¿Por qué los chinos edificaron la Gran Muralla?

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Ya les oigo decir “Ésta me la sé”. Y quizá sea cierto. Porque es verdad lo que creen saber: los chinos construyeron la Gran Muralla para defender su territorio de las invasiones de los mongoles. Pero, una vez más, tenemos que matizar. Y, sobre todo, tenemos que conocer a nuestros protagonistas. ¿Quiénes eran los chinos de entonces? Y ¿…quiénes eran los mongoles y por qué les temían tanto los chinos?

Debemos ir poco a poco. La Gran Muralla no es la obra de un rey, ni siquiera la de una dinastía, sino la encarnación, diversa y cambiante, de una idea muy antigua que se remonta nada menos que al siglo V a.C., la de construir muros que protegieran las ciudades y los campos de cultivo de la amenaza constante, y común a todos los pueblos sedentarios, de los nómadas que vivían más allá de las fronteras de China.

Es por entonces, en el contexto de una gran inestabilidad política, cuando diversos principados chinos levantan muros de tierra prensada de finalidad defensiva. La guerra continua, fruto de la ausencia de un poder central, explica un comportamiento que, paradójicamente, se repetirá, corregido y aumentado, cuando ese poder vuelva a existir y la amenaza del enemigo, no por más lejana en lo físico, deje de sentirse próxima en lo espiritual.gmurallachina

Así sucede en el siglo III a.C. Es entonces cuando China se reunifica de la mano de Qin Shi Huang, que ordena derribar las murallas interiores al tiempo que inicia, al otro lado del río Amarillo, la erección de una nueva muralla exterior orientada ya con claridad hacia el norte, la tierra habitada por los xiongnu, que amenazaban con sus correrías el territorio chino.

No fue, pues, en contra de la creencia popular, la amenaza de los mongoles la que movió a los chinos a levantar la Gran Muralla.

Pero ¿quiénes eran estos xiongnu que habitaban, eso sí, las tierras de lo que mucho más tarde se llamaría Mongolia? La respuesta no es sencilla, porque no hay acuerdo en ello entre los historiadores. La hipótesis más atractiva los convierte en antepasados de los hunos, el célebre pueblo que, dirigido por Atila, amenazó Roma a mediados del siglo V de nuestra era. Pero esta interpretación dista mucho de alcanzar la unanimidad de los investigadores. Lo único que podemos asegurar es que, durante siglos, fueron enemigos de los chinos y sus relaciones con ellos variaron entre la agresión, el señorío y el vasallaje.

De todos modos, fue sólo el principio. La Historia regaló a los chinos nuevos enemigos que tomaron el relevo de los xiongnu, y con ellos nuevos argumentos para preservar e incluso fortalecer la Gran Muralla. Sin embargo, hubo de transcurrir más de un milenio para que la colosal obra, la mayor que los hombres han levantado sobre la tierra, alcanzara sus proporciones definitivas.

Sucedió a mediados del siglo XV, cuando en el trono se sientan ya los emperadores de la más famosa dinastía china, la Ming. La muralla que construyen, que viene a sumarse a la existente, se le parece bien poco, pues a la tierra de las llanuras y la piedra de las montañas viene a añadirse ahora como material de construcción el ladrillo, y los simples terraplenes palidecen ante la erección de poderosas torres, fortalezas y cuarteles que se intercalan en sus muros.

El enemigo tampoco es el mismo. Desaparecidos o integrados los xiongnu, son, ahora sí, los mongoles los que proyectan su sombra amenazante sobre las fronteras chinas. Conquistadores del país en el siglo XIII, cuando Gengis Kan se anexionó China como una parte de su vasto imperio, habían permanecido como dueños extranjeros de China hasta 1368, cuando fueron expulsados por los Ming.

No debe extrañarnos, pues, que sea ahora cuando la Gran Muralla merece más atención. La era Ming marca su edad de oro.

Pero incluso en China las edades de oro alcanzan su final. Para los Ming éste llegó en 1645, cuando los manchúes, los nuevos vecinos del norte, derrotaron a sus otrora invencibles ejércitos y se apoderaron del país. La colosal obra, con sus más de ocho mil kilómetros de longitud, que harían necesarios cien días si quisiéramos recorrerla a pie, había perdido por completo su utilidad, pues a uno y otro lado de la frontera que había nacido para proteger habitaba ya el mismo pueblo.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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  1. gravatar José E. Benítez Responder
    marzo 3rd, 2016

    O sea que lo primigenios chinos, los que hicieron las primeras murallas de tierra, también han desaparecido. Parte de los chinos que conocemos hoy son una mezcla de por lo menos tres razas: china, mongol, manchú.