Las Guerras Macedónicas: el ocaso de la falange

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A fines del siglo III a.C., Macedonia seguía siendo la dueña del Mediterráneo oriental. La falange aún era temida por los ejércitos enemigos y su reputación todavía se mantenía intachable.

 

Los primeros contactos de Roma en tierras griegas

Para poder comprender los orígenes de la presencia romana en Grecia es necesario remontarse a la Primera Guerra Iliria, es decir, al año 229 a.C., momento en el que Roma penetró en tierras griegas, si bien los primeros contactos, generalmente de índole comercial, se venía produciendo, como vimos, mucho antes.

Una vez que Roma logró dominar por completo la Magna Grecia, los griegos de la Grecia continental fueron conscientes de que tarde o temprano les esperaría un futuro similar bajo el sometimiento de Roma.

El poder romano penetraría en tierras griegas con motivo de las Guerras Ilirias, conflictos provocados a consecuencia de la piratería, para enfrentarse a la reina Teuta, la viuda de Agrón de Iliria, fallecido en el 231 a.C. Por consiguiente, hay que rechazar la tesis de que este conflicto se produjese porque el Senado de Roma considerase a los ilirios un peligro para la hegemonía romana. La decisión del Senado de hacer la guerra fue subjetivamente defensiva en el sentido de que con ella defendería una serie de intereses de diversa naturaleza. Teuta iba a continuar la política de fortificación y expansión del reino atacando Epiro, Corcira, Apolonia y Epidamo, quienes solicitaron el auxilio de las ligas Etolia y Aquea. Pero éstas actuaron ineficazmente, siendo derrotadas muy pronto. En el campo de batalla, Teuta contó con el apoyo de Demetrio de Faros, quien se apoderaría fácilmente de Corcira. Las protestas de los mercaderes itálicos en esta zona llevaron a Roma a enviar una embajada para solicitar a la soberana que cesara de su actividad pirática. Empero, Teuta ignoró las peticiones de Roma y emprendió la lucha armada en el 229 a.C. En esta ocasión Roma contaría con el inesperado apoyo de Demetrio de Faros, que, traicionando a Teuta, finalmente cedió Corcira. Desde un primer momento, los ilirios fueron conscientes de que sus efectivos militares eran mucho menores que los de los romanos, por lo que decidieron solicitar la paz en el 228 a.C., renunciando por completo a las conquistas de la costa adriática. La victoria romana y la liberación de los territorios que se encontraban bajo control ilirio permitieron el establecimiento de un protectorado romano en tierras ilirias colindante con Macedonia y las costas adriáticas, lo que afectó en sumo grado a los intereses costeros macedonios. Sin lugar a dudas ésta sería una de las razones por las que Macedonia estaría siempre en contienda contra Roma.

 

La Primera Guerra Macedónica (211-205 a.C.)

El primer conflicto romano-macedonio se inició como consecuencia del acercamiento entre Filipo V de Macedonia y Aníbal de Cartago.

Conocida también como la Guerra de los Aliados, la Primera Guerra Macedónica tuvo como objetivo poder liberar a todos los estados que desde el 229 a.C. formaban parte de la Liga Etolia, tratando a su vez de expulsar a los etolios de Delfos.

En cierto modo, Roma no pudo intervenir en Grecia como había planeado, pues estaba ocupada en la contienda contra los cartagineses. En realidad, lo que llevó a Roma a emprender la guerra fue la necesidad de defenderse para mantener la integridad de su hegemonía en el Mediterráneo occidental.

Sería a partir del año 217 a.C. cuando los macedonios comenzaron a intervenir en asuntos que afectaban los intereses romanos. Fue en el 215 a.C. cuando tuvo lugar una alianza entre Filipo y Aníbal, quien ya había logrado las victorias de Trebia, Trasimeno y Cannas, empeorando en sumo grado las ya tensas relaciones entre Roma y Macedonia, pues este tratado buscaba sobre todo que Roma perdiese sus dominios en Iliria. A tenor de dicho acuerdo se aseguraba la libertad de las colonias griegas del Adriático, Apolonia, Corcira, Epidamno, Faros y Tesalia y se devolvían territorios a Demetrio de Faros. En el desarrollo del conflicto, Filipo pudo ocupar en el 212 a.C. Dimalo y Liso, tierras que le permitirían la salida al Adriático. Por su parte, Roma contó en este conflicto con el apoyo de los etolios (alianza de 212-211 a.C.), quienes se encontraban en desacuerdo con los contenidos de la Paz de Naupacto del 217 a.C., atacando a Filipo por vía terrestre. Roma también lograría el apoyo indirecto de Esparta y de la Élide. Asimismo, contaría con la ayuda de Pérgamo.

