al margen de nuestros deseos, conforman la historia general de un país. Y esta segunda dimensión solo es explicable con rigor, adustamente, con arreglo a la historia y no a la memoria, ni al recuerdo fácil, ni a la convicción extendida. Cada cosa en su sitio. Y, además, si han pasado cuarenta años de aquello es que ya no somos unos niños, más necesitados de recuerdos amables que de explicaciones razonables.

Pero, ¡qué noche la de aquel día! Nunca desde entonces hemos tenido, de uno en uno y en colectivo, tantos deseos y fuerzas para cambiarlo todo. Con el dictador se iba a ir todo lo que no nos gustaba, a cualquier nivel: la injusticia social, la desigualdad, los límites, lo correcto, lo tenido por razonable y todo rastro de nuestro acendrado calvinismo católico (sic).

Hay veces en la historia, muy pocas, no todas las generaciones pueden vivirlo y contarlo así, que un trozo de humanidad asiste al amanecer de un cambio. Le llamamos a eso revolución. Eso es lo que pensábamos estar viviendo entonces. Y ese recuerdo nos queda. La pasión por lo público, la política invadiéndolo todo, todas las expectativas de vida dispuestas al servicio de la política, como si ella o por ese medio todo pudiera mejorar por completo. Se entregaron vidas en ese altar de la res publica y hasta se llegó a matar con pretendida generosidad por o con el mismo argumento. Incluso creímos en paraísos de la ingeniería social y en ideologías que hoy nos producen pavor. Eso no nos lo quita nadie de la memoria. Esa vieja pasión militante –¡qué lejos, qué miedo! – nunca se olvidará.

Pero lo cierto es que no estábamos solos. Pensábamos que sí, pero no. Pasa siempre, pero nosotros no lo veíamos. Junto a los miles de entregados pasionales estaban también los no partidarios, los que habían defendido la dictadura aunque solo fuera por pasiva –cuarenta años en el poder omnímodo no se sostienen solo con un sable– o aquellos del llamado “franquismo sociológico” que intuitivamente eran conscientes de haber vivido en un régimen oprobioso, pero también en un instante de prosperidad trabajosa que les había sacado, con su esfuerzo personal, de la más miserable condición de partida.

Esos otros, además de los revolucionarios, también tenían una vida, una percepción de la realidad, y respondían con otros hechos a la misma. Incluso los había, y muchos, que nos acompañaban esos días de movilización permanente, de no parar, reivindicando esto y aquello, una vida mejor. Pero no pretendían ninguna revolución, ni participaban de cualquiera de nuestras ensoñaciones. Estos sí que eran “compañeros de viaje”.

  

La historia es una madrastra implacabale

lacalleesnuestraLa historia es muy exigente con este cuadro de cosas. Más que hermanastra seria es madrastra implacable. Y nos explica y recuerda que enfrente, en aquel régimen en acoso y derribo, aquella derecha acomplejada, con un lógico sentido de culpa por tanta tropelía cometida, en retroceso, fue capaz de sacar fuerzas de flaqueza y construir un relato alternativo para sucederse en parte en el poder. Lo cambiaba todo para que muchas cosas siguieran igual. El aserto de Lampedusa no concluye que todo siga siendo lo mismo: en el fondo, todo cambia, pero algunos poderosos consiguen retener su posición mientras todo el escenario se transforma. Pero el escenario se transforma; no seamos cenizos ni ciegos. Muchos de aquellos poderosos retuvieron su poder, en la política, las finanzas y la economía, la judicatura, el ejército, las sociedades locales, incluso las instituciones pronto sometidas a la voluntad del pueblo soberano.

Y es que cuando la echamos a votos resultó que sumaban más los quietos, integrados y sumisos, partidarios de cambiar algunas cosas –por supuesto, aquella dictadura y sus formas–, pero no de cambiarlo todo. Sumaban más que nosotros los agitados y apocalípticos, que de tanto movernos a diario habíamos confundido el universo mundo con nosotros mismos. Eso es lo que ocurrió.

Claro, que se puede especular con la malhadada acción de los agentes en contradicción con la prístina, generosa y sincera intención del pueblo. Esa contradicción entre élites perversas y pueblo encantador e irreprochable vuelve a estar de moda hoy. Aquellas élites nos habrían vendido por un plato de lentejas. Pues tampoco es eso. Sin disculparlas en ningún grado, es evidente que se hicieron con y tradujeron a su manera los anhelos del pueblo, reduciendo su ambición a aquello que interpretaron como posible, como racionalmente negociable. Ahí se fundió, a la vez que se hizo real, el entusiasmo de la calle. Cada cual lo llamará y recordará a su manera: negociación, realismo, traición, pero fue lo que ocurrió.

Un régimen en retirada logró que una parte de sus miembros participara sobremanera en el diseño del futuro. Enfrente, una oposición entusiasta generó mediante procedimientos diversos, no siempre limpios (depuración en los partidos, eliminación de los sectores más radicales, ventajismo en algunas formas), una élite capaz de negociar los términos de la novedad democrática. ¿Protagonista? La calle, sin duda; sin movilización que la cuestione no cambia ninguna estructura de poder. Pero también esas élites combinadas y contrapuestas. También decisiones concretas (o inacciones) que generaron nuevas realidades y contextos. Así pasó aquí, como pasa en cualquier proceso similar de cambio de régimen.

