Choque de civilizaciones: Roma contra Cartago

Por . 7 diciembre, 2015 en Historia Antigua
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Dejando a un lado los orígenes míticos que la relacionan con la reina Dido, enamorada del héroe troyano Eneas, Cartago fue fundada como la factoría comercial más importante del Mediterráneo occidental por la ciudad fenicia de Tiro a finales del siglo IX a.C. Situada en las inmediaciones de la actual Túnez, Cartago iba a representar a lo largo del siglo III a.C. uno de los mayores peligros a los que Roma debía hacer frente. Logró convertirse en una gran potencia con un vasto imperio que se extendía por Baleares, Cerdeña, gran parte de Sicilia y el sur de la península Ibérica, gracias a su inmejorable posición geoestratégica, a su puerto, a su flota de guerra permanente y a su ejército profesional.

Desde el siglo VII a.C., cartagineses, griegos y etruscos habían entrado en una dinámica de disputas políticas y comerciales motivada por el dominio efectivo del Mediterráneo. Esta situación condujo al entendimiento entre cartagineses y etruscos frente a los griegos. Una batalla en aguas de Alalia (Ajaccio, en Córcega), en la que se enfrentaron una flota etrusco-púnica con otra griega, decidió en el 540 a.C. los diferentes ámbitos de influencia de las tres potencias en el Mediterráneo.

Con el declive etrusco, Cartago necesitaba un nuevo aliado que pudiese contrarrestar el poder de la colonia griega de Siracusa en el Mediterráneo occidental. Este nuevo aliado no sería sino Roma, pues la amenaza siracusana afectaba a los intereses romanos en el Lacio y en Campania. De esta manera, Cartago y Roma firmaron sucesivos tratados en los años 509 a.C., 348 a.C. y 343 a.C., con los que la primera mantenía bajo su control su zona marítima a cambio de reconocer los propósitos de la segunda sobre el Lacio.

Como hemos tenido ocasión de comprobar, a comienzos del siglo III a.C., Roma, tras convertirse en la dueña y señora del centro de la península Itálica, se enfrentó a Tarento, la más poderosa de las ciudades griegas del sur de la península Itálica, que solicitó el apoyo de Pirro, rey del Epiro. Éste, pretendía crear un imperio occidental griego contra los intereses romanos y cartagineses, razón por la que en el 279 a.C. romanos y cartagineses firmaron un nuevo acuerdo. Derrotado Pirro en el 275 a.C., Roma se hizo con la hegemonía de todo el territorio italiano. No obstante, y con esta realidad, Cartago y Roma entraban en inmediata vecindad y, con ello, en un posible choque de intereses que, de hecho, comenzaría en el año 264 a.C.

 

La Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.)

Los autores grecolatinos nos han legado múltiples versiones sobre los motivos que provocaron el primer gran enfrentamiento entre Roma y Cartago que, en numerosas ocasiones, no son más que justificaciones de la actuación romana. Además, es necesario partir del hecho de que no se han conservado los textos de los historiadores filocartagineses, por lo que los documentos que manejamos sobre la Primera Guerra Púnica van a ofrecer en todo momento una postura filorromana.

En el año 286 a.C. una banda de mamertinos, mercenarios itálicos procedentes de Campania, se adueñó de la ciudad de Messana (Mesina), y desde allí continuó con su actividad guerrera por las regiones colindantes. La ciudad más afectada fue Siracusa, que bajo la dirección del tirano Hierón II logró vencerlos en el 269 a.C. en el río Longano, en la llanura de Mylae (Milazzo, en la provincia de Mesina), poniendo punto y final a sus incursiones. Ante la amenaza de un posible ataque a su ciudad, los campanos recurrieron a Cartago para que colocase guarniciones en Messana. No obstante, o bien las tropas cartaginesas llevaron su protección tan lejos que los mamertinos buscaron quien les librase de ella, o fue la propia Roma la que, con pretensiones en Sicilia, encontró en Messana la oportunidad para poder intervenir. Tras la debida deliberación en el Senado, Roma decidió el envío de tropas que ocuparon Messana en el 264 a.C. Así, los motivos del conflicto entre Roma y Cartago hay que buscarlos realmente en la coincidencia de intereses en una zona dotada de fértiles suelos y con una posición geoestratégica clave en el Mediterráneo.

Cartago y Siracusa olvidaron sus antiguas enemistades sellando una alianza contra Roma. Los ejércitos cartagineses y siracusanos atacaron entonces a Messana, si bien el cónsul Apio Claudio logró evitar el desastre de la ciudad.

