De esclavo a catedrático de Gramática. La bella historia de Juan Latino

Por . 29 febrero, 2016 en Edad Moderna
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Es llamativo que la condición de los indios despierte tanto cargo de conciencia, disquisiciones legales, docentes y teológicas en la Europa renacentista, significadamente en España, y, en cambio, la esclavitud de los negros parezca perfectamente natural y el reconocimiento de la naturaleza humana de aquéllos no suscite dudas sobre la animalidad asignada a éstos…

En su apasionada defensa de los indios, fray Bartolomé de las Casas abogó por el traslado de esclavos negros a la Nueva España para sustituir a los indios en los trabajos más duros, especialmente en las minas, y en 1517 tasó el derecho de los españoles emigrados a poseer hasta doce esclavos; errores que luego lamentó y que revela esas generalizadas ausencia de conciencia acerca de la iniquidad de la esclavitud y la certidumbre de la superioridad de la raza blanca sobre las demás, especialmente de la negra.

 

Humanistas y renacentistas

Un poeta del Seiscientos, versificador tradicionalista que terminaría convertido a la modernidad del bando italianizante, fue el poeta músico Gregorio Silvestre Rodríguez de Mesa (Lisboa, 1520-Granada, 1569), a quien Federico García Lorca, en su conferencia La imagen poética de Luis de Góngora, no duda en adscribir: “Una guerra franca se declaró entre los dos grupos. Cristóbal de Castillejo y Gregorio Silvestre tomaron la bandera castellanista con el amor a la tradición popular. Garcilaso, seguido del grupo más numeroso, afirmó su adhesión a lo que se llamó gusto italiano”.

Aunque lo cierto es que del castellanismo militante de buena parte de su obra, que va desde Residencia de amorimitatio de los Infiernos de amor– a glosas, poemas eruditos y filosóficos, sátiras y canciones de enamorados…:

Silvia, por ti moriré,

y sólo quiero de ti

si preguntaren por mí

que digas: “Yo le maté”.

 

Si tu confiesas la culpa

bien mereces mi perdón,

pues está en tu confesión

mi venganza y mi disculpa:

venganza, yo sé de qué

pues todos huirán de ti:

disculpa verás en mí

si dices: “Yo le maté”.

 

Ambos ganamos victoria,

yo en darla y tú en ganalla:

¿quién vio en tan corta batalla

tantos misterios de gloria?

en mí de constancia y fe,

en ti de matarme así,

mayores en mí y en ti

si dices: “Yo le maté”.

 

 

Pasó a integrar finalmente su obra de madurez –por ejemplo, Fábula de Narciso– en la corriente petrarquista:

Decid los que tratáis de agricultura:

en este valle umbroso y desabrido,

¿qué fruto del deleite habéis tenido

que no se os torne luego en amargura?

 

Del gusto y del regalo y la dulzura,

¿qué espigas y qué grano habéis cogido

que no salga nublado y revenido

del silo de la triste sepultura?

 

Del mal terreno y mala sementera,

¿qué se puede segar, sino sospecha,

disgusto, confusión, remordimiento?

 

El alma siente ya desde la era

cómo ha de baratar de la cosecha

agosto seco de eternal tormento.

 

Humanistas, renacentistas, sí, pero siempre dentro de un orden, cargados de miseria humana, como revela la anécdota, dicen los anecdóticos, que protagonizó este Gregorio Silvestre en la tertulia de la Cuadra Dorada, un altivo quien, ante las quejas de un interlocutor de raza negra de ignorarlo en la conversación, contestó: “Perdone, señor maestro, que entendí que era sombra de uno de estos señores” (según Pedro Cáceres Espinosa, Discurso breve sobre la vida y costumbres de Gregorio Silvestre Rodríguez y Mesa, que precede a las obras de éste, Manuel de Lyra, Lisboa, 1592).

Pero no se diga que “era la época” para justificar turbiedades: en cualquiera de las infames oscuridades que hemos atravesado, en las cerrazones más tenebrosas, junto a los individuos más execrables, por sublimes que fueran sus obras, en toda época han brillado espíritus honrados, equilibrados, justos, generosos.
juan-latinoLa víctima de la impunidad de Silvestre es una atractiva figura del primer Renacimiento español: Juan Latino (Baena?, 1518-Granada, 1596?), quizá el primer poeta español de piel negra desde que los negros llegados de África ‑que alguna versificación ingeniarían a fin de seducir a hembras y poderosos‑ para civilizar las desérticas tierras del norte perdieran la melanina innecesaria y sus Rh ‑y todas las hemoerres, desde la a a la w‑ se diluyeran en las leches de unos y de otros.

