El comienzo de la integración de los gitanos en la Cataluña borbónica

Por . 16 diciembre, 2015 en Edad Moderna
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El 31 de julio de este año 2015 conmemoramos en Pineda de Mar el “plan de extinción” de los gitanos españoles decretado ese mismo día de 1749 por el marqués de la Ensenada.

Una placa recuerda el hecho cruel en una plaza, en la que se concentraron autoridades municipales y de la Generalitat, incluidos Dolors Sabater, la alcaldesa de Badalona, la ciudad donde viven más gitanos catalanes (unos 12.000), y el presidente del Centro Gitano de Investigación de la Federación de Asociaciones Gitanas de Catalunya, Cristóbal Laso.

Mi papel era hablar de Ensenada ante un auditorio de gitanos catalanes y explicar las razones del déspota, que acometió la empresa como solía hacer con todo: no descuidando ningún detalle, buscando apoyos de todos los influyentes, desde el propio papa hasta el rey Fernando VI, el obispo gobernador del Consejo de Castilla y los capitanes generales, y con absoluta decisión para que los “garnachas” no vieran nunca en él “inconstancia de ánimo”.

 

Nuevas y viejas ideas en la política anti-gitana

Fracasó Ensenada y en 1754 cayó en desgracia, dejando el asunto empantanado. Aunque nada se dijo, la extinción de los gitanos tropezó con su entereza, con la de los gitanos, en especial la de las gitanas, “irreductibles”. Años después, en 1763, el fiscal Campomanes tuvo que buscar la fórmula para indultar a los que todavía quedaban en arsenales y hospicios, lo que supuso de hecho el preludio del nuevo rumbo político que iba a tomar el problema gitano a lo largo del reinado de Carlos III.

No estamos seguros de quiénes fueron los que cambiaron la opinión de la mayoría, pues Campomanes no estuvo solo a lo largo de los veinte años siguientes, pero es un constatable que entre la consulta de 1771 –en que todavía se oyó el vozarrón del conde de Aranda– y la pragmática “dulcificadora” de 1783 debida a Foridablanca, la solución del problema gitano se apartó definitivamente del terreno militar para entrar en la senda de las políticas integradoras, lo mismo que ocurrió con otros marginados, como los chuetas o los agotes, e incluso con las profesiones descalificadas, pues todas fueron declaradas honradas por Carlos III.

Pero eso no quiere decir que la realidad respondiera inmediatamente a los intereses de los nuevos déspotas, en apariencia más “ilustrados”, ni a lo que declaraban de su venerado rey que habría mirado a sus súbditos –a los que prohibía llamar gitanos y otras palabras infamantes (a ver si le hacen caso los de la RAE) – con piedad y amor propios de un padre. Los términos en que estaba escrita la pragmática de 19 de septiembre de 1783 eran realmente dulces y se proponía la “integración”, pero ese espíritu no era compartido por quienes seguían pensando en exterminar “tan malvada raza”, como el conde de Aranda, a la cabeza del estamento militar –era capitán general– y del máximo órgano judicial de España, pues en 1771, cuando el rey abrió una nueva consulta sobre el problema gitano, era también el presidente del Consejo de Castilla.

El conde “ilustrado”, don Pedro Pablo Abarca de Bolea, dos veces grande de España, todavía mantenía que había que separar a los niños gitanos de madres y padres, no a los 7 años –lo previsto por Ensenada, que mandó a los niños de menos de esa edad con sus madres a las casas de misericordia–, sino al nacer, para que ni siquiera aprendiesen a hablar “la jerigonza”, es decir, el caló. Niños y niñas “destetados” debían ser quitados de sus madres y llevados a hospicios; luego, ellos pasarían a la Marina y, finalmente, a trabajar en las maestranzas, fábricas de lonas, herrerías, etc. Ellas se acomodarían a servir, o a trabajar en las fábricas. El gasto se pagaría con “los propios y arbitrios del reino”, según le decía Aranda al ministro de Gracia y Justicia, Manuel de Roda, el 16 de febrero de 1772. El plan se completaba recuperando la vieja idea de enviarlos a América: “interpolados con otras gentes honradas, en nuestras colonias más distantes de la Luisiana, orillas del río Orinoco, bahía de San Julián, isla de Juan Fernández, para que sean vecinos útiles”.