En el 263 a.C., los dos cónsules de Roma obligaron a Hierón a aceptar la paz. Con ello, Cartago y Roma quedaron frente a frente. Con esta nueva tesitura, Roma tomó la iniciativa asediando Agrigento, el cuartel general cartaginés que se entregó al año siguiente. A continuación, la habilidad táctica de la flota romana dirigida por el cónsul Cayo Duilio permitió a Roma conseguir la primera victoria naval sobre Cartago en las aguas de Mylae.

Tras esta victoria, Roma optó por trasladar el conflicto a las costas norteafricanas. De este modo, el cónsul Marco Sitillo Régulo, quien para entonces contaba con más de 15.000 hombres a sus órdenes, llegó a apoderarse de la ciudad de Túnez. Esta derrota llevó a Cartago a iniciar las conversaciones de paz con Roma, pero la intransigencia mostrada por el cónsul hizo imposibles tales negociaciones. Fue por ello por lo que el reforzado ejército cartaginés aniquiló a los efectivos de Régulo en la llanura del río Bragadas en el 255 a.C.

El desgaste sufrido por Roma en lo que parecía una interminable guerra de posiciones, la empujó a participar en una decisiva batalla naval. Bajo la dirección del cónsul Cayo Lutacio Catulo, 200 naves se enfrentaron al ejército cartaginés en las islas Égates, archipiélago formado por cinco islas situadas al noroeste de Sicilia. La decisiva victoria romana llevó a Cartago a solicitar la paz, cuyas condiciones establecieron el abandono definitivo de Sicilia y de las islas contiguas, la prohibición de hacer la guerra a los aliados de Roma, la devolución de los prisioneros sin rescate y el pago de una indemnización de 3.200 talentos de plata.

La paz pactada con Cartago hizo posible que Sicilia entrase a formar parte de las posesiones romanas como territorio sometido por derecho de conquista. La grave crisis económica que sufría Cartago hacía imposible el pago de las indemnizaciones de guerra y de los sueldos de aquellos mercenarios a los que había recurrido durante el conflicto. Tras la evacuación de Sicilia, los mercenarios se concentraron en Cartago, donde el descontento derivó en una sangrienta insurrección a la que se unieron las guarniciones destacadas en Cerdeña. Empero, Cartago logró reunir en territorio africano las fuerzas suficientes como para poder contrarrestar a los sardos insurrectos que acabaron por pedir auxilio a Roma, quien decidió entonces enviar tropas haciéndose cargo de la isla en el 237 a.C. Sin embargo, la renuncia cartaginesa no significó para Roma la inmediata anexión de Cerdeña y de Córcega, sino que las dos fueron conquistadas en el 231 a.C. tras varios años de conflicto contra los indígenas. Tras su toma, en el 227 a.C., Roma optó por convertir a todos estos territorios en provincia, o lo que es lo mismo, en un territorio de jurisdicción permanente con un magistrado cum imperium.

Por otro lado, desde mediados del siglo III a.C., a lo largo del litoral ilirio se formó bajo la dirección del rey Agón, y posteriormente de su viuda Teuta, un nuevo Estado que hizo de la piratería su principal fuente de ingresos. En el 228 a.C., durante el desarrollo de la conocida como Guerra Iliria, el ejército romano forzó a Teuta a renunciar a cualquier acción al sur de Lissos (Lezha, en lo que hoy es Albania). Poco después Demetrio, dinasta de la isla de Faros, se hizo con el control del reino ilirio. En el 221 a.C. un ejército romano obligó a Demetrio a buscar refugio en Macedonia. Roma conquistó Faros y restauró el protectorado sobre las ciudades griegas establecido en la guerra anterior.

Roma completaría el dominio de toda la península Itálica con el sometimiento del norte, región que poblaban las tribus galas de boyos, ínsubres, lingones y taurinos, que no serían derrotados hasta los años 225-222 a.C. Controlada esta zona, para fortalecer su posición en la Galia Transpadana, en el 219 a.C. Roma fundó las colonias de Cremona, Módena y Placentia.

 

La Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.)

Con objeto de superar la crisis de los mercenarios y las pérdidas de Cerdeña y de Córcega, el general cartaginés Amílcar Barca proyectó la expansión por territorios que, como la península Ibérica, se encontraban al margen de las prohibiciones decretadas por Roma. De esta manera, en el 237 a.C. Amílcar Barca extendió su poderío por el valle del Guadalquivir y la región minera de Sierra Morena, zonas con abundantes recursos naturales, muriendo en el 229 a.C. en un combate contra las tribus del interior del levante peninsular.

