Confesiones de un dictador

Por . 13 enero, 2016 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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En la novela El general se confiesa, escrita magistralmente por César Gavela y publicada recientemente por Punto de Vista Editores, habla Francisco Franco en el apogeo de su poder, en 1964, cuando el régimen celebra sus 25 años.

La voz del dictador es la conocida, la retórica y cínica, pero también otra, más reservada y novedosa. El general deja que otro Franco que también es él –“Baamonde” sin hache intercalada– se adentre en territorios íntimos de su memoria, como su intensa y crucial relación con su madre o su profunda decepción con su padre. Otras veces el monólogo nos llevará por su infinita egolatría. El tono severo de su decir no elude ocasionales concesiones a otros sentires, aún más secretos y pronto reprimidos por su férrea disciplina. Por su desconfianza incluso ante sí mismo.

A la par que el monólogo, sucede una historia en este rincón de la cordillera astur-leonesa donde el dictador se ha retirado durante dos semanas. Un niño es el protagonista de esa aventura. Un niño heroico y otros personajes memorables, como un capitán del ejército, una mujer serena y lúcida y un veterano terrorista. El escenario, rural y remoto, tiene su contrapunto en las calles de Madrid.

El general se confiesa es una novela ambiciosa, de depurado lenguaje, que indaga en un territorio lleno de minas. Porque la literatura es búsqueda y riesgo; es mirar de otra manera.

Anatomía de la Historia reproduce a continuación una pequeña selección de algunas de las reflexiones del dictador.

 

general“Todo está en marcha. El año es bueno, el país progresa, las instituciones funcionan y la paz está garantizada. Pero es que además, y yo ahí sí que veo una señal de la Providencia, España ha ganado la Copa de Europa de selecciones nacionales a la Unión Soviética. Somos los mejores del continente en fútbol, el deporte más popular, y eso es un símbolo más. No solo una fuente de orgullo, también es un triunfo que recuerda y honra la victoria de España sobre el comunismo”.

 

“La guerra se hace para defender una patria, pero también para transformarla. Por eso hemos construido pantanos y carreteras, colegios y hospitales, puertos y ferrocarriles. La guerra continúa en la paz combatiendo la pobreza o la secular sequía de España. Es soldado el obrero que cava una zanja y el minero que pica la antracita en las entrañas de la tierra. El agricultor es un soldado, el obrero industrial también, y el médico, y el maestro, y el cartero y el viajante de comercio. Ellos creen que trabajan, que se ganan un sueldo, que mantienen a su familia. Pero aunque no lo sepan, también están luchando en el frente de batalla. Cada buen español siempre es un soldado”.

“El enemigo, que no perdona nunca, que solo tiene la destrucción de España como objetivo y esencia, como anhelo mortuorio, nunca podrá negar las nuevas ciudades sanitarias, las enormes empresas públicas siderúrgicas, las factorías de coches y de camiones. Hemos hecho más en los últimos diez años que los anteriores dirigentes de España en doscientos. Solo por eso mi tiempo es bueno; el tiempo de la patria en marcha”.

 

“La libertad política es un señuelo. ¿Qué libertad había en la República? ¿La de insultar, la de matar? ¿La de desmembrar la nación y quemar conventos? ¿La de repartir insidias en todas las escalas de la sociedad? ¿La libertad del crimen y la venganza? Pues si esa es la libertad, yo la combato. Aunque me cueste la vida. Siempre me opondré a la falsa libertad que propicia el odio”.

“Creo que la libertad es un asunto personal. Y tiene su ámbito en lo familiar, lo profesional, lo mercantil… Cada uno es dueño de pensar como quiera, de casarse con quien quiera, de ejercer el oficio que mejor le cuadre, de vivir en la ciudad que más le interese. Esa es la libertad razonable, porque la otra solo conduce al conflicto. Si me dicen que hay países donde no sucede eso, lo acepto. Pero en España es así, yo no lo he inventado”.