 

Ni en la Marina, ni en América

La gran crisis de 1776 provocó una nueva humillación del conde de Aranda, embajador en París desde hacía tres años, que no logró volver a España a mandar, como pretendía. El conde hizo caer al primer ministro Grimaldi, pero este hábil abate y el propio rey Carlos III, con quien tenía una total intimidad, se vengaron del soberbio Aranda haciendo venir al ministerio a un golilla, un abogaducho más, que pronto sentiría el aguijón del “grande” Aranda: José Moñino, conde Floridablanca.

El nuevo ministro comprendió que la política militar de exterminio de Ensenada y Aranda no podía dar resultado y, ya en el primer año de su ministerio, comenzó a pensar en un nuevo plan, el que se vería reflejado en la pragmática de 1783. Como todavía los arandistas estaban fuertes, comenzó sus consultas pidiendo el parecer de los ministros más directamente implicados, el de Marina, González de Castejón, y el de Indias, José de Gálvez, los dos obviamente contrarios: Castejón, porque llevar a los gitanos a los navíos de guerra iba a provocar el odio de todos marineros, que se considerarían infamados; Gálvez, porque los gitanos “serían capaces, colocados en América, de alterar la constitución y seguridad de aquellos grandes dominios”.

José de Gálvez, que tenía pensado un plan de reforma de América buscando resultados económicos para la Corona y que había notado ya las consecuencias de algunas medidas en forma de motines –en Nueva Orleans, en Lima–, no podía ni pensar en un nuevo problema. Recordó que los gitanos tuvieron siempre prohibido ir a América por “sabias leyes que tenían por objeto conservar las Indias y mantener a los habitantes en la religión católica”. Y conocedor de las novedades que ocurrían en las colonias inglesas –el informe, dirigido a Roda, es de 15 de septiembre de 1775–, advirtió del error que cometió Inglaterra al llevar a sus colonias a “hombres errantes y delincuentes, en quienes, por lo mismo (que a los gitanos) faltaba el primer vínculo de la fidelidad”.

González de Castejón comenzó haciendo un canto encendido de la Marina de Guerra, en la que un factor crucial según su parecer era la matrícula del mar, la medida tomada por Ensenada que consistía en hacer un registro de gentes del mar, marineros civiles, pescadores, que podrían ser reclutados en la Marina en tiempo de guerra. Según Castejón, eran a la sazón una cuarta parte y además, “esta matrícula es el alma de la marinería”, pues se “tienen por más que ellos (los soldados), nunca se les verá en los navíos intimidad ni con los mismos soldados de Marina”, a pesar de que todos duermen y comen y viven en “una sala común, tan larga como el navío”; allí tienen “sus arcas, sus ropas y alhajas”.

El ministro recordaba, pensando en los delitos achacados a los gitanos por su condición, que había durísimas penas para los hurtos y que a los reincidentes se les dejaba en la primera tierra habitada que encontraran en la ruta. Así que –concluía el ministro– el futuro de los gitanos, que no pueden ser dominados en tierra, sería peor en el mar. Para Castejón, habría situaciones terribles y recordaba “los horrendos casos a que están expuestos en los navíos y sus largas navegaciones y suelen cometer hasta los hombres honrados”. Al final llegó a decir que, antes de admitirlos, era partidario de “que si hubiese algún gitano en los bajeles se les echase de ellos, no permitiéndoles ni aún ir a verles en los puertos”. Porque para Castejón, los gitanos eran “los más infames hombres que se conocen”. En conclusión, los gitanos serían tan perjudiciales que lejos de enmendarse, “vendrían a enseñar muchas maldades en los navíos”.