A la muerte de Amílcar Barca el ejército cartaginés aclamó como nuevo general a su yerno Asdrúbal. Con medidas diplomáticas el nuevo general cartaginés se ganó la voluntad de los reyezuelos indígenas, y asentó las bases de la organización cartaginesa en la península Ibérica con la fundación de Cartago Nova, la actual Cartagena, como nuevo centro político administrativo cartaginés.trattative_di_pace_tra_lutazio_catulo_e_amilcare_o_attilio_regolo

La fundación de Cartago Nova acrecentó sobremanera las inquietudes de Roma, que veía con recelo el renacimiento cartaginés. Por tal motivo, en el 226 a.C. envió una embajada para acordar con Asdrúbal una nueva demarcación que limitase la expansión cartaginesa en la península Ibérica. Se llegó así al conocido en la historiografía como tratado del Ebro, un acuerdo por el que los cartagineses se comprometían a no atravesar en armas la línea de este río, cuya identificación se discute aún entre el Ebro o el Júcar, delimitándose entonces dos áreas de influencia: la grecorromana al norte y la cartaginesa al sur.

Tras el fallecimiento de Asdrúbal en el 221 a.C., el mando del ejército cartaginés en la península Ibérica fue asumido por Aníbal, hijo de Amílcar. Según Tito Livio, Aníbal actuó a partir de ese momento como si llevara a cabo un plan preestablecido para ir a la guerra contra Roma. Dos años después de llegar al poder, Aníbal tomó la decisión de tomar Sagunto, ciudad aliada de Roma. Cuando Aníbal consiguió atraer a su causa a los vacceos y a los carpetanos, la ciudad costera de Sagunto se vio envuelta en una disputa con algunos aliados cartagineses. Aníbal debía tomar una decisión: podía abandonar a sus aliados y perder toda la credibilidad ante las tribus hispanas, o podía ayudarles contra los saguntinos. Pero Sagunto era una aliada de Roma, y la ciudad del Tíber ya se encontraba lo suficientemente preocupada con las actividades cartaginesas en la península Ibérica. Si bien es cierto que Sagunto contaba con una situación geoestratégica inmejorable, comenzó el asedio sin consultar previamente a las autoridades cartaginesas. Aníbal decidió tomar la ciudad asaltándola. Roma reaccionó inmediatamente enviando un embajador a Cartago con la exigencia de que Aníbal y sus principales comandantes fuesen entregados a la justicia romana.

Los cartagineses replicaron que en ningún momento habían ratificado el tratado de Asdrúbal con los romanos y que, en cualquier caso, Sagunto se encontraba al sur del Ebro. Existen varias versiones sobre lo que ocurrió a continuación, pero la más común sostiene que el líder romano, Fabio Máximo, dio un ultimátum al senado cartaginés: o Aníbal ofrecía su rendición o debía afrontar las consecuencias. Los cartagineses contestaron que no entregarían a Aníbal, y que los romanos eran libres de hacer lo que mejor les pareciese. En consecuencia, Roma declaró la guerra cerciorándose de que Aníbal ya lo había hecho antes y que se dirigía a invadir Italia.

Los propósitos de Aníbal, quien para entonces contaba con apenas veinticinco años de edad, eran realmente audaces al pretender marchar sobre Italia atravesando los Alpes con un numeroso ejército.

En la primavera del 218 a.C. Aníbal abandonó Cartago Nova, la capital que había fundado su predecesor Asdrúbal. Dejó la península Ibérica al cuidado de su hermano menor Asdrúbal y se llevó consigo a otro de sus hermanos, Mago. En aquel momento el ejército cartaginés estaba integrado por 90.000 soldados de infantería y por 12.000 de caballería. En los meses posteriores estos efectivos militares sometieron el territorio hispano existente entre el Ebro y los Pirineos. A continuación se detuvo, pues la intención de Aníbal consistía en destruir cualquier ejército que los romanos enviasen para, a continuación, perseguir a los posibles supervivientes hasta Italia.

Publio Cornelio Escipión, también conocido como Escipión el Viejo, comandante del ejército romano, vio frustrados sus avances a consecuencia de un levantamiento galo en el norte de Italia. Esto era un buen presagio para los planes del líder cartaginés de enfrentar a Roma con sus súbditos, pero significaba que debería dirigirse a Italia sin librar su pretendida batalla preliminar. Finalmente, Roma envió sendos ejércitos consulares a la península Ibérica y a Sicilia, sin imaginar ni tan siquiera que el verdadero peligro se cernía sobre la propia península Itálica. El ejército enviado a la península Ibérica no se encontró con el de Aníbal, que iba en dirección contraria. Cuando la situación se hizo evidente, Roma fue víctima de una enorme consternación, y se ordenó a ambos cónsules que regresasen rápidamente.

No se conoce exactamente la ruta que tomó Aníbal a través de los Alpes. No obstante, comprendería sin duda las tierras de los alóbroges, una tribu gala que vio con bastante recelo a los recién llegados. En este sentido, los alóbroges hostigaron a los cartagineses siendo las bajas muy numerosas.