Los apoyos con los que contaba Roma obligaron a Filipo a buscar el apoyo de los aqueos.

Filipo atacó los territorios de Pérgamo por mediación de Prusias I de Bitinia. Hacia el 206 a.C., los etolios comenzaron a buscar la paz con el rey macedonio. Tras llegar a unos primeros acuerdos, Filipo recuperó las regiones occidentales de Tesalia y sus posesiones en el Golfo de Malia y de Fócide. A continuación, Roma, temiendo que los macedonios interviniesen en la totalidad de las tierras ilirias, se vio en cierto modo obligada a firmar con los macedonios en el año 205 a.C. la Paz de Fenice, por la que se acordaba que Roma conservase sus protectorados. A diferencia de otros acuerdos, esta paz también integraba a los estados aliados, hecho que, en cierto sentido, reforzaba el pacto. En este sentido, se podían distinguir a los aliados de Filipo V de Macedonia, esto es, Prusias I de Bitina, Tesalia, Acaya, Épiro, Acarnania, Beocia y Tesalia; y a los aliados de Roma: Elis, Mesenia, Esparta y Átalo de Pérgamo.

Aunque bien es cierto que se puede aceptar que Filipo resultó más beneficiado que Roma tras la firma de esta paz, es posible cerciorarse de que Roma no salió tan mal parada al evitar el acercamiento decisivo entre el soberano macedonio y los cartagineses.

 

Filipo V y sus pretensiones en Oriente: Antíoco III entra en escena

Filipo V mostró en todo momento sus pretensiones de ocupar tierras en Oriente. El soberano oriental más importante era Antíoco III, quien a su vez deseaba apoderarse de la región de Caria, también pretendida por el monarca macedonio. Igualmente, Antíoco III proyectaba conquistar el territorio seléucida de Tracia. Además, había logrado establecer la autoridad real en Babilonia.

En estos años los consejeros de Ptolomeo V Epífanes (210-181 a.C.), todavía un niño, desempeñaron un papel crucial al mandar una serie de embajadas a los protagonistas de este proceso. La primera iría destinada a Filipo con el fin de conseguir de él una alianza por medio de un matrimonio. La segunda iría remitida a Roma para que tratase de detener las pretensiones de Antíoco III por la vía diplomática. La tercera iría dirigida al rey seléucida con el propósito de mantener lo acordado en la paz del 217 a.C.

En el año 203 a.C., por medio de una alianza que no se hizo pública, Filipo V pudo actuar sin pretensiones en Tracia y en Asia Menor.

Paralelamente, en Egipto se vivía una crisis política y social con motivo de las cuestiones de regencia. Esta situación fue aprovechada por Antíoco III para apoderarse de estos territorios. De este modo, en el 202 a.C. Antíoco III invadió Celesiria –actuales territorios del sur de Siria– y Chipre. Ante esta situación, los egipcios solicitaron el apoyo de Roma. Junto a esto, los etolios informaron a los romanos de que Filipo V había ocupado Quíos, Calcedonia y Lisimaquia, territorios anteriormente aliados. Más tarde, tras presionar al joven Ptolomeo V, Filipo V logró apoderarse de Mileto. No obstante, Filipo V tuvo que hacer frente a los ataques de la flota de Bizancio, Quíos, Rodas y Pérgamo. Estas dos últimas estaban informando a Roma de todo lo que estaba sucediendo.

Dos años más tarde estalló un conflicto entre Atenas y Acarnania, contienda que acentuó aún más las tensiones entre Filipo y Átalo III.

La embajada romana que fue al Ática para comprobar el estado de la cuestión fue atacada. Por ello, el Senado de Roma envió a Filipo un ultimátum en el que le solicitaba que abandonase sus pretensiones. Ignorando el ultimátum, Filipo logró apoderarse de los territorios de Tracia y del Bósforo, así como de las plazas dominadas por Egipto. Poco después, Marco Emilio Lépido envió un segundo ultimátum al soberano macedonio en el que le pedía que abandonara los ataques y se sometiera a un arbitrio para reparar los daños causados a Rodas. Ante la pasividad del macedonio, Roma decidió declarar la guerra en el año 200 a.C.