Así pues, Floridablanca tenía vía libre para el cambio de rumbo y cinco años después, el rey firmaba la célebre pragmática. En efecto, la ley suponía un cambio espectacular, pero pronto Floridablanca tuvo información sobre su fracaso, lo que no hacía sino confirmar las “profecías autocumplidas” de quienes tenían un mínimo de poder en los pueblos y, en su fuero interno, despreciaban a cualquier marginado. Buscar la víctima propiciatoria, culpar de todo al gitano, eran vicio arraigado, por lo que aceptar a los gitanos como unos vecinos más no iba a dar resultado …salvo excepciones.

 

El fracaso de la política de mano blanda

Y, en efecto, así fue. Pasados casi cuatro años de la promulgación de la pragmática, en 13 de febrero de 1787, el secretario Pedro Escolano de Arrieta envió a Floridablanca un resumen de las causas por las que “esta sabia providencia no ha producido todo el buen efecto que se deseaba, pues son frecuentes las quejas que se dan de que semejante clase de gentes ha vuelto a la vida holgazana que tenían, pasando a ferias y mercados y empleándose en el ejercicio de cambiar caballerías”. Escolano va capítulo por capítulo. Del 1º al 4º, sobre no usar lengua, traje, prohibición de llamarles gitanos, etc., el fracaso era general. El ejemplo más llamativo era el que denunciaba el alcalde mayor de Málaga, que había representado que se quiso unir el gremio de herreros gitanos y el de cristianos viejos, pero éstos lo rechazaron e incluso pusieron pleito en la Chancillería de Granada. El capítulo 7, que contemplaba el avecindamiento en el plazo de 90 días, también era un fracaso, pues aunque muchos se avecindaron, luego “volvieron a levantar su domicilio sin saberse de su paradero”. Un ejemplo: el corregidor de Linares remitió una lista, que llegó a Gracia y Justicia, y de todos los avecindados, solo quedaba una familia. Había muchos más casos parecidos.

El capítulo 8 dictaminaba sobre las profesiones que podían ejercer, pero tampoco dio resultado. Se registraban como jornaleros y lo eran en el tiempo en que había trabajo, pero luego volvían al trato de caballerías; también eran arrieros, pero igualmente se dedicaban a tratantes; salían de los pueblos y volvían con comestibles, seguramente “hurtados, o comprados con dinero robado”.

Los capítulos 15 al 19 en los que se prevenía qué hacer con los niños provocaron muchas consultas. En Fregenal protestaron los labradores, pues el alcalde había creado tres diputaciones en las tres parroquias destinando 2 reales por arroba de vino, que recaían sobre ellos. Sobre los capítulos 20 y 21, sobre reincidentes, no se sabía, no había listas. El resto, era más o menos igual. No había manera. Cuando Floridablanca mandó el 20 de diciembre de 1784 a alcaldes y corregidores que le enviasen información, resultó que, en “las provincias de Castilla”, había 2.999 personas “de los conocidos por gitanos  con inclusión de niños y niñas”, pero nadie sabía qué hacer con ellos.

El informe de Escolano debió de producir un efecto demoledor: no había manera. Alcaldes, gobernadores, corregidores de toda España informaban de dificultades invencibles. Pero ¿en toda España? ¿No había ninguna excepción? ¿Será imposible encontrar algún “justo entre las naciones”? Claro que no. Un historiador debe mantener la esperanza y sobre todo, debe buscar quiénes la mantuvieron en circunstancias adversas. Y ese justo, esa excepción está en Cataluña y se llama Francisco de Zamora y Aguilar, ministro del crimen de la Real Audiencia de Barcelona. A partir de ahora, le dejaremos hablar a través de sus informes, la mayoría remitidos a Floridablanca a partir de 1785 y que se encuentran en los legajos 1004, 1005 y 1006 de Gracia y Justicia, en el Archivo General de Simancas.