Una vez que alcanzaron el final de la ascensión, Aníbal dirigió a sus hombres un discurso entusiasta. Les mostró la llanura de la Lombardía que se extendía a sus pies prometiéndoles que estaba lista para ser entregada.

El paso de los Alpes se prolongó por más de dos semanas. Del enorme ejército inicial apenas quedaban ya 6.000 caballos y 30.000 soldados de infantería.

Finalmente, los dos ejércitos, el romano y el cartaginés, se encontraron cara a cara en las proximidades del río Tesino, el afluente más importante del Po, muy cerca de la actual Pavía, en octubre del año 218 a.C., aunque todavía se discute si el enfrentamiento puede recibir la consideración de una auténtica batalla. Escipión, que avanzaba siguiendo la orilla norte del río Po, se topó con los cartagineses que avanzaban en la dirección opuesta. Tiberio Sempronio Longo, al mando de un segundo ejército consular, todavía no había llegado en su ayuda, y Escipión se percató de que su caballería era ligeramente superada por los caballos númidas de Aníbal, mucho más rápidos y ligeros. En consecuencia, los desconcertados romanos fueron rechazados contemplando de este modo cómo se les cortaba el paso.

Tras estos acontecimientos, Escipión procuró organizar a sus hombres y, lanzándose al combate, fue herido y estuvo a punto de ser capturado. Tras recibir el castigo, Escipión se vio obligado a hacer retirar sus tropas hasta la orilla del Po destruyendo el puente tras pasar por él. Se refugió en la fortaleza de Placentia, donde se recuperó hasta que Sempronio se reunió con él.

Retrasado por la destrucción del puente, Aníbal no tuvo más remedio que volver sobre sus pasos río arriba. Cuando consiguió superar el Po, se dirigió hacia las posiciones romanas y presentó batalla. Pero Escipión evitó el nuevo enfrentamiento, lo que provocó que algunos aliados galos desertaran y se pasaran al bando cartaginés. Con una posición que se deterioraba día a día, Escipión, que contaba con el apoyo de los efectivos militares de Sempronio, se vio forzado a retroceder al otro lado del río Trebia con la caballería númida de Aníbal tras él.

Se refugió en una posición muy fuerte que Aníbal no decidió asaltar. De hecho, éste ya estaba obteniendo útiles ganancias políticas entre los galos, y su fortuna recibió otro giro cuando el comandante de la guarnición itálica de Clastidio le entregó la fortaleza. Este hecho no sólo le sirvió desde el punto de vista propagandístico, sino que además hay que tener presente que los romanos habían almacenado sus reservas de grano en esa fortaleza. Aníbal pudo entonces paliar sus exiguas reservas a expensas de aquéllos.

En diciembre del 218 a.C. Sempronio apareció plenamente en escena. Las fuentes informan sobre que se mostró muy impaciente ante lo que él consideraba un comportamiento pusilánime por parte de Escipión, iniciando inmediatamente una acción contra las tropas cartaginesas que se habían desperdigado por toda la región en busca de botín. Los cartagineses, por su parte, situaron apresuradamente a sus soldados en orden de batalla para proteger a sus hombres, y con ambos bandos aportando hombres a la escaramuza, parecía como si fuera a librarse una batalla espontánea.

Aníbal no pretendía combatir en un momento y en una posición que no había elegido, de manera que hizo retroceder a sus hombres detrás de la línea de combate escoltando a los rezagados hasta el campamento. Se percató así de la agresividad de Sempronio e ideó sus planes conforme a ello.

Así las cosas, la caballería ligera númida atacó al amanecer el campamento romano. A pesar de las dudas de Escipión, Sempronio había dispuesto a su ejército en orden de combate, ya que suponía que el grueso de las fuerzas cartaginesas no se encontraba lejos de allí. El objetivo de Aníbal consistía en deshacer el equilibrio romano.

La caballería númida cruzó el río Trebia en retirada y el ejército romano la persiguió. Las tropas de Escipión estaban integradas en su mayoría por reclutas inexpertos. En ese momento marchaban hacia lo que, para muchos, era su primera batalla con la moral mucho más baja que los veteranos de Aníbal. Éste se enfrentaba a cuatro legiones y a la mejor infantería del mundo, aproximadamente 16.000 legionarios romanos acompañados por unos 20.000 soldados aliados, entre ellos los de las últimas tribus galas leales.

Cuando los dos bandos se enfrentaron, el ejército cartaginés superó claramente a los romanos en número. Contribuyó a ello en gran medida el que el líder cartaginés conservara todavía algunos elefantes que aterrorizaron a los caballos romanos. Pero la infantería romana ignoró por completo los golpes sufridos en los flancos y penetró contra el cuerpo principal del ejército de Aníbal.