Paralelamente, Roma impidió que Antíoco III se apoderase de Egipto evitando así una posible alianza entre el seléucida y el macedonio.

 

La Segunda Guerra Macedónica (200-197 a.C.)

En realidad, Roma comenzó la contienda sin que existiera una provocación directa. En estos momentos, contaba ya con una flota de gran calado tras la derrota cartaginesa. Las aguas del Egeo estaban controladas por Rodas y por Pérgamo y, además, Roma había mejorado considerablemente sus posiciones en Grecia al contar no sólo con la alianza de Rodas y Pérgamo, sino también con la de los etolios, ilirios, atamanes y dardanios.

El principal protagonista de la Segunda Guerra Macedónica fue el cónsul Tito Quinto Flaminino, excelente y astuto hombre de armas. Filipo se veía progresivamente más acorralado. Si quería la paz tenía que aceptar las cláusulas de un ultimátum con Roma. Éstas consistían en que Filipo abandonase sus planes en Eubea, Tesalia y Corinto, así como evacuar el paso de Aoos. Filipo no aceptó tales condiciones, porque suponían abandonar la presencia macedonia en territorio griego. Ante tal respuesta, Flaminino comenzó a actuar expulsando de Iliria la presencia macedonia y estableciendo en esta zona a dos legiones. Paralelamente, unió su flota, dirigida por su hermano Lucio, a la de Rodas y Pérgamo atrayéndose el apoyo aqueo a cambio de la entrega de Corinto. Con tal tesitura los aqueos se unieron a rodios y pergamenos. Además, el apoyo de los etolios fue lo que permitió a Flaminino poder penetrar por la Grecia Central. La defección de Boecio, así como la de la Liga Aquea, que se pasaron a la causa romana, dejaron sin apoyos a Filipo, por lo que se presentaron propuestas de paz que no dieron ningún resultado.

En la conferencia celebrada en Nicea en el 198 a.C., Flaminino pretendía alargar su mandato. Los apoyos de Roma eran cada vez mayores pues en tales fechas contaban también con el apoyo de los beocios. Además, Antíoco III pretendía aumentar sus dominios en Asia Menor.

El choque decisivo entre la falange macedonia y la legión romana tendría lugar en la batalla de Cinoscéfalos, en Tesalia, en el año 197 a.C., combate del que nos ocupamos de inmediato y que se saldaría con la derrota definitiva del soberano macedonio.

Tras arribar a Grecia en la primavera del 197 a.C., Flaminino puso en práctica una serie de negociaciones que concluyeron con la alianza de la mayoría de sus habitantes con Roma, lo que posibilitó al ejército romano unos refuerzos de aproximadamente 10.000 hombres venidos de la Liga Etolia. En total, el ejército del cónsul estaba formado por 23.000 infantes, 1.100 jinetes y 20 elefantes. Por su parte, Filipo disponía de 16.000 soldados de infantería, 2.000 hoplitas, 5.500 soldados de infantería ligera de Iliria, Tracia y Creta, y 2.000 fuerzas de caballería, sumando un total de 25.500 efectivos.

Flaminino y sus aliados de la Liga Etolia estaban posicionados en Tebas y decidieron marchar hacia Feras en busca de Filipo, quien se encontraba en Larisa. Los comandantes de ambos bandos rehuyeron afrontar una batalla a gran escala. Empero, las tropas macedonias fueron inicialmente derrotadas en una escaramuza de caballería en las colinas ubicadas a las afueras de la ciudad. Ambas partes marcharon luego hacia Escotusa. Los macedonios se dispusieron entonces a aprovisionarse para reponer sus reservas de comida, en paralelo a los romanos, que pretendían cortar su marcha y privarles de alimento. Ambos ejércitos se desplazaron separadamente por una larga sierra de Tesalia conocida como Cinoscéfalos, así denominada por su similitud con la cabeza de un perro.

