¡Pobre bululú! (Los cómicos de la legua)

Por . 18 enero, 2016 en Edad Moderna
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Los siglos XVI y XVII españoles, época de grandezas en novela y poesía, es también el momento en el que surge y se consolida lo que se ha dado en llamar teatro nacional.

De modo paralelo a como sucede en Inglaterra con Shakespeare o, en menor medida, Ben Jonson; o en Francia, con la tríada Racine-Corneille-Molière, el teatro en España, tras unos balbuceantes y dubitativos inicios desde églogas pastoriles y piezas de asunto religioso (las obritas de Juan del Encina o Gil Vicente), intentos de teatro cortesano (Bartolomé de las Torres Naharro y su Propalladia) y de piececitas humorísticas con su toque de sátira (los pasos de Lope de Rueda, claros antecedentes de los posteriores entremeses cervantinos, por ejemplo), se situará casi como el espectáculo total. Gusta por igual a todas las clases sociales; las representaciones son diarias; las piezas, exitosas o no, duran apenas unos días en cartel, pues hay que renovar enseguida y dar gusto a un público entregado, urbano, ruidoso y exigentón.

El alquimista que logró asacar este producto multifacético, mezcla de comedia y tragedia, que supo traer a escena casi toda la Historia de España, que creó escuela, que cosechó éxitos “de crítica y público” fue, sin ninguna duda, Lope de Vega, fénix de los ingenios y monstruo de la naturaleza, creador de  nuestro teatro nacional.

Naturalmente estamos hablando del teatro no religioso (aunque use a menudo motivos bíblicos y en él subyazga, como no puede ser de otro modo en la España barroca, los valores católicos y contrarreformistas), pues el teatro religioso-simbólico de los llamados autos sacramentales tuvo otros modos de escenificación, representándose en la calle, al modo antiguo, y solo los días de Corpus Christi.

El hallazgo arquitectónico para el teatro nacional fue el corral de comedias. Las ciudades importantes, con Madrid a la cabeza, tuvieron sus corrales y algunos de larguísima vida, como los capitalinos corrales de la Cruz o del Príncipe, llamados así por estar ubicados en las calles de ese nombre. El corral de comedias se construyó a imitación de los corralones de vecinos. Consistía básicamente en un patio cerrado rodeado de una galería dividida en palcos y con un escenario enfrentado a la puerta de entrada. El público ocupaba un lugar diferente dependiendo de su condición o sexo.

bululu2La escenografía era tremendamente sencilla, inexistente en sí. El personaje decía que se hallaba en un barco y, ea, el público echaba el resto imaginándoselo entre mástiles y jarcias. Esto, pese a lo limitador que pudiera parecer, otorgaba gran flexibilidad a la composición dramática y a su puesta en escena. La tramoya no apareció hasta mediados del siglo XVII, por influjo italiano. A lo largo de la segunda  mitad de este siglo y aún más durante el siglo XVIII, la presencia de la escenografía fue cada vez más importante, llegando a superar al mismo contenido de la obra, algo que fue duramente criticado por los ilustrados dieciochescos y que queda patente en la pieza teatral La comedia nueva o El café, de Leandro Fernández de Moratín, estrenada precisamente en el teatro del Príncipe.

Las compañías teatrales fueron las intermediarias entre el creador y el público. Estaban organizadas de manera rigurosa y se comprometían durante un año, de Cuaresma a Cuaresma, a “andar juntos  […] y representar en todos los lugares de estos reinos”, como se afirma en el contrato entre el autor (esto es, el director de la compañía) Andrés de Claramonte y sus actores.

Estas compañías grandes, de hasta 20 personas, que podían llevar en su repertorio medio centenar de comedias, más un enorme montón de entremeses, loas y otras piezas menores, eran denominadas compañías de título o reales y no eran, en puridad, cómicos de los caminos pues su trabajo se reservaba casi exclusivamente para las grandes ciudades, salvo en las fiestas del Corpus, momento en el que partían hacia Toledo u otro lugar de importancia a representar el auto sacramental.

Sin embargo había teatro por doquier. No existía pueblo por el que no pasaran, esta vez sí, los cómicos ambulantes cuyas agrupaciones, como recoge Agustín de Rojas Villandrando en su Viaje entretenido (1603), se estratificaban dependiendo del número de componentes y de su repertorio. Así en orden decreciente, existían, además de la citada compañía,  la farándula, la bojiganga, la garnacha, el cambaleo, etc. En el último escalón, a modo de juglar, un hombre solo, el bululú.

Siguiendo a Villandrando, el bululú “camina a pie y pasa su camino”. Solo hay que imaginarse la escena. Llega al pueblo un comediante,  que trae en la memoria alguna comedia y algún entremés. Apalabra la actuación con el cura o el regidor, en muchos casos, quizás ni eso. Se dirige a la plaza del triste lugarón castellano y, aclarada la garganta con un trago de vino, trago que se vuelve espeso por la sed y el polvo del camino acumulados, se encarama a un banco, un escalón, unas tablas o cualquier elemento que le sirva de escenario y, a voz en grito, llama a unos y a otros para hacerse oír.

No tarda en salir de sus labios una loa, más o menos improvisada, y el poco público que asiste (tendrá suerte si acuden, además del cura, el barbero y el sacristán, algunos vecinos despistados que no están ocupados en sus quehaceres) debe poner mucho de su parte para imaginar la escena, pues es uno solo el representante y muchos los personajes:

 

“-Agora sale la dama, y dice….”

 

Y mientras, vemos al cura “pidiendo limosna en un sombreo y junta cuatro o cinco cuartos, algún pedazo de pan” y un plato de humilde sopa que le provee el mismo cura. Triste paga para quien lo da todo por el noble arte de Talía.

El pobre bululú continúa su camino. Duerme en despoblados, entretiene a venteros por un chusco de negro pan y misérrima tajada de carne; quizás sea perseguido a pedradas, ahuyentado de perros, recibiendo el sol y la lluvia en su espalda “y con esto sigue su estrella y prosigue su camino hasta que halla remedio”.

La historia del bululú, y de naques, gangarillas, bojigangas… es la historia de aquellos cómicos de la legua, maltratados por todos, necesarios para entretener a las gentes que habitan fuera de los centros de cultura, que es la mayoría. Viejos castellanos viejos, taciturnos, huraños y amigos del poco reír que viven también deslomados con el sol y la lluvia sobre sus espaldas.


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Jesús Hurtado Bodelón (Ponferrada, 1964) es profesor de instituto de Lengua española y literatura, profesión a la que se dedica desde hace dieciocho años. Se licenció en Filología Española por la UNED (Sevilla), tras haber comenzado estudios en las universidades de Granada y León. Su experiencia laboral, sin embargo, comenzó en el mundo de la televisión, en Andalucía, siempre detrás de las cámaras, como operador, ayudante de realización, etc. Historia de la literatura española (en español) es su primera obra publicada.

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