Jesucristo en el laberinto de Dios

Por . 14 diciembre, 2015 en Mundo actual
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De reciente aparición en Punto de Vista Editores, El laberinto de Dios es un libro escrito por Manuel Casanova con el objetivo de dejarnos una pregunta y tratar de ayudarnos a afrontarla: ¿podemos saber qué o quién es Dios?

A continuación reproducimos uno de sus epígrafes.

 

El modelo de Jesús

Jesús es un personaje enigmático. Hasta los ateos más convencidos, como Bertrand Russell, han tenido siempre sobre su persona una consideración especial: pueden negar u odiar al Dios bíblico, pero no pueden evitar una cierta simpatía por un individuo que pedía que nos amásemos los unos a los otros. Los testimonios históricos sobre Jesús son escasos y muy posteriores a su muerte. El más extenso es el del historiador judío Flavio Josefo y es posible que esté alterado por la Iglesia. Los testimonios de Plinio, Tácito y Suetonio son aún más inconcretos.

 

Esto es lo que escribió Flavio Josefo. Entre corchetes lo que se considera añadido por la Iglesia:

 

“Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, [si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros] y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. [Era el Cristo.] Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, [porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él.] Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos”.

Antigüedades judías, 18:3:3.

 

Se considera más auténtica la traducción al árabe de la obra de Flavio Josefo debida a Agapio, obispo de Hierápolis, que fue sacada a la luz en 1971 por el exégeta judío Shlomo Pine:

 

“En este tiempo existió un hombre de nombre Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto fue quizá el mesías de quien los profetas habían contado maravillas.”

 

Plinio el Joven, entre el año 100 y 112 escribió al emperador Trajano acerca de los cristianos:

 

“…le cantan himnos a Cristo (casi un dios, según dicen)

con perseverancia e inflexible obstinación”.

Epístolas, 10:96

 

Tácito aporta otra referencia histórica en el año 116 o 117:

 

“Por lo tanto, aboliendo los rumores, Nerón subyugó a los reos y los sometió a penas e investigaciones; por sus ofensas, el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato; reprimida por el momento, la fatal superstición irrumpió de nuevo, no sólo en Judea, de donde proviene el mal, sino también en la metrópoli [Roma], donde todas las atrocidades y vergüenzas del mundo confluyen y se celebran.

Anales, 15:44:2-3

 

Gayo Suetonio Tranquilo (75-160) escribió alrededor del 120 que el emperador Claudio expulsó de Roma a judíos instigados por un tal Chrestus:

 

“A los judíos, instigados por Chrestus, los expulsó de Roma por sus hábitos escandalosos”.

De Vita Caésarum. Divus Claudius, 25.

 

 

Debatir a estas alturas si Jesucristo fue o no un personaje histórico no conduce a nada. Es un asunto apasionante para los investigadores, pero en realidad poco importa que las ideas que fundamentaron el movimiento cristiano hace dos mil años fueran elaboradas por un solo hombre o por varios. Lo que ha sobrevivido (al menos en parte) es la doctrina atribuida a Cristo.

Pero imaginemos que existió realmente un judío llamado Jesús de Nazaret que predicó en Galilea y creó un pequeño grupo de adeptos. Toda la información que tenemos sobre este personaje proviene de los Evangelios, unos textos apologéticos que se escribieron más de medio siglo después de su muerte. Son libros que acumulan hechos y pensamientos de manera desordenada, con una débil estructura cronológica, pero tal vez en estos libros, como en las Escrituras, se mezclen sucesos inventados con hechos reales. Pero tanto si Jesús existió como si no, lo incuestionable es que el cristianismo cambió la mentalidad del mundo, y la historia de Occidente hubiera sido otra sin la figura de Jesús. ¿Cómo fue esto posible?

laberinto-dios-2-450x600Tratemos de imaginar la situación en Israel el día después de la muerte de Cristo. Encontramos a unos pocos judíos desconcertados, cuyo líder ha sido ejecutado como un ladrón, enfrentados a la tarea de convencer a sus conciudadanos de que el difunto maestro era el Mesías prometido en las Escrituras, y que ha llegado o va a llegar un confuso Reino de Dios. Todo esto en un tiempo en el que Jesús no era el único predicador, sino que existían diversas sectas entre los judíos (fariseos, saduceos, esenios, discípulos de Juan) con sus respectivos seguidores, algunos quizá más numerosos que los partidarios de Cristo. ¿Qué pensarían sobre la secta de Jesús las personas cultas de Israel? Muchos ni siquiera habrían oído hablar de él ni conocerían su doctrina, ya que Jesús fue un profeta campesino, local, que sólo predicó en las regiones de Judea y Galilea, que habló a personas sencillas y reclutó un grupo de adeptos incultos que apenas comprendían lo que explicaba el Maestro. Es cierto que los israelitas esperaban la llegada del Mesías (‘el ungido’, christos en griego) anunciado por los profetas. Habría de ser un gran rey de la estirpe de David que devolviese al pueblo hebreo su perdido esplendor. ¿Podía ser este rey un campesino que decía amar a sus enemigos? No parece probable. Es comprensible la incredulidad de los sacerdotes y gobernantes hebreos. Ni siquiera sabemos por qué lo mataron. Los evangelistas cuentan que mantuvo confrontaciones dialécticas con sacerdotes, escribas y fariseos, pero casi siempre fue bien recibido por el pueblo. ¿Qué pudo ocurrir para que ese mismo pueblo, que le recibió en Jerusalén con ramas de olivo, de la noche a la mañana pidiera enardecido su crucifixión bajo el balcón de Poncio Pilatos?