Al fin y al cabo, “transición” no es más que eso: el paso de un régimen de dictadura a otro de democracia. Los deseos de cambio revolucionario van por otra vía; habría sido aquella de la ruptura, más ambiciosa que la reforma triunfante. En el proceso de cambio total del escenario, los agentes y las masas disputan por caracterizar esa transición formal, de cambio de régimen, y connotarla con semánticas precisas en lo social, político, económico, cultural, etcétera. De ahí resultan procesos de más o menos alcance y calidad para la democracia futura.

De manera que eso es lo que pasó. Y eso es lo que cuenta Gaizka Fernández Soldevilla en las siguientes páginas. No hay contradicción entre sus medidos textos y la desaforada pasión que refleja el reportaje gráfico de Mikel Alonso. Ni tampoco ningún o ningunos perversos nos escamotearon esa generosa ambición.

 

Podían haber pasado otras cosas, pero las que ocurrieron fueron estas

Y eso es lo que explica el texto: cuáles y por qué estas y no otras. A eso se dedica el historiador y la historia. Los sueños, los cumplidos y los que se fueron, quedan para siempre en la mirada de las gentes reflejadas en esas fotos. Somos nosotros, de uno en uno, pero en conjunto pasaron otras cosas distintas de nuestros anhelos, pero no por eso peores. Cambiar el escenario no es cosa menor. Y no hay más que haber vivido en el tiempo anterior para darse cuenta de ello. También por no tener en cuenta eso no ganamos al completo.

Luego, el escenario cambiado, como decía antes, volvió a colocar a cada cual en el punto de partida. Es del gusto fácil y agradecido el remitir todos los males de nuestro actual sistema democrático a la forma como se resolvió la Transición, como si en su adn y en su falta de resolución de importantes aspectos que no afectan solo a la naturaleza de un régimen llevara inserta para el futuro la eclosión de los vicios: concentración de poder en los de siempre, partitocracia perpetua, vampirización del sistema por los partidos principales, corrupción, democracia de baja calidad… Desde luego que el asunto se centra en la que debe ser hoy la evaluación de aquella Transición. Lo debe hacer a partir de estudios serios y no desde el reproche facilón, porque a algo o a alguien hay que echar la culpa de que esto al final haya acabado en la crisis presente.

Pero, en un proceso de tiempo tan largo como cuarenta años, ¿cabe decir que todo viene desde tan lejos?, ¿se puede afirmar que no hemos sido capaces en cuatro décadas de corregir aquellos supuestos déficits o desatinos? Y, de ser así, ¿no se nos debería tildar de irresponsables por lo no hecho en ese tiempo? Pero por ahí debe ir también, como digo, la versión de la historia de la Transición útil para explicarse las cosas a la altura de nuestros días.

Entre el final de la historia que cuentan las páginas que van a continuación y nuestro presente median tres décadas largas. A la Transición, en su dimensión de “intoxicación de política”, de la política elevada al rango de solucionadora de todos los males sociales, siguió lo que entonces se llamó “desencanto”.

La gente regresó a su vida privada y empezó a “pasar” de la política; o al menos dispuso menos expectativas en la res publica. Luego pasaron muchas cosas más, algunas atendiendo a los problemas que heredábamos del tiempo anterior, pero enseguida otras que trataban de responder a la nueva realidad de los finales de los años ochenta, a la de los “felices noventa”, tan distintos en todo a lo conocido nunca (vg. aparente éxito de la economía, niveles de paro técnico, desarrollismo sin límites, enriquecimiento colectivo aunque a niveles diferenciados, privatización de nuestras vidas y recursos…), luego a la del nuevo siglo marcado por aquel 11-S de 2001 y la diferente historia mundial a que dio lugar, y por último a la de los actuales años rumiando una crisis que ha alterado los pocos paradigmas del Novecientos que quedaban en pie.

Todo esto último, que es mucho, ya no tiene que ver con la Transición, pero nosotros la seguimos viendo y evaluando haciendo una elipsis, un salto en el vacio que obvia ese intenso tiempo, también nuestro, y que conecta aquel ya remoto ayer con nuestro presente, sin solución de continuidad.

Por eso aquel tiempo de mediados de los setenta y primeros ochenta es Historia, pura Historia, fría, calculada y lejana. Pero la memoria, no; esa es cálida y confortable, ese es el recuerdo personal de cuando soñamos. Podemos elegir entre seguir en aquel sueño, mediatizando tercamente el hoy, incluso su política, o asumir que el tiempo pasado pasó y que de él solo caben los recuerdos y las lecciones, pero que es otro tiempo distinto del actual. Es una elección importante que está marcando la actualidad. Así es que no extraña que la dichosa Transición siga estando tan vigente. Por eso la batalla por su memoria sigue teniendo tantos litigantes; que, en el fondo, como pasó antaño, no son tantos como aparentan. Hay otros mundos y están fuera del nuestro. ¡A ver si nos enteramos de una vez!


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)