Flaminino envió su caballería, la cual atacó de manera sorpresiva a las tropas de Filipo cuando llegaron casualmente al campamento macedonio. Acto seguido, dirigió 500 unidades de caballería y 200 de infantería adicionales como refuerzo, forzando a Filipo a retroceder a lo alto de la colina. El comandante de los mercenarios del soberano macedonio, Atenágoras, logró contraatacar y retirar a los romanos de la colina. Cuando Filipo se percató de que los romanos huían desordenadamente, decidió imprudentemente movilizar sus tropas hacia la parte baja del valle.

El rey macedonio tomó el mando del ala derecha de su ejército. Flaminino también dispuso sus tropas en el escenario de batalla. Conservó su ala derecha como reserva y lideró el ala izquierda de la infantería ligera atacando a Filipo. Flaminino se unió a los refuerzos que había enviado adelante con anterioridad, y arremetió contra la falange del ala derecha del ejército de Filipo. La falange logró repeler las legiones inicialmente, y las obligó a retroceder hacia un terreno más agreste. Pero esto representó una desventaja para la falange, pues este tipo de terreno impedía el manejo de las lanzas, lo que forzó a Filipo a ordenar a sus falangistas a dejar sus lanzas y a proseguir la lucha con las espadas. Filipo dispuso sus tropas de forma diferente, estrechando y alargando sus líneas, probablemente buscando evitar con ello el envolvimiento de la falange, y ubicando la caballería y la infantería ligera en el ala derecha.

En un segundo momento, el ala derecha del ejército macedonio estaba posicionada en un terreno más alto que el ala izquierda romana, lo que inicialmente le resultó favorable a los macedonios. No obstante, dejaba al ejército macedonio dividido en dos, con el ala izquierda al mando de Nicanor todavía en marcha subiendo la sierra y en proceso de despliegue.

Acto seguido, el general romano envió una carga de elefantes. Tras dicha maniobra, se advirtió que el ejército macedonio estaba partido en dos con los flancos de su falange expuestos. Tomó veinte manípulos, se introdujo por el espacio abierto por los elefantes y atacó por la retaguardia a la falange macedonia. Los soldados de Filipo continuaban en apiñada formación de falange y en consecuencia les resultó imposible tomar nuevas posiciones con el mismo ritmo que los manípulos romanos. Atacados a la vez de frente y por la retaguardia, sufrieron cuantiosas bajas y comenzaron a rendirse y a tratar de huir.

Es evidente que la falange, unidad de combate diseñada para mantener la formación cerrada y el enemigo a distancia, estuvo condenada al fracaso desde que dejó en tierra las lanzas y aceptó el combate cuerpo a cuerpo. Las primeras escaramuzas de la batalla en las que los romanos emplearon jinetes e infantes, así como la retirada de las legiones sin mostrar la espalda al enemigo, no debieron ser azares de la batalla sino calculada estrategia de Flaminino.

El cónsul romano permitió la huida de Filipo. De acuerdo con Polibio y Livio, 5.000 macedonios cayeron en el campo de batalla y 1.000 fueron convertidos en prisioneros. Por su parte, los romanos no tuvieron más de 2.000 bajas.

La derrota macedonia significó el final de su hegemonía. Aunque los consiguientes acuerdos de paz permitieron que Filipo continuara a la cabeza de su reino, con la Paz de Tempe del 196 a.C. Flaminino proclamó que los estados griegos que estaban hasta ese momento bajo dominio macedónico serían ahora libres. Paralelamente, Filipo tuvo que pagar 1.000 talentos a los romanos, o lo que es lo mismo, veintisiete toneladas de plata. Igualmente, su armada fue casi totalmente disuelta al igual que la mayor parte de su ejército, y, además, tuvo que convertirse en aliado de Roma.

Lo único que Macedonia sacó de positivo tras la firma de la paz fue el mantenimiento de un ejército para poder evitar los ataques de los pueblos del norte.

La actitud de Flaminino no fue absolutamente pacífica, pues al declarar en el 196 a.C. la libertad de las ciudades que estaban sometidas bajo el dominio de Antíoco III lograba inmiscuirse en los asuntos internos de dichas ciudades.

La persecución de Filipo fue interrumpida por una disputa con los aliados etolios, que saquearon el campo macedonio privando a los romanos de un importante botín, situación que favoreció a Filipo para poder escapar. No obstante, Filipo capituló pactando una rendición incondicional, que pudo evitar que Flaminino continuara la guerra, si bien el verdadero motivo del abandono de la ofensiva romana se debió en gran medida a la repentina aparición en Jonia del ejército de Antíoco III.