Oficialmente, fue hijo de esclavos negros –etíopes se llamaba a todo africano negro, aunque seguramente eran guineanos, o guineos‑ del segundo duque de Sessa, Luis Fernández de Córdoba, hijo del Gran Capitán, pero la prensa del corazón de la época, es decir, los maldicientes de toda la vida, se maliciaban que era fruto del vientre asaltado de una esclava negra del y por el dicho duque; en ese caso, Juan Latino, aún llamado Juan de Sessa, era hermanastro de Gonzalo Fernández de Córdoba, quien, en todo caso, fue su amigo y protector durante toda su vida. La sentida elegía que le dedicó Juan Latino en su muerte, en 1578, en la batalla de Alcazarquivir del rey Sebastián I de Portugal contra los marroquíes, es un reconocimiento hacia quien había superando prejuicios y lo había tratado como a un hermano y, como su padre, no sólo lo había librado de la esclavitud sino que le había dado la oportunidad de ser un hombre ilustrado cuya compañía, enseñanza y consejos buscaron sabios y personajes de toda la península.

La historia de Juan Latino es preciosa, de las que, como decíamos, desmienten el tópico del era la época: acaso por ello se ‑nos y les…‑ escamotee en la educación secundaria… O, peor, por su inteligencia, porque cabezas más turbias que las de entonces –o, al menos, tanto como la del Silvestre‑ no podían asumir que un negro esclavo dijera a Juan Méndez de Salvatierra, arzobispo de Granada de 1577 a 1588 y también de cuna pobre: “Tanto pueden las letras que, al faltarnos éstas, ni vos saliéredes del campo tras de un arado ni yo de una caballeriza almohazando caballos” (Según Franciscus Bermúdez de Pedraza, Historia eclesiástica de Granada, manuscrito en la Biblioteca Universitaria de Granada, cit. por Juan Naveros y María Eugenia Santos, “El negro Juan Latino: gloria de España y de su raza”, www.juanalfonsodebaena.org).

Hijo de esclavos ‑o de amo y esclava, ¿qué más da?‑, era ligeramente mayor del que sería el tercer duque de Sessa y, quizá encargado de ser juguete viviente del primogénito, por eso asistía, poco más que como objeto, a las enseñanzas que daban a Gonzalo, pero con tanto aprovechamiento como él. De modo que el amo, padre o, sencillamente, persona humana, Luis Fernández de Córdoba, decidió manumitirlo cuando, tras enviarlo a la Universidad de Granada como sirviente de su hijo, siguió las clases del gramático Pedro de Mota a través del ojo de la cerradura del aula, a la que no tenía acceso, pero que su tesón e inteligencia le abrirían de par en par.

Ducho en lenguas clásicas y en música ‑“era intérprete del monocordio y un hábil tañedor de vihuela, órgano, laúd y arpa, con partituras, amén de cantante de suave voz”, dicen los profesores Naveros y Santos‑, en 1546 recibió el grado de Bachiller y, manumitido, la cátedra de Gramática y Lengua Latina del Colegio Cardenalicio de la Catedral de Granada, por encargo del arzobispo Pedro Guerrero.

Paralelamente, se desarrolla una historia de amor. El administrador de su, digamos protector, el duque de Sessa, el licenciado Carleval, o Carlobal, le pide que instruya a su hija, “famosa en toda la ciudad por su extraordinaria belleza”, prometida a –más que deFernando de Córdoba y Válor (1520-1569), noble morisco que sería el futuro Abén Humeya, Ibn Umayya, proclamado rey por los moriscos granadinos, a quienes se unió cuando se rebelaron contra el autoritarismo intolerante del rey Felipe.

 

La España de la época

Pero, antes de seguir con la bella historia de Juan Latino, aprovechemos el color de su piel para un inciso sobre la situación política, social y religiosa del siglo, de las que el propio y singular poeta y humanista negro de Renacimiento español no sólo no renegaba sino que apoyaba con fe casi integrista, especialmente contra las raíces andalusíes musulmanas que empiezan a diluirse bajo la represión.