En este preciso momento, Mago, el hermano de Aníbal, acompañado por 1.000 hombres, surgió del lugar donde habían estado esperando entre los arbustos y se lanzó sobre la retaguardia de las líneas romanas. Esta imprevista ofensiva provocó una gran confusión entre las tropas afectadas y significó otro durísimo golpe a la moral de los romanos.

Con todas sus fuerzas empeñadas en aplastar a los romanos de los flancos, Aníbal poco pudo hacer salvo ver cómo unos 10.000 legionarios embestían el centro de su ejército. Los comandantes de las legiones romanas se dieron cuenta de que la batalla del río Tesino estaba perdida y abandonaron las tentativas de perseguir a Aníbal; por el contrario, se retiraron en dirección a Placentia. Los restos dispersos del ejército romano se fueron reagrupando alrededor de este núcleo, mientras que los supervivientes de la derrota fueron apareciendo poco a poco. Aníbal había logrado derrotar a sus enemigos. Animado por su éxito, decidió dirigirse a Etruria, si bien se vio obligado a retroceder en los Apeninos. En este sentido, al no estar habituados a unas condiciones climáticas tan extremas, todos los elefantes acabaron muriendo. En parte para aliviar la presión que sufrían sus abastecimientos, y en parte por motivos propagandísticos, Aníbal puso en libertad a todos los prisioneros italianos que habían capturado en Trebia sin exigir a cambio el habitual rescate.

A continuación, Aníbal pasó el invierno como huésped de los galos. Pero estos también comenzaron a mostrar su impaciencia y su indignación por los saqueos, de manera que, a comienzos de la primavera del 217 a.C., el líder cartaginés lanzó su ofensiva. En una marcha de tres días atravesó los pantanos cercanos al río Arno y llegó a Etruria acompañado por todo su ejército. Empero, Aníbal no pudo salir completamente ileso, pues sufrió una infección que terminaría dejándolo ciego de un ojo.

El hombre que se enfrentaría ahora a Aníbal fue Cayo Flaminio, un cónsul romano acompañado por un poderoso ejército. Gracias a su superior caballería, Aníbal estaba bien informado de las medidas adoptadas por el ejército romano. De esta manera, el 21 de junio del 217 a.C. el ejército cartaginés se dispuso en formación de combate sobre la ladera de un monte cubierto por la niebla junto al lago Trasimeno.

Cuando los cartagineses atacaron, lo hicieron con mucha fuerza. Los romanos se encontraban bastante desorganizados y confundidos. Rápidamente se desintegraron en pequeños grupos de combate, cada uno de ellos arrollado por una gran cantidad de atacantes. Los galos ansiaban vengarse de Cayo Flaminio, y según algunas versiones éste fue presa del pánico, si bien otras nos cuentan que murió luchando valientemente, pero, en cualquier caso, no sobrevivió a la batalla.

Al final de la jornada en el campo de batalla, es decir, en los alrededores del lago Trasimeno, cayeron aproximadamente 12.000 soldados romanos. El ejército romano había desaparecido como fuerza de combate y Aníbal equipó a sus soldados libios con las armaduras de los soldados derrotados.

El ejército cartaginés apenas tuvo tiempo de recuperarse cuando fue informado de que el otro cónsul de Roma, Servilio Gemino, había enviado 4.000 soldados de caballería a Etruria. Un cuerpo de caballería suficientemente fuerte podría impedir que Aníbal mantuviese a su ejército unido y privarle de la posibilidad de saquear la región para abastecerse, dos cosas que los cartagineses necesitaban hacer. Por ende, Aníbal envió a su propia caballería al mando del númida Maharbal para afrontar esta nueva amenaza. Maharbal logró igualar prácticamente el éxito de Aníbal dando muerte a la mitad de los enemigos y capturando a casi todos los supervivientes.

En este instante, el comandante cartaginés había logrado paralizar al ejército romano como fuerza de combate y ansiaba acabar con el resto de él. Sin embargo, dicho remanente se mostró inexplicablemente huidizo; en todo momento estaba lo suficientemente cerca como para amenazar con entablar una batalla, pero Aníbal jamás pudo enfrentarse a él en un encuentro decisivo. Pronto se cercioró de que el general responsable de la nueva táctica era Fabio Verrucoso, un militar perteneciente a una de las familias más notables y distinguidas de Roma. Fabio había sido nombrado dictador después de la victoria cartaginesa en el lago Trasimeno, y estaba decidido a conservar los restos del ejército romano que se encontraba en Italia.