Macedonia logró evitar su disolución, si bien es presumible que a Flaminino le interesase mantener un referente claro en Grecia.

Esta alianza permitió a Filipo reconstruir Macedonia dejando a su heredero, su hijo Perseo, un reino fuerte y presto para un episodio más en su guerra contra Roma.

Con la victoria romana los territorios griegos experimentaron una serie de transformaciones. Los etolios admitieron a los locrios orientales y a la Fócide en su confederación. Por otro lado, se separó de Tesalia la Ptiotide aquea, y Corinto y Trifilia pasaron a dominio aqueo. Junto a esto, el rey de los atamanes se apoderó de los territorios que había ocupado Filipo, mientras que Plemato se apoderó de los territorios ilirios que estaban bajo dominio de Filipo. Pero hay que tener presente que al término de la guerra varias ciudades del Peloponeso, como Argos, siguieron siendo fieles a Filipo.

Podemos interpretar que la falange macedonia era un complejo engranaje de unidades con diferentes propósitos. Ahora se estaba convirtiendo en un sistema cada vez más rígido y poco a poco sus elementos clave iban desapareciendo o atrofiando.

 

Las tensiones entre Antíoco III y Roma

Pérgamo había solicitado a Roma su apoyo ante los ataques que estaba recibiendo por parte de Antíoco III. Ignorando los varios avisos de la ciudad del Tíber, Antíoco III procedió a atacar ciudades libres y territorios egipcios. Sus objetivos consistían en conquistar Tracia y Anatolia, es decir, reconstruir en cierto modo el imperio regentado en un pasado por Seleuco. Es por ello por lo que Antíoco III se vio forzado a emprender una lucha contra Rodas, Pérgamo y otras ciudades si quería reconstruir el imperio gobernado en un pasado por su antecesor. Antíoco III logró apoderarse de Egipto y de varias ciudades libres. Hubo ciudades que no mostraron ninguna resistencia a Antíoco III como Éfeso. Poco después, se adueñó de Abidos y de Lisimaquia en el 196 a.C. dominando la práctica totalidad del litoral asiático.

Flaminino ordenó a Antíoco III no atacar a las ciudades autónomas de Asia y de Grecia respetando su declaración de libertad.

En el 195 a.C. logró adueñarse de las posesiones lágidas en Asia Menor, dejando a los egipcios con sus posesiones reducidas a Tera, Chipre y parte de Creta. En ese mismo año con la capitulación de Nabis, tirano de Esparta, Argos pasó a estar dominada por los aqueos. Las relaciones entre Antíoco III y Egipto se verían mejoradas por medio de la concentración de un matrimonio entre la hija del primero y Ptolomeo V. Ese mismo año, Antíoco III pretendía establecer una alianza con Roma aunque Flaminino no estaba dispuesto a ello. A pesar de las negativas por parte de Roma, Antíoco III no dejó de mandar embajadas al Senado romano en el 193 a.C. solicitando de nuevo la alianza. Los romanos firmarían una alianza si Antíoco III se comprometía a abandonar Tracia o permanecía en ella, pero permitiendo a la ciudad del Tíber aumentar el número de vínculos en estas tierras. Las negociaciones fueron factibles hasta el momento en que los etolios entraron en escena buscando acabar radicalmente con los macedonios para aumentar sus dominios. Los etolios conseguirían por medio de distintos ardides ganarse los apoyos de varias ciudades griegas, obligando a Roma a entablar combate.

De esta manera, al año siguiente, en el 192 a.C., estalló el conflicto entre romanos y etolios. Estos últimos intentaban ganarse el apoyo de Antíoco III. La presión romana hizo posible que se retirara a las Termópilas y que finalmente abandonase Grecia en el 191 a.C. El conflicto entre romanos y etolios fue aprovechado por Filipo para apoderarse de Demetrias. Tras la muerte por asesinato del tirano de Esparta, es decir, de Nabis, la ciudad lacedemonia se asoció a los aqueos que ya contaban con el apoyo de Elis y de Mesenia.

