Con ese nombre de mujer

Por . 21 marzo, 2016 en Discusión histórica
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Este artículo habla de nombres femeninos. Pero no de cualquier nombre, sino de “ese nombre de mujer” que ha trascendido el mero hecho nominal para designar otra cosa o condición totalmente diferente. Nombres que, además, hayan tenido un protagonismo en la historia, nombres propios femeninos que enseguida evoquen momentos de la historia. Esos nombres.

Estos son algunos de ellos, pero seguro que hay muchos más.

Empecemos por María. Por ejemplo, con la Santa María, la nao capitana colombina que junto a la Pinta y la Niña constituyeron una flota pionera de género femenino. En otras ocasiones María sugiere un significado más concreto: Además de representar la “mujer-madre” por excelencia, (vulgarizado en Maruja, como adjetivo despectivo hacia una mujer sin más inquietudes que las tareas domésticas), hoy también nombra desde la hoja de la marihuana a una materia escolar harto simple.

Por el contrario, Eva evoca el pecado, y siguiendo esta estela tenemos a: Lolita, la lujuria; Penélope, la fidelidad de la esposa; Sofía, la sabiduría; Julieta, la tragedia; Pandora, el mal contenido y Helena, la guerra desatada.

La literatura, el cine, la cultura popular y la publicidad también han jugado con los nombres femeninos hasta el punto de hacernos confundir el propio con el común. Por ejemplo, Pamela con un sombrero, atribución que pudo tener origen en la novela Pamela o la virtud recompensada (1740) de Samuel Richardson (1689-1761), porque en la representación teatral de la obra la protagonista lucía este tipo de sombrero y se popularizó su denominación asimilada al personaje. También sucede algo similar con Merceditas (o Mary Jane en inglés), que son unos zapatos (o Mercedes un coche de lujo); Magdalena un bizcocho (también Concepción Arenal llamaba “magdalenas” a las pupilas de su asociación en auxilio de las presas); Rebeca una chaquetita de lana (que lucía Joan Fontaine en la película homónima); o cuando llamábamos Matilde a cada una de las acciones de la empresa española Telefónica.

Hasta podemos encontrar nombres compuestos femeninos expresando algo totalmente diferente. Como Damajuana (de dame-jeanne en francés, al parecer por la reina Juana de Nápoles), que es una garrafa panzuda de cristal con cobertura de mimbre o plástico; O la Santabárbara, que es el lugar del buque donde se guarda la pólvora, armas y explosivos.

 

Francisca

Se da el caso de que también hay nombres femeninos que poco recuerdan otro uso como nombre común. Por ejemplo, cuando hablamos de Francisca, pocos relacionarán este nombre con el arma temible que utilizaban los francos entre los siglos V y IX d.C. De hecho, el nombre de francisca se debe sólo a las Etimologías de Isidoro de Sevilla (556-636), porque Gregorio de Tours (538-594) en su Historia Francorum habla simplemente de gladius (‘espada’) y securis (‘hacha’): “nam neque tibi hasta neque gladius neque escurrís estutilis” (Libro II, Sexta Edad, Capitulo 27).

La francisca fue una especie de hacha curvada utilizada sobre todo en la lucha cuerpo a cuerpo. Como arma arrojadiza, con su peso (podía llegar al kilo) y velocidad, se convertía en un terrible y mortal proyectil. Era lanzada a poca distancia del enemigo, justo antes de iniciar el combate a espada y, como su rebote era impredecible, podía llegar a causar un gran daño justo por debajo del escudo. Su popularidad se extendió desde los francos salios asentados en la Galia romana, hasta los carolingios, conquistadores de media Europa. También la utilizaron los sajones y los visigodos hispanos, llegándose a encontrar algún ejemplar en ajuares funerarios del norte de España.

Paca, el hipocorístico de Francisca, también tiene su propia historia. En este caso el femenino se utilizó con connotaciones despectivas en dos ocasiones en nuestro país. La primera, cuando Isabel II de Borbón, reina de España, supo que se había arreglado su matrimonio con el infante Francisco de Asís de Borbón (1822-1902), su primo: “¡No! ¡Con Paquita, No!”, dicen que exclamó. Pero finalmente contrajeron matrimonio el 10 de octubre de 1846, el día de su 16 cumpleaños. Era sabido en toda la Corte que el infante “era de pasta flora” y desde luego no le hizo ninguna gracia a “Isabelona” compartir cama y trono con alguien que “mea en cuclillas como las señoras”, pero no le quedó otro remedio. Con su exclamación en el diminutivo femenino Paquita, quedó constatado para la historia el total desagrado de la reina.

Casi noventa años más tarde, el femenino Paca vuelve a ser utilizado con una gran carga desdeñosa (no exenta de maledicencia), esta vez sin diminutivo: Paca la culona era la eufemística forma con la que el díscolo general Gonzalo Queipo de Llano (1875-1951) calificaba al que acabaría siendo su Generalísimo, Francisco Franco, con quien nunca congenió.

 

La Pepa

Cuando las Cortes de Cádiz promulgan la primera Constitución española es el día de San José, el 19 de marzo de 1812. Para la historia, quedará bautizada desde entonces como la Pepa, el diminutivo cariñoso del femenino Josefa, que le asignó el peculiar sentido del humor del pueblo español, cuya idiosincrasia impregnó todo el nuevo texto constitucional. “¡Viva la Pepa!” se convirtió en un coreado grito liberal, incluso tras su derogación.