Finalmente, Aníbal se decantó por emprender una huida nocturna. Los romanos vieron las antorchas del ejército enemigo dirigiéndose en consecuencia hacia un paso bien guardado. Confiando en que la guarnición apostada en el paso podría impedir el intento de fuga, Fabio decidió no moverse de su campamento. Pero cuando la guarnición de Fabio creyó interceptar a las tropas cartaginesas, descubrieron entonces que en realidad no eran sino vacas con antorchas atadas a la cornamenta. En consecuencia, el ejército de Aníbal había logrado deslizarse a través de la posición que habían abandonado los romanos, tomando su botín y dirigiéndose a los cuarteles de invierno en Apulia. Con esta actuación, Aníbal había logrado escribir otro capítulo en el conjunto de los fracasos militares romanos.

Con la credibilidad de Fabio debilitada y con sus aliados cada vez más dubitativos, los romanos decidieron volver a la táctica bélica que mejor conocían: la batalla cuerpo a cuerpo. De esta manera, Roma reunió ocho legiones, cada una de ellas formada por 5.000 hombres. En total, junto con sus aliados y la caballería, eran unos 85.000 hombres para oponerse a los 50.000 del ejército de Aníbal.

Muy probablemente el líder cartaginés tardó en percatarse del cambio de estrategia practicado por Roma. En el verano del 216 a.C. se lanzó sobre la fortaleza de Cannas y se apoderó de las reservas de grano. Los romanos tendrían así que retirarse hasta una fuente de abastecimiento segura o presentar batalla, o lo que es lo mismo, tenían que luchar o marcharse, que era lo que Aníbal había estado intentado que hiciera Fabio durante la mayor parte del año anterior.

Los nuevos cónsules del 216 a.C., Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo, recibieron el encargo de destruir a Aníbal, y éste debió de tener la sensación de que únicamente otra rotunda victoria rompería la determinación de los romanos y haría que sus indecisos aliados se pasasen en masa a su bando.

El nuevo enfrentamiento entre romanos y cartagineses tendría lugar en Cannas la mañana del 2 de agosto del año 216 a.C. Aníbal había dispuesto el ala izquierda de su ejército, formada por la caballería hispana y gala junto a la orilla del río Olfanto, cerca del mar Adriático y al sudeste de Roma. En el centro de su ejército se encontraba dispuesta la infantería hispana y gala, flanqueada a ambos lados por la infantería libia. En el flanco derecho se concentraron los demás efectivos de su cuerpo de caballería, muy probablemente caballería ligera a las órdenes de Maharbal, que había aniquilado la caballería romana tras su victoria en Trasimeno.

Aníbal comandaba el centro, pues allí era donde sus tropas pretendían llevar a cabo una de las operaciones más difíciles: retroceder sin romper la formación. La consecuencia inmediata fue que un número considerable de aliados itálicos desertó del bando romano pasándose al cartaginés.

El conflicto se trasladó a otros frentes, pues en la península Ibérica, concretamente en Tarraco (Tarragona), los hermanos Escipión, tras desembarcar en Ampurias, colonia griega aliada de Roma, mantuvieron inmovilizado a Asdrúbal, hermano de Aníbal, evitando así el envío de tropas de refuerzo a la península Itálica. Sin embargo, y en contrapartida, en el 215 a.C. Aníbal selló una alianza con el rey Filipo V de Macedonia y con Siracusa. El rey macedonio se contentaba con lograr el dominio de las posesiones romanas en las costas ilirias. En este contexto, comúnmente conocido como la Primera Guerra Macedónica, Roma había llegado a un acuerdo con la Liga Etolia logrando mantener retenido a Filipo V en suelo griego mediante el envío de tropas a Grecia.

A partir del 215 a.C. la estrategia adoptada por Aníbal puso en serios aprietos al ejército romano. La infantería libia atacó por los flancos al ejército romano a la vez que la caballería caía sobre la retaguardia romana. Galos e hispanos retrocedieron tal y como había previsto el comandante cartaginés. Paralelamente, en su flanco izquierdo su caballería había destrozado a la romana. El comandante romano, Emilio Paulo, dejó que sus jinetes huyeran y se unió en el centro a su infantería pesada, donde la lucha era mucho más intensa. Al mismo tiempo, en el flanco derecho, la caballería ligera de Maharbal contenía a la caballería comandada por Varrón.

Así las cosas, la infantería gala e hispana comenzó a ceder y, presintiendo el triunfo, los romanos se aprovecharon de los fallos de la estrategia cartaginesa.

En este punto concluyó la batalla y comenzó la escabechina. Cayeron más de 45.000 hombres entre romanos y aliados, una cifra sin precedentes para un combate que se había prolongado durante un solo día. Otros 4.000 romanos fueron capturados, así que, del gran ejército creado para liberar a Italia de los cartagineses, sólo quedaban cerca de 17.000. El cónsul Emilio Paulo se encontraba entre los romanos caídos, y junto a él, entre una cuarta y una tercera parte de todo el Senado romano. Sin lugar a dudas fue el mayor logro que jamás había conseguido Aníbal.