Finalmente, los conflictos con los etolios llegaron a su fin con la firma de la paz en el 189 a.C. Entre los acuerdos más destacados de este pacto figuraban el abandono etolio de una serie de regiones o la entrega de determinados territorios a Filipo. los etolios perderían el control sobre la anfictionía délfica. Sin embargo, todavía continuaban las tensiones con los seléucidas. Tras la derrota del ejército seléucida, los romanos lograron penetrar sin problema en tierras minorasiáticas. Roma impuso a Antíoco III abandonar todas sus posesiones. Al no aceptar la cláusula, optó por declarar la guerra. Las legiones romanas estarían capitaneadas por Lucio Cornelio Escipión y contarían con el apoyo de Eumenes II, gracias al cual lograría imponer su victoria.

Finalmente, en 189-188 a.C. se llegó al final de los conflictos en Asia Menor con la firma de la Paz de Apamea. Según nos relata Apiano, se acordó que Antíoco III evacuase Asia Menor hasta el Tauro, renunciase a Tracia, entregase rehenes y pagase cuantiosas indemnizaciones, mientras que Roma ampliaba su patronato sobre las tierras asiáticas y griegas. Empero, no logró que se le entregara al líder cartaginés. Las grandes beneficiadas fueron Pérgamo y Rodas al obtener territorios anteriormente dominados por los seléucidas.

Al término de estos conflictos, Roma dominaba las tierras de Cefalonia, Corcira, Zacinto y varias ciudades de Asia Menor. Abandonaría estos territorios hacia el 188 a.C. tan sólo conservando las plazas militares de las islas jónicas.

 

La Tercera Guerra Macedónica (171-168 a.C.)

Con la derrota en Cinoscéfalos y la Paz de Apamea, los macedonios aceptaron una serie de cláusulas. Sin embargo, Filipo no renunció a su deseo de que Macedonia recuperase el esplendor y el imperio del que había gozado en el pasado. De esta manera, planeó el crecimiento macedonio para poder enfrentarse a Roma. Los propósitos del macedonio consistían en conquistar los territorios al sur del Danubio y pactar tratados de alianza con las tribus bárbaras transdanubianas.

Con la situación aparentemente más tranquila, Flaminino se encontró en el 183 a.C. con Filipo obligándolo a abandonar Maronea y Ainos, territorios de la costa de Tracia. Las pretensiones de Filipo serían continuadas a su muerte en el 179 a.C. por su hijo menor Perseo –su otro hijo, Demetrio, fue condenado a muerte al ser considerado un traidor por colaborar con los romanos.

Carente en cierto modo de originalidad por seguir el programa de su predecesor, Perseo siguió un buen programa político y social que le permitió ganarse buenas relaciones con el resto de estados griegos acercándose a los estratos sociales más desfavorecidos. Igualmente, mejoró las relaciones con los seléucidas y con los bitinios por medio de lazos matrimoniales. Por consiguiente, había logrado relaciones favorables con Prusias II de Bitinia, Seleuco IV de Siria, Rodas, Bastarnia, Iliria y Etolia.

Perseo tenía que hacer frente a las pretensiones de su enemigo Eumenes II de Pérgamo, quien acudió al Senado romano afirmando que Perseo en realidad buscaba acabar con el dominio de Roma. Incrédulos en un principio de la acusación, los romanos acabaron por aceptar tal acusación cuando Eumenes murió asesinado en Delfos. Los conflictos entre macedonios y romanos se reanudarían en el 171 a.C. con Tesalia como principal escenario.

Las legiones romanas estarían dirigidas en esta ocasión por el cónsul Quinto Marcio Filipo, quien accedería a Macedonia a través de Tesalia. Los conflictos afectaron sumamente los intereses marítimos de Rodas, por lo que intentó, sin lograr los resultados esperados, poner fin al conflicto. En el 169 a.C. las tropas romanas estuvieron al frente del cónsul Lucio Emilio Paulo, quien logró derrotar a Perseo en la batalla de Pidna en el 168 a.C.

En la contienda, las ofensivas de las tropas romanas fueron interrumpidas y las legiones comenzaron a retirarse. Acto seguido las falanges macedonias se abrieron para perseguir a los romanos. Sin embargo, Lucio Emilio Paulo supo sacar provecho de tal circunstancia y lanzó las reservas a los flancos y a la retaguardia de las falanges rompiendo totalmente su formación, y los legionarios perseguidos regresaron para cercar a los soldados macedonios. La caballería macedonia optó por retirarse del campo de batalla al cerciorarse de la derrota de la infantería.