Las tropelías del franciscano Cisneros en Granada contra la cultura islámica tienen un discípulo aventajado: Pedro de Deza (Sevilla, 1520-Roma, 27 de agosto de 1600), presidente de la Real Chancillería de Granada por lo demás, buen amigo de Juan Latino, al que recomendó escribir su Austriada, en hexámetros latinos, en honor de la victoria de Juan de Austria en Lepanto (1571)‑, otro dominico de dolorosa memoria, sucesor de Torquemada y antecesor de Cisneros en el mando de la Inquisición y cuya violenta intolerancia desembocó en la insurrección de los moriscos granadinos.

Los Reyes Católicos reprimieron sin piedad la rebelión de la mano del conde de Tendilla y éste, tras sofocarla en 1501, pidió permiso para “pasar por cuchillo a todos los moros que habían participado en las revueltas”. A lo que Fernando de Aragón le contestó con la respuesta noble, la de príncipes no ya cristianos sino inteligentes, fuertes en la batalla y magnánimos en la victoria; lo contrario, vaya, del Tendilla:

 

Cuando vuestro caballo hace alguna desgracia no echais mano de la espada para matarle, antes le dais una palmada en las ancas y le echais la capa sobre los ojos; pues mi voto y el de la Reina es que estos moros se bauticen, y si ellos no fueron cristianos, lo serán sus hijos o sus nietos”.

 

Aunque como también la belleza tiene fecha de caducidad ‑“su mármol y su día”, dirá don Antonio Machado‑, fuera por su propia visión o por la de inducida por los visionarios que los aconsejaban, el 14 de febrero de 1502, una pragmática ordena la expulsión de todos los musulmanes de los reinos de Castilla y Aragón, exceptuando a varones de menores de catorce años y niñas de doce, si antes de abril no se han convertido al cristianismo: traición unilateral a los compromisos asumidos por los Reyes Católicos con el rey Boabdil para la capitulación de Granada, que garantizaban a los musulmanes granadinos la preservación de lengua, religión y costumbres.

El rabino Isaac ben Yudah Abravanel (1437-1508), que, además, había sido cercano a los Reyes Católicos –él, como jefe de la comunidad judía en España, y Abraham Señor, su rabino supremo, habían sido abastecedores reales de los ejércitos de Castilla y Aragón durante los diez años de la guerra de Granada y, además, no sólo habían prestado dinero a ambas coronas sino que habían financiado la cuarta parte de capital que hubo de poner Colón para llevar adelante la Expedición a las Indias Occidentales y Cipango–, ya los había puesto sobre aviso de los malos consejeros diez años antes, en su Respuesta al Edicto de expulsión de los judíos del 31 de marzo de 1492:

 

Errores si son reconocidos temporalmente pueden ser corregidos y el ladrillo que soporta la estructura endeble puede ser vuelto a colocar en la posición correcta. Así mismo un edicto errado si es cambiado a tiempo puede ser corregido pero objetivos religiosos han aventajado la razón y malos consejos han precedido justo razonamiento”.

 

Párrafo de una respuesta que, como el resto de su gran altura moral, si no había caído en saco roto, había sido aplastada en el fondo del saco por diez años de densa historia de una España que trataba de construir una unidad nacional, por peculiar que fuera pero que fuera base de lo que prometía ser un imperio heredero del de la Roma cristiana, en el que, signo imperial, ninguna excepción tenía cabida…

 

 

En fin, purifiquémonos algo con el resto de la historia de Juan Latino. Lo hemos dejado dando clases particulares: entre otras, a la hija del licenciado Carleval, administrador del duque de Sessa. Parece que la joven y bella Ana, nada más sopesar el talento de su profesor no quiso saber de otras enseñanzas ni de promesas paternales de matrimonio. Dice la leyenda dulce que hasta tal punto sabía el alcance de las enseñanzas de Juan que mandó a sus amas que le cosieran las faltriqueras de sus faldas, a fin de que las estribaciones del monte que su ciencia no era capaz de escalar tampoco lo lograra la mano negra de palma blanca del docente.