 

La integración de los gitanos catalanes

A dos años de la promulgación de la ley, el 23 de noviembre de 1785, Francisco de Zamora remitió a Floridablanca una “Memoria de los géneros trabajados por algunas hijas de los antes llamados gitanos que se hallan establecidos en el cuartel quinto de esta ciudad de Barcelona”. El ministro de la Real Audiencia demostraba haberse tomado muy en serio las órdenes de Su Majestad, especialmente con las muchachas gitanas, que antes “no sabían más que bailar y cantar canciones indecentes, y ya han aprendido la doctrina cristiana y las obligaciones de madre de familia”, además de hacer algunos trabajos en el sector textil de los que Zamora presumía en su memoria. En el inventario de las muestras, el ministro de la Audiencia destacaba algunos ejemplos, como los hilados de algodón de Paula Berenguer, de 8 años; un cordón de seda, de Josefa Noguera, de 6 años; otro cordón, de Josefa Berenguer, de 6 años; unas medias negras, de Florencia Berenguer, de 10 años; una puntilla, de Antonia Pubill, de 15 años, entre otros muchos más. “Todas estas muchachas –decía– tienen disposición para ser unas mujeres muy útiles, pero se necesita paciencia y animarlas con algún premio”. Zamora, orgulloso de su trabajo, proponía al ministro que le permitiera extender su labor a todo el Principado.

Floridablanca felicitó a Zamora y le dio “las gracias en nombre del rey”, pero el ministro solo le dijo que continuara con su celo en Barcelona; nada de autorizarle a extender al principado sus “providencias”. A esa carta contestó Zamora el 24 de diciembre de 1785, muy agradecido, adjuntando además nuevas pruebas, ahora sobre “los chicos de esta clase, que están en tan buena disposición que salgo responsable”. Decía que les había leído a “padres e hijos en número de 76” el capítulo de la Gaceta de 16 de diciembre y su lectura les conmovió de tal modo que aseguro a V. E. causaba compasión”. Para demostrarlo, él y José Bova, que le acompañaba, redactaron un par de párrafos firmados “en nombre de estas familias” mostrando su agradecimiento al rey: “se acercan al trono, Señor, no solo a dar gracias a Vuestra Majestad, porque con tanta suavidad ha querido corregirnos, sino también porque al primer esfuerzo que han hecho nuestros pobres hijos se ha dignado dar una muestra tan pública de su aprobación soberana”. Zamora siguió dando muestras de su celo y enviando pruebas a Floridablanca de la eficacia de sus medidas, aunque también le contó casos de gitanos incorregibles, viejos, a los que no tenía más remedio que enviar a prisión.

Unos años más tarde, el 31 de diciembre de 1788, dos semanas después de la muerte de Carlos III, Zamora todavía escribió a Floridablanca una larga memoria. Era una especie de recopilatorio de toda su actividad, manteniendo el tono entusiasta a pesar de que ya decía que su desvelo por los gitanos le había acarreado incluso gastos que había sufragado de su bolsillo. También destacó en un “plan general” que mandó redactar a los muchos benefactores que había encontrado entre eclesiásticos e incluso nobles de Cataluña.

En la memoria recordaba que él “se dedicó a dar destino” a las muchachas de Barcelona y cinco leguas alrededor; pero también persiguió a los que perseveraban en su vida malmorigerada:

 

“a este fin destinó los días festivos para pasar a los pueblos inmediatos a examinar personalmente la vida y estado de las familias…acompañado del secretario D. Domingo Rodríguez, de dn Joseph Doba y del Miñón Juan Bibern, con cuyo único auxilio prendió una tarde, de vuelta del lugar de Sabadell, un rancho de doce personas que en continuación de sus vagancias, encontraron acampados junto al camino”.