Muy probablemente el líder cartaginés pensó que la guerra ya estaba ganada, pero en los meses sucesivos quedó muy claro que Roma aún estaba dispuesta a luchar. De hecho, los primeros en sentirlo fueron aquellos que se habían pasado al bando de Aníbal.

Se envió a Mago a Cartago con el propósito de ganar refuerzos. Pero la ausencia de los líderes de la dinastía Bárcida en Cartago había permitido que sus enemigos se hicieran más poderosos.

En territorio itálico, la nueva dirección de la guerra contra Aníbal fue asumida por los cónsules del 215 a.C., Fabio Máximo y Marco Claudio Marcelo. La batalla decisiva entre ambos bandos tuvo lugar en el 212 a.C. con el asedio de Capua, ciudad situada en la Campania que, a pesar de los intentos de Aníbal de acudir en su auxilio, cayó en el 211 a.C. La derrota de Capua y el sometimiento de Siracusa por parte de los efectivos militares de Marcelo, obligaron a Aníbal a marchar al sur.

El flujo de deserciones en el bando cartaginés se redujo y acabó por detenerse, pero no antes de que el puerto de Tarento cayera en sus manos en el 212 a.C.

Roma formó cuatro nuevos ejércitos para enfrentarse a Aníbal y posteriormente otros dos más. En el año 208 a.C. otros dos cónsules romanos murieron en diferentes encuentros, pero en la península Ibérica la guerra se estaba volviendo en contra de Cartago.

El hermano de Aníbal, Asdrúbal, estaba siendo presionado por Escipión el Joven, hijo de aquel Escipión al que Aníbal había derrotado en Tesino en el año 218 a.C., así que decidió abandonar la península Ibérica y llevar su ejército hasta Italia. El ejército romano reaccionó rápidamente antes de una nueva incursión. Dejando únicamente una fuerza ligera para que Aníbal no se diese cuenta de su marcha, avanzaron hacia el norte con objeto de derrotar al ejército de Asdrúbal antes de que pudiera unirse al de su hermano en el sur.

Con el apoyo de un buen número de tribus indígenas, Escipión logró la conquista de Cartago Nova en el 209 a.C., lo que conmocionó al ejército cartaginés. Tomada la antigua base de operaciones cartaginesa, avanzó por el valle del Guadalquivir. En el 206 a.C. con las victorias en las batallas de Baecula (Bailén) y de Ilipa (Alcalá del Río) y con la entrega de Gades (Cádiz), se consumaba la expulsión cartaginesa del territorio hispano.

Por otro lado, de regreso a la península Itálica, en el año 207 a.C. el ejército romano interceptó al cartaginés a orillas del río Metauro, en el norte, dando muerte al propio Asdrúbal. Los romanos regresaron a sus líneas en el sur sin que Aníbal se percatase ni lo más mínimo de lo que había ocurrido. La noticia de lo sucedido le llegó por medio de la caballería romana.

Roma había logrado recuperar Tarento. En un desesperado esfuerzo por mantener Capua bajo su dominio, Aníbal condujo a su ejército a las puertas de Roma. Y todo en vano. El ejército romano mantuvo la sangre fría y continuó con el asalto de Capua. Sin armas de asedio, Aníbal no pudo hacer nada ante las murallas de Roma y optó por emprender la retirada.

En el 203 a.C. el ejército romano logró poner punto y final a la rivalidad romano-cartaginesa. La iniciativa la tomó Escipión el Joven. Tras planear la derrota cartaginesa en tierras hispanas, convenció al Senado de Roma para que rodease a Aníbal en Italia e invadiera África directamente.

maxresdefaultLos movimientos de Escipión obligaron a los cartagineses a acordar una tregua hasta que pudiera alcanzarse un tratado de paz. Una de las condiciones de la tregua sería que Aníbal abandonase definitivamente la península Itálica. Sin embargo, Aníbal contaría con una nueva y última oportunidad ante los romanos. El 19 de octubre del año 202 a.C., cerca de Zama –actualmente las ruinas de Zama se encuentran entre los ríos Siliana y Tessa, a unos 110 kilómetros al suroeste de Cartago–, los romanos a las órdenes de Escipión el Joven se enfrentaron a los efectivos militares del líder cartaginés. Aníbal solicitó una nueva audiencia con el dirigente romano, en teoría para negociar la paz. Los dos hombres se encontraron entre sus líneas de batalla. Aníbal ofreció renunciar a todo excepto a las tierras cartaginesas en África. Pero Escipión el Joven no aceptó nada que no fuera la rendición total.