El texto, que influyó en otras cartas constitucionales de los inicios del siglo XX (como en las de los futuros países sudamericanos), reconocía la monarquía pero le restaba al rey la titularidad de la soberanía, que se establecía en la Nación española (artículo 3), representada en las Cortes, una única Cámara de Diputados. También reconoció una separación de poderes que limitaba el de la monarquía… aunque no del todo. Así, aunque el rey debía jurar y acatar la Constitución, su persona era declarada “sagrada e inviolable” (Titulo IV) y no sujeta a responsabilidad. Su tratamiento era el de “Majestad Católica”, y se le asignaban varias funciones dentro de los poderes del Estado: el legislativo “reside en las Cortes con el Rey” (artículo 15); y el ejecutivo es “potestad” del monarca (artículo 16).

Decía la Pepa que “La nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen” (artículo 4). Pero en realidad la Constitución de 1812 no llegó a conciliar los derechos de todos. Se olvidó de las mujeres, que no son siquiera mencionadas en el texto (“mujer” aparece escrito una sola vez, en el artículo 22, de manera secundaria), aunque curiosamente, terminara por ser conocida con un nombre femenino.

Fue un texto largo (384 artículos) con una vida corta. Su fin sobrevino por el retorno del absolutismo tras la entrada en España de Fernando VII en mayo de 1814, quien disolvió las Cortes, abolió la Constitución y mandó detener a varios diputados, dando por terminado el brote liberal.

 

“Liberal exaltado ¿do caminas / triste, despavorido y sin consuelo? / Detente, y mira como el justo cielo / al impío confunde entre las ruinas / […] Procúrate enmendar, Liberal fuerte, / Mira que ya cercana está tu muerte.” M. G.

Atalaya de la Mancha en Madrid, 1814.

 

¡Ay, Carmela!

En forma de lamento, ¡Ay, Carmela! fue una canción nacida en la España de 1808 ocupada por los franceses, que pasó casi desapercibida hasta que ciento treinta años después, volvió a sonar con fuerza en una ya muy precaria Segunda República española.

La recuperación de la canción decimonónica durante la Guerra Civil española no es casual. Forma parte del imaginario idealizado del pueblo español levantado en armas contra “el invasor”: los franceses entonces y los fascistas después. En la España republicana se vive la contienda civil como una guerra de resistencia del pueblo en defensa de su libertad. Y en esa defensa popular vuelve con fuerza el recuerdo de la heroicidad del pueblo llano en 1808 representado por un universo femenino: las “Agustinas de Aragón”, las “Manuelas Malasaña”, las “Marianas Pineda”, la “Virgen del Pilar”… y el “¡Ay, Carmela!” que entonces se cantaba a las tropas napoleónicas desde las barricadas gaditanas.

El episodio decisivo de la Guerra Civil española que va a hacer revivir el grito, reconvertido ahora en republicano, es la batalla del Ebro, librada de julio a noviembre de 1938:

 

“El Ejército del Ebro,
rumba la rumba la rumba ba
una noche el río pasó,
¡Ay Carmela! ¡Ay Carmela!
Y a las tropas invasoras,
rumba la rumba la rumba ba
buena paliza les dio,
¡Ay Carmela! ¡Ay Carmela!
El furor de los traidores,
rumba la rumba la rumba ba
lo descarga su aviación,
¡Ay Carmela! ¡Ay Carmela!
Pero nada pueden bombas,
rumba la rumba la rumba ba
donde sobra corazón,
¡Ay Carmela! ¡Ay Carmela!
Contraataques muy rabiosos,
rumba la rumba la rumba ba
deberemos resistir,
¡Ay Carmela! ¡Ay Carmela!
Pero igual que combatimos,
rumba la rumba la rumba ba
prometemos combatir,
¡Ay Carmela! ¡Ay Carmela!”

 

La batalla del Ebro figura en la historia de la Guerra Civil como la más larga y una de las más sangrientas de todo el conflicto. En ella tomaron parte cinco brigadas internacionales, siendo la 11ª Brigada, la que primero estableció una cabeza de puente en la margen derecha del Ebro desde la que se lanzó la ofensiva republicana. Bajo el mando del teniente coronel Juan Guilloto León (llamado “Modesto”), dos cuerpos de Ejército (el V de Enrique Líster y el XV de Manuel Tagüeña; hubo un tercero, el XII, al mando de Etelvino Vega, que apenas participó en un principio) compuestos de unos 100.000 hombres, cruzaron el Ebro cuando eran las 00:15 horas del 25 de julio de 1938.

Algunos eran muy jóvenes, de entre 17-18 años (llamados “la quinta del biberón”) y los mandos populares prácticamente inexpertos. Ni Enrique Líster ni Modesto eran militares de carrera (cantero y aserrador respectivamente, Tagüeña, de 25 años, era brigada), aunque ambos habrían recibido alguna formación militar en la academia Frunze de la URSS. Con esos mimbres se enfrentó la República a la batalla más decisiva de toda la guerra.

Pero el inicial éxito de esta ofensiva enardeció los ánimos de unos milicianos desmoralizados y una población civil muy castigada a estas alturas de la guerra. La ciudadanía soportó los combates, los bombardeos (todo el levante fue bombardeado varias veces) y las ofensivas propagandísticas de los franquistas que, con los “bombardeos del pan”, quisieron hacerles cómplices de una victoria que aún no habían conseguido.

Así, ¡Ay, Carmela! fue el confiado canto que recorrió todo el frente y alcanzó la retaguardia republicana, al menos, durante los más de tres meses que duró la defensa del Ebro. Los “contraataques muy rabiosos” de los que habla la canción