El dramaturgo sevillano Diego Ximénez de Enciso (Sevilla, 1585-1633), en su obra Juan Latino (recogida en Comedias escogidas de las mejores de España, Madrid, 1652), pone en boca del joven profesor, este bellísimo, a mi juicio, soneto dedicado a su alumna:

 

No eres de mármol no, que a haberlo sido

el hierro de mi vida te labrara,

ni eres de hierro, porque te ablandara

el fuego que en mi pecho has encendido.

 

Ni eres de fuego, porque no han podido

apagarte las fuentes de mi cara.

Ni eres de agua, porque te alterara

el viento de las quejas que despido.

 

Viento eres menos, porque tal dureza

muy mal puede tener tan firme asiento

en cosa tan contraria a la firmeza.

 

Según esto, vendrá a ser mi tormento

un monstruo que crió naturaleza,

que monstruo es ser mujer y no ser viento.

 

 

Juan y Ana contraen matrimonio, en 1547 o 1548, “acaso impulsado por algún hecho consumado” ‑o sea, de penalti avant la analogía‑, dicen las malas lenguas de hoy sobre los sucesos del corazón de ayer… Se supone que con apoyo tan decidido del duque de Sessa que hubo de desanimar al burlado prometido, Fernando de Córdoba y Válor, tan poderoso que no había dudado en desafiar, como Abén Humeya, a los Reyes Católicos. Y si no apadrinaran tan llamativa historia de amor, ni el de Sessa hubiera extinguido todo lazo de esclavitud ni su esposa, María de Mendoza, hubiera sido madrina de su primera hija, Juana, bautizada el 30 de junio de 1549 ‑¿“algún hecho consumado” que fructifica doce o veinticuatro meses después?‑. Pero, algo habría, pues parece impensable esa que llaman, ¿por qué?, “pintoresca unión en la España de la época”, aunque sea cierto, quizá, que “no es muy frecuente en otras sociedades antiguas o modernas la unión de un esclavo guineo con una bella señorita de la alta sociedad, lo que constituye una nota de gloria en cuanto a la apertura de la sociedad española de entonces, que realizó en América un mestizaje que no se realizó por otras culturas en otras colonizaciones, por ejemplo la anglosajona”. Vale: que viva España, pues.

Pero si el humo aromático de tanto golpe de incensario no ha de tapar las medallas del pecho patriótico, tampoco ha de encubrir la miseria racista de quienes rabian porque “el negro” haya enamorado a una de las bellezas de la ciudad, disponga de una cátedra eclesiástica, sea demandado por las familias más ricas como instructor de sus retoños, vengan intelectuales de toda España y del extranjero a departir con él y, por si no fuera bastante, pretendan otorgarle la cátedra de Gramática de su maestro Pedro de Mota.

¿Hasta dónde vamos a llegar? Al Rey, a quien recurre el citado arzobispo Pedro Guerrero con un memorial de los méritos de Juan Latino para que la miseria humana no le arrebate la cátedra, que finalmente le es concedida en 1556, diez años después de desempeño de la cátedra de Gramática y Lengua Latina de la Catedral de Granada, siendo solamente bachiller, y apenas tres meses antes de alcanzar la licenciatura que le abría las puertas de la universidad fundada por Carlos V y las de todos los claustros universitarios de la cristiandad. Y también las de la tertulia de Alonso de Granada y Venegas, con Luis Barahona de Soto, Diego Hurtado de Mendoza, Hernando de Acuña, Pedro Padilla…: donde tuvo lugar el ingenioso despliegue de maldad racista del portugués Gregorio Silvestre que hemos contado.

Y fin: Ana y Juan tuvieron dos hijos más –otros dicen que catorce–, vivieron felices, comieron perdices y etcéteras: unas más sabrosas que otras…

El epitafio en latín sobre su tumba en la iglesia granadina de Santa Ana, donde está enterrado junto con su esposa, doña Ana de Carvajal, reza: “El hombre sabio de Granada, maestro de la brillante juventud y orador piadoso y excelso en doctrina y en costumbres, hijo de padres etíopes de estirpe negra, habiendo salido de la infancia comenzó los estudios de la salvación y cantó las gestas de la casa augusta de Austria; el Latino yace en este sepulcro”.

 

 

[De la obra de autor Literatura para amantes. Apuntes para una historia social de la poesía clásica española, en elaboración].


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