Aníbal inició la batalla con una carga de elefantes. Las tropas de Escipión el Joven abrieron sus filas para dejar pasar a los elefantes y, acto seguido, su infantería los atacó. La confusión se acrecentó en sumo grado con la carga de la caballería romana que superaba claramente en número a la cartaginesa, pues el rey númida Masinissa había desertado y puesto su caballería a disposición de Roma.

Aníbal había organizado su infantería en tres líneas colocando a los veteranos en la última. Se prohibió que los soldados cartagineses huyeran, de manera que tendrían que aguantar o morir, o bien rodear los flancos. La idea de Aníbal era que los romanos estarían agotados para cuando se enfrentasen a sus tropas más veteranas, y eso fue lo que sucedió.

La caballería romana a las órdenes de Cayo Lelio y los jinetes númidas de Masinissa atacaron la impenetrable formación cartaginesa desde la retaguardia, provocando el colapso total en el ejército cartaginés. Las bajas cartaginesas superaban los 20.000 soldados a los que habría que añadir 11.000 heridos y 15.000 prisioneros, mientras que entre las filas romanas no se contabilizaron más de 1.500 caídos.

Esta derrota puso fin a la guerra y puso en evidencia que Aníbal podía ser derrotado. Fue el propio Aníbal quien aconsejó aceptar las nuevas condiciones de paz: entrega de todos los elefantes y naves; prohibición de hacer la guerra sin el permiso de Roma; entrega de 10.000 talentos de plata y reconocimiento oficial de Massinisa como verdadero monarca de Numidia. La paz se consumó en el 201 a.C., y Escipión regresó triunfalmente a Roma, donde recibió el sobrenombre de “el Africano”.

Antes de enfrentarse a la justicia romana, Aníbal optó por huir a Tiro y desde allí a los reinos de Asia Menor. En la corte del rey seleúcida Antíoco III encontró un aliado que igualmente mantenía un enfrentamiento con Roma.

Pero el propio Antíoco fue derrotado por los romanos en la batalla de Magnesia en el 189 a.C. En consecuencia, Aníbal emprendió la huida una vez más con los agentes de Roma pisándole los talones hasta que dieron con él en el 183 a.C. en la corte del rey Prusias de Bitina. Enfrentado al abrumador poder de Roma, Prusias no vio otra opción más que entregar a Aníbal, que tenía sesenta y cinco años y había estado en permanente guerra con Roma durante los últimos cuarenta, pero no albergaba ninguna intención de rendirse. “Pongamos fin a esta vida que tanto terror ha causado a los romanos”. Tras pronunciar estas palabras, Aníbal prefirió acabar con su propia existencia antes que ser sometido a la justicia de Roma.

Tras la conclusión de estos conflictos, Roma amplió sus dominios territoriales con el control del sur y del levante de la península Ibérica. Además, logró apropiarse de monopolios cartagineses como las salinas, la minería, el esparto o la industria de salazones. Riquezas que permitieron la rápida recuperación económica de los fondos del tesoro público romano y la aparición de las sociedades de publicanos, originariamente integradas por población de condición romano-itálica, que abastecían al ejército o realizaban obras públicas a cargo del dinero que el Estado les entregaría cuando dispusiera de fondos.

 

La Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.)

Tras haber sido derrotada en Zama en el 202 a.C., Cartago, que deseaba su reconstrucción y fortalecimiento, respetó en todo momento los pactos firmados con Roma. No obstante, Massinisa, rey de Numidia y enemigo de los cartagineses, se sirvió de su condición de amigo de Roma para agredir a los cartagineses. Fueron las continuas agresiones númidas las que llevaron a Cartago a declarar la guerra a Numidia en el 151 a.C., sin contar para ello con autorización romana. Dos años más tarde, Catón convenció al Senado para que declarase la guerra a Cartago. Finalmente, en el 147 a.C. Publio Cornelio Escipión Emiliano, cónsul y comandante supremo del ejército romano en África, cercó con sus disciplinadas legiones a la ciudad enemiga dejándola aislada. La flota romana irrumpió en el golfo de Túnez impidiendo de esta manera la salida de las naves cartaginesas.Tunisie_Carthage_Ruines_08

En la primavera del 146 a.C. los cartagineses estaban tan debilitados que los romanos decidieron que era el momento justo de tomar la ciudad, lo que se consiguió tras seis días de batalla urbana.

A partir de entonces, el territorio de Cartago, luego de su saqueo y destrucción, quedaría sometido a una administración directa convirtiéndose en la nueva provincia de África.

En suma, en poco más de medio siglo Roma consiguió el control directo de la práctica totalidad del Mediterráneo logrando asentar, asimismo, las bases de un imperio territorial que se extendía desde la península Ibérica hasta Asia Menor.

 


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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