La batalla terminó en menos de una hora con 20.000 macedonios muertos y 11.000 prisioneros. Las bajas romanas fueron muy inferiores.

Tras buscar refugio en varias ciudades, como Samotracia, Perseo optó finalmente por entregarse a los romanos para acabar entrando encadenado en Roma, donde murió poco después.

Al término de estos conflictos Roma estableció en Macedonia a diez senadores encargados de la administración. A partir de entonces, Macedonia quedaría dividida en cuatro repúblicas cuyas capitales fueron Pella, Palagonia, Tesalónica y Anfípolis. Cada una de ellas contaría con su administración propia junto con una serie de condiciones menos liberales –sus habitantes no podrían mantener relaciones diplomáticas, comerciales ni matrimoniales entre sí–. La monarquía macedonia y la dinastía Antigónida habían sido destruidas para siempre.

Paralelamente, en Iliria se suprimió la monarquía quedando dividida en tres repúblicas independientes. Las ciudades epirotas que habían apoyado la causa de Perseo recibieron el castigo romano cayendo en la esclavitud más de 15.000 personas. Tal fue el caso de Rodas, que perdió Licia y Caria. Por otro lado, tan sólo la Liga Aquea conservó algo de autonomía interna, si bien era dependiente de la voluntad de Roma.

Como señalara Polibio, la victoria romana en Pidna en julio del 168 a.C. no significó sino el fin de la independencia absoluta en Grecia. En este sentido, la tradición historiográfica ha aceptado la versión de Polibio al considerar que la guerra fue maquinada por Filipo en sus últimos años de vida, cuando en realidad fue el Senado quien verdaderamente inició el conflicto. Por tal motivo, el Senado nunca afirmó que la guerra fuese defensiva, sino preventiva.

 

La conversión de Macedonia en provincia romana

Tras la batalla de Pidna, Adriscos, haciéndose pasar por hijo de Perseo, pretendió adueñarse del trono de Macedonia. A pesar de que fue entregado a los romanos, logró escapar y en pocos años hacerse con el control absoluto de Macedonia, ganando aliados, como el príncipe Teres, ocupar Tesalia y poner en serios apuros al ejército romano. Sin embargo, el pretor Quinto Cecilio Metelo consiguió derrotarlo en el 148 a.C., momento en el que Roma declaró todo el territorio macedonio nueva provincia romana a la que se sumarían además todos los distritos ilirios bajo dominio romano.

Consecuencias de la intervención romana en el mundo griego

La consecuencia inmediata de la intervención romana en suelo griego fue dotar a Grecia de una nueva organización administrativa y territorial fraccionada, acabando desde el término de la Tercera Guerra Macedónica con sus líderes y dinastías monárquicas.

Los continuos conflictos tuvieron siempre por escenario el territorio griego, lo que se tradujo en la pérdida, no sólo de hombres, sino también de infraestructuras, por parte de las ciudades helenas. Aunque Roma partiera de la base de que participaba en las guerras por meras cuestiones defensivas, siempre sacó beneficio económico a través de la captura de botines y de la imposición de indemnizaciones. Además, el hecho de contar con una serie de ciudades aliadas le permitió contar con un mayor potencial de recursos. Roma sacaría un gran provecho del tributo griego al devolverlo a las ciudades griegas en forma de préstamo para lograr a la vez su reconstrucción. Asimismo, desde comienzos del siglo I a.C. conseguiría una gran cantidad de esclavos en un momento en el que el comercio de esclavos alcanzaría su momento cumbre. La llegada de ingentes fortunas a Roma generó una aristocracia descendiente de los militares victoriosos en las batallas griegas que detentaron copiosas riquezas y una gran estima social. Por otro lado, hay que tener en consideración que las aristocracias griegas, aunque mantuvieron una relación de amistad con las autoridades romanas, siendo consideradas en numerosas ocasiones como romanos en el sentido absoluto, quedaron relegadas a una posición secundaria viendo reducido su poder y poderío económico.

Finalmente, y como sucedería en todas las provincias romanas, las ciudades griegas adoptarían las morfologías económicas, sociales, administrativas, institucionales y urbanísticas romanas.


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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