 

“Un estadista está emplazado por la historia, no por los asuntos cotidianos. Él no sabe de lo pequeño ni tiene por qué saberlo. En realidad, deja de ser líder si atiende a lo que dicen periódicos y gentes. También si cede ante las torpes apetencias personales. Todo eso lo degrada, lo hace ser uno de tantos. Y lo que es mucho peor: allana el camino de su derrota”.

“Lo propio de un estadista son las décadas, los años le dicen poco. Él dialoga con la época, con la civilización incluso, pero nunca con lo perecedero. Cada paso que da hacia el porvenir tiene su origen en el pasado ilustre, no tanto en la actualidad. El estadista tiene perspectiva y firmeza. El político al uso, no digamos el politicastro, solo tiene presente y fragilidad”.

“Yo siento que tengo trato directo con la historia. Con lo inmortal, que es lo más verdadero de la patria. Con Fernando el Católico, Felipe II, Carlos III… Con lo muerto que no deja de llamarnos. Es la vida de España la que existe esencialmente, no la de los hombres, que no dejan de ser meros instrumentos. Es la historia de la nación la que aúna y conforma. Y yo estoy aquí para defenderla. Al precio que sea”.

“Es la historia y no el pueblo quien debe marcar el camino de una patria. El pueblo es el beneficiario de ese destino, pero por ser tan manipulable nunca está formado adecuadamente para interpretar la lección de los siglos. Por eso la llamada democracia liberal es una mentira. Imaginémonos que un buen día los españoles, irresponsables y ciegos, deciden desmembrar la patria. ¿Sería legítima esa determinación? ¡Nunca! Porque supondría una abominable traición a la historia y a los antepasados. Nuestro presente es indisoluble de los siglos, de tantas guerras y generaciones, de tantos aciertos y errores. De la fortuna y el sacrificio”.

“Lo ideal, con todo, es que vayan de la mano el pueblo y la historia. Que uno y otra se conozcan, se abracen. Algo que se volvió imposible durante la República. Ahora caminan juntos, aunque eso no es espontáneo: sucede porque yo impulso y vigilo. Y conmigo el ejército. Porque siempre está el enemigo, agazapado. Sembrando el odio entre padres e hijos, entre regiones y ciudades, entre patronos y obreros”.

“Los enemigos de la patria han sido derrotados por las armas, pero, sobre todo, porque actuaron en contra de España y de su glorioso pasado. Por eso, y pese a tener casi todos los barcos, tantos aviones, las principales ciudades, los periódicos, las fábricas… perdieron. Les faltaba lo esencial, les faltaba el espíritu. Y el espíritu de nuestra nación está en España, no en Moscú, en París o en Múnich. Está aquí, los españoles somos de aquí. Los soldados españoles son de España”.

“Ellos, los enemigos, perderían siempre porque se olvidaron de España. De lo que nuestra patria significa y exige. Yo lo sé, y muchos lo saben conmigo. Por eso hemos ganado, porque estábamos todos dispuestos a dar la vida por la patria. Y quienes íbamos a morir por ella seguimos en guerra, siempre. Mientras la amenaza de los derrotados persista, estaremos en armas. Y es evidente que el enemigo persevera. En realidad, es lo único que sabe hacer: perseverar y perder”.

“Y ahora creo que Baamonde se ha quedado en silencio, no parece que haya hablado en este rato. Tal vez se ha alejado un poco, pero ya volverá. Yo quiero que regrese porque lo que dice me gusta. Pero él se aparta cuando repito las verdades fundamentales, las que nunca podré callar. Lo hace no porque no piense lo mismo. Él está para otras cosas”.

 

“Veo corzos allí arriba, algún rebeco. Si yo fuera joven, si yo no fuera Franco, saldría a caballo cada mañana, muy temprano, para perderme a solas entre esos montes, esos valles en los que no vive nadie. Llevaría un pequeño almuerzo, no volvería hasta la noche. Haría vida de hombre libre, de la auténtica libertad. Que no es la falsa libertad de los políticos que odian a España”.