¿Consideraba Jesús que él era el Mesías? Nunca lo afirmó. En los evangelios, cuando se le pregunta, siempre responde de manera indirecta o ambigua. Jesús se refiere a sí mismo como el Hijo del Hombre y en ningún momento queda claro si esto debe entenderse de manera literal o figurada. ¿Pero quién era Dios para Jesús? ¿Era el mismo Yahvé de las Escrituras? ¿Es equiparable el Dios Padre de Jesús con el Dios genocida del Pentateuco? Es evidente que las características de una y otra deidad son distintas y a menudo opuestas. El Dios evangélico es menos antropomórfico: no desciende a hablar con los hombres, apenas se manifiesta, no se encoleriza, no envía plagas a los romanos y sólo en el bautismo de Jesús parece oírse su voz. Jesús no sólo enseña una nueva doctrina sino también un nuevo modelo de Dios.

Por otra parte, él dice ser Hijo de Dios, pero no que él mismo es Dios, ni tampoco lo afirman sus discípulos. Para referirse a Dios Jesús emplea la palabra ‘Padre’ (abba, en arameo) y se proclama hijo de Dios, pero no de forma exclusiva: todos los hombres son hijos de Dios. Menciona a menudo el Reino de Dios, pero los apóstoles no acaban de entender si el Reino ya está aquí, si va a llegar pronto o se refiere al Juicio Final; tampoco saben si es un reino material triunfante o un concepto sobrenatural. Jesús nunca dijo que él fuera Dios, ni tampoco lo creían así sus seguidores. (En Juan 17, 3, el propio Jesús se considera el enviado de un único Dios: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.). La divinidad de Cristo como segunda persona de la Santísima Trinidad fue proclamada por la Iglesia mucho más tarde.

La mayoría de los creyentes atribuye el éxito inesperado del cristianismo a que esta doctrina promovió un nuevo orden moral. Pero la enseñanza de Jesús no es por completo original. Lo que suele enunciarse como premisa básica del cristianismo, “trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti mismo” es una aplicación de la Regla de Oro, que existe en casi todas las culturas antiguas. Confucio (551-479 a.C.), escribió: “Esta es realmente la regla fundamental: No hagas a los otros lo que no quisieras que te hicieran a ti”. En la fundamentalista enseñanza religiosa que recibió mi generación, se hacía más énfasis en los milagros de Jesús que en su pensamiento. Pero hay que decir que si hubo prodigios en Israel, no sólo los realizó Jesús. Curanderos, sanadores y taumaturgos estaban a la orden del día. Sin embargo, hay un milagro superior a los demás: la resurrección del propio Cristo. Es posible que sin este supuesto acontecimiento, que encarna el paradigma de la fe entre los primeros cristianos, los seguidores del maestro se hubieran dispersado. La resurrección de Jesús confirma que él era el ungido y los cristianos comprenden que no se han equivocado y deben continuar su obra. Así lo expresa Pablo de Tarso: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe”. (1 Corintios 15, 14).

Al margen de los milagros, en el evangelio no todo es amor: el discurso de Jesucristo presenta dos aspectos bien definidos. Hay un Jesús que habla de perdón, de caridad, de misericordia, de pobreza, de amor al prójimo y de consuelo al desfavorecido (Sermón de la Montaña). Y hay otro Jesús severo e intolerante que amenaza con el infierno a quien no le escucha y profetiza terribles castigos para los pecadores (“…allí será el llanto y el crujir de dientes”) o tiene momentos de violencia irracional, como la maldición de la higuera (Mateo 21, 18-19). Parece por tanto que, según los Evangelios, Jesús era un ser humano normal, con diferentes sensibilidades, bondadoso o intolerante según la circunstancia. Sin embargo, la imagen del Jesús bondadoso ha quedado como paradigma falaz de un cristianismo que se proclama pero no se cumple.

La llamada era apostólica, los años que siguieron a la muerte del maestro, nos es bien conocida, ya que los primeros documentos escritos sobre el cristianismo son las cartas de Pablo (hacia el año 54), pero se cree que los apóstoles fueron liderados inicialmente por Santiago el Justo, un hermano de Jesús.

 

La existencia de posibles hermanos de Jesús contradice la virginidad perpetua de María sostenida por la Iglesia (es dogma de fe), propuesta que resulta inexplicable, porque basta con leer el evangelio de Mateo para ver que no es así. El evangelista afirma que “José no conoció a María hasta que dio a luz a su hijo primogénito y le puso por nombre Jesús”. (Mateo 1, 25). Lo cual sugiere que la conoció después. Parece entonces muy probable que María y José tuvieran más hijos, al margen de que su primer embarazo fuera responsabilidad del Espíritu Santo. En realidad, la profecía de Isaías que invoca Mateo para justificar la concepción virginal de María está alterada. (En el original hebreo, Isaías dice: “Una mujer joven concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel” (Isaías 7, 14); pero en la primera traducción al griego de estos textos (200 a.C.) se sustituyó mujer joven por virgen (parthenos). Podría pensarse que esta explicación está tomada de un historiador laico. Sin embargo procede de una nota explicativa de la Biblia Católica (Reina Valera, 1995) al pasaje de Isaías. Dado que estas notas son accesibles a cualquiera, resulta increíble que la Iglesia católica continúe proclamado la virginidad perpetua de María.

 

Los evangelistas, sobre todo Mateo, citan muchas profecías bíblicas que se cumplen en la persona de Jesús. Es probable que esas referencias fueran buscadas y aplicadas a posteriori por los evangelistas al escribir sus textos. Si se tiene en cuenta que los evangelios se escribieron durante la diáspora, después de la destrucción del segundo templo por Roma, no es difícil suponer que la credibilidad de los cristianos de entonces estuviera en entredicho y necesitasen bases sólidas para sostener que Cristo era el enviado de Dios y su religión la única verdadera.

No sabemos por qué triunfó el cristianismo. Es abismal la diferencia entre la mínima repercusión histórica que la predicación de Jesús alcanzó durante su vida y su influencia posterior en la historia universal. Los cristianos se expanden y fundan colonias e iglesias en Antioquía y Asia Menor, y posteriormente en Roma. Es muy probable que el motor de esta expansión fuera San Pablo. Pablo de Tarso fue un personaje singular. Judío de nacimiento, probable descendiente de la tribu de Benjamín, poseía además la ciudadanía romana. Era un hombre culto que hablaba griego y arameo. Fue educado en Jerusalén en la Ley Mosaica por sacerdotes hebreos y durante un tiempo combatió ferozmente a los cristianos. Su conocida conversión se produjo cuando viajaba a Damasco. Dijo haber tenido una visión de Jesucristo, que le reprochó su persecución a los cristianos y le ordenó convertirse en apóstol de la nueva doctrina. (En ningún texto canónico dice que Pablo se cayera del caballo, aunque pintores de todas las épocas hayan inmortalizado la famosa caída). De esta manera, con igual vehemencia que antes negaba a Jesús, se convirtió en ferviente apóstol del cristianismo y dedicó el resto de su vida a difundir la buena nueva por todo el mundo conocido, predicando tanto para gentiles como para judíos. Asumiendo que fue un personaje histórico y sus escritos auténticos, aquellos que crean en los milagros, darán por bueno el prodigio para justificar un cambio tan radical en un hombre instruido e inteligente como debía ser Pablo. Desde un punto de vista escéptico, se ha discutido la posibilidad de que la visión de Pablo fuera en realidad una crisis epiléptica o una alucinación causada por otra enfermedad mental. Todas estas especulaciones son innecesarias. Si la visión nunca se produjo, como es lógico pensar, y es sólo un adorno retórico –muy necesario en aquella época, por otra parte–, desde un punto de vista puramente humano, cabe preguntar: ¿qué le hizo cambiar a Pablo de Tarso? ¿Fue una maniobra política? ¿Percibió acaso el anacronismo, la estrechez de miras y el futuro incierto del judaísmo? ¿Adivinó el auge que tomaría el cristianismo y quiso liderar la empresa desde la primera línea? Algo es incuestionable: suyos son los primeros escritos sobre Jesús, y probablemente hicieron más para difundir su doctrina que los propios Evangelios. “Pensadores que, como Nietzsche o san Pablo, poseyeron la pasión y el genio de la provocación”, como dijera tantos siglos después Cioran.


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Manuel Casanova nació en Toledo el 19 de febrero de 1941 y es doctor en Medicina. Estudió en la Universidad Complutense de Madrid, licenciándose en 1965. Trabajó como médico rural en Bailén (Jaén) en 1967 y posteriormente en el antiguo Hospital Provincial de Madrid. Obtuvo la especialidad de Cardiología en 1971 y ese mismo año se vinculó al Servicio de Cardiología Pediátrica del Hospital Infantil de La Paz, formando parte de uno de los equipos pioneros del tratamiento de las cardiopatías congénitas en España. Perfeccionó esta especialidad en el Children’s Hospital de Boston (Massachusset) en el año 1973. En 1976 obtuvo por oposición la plaza de jefe de Sección de Cardiología Pediátrica en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, asumiendo en 2003 la responsabilidad del Servicio hasta su jubilación en 2010. Es autor de numerosos artículos de la especialidad, así como de colaboraciones en libros de cardiología pediátrica. Al margen del ámbito profesional ha escrito cinco novelas inéditas y el ensayo El laberinto de Dios.

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  1. gravatar victoria cura Responder
    diciembre 14th, 2015

    Siempre estoy estudiando en diversas fuentes este tema.Me interesa sobremanera.