 

Zamora había pasado años conociendo el problema de cerca y por eso podía decir

 

“que para conocer la horrible habitación de estas familias, así dentro como fuera de Barcelona, era necesario entrar en ellas, como lo ha ejecutado, y experimentar las miserias que hay en semejantes lugares”[…] “Que en San Andrés de Palomar halló que habitaban en una cuadra 26 personas y 18 caballerías, sin más utensilios domésticos que podadera, cántaro, olla, un plato, hoz, caldero, cucharas de palo, tijeras para esquilar, un semicírculo para decir la buena ventura, pedazos de cuerda embreada, una mano de gavilán de alambre que no puede tener otro uso que el de robar bolsillos, arreos de encender fuego, crecido número de llaves, dados, alforjas de mujer, cuchillos y navajas (…) pero que lo que encontró más doloroso que todo fue el idiotismo e ignorancia de las personas de todas edades en los principios de la religión”.

 

Pasaba luego a describir cómo había logrado “reducir a vasallos útiles conforme a los deseos de S. M. las 200 personas que hay en Barcelona y pueblos de su rastro, han sido entre otros deshacer la estrecha unión de estas familias, acomodando cada una en habitación separada, dividiendo ésta entre personas y caballerías”. Les había blanqueado los cuartos y puesto camas, sillas, arcas; les hizo “mudar de traje”, todo pagándoselo “porque su pobreza no les permitía estos gastos”. Pero solo los jóvenes le han respondido; con los viejos es inútil. Con todo, había otra dificultad: “la oposición de los gremios y dificultad de encontrar maestros que los admitiesen (de aprendices)”. Por eso, había tenido que salir fiador de ellos, visitarlos, pero así consiguió las muestras de las manufacturas que ha ido enviando a Floridablanca. Había gastado 6.182 reales, unos de su bolsillo, otros se los dieron el obispo, el inquisidor Nicolás Laso y otras personas caritativas. Logró también que don Pedro de Lerena, ministro de Hacienda, relevara a estas familias de gitanos integrados (consta comunicación al ministro) de toda contribución hasta el tercer año de su establecimiento.

Ya gobernando Carlos IV, Francisco de Zamora seguía ofreciéndose a extender sus providencias “a todo el Principado, con las cuales confía hacer igualmente útiles otras 746 personas que hay en él”, a sabiendas de que entre los obstáculos estaban las viejas ideas del plan militar: “mediante componerse aquella Provincia de gobiernos que sirven militares, a los cuales como corregidores les está encargada la ejecución de la Real Pragmática”. No se fiaba de ellos.

En fin, Zamora acabó proponiéndose ante Floridablanca para extender sus desvelos incluso al resto de España, y así “podían hacerse útiles en todo el reino más de once mil personas de esta clase que por cerca de tres siglos han hecho ilusorios los paternales desvelos de ocho reyes y de doscientas cincuenta providencias formales que se han tomado contra ellos”.

Como sabemos no fue así. El año 1789 fue de enorme esterilidad de pan, otros problemas centraron la atención, entre ellos el peligro que venía de Francia. También Floridablanca cayó en desgracia, incluso fue a parar a la ciudadela de Pamplona, preso. Llegó la guerra contra la Convención, luego la desastrosa de la Independencia y el problema gitano se olvidó, o sencillamente pasó al capítulo donde estuvo siempre, el de vagos y maleantes. Pero al menos en Cataluña, hay constancia de que se intentó la integración y de que hubo, tras la pragmática de 1783, un “amigo” de los gitanos, don Francisco de Zamora y Aguilar, del que procuraremos saber más en adelante. Por ahora, gracias a la profesora Julia Benavent, conocemos que Zamora había nacido en un pueblo de Cuenca, en una familia de ganaderos, y que destinado a la Audiencia de Barcelona tras cursar estudios universitarios, se preocupó por la educación de las niñas y por la salubridad del barrio del Raval; también escribió relatos de viajes. Como le ocurrió a su ministro, Floridablanca –y a tantos otros en sí nadas–, también fue a prisión, a la misma que su jefe, con quien tanto se carteó.

Por ahora, nos quedamos con la esperanza, pensando que quizás en Badalona, o en Barcelona, un día haya una calle dedicada a tan insigne ministro de la Real Audiencia, el “amigo” de los gitanos.


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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