 

“Oscuros nombres de nuestra historia, parejas misteriosas: yo sé muy bien que vosotros ya erais españoles antes de que España existiera. Yo siempre os tengo presentes y ahora venís a mí para que os confiera otra fuerza, otro modo de perdurar en la vida, la que solo los vivos pueden dar. Y yo lo hago con fervor y cercanía”.

“Porque mi tarea como caudillo enraíza en vosotros, grandes precursores a los que evoco desde la soledad de estos montes. Indortes e Istolacio, iberos que fuisteis crucificados por Cartago. Indíbil y Mandonio, catalanes fieros. A todos os encumbro desde mi lejanía. Defiendo frente al paso del tiempo vuestro heroico mandato”.

“Y tampoco me olvido de ti, Orisón. Tú, que lograste derrotar al poderoso Amílcar Barca, aunque la victoria no fue duradera. Pero en ella los toros de España, con teas en los cuernos, ahuyentaron a los elefantes de Cartago. El ingenio de Iberia está en ti, Orisón, el talento y el valor. También la terrible muerte”.

“Indíbil, Mandonio, Indortes, Istolacio, Orisón… Qué nombres poderosos. Qué vidas breves y lejanas. Pese a ello, con cuánta intensidad siento vuestra eternidad ahora. El peso de una muerte que está llena de vida”.

“¿Y tú, Viriato, qué me traes? Lo que yo daría por hablar contigo, por pasar una larga tarde mano a mano. ¡Cuántos hechos de guerra me contarías, hechos que siempre quise conocer ardientemente…! Me hablarías de tu bravura, de tu habilidad para aglutinar a tantas gentes dispersas. De tu valor para enfrentarte al ejército romano”.

“Yo te contaría, Viriato, cómo he continuado tu obra, tantos siglos más tarde. El mismo ímpetu que tú tenías para liberar a Iberia del invasor, el mismo anhelo, es el que yo he tenido para salvar a España de tantas y tan crueles amenazas”.

“Te diría cómo han cambiado los tiempos y lo que sucedió tras tu muerte. Todos los siglos que vinieron después de ti, con sus guerras y monarcas, sus épocas malas y las buenas. La fabulosa conquista de América, con sus oros y sus dones; la gigantesca empresa de la cristianización de todo un continente. Coincidiríamos en alabar el gran vigor que sale del pueblo cuando la patria está en peligro”.

“La tierra y los muertos, Viriato. A nadie nos debemos más que a ellos. Y por encima de todo, nos debemos al Ser Superior. Cuando tu vivías no había nacido Jesucristo, pero seguro que creías en un dios, en un cielo, en un orden, en una justicia universal”.

“Y quién sabe si tú, Viriato, pasaste por aquí un día y contemplaste esta sierra de Dalma que yo ahora miro: las mismas peñas, estos montes aislados pero no hostiles. Y algo nuevo te dirías a ti mismo entonces: una confidencia grave y fecunda mientras ibas acompañado de fieras y soldados. Caminabas por el corazón de la vida más verdadera, la que solo los ejércitos conocen”.

 

“España es quien lo sabe todo, a nosotros nos basta con defenderla. Aunque poco podamos hacer contra la maledicencia de tantos historiadores que la odian, que tuercen los hechos y manipulan su significado. Son insidias muy dolorosas, pero también inherentes a la labor de todo gobernante. Pues bien, yo acepto el reto y no solo eso: lo convierto en munición para mi lucha”.

“Con todo, qué ridículas las palabras que me tienen por fatuo o por incompetente. Qué vanos aquellos que dicen que yo, por mi edad, ya no controlo al ciento por ciento la nave del Estado. Que estoy viejo y decadente, despistado de mis obligaciones, engañado por los ministros. Qué estúpido pensar, qué equivocado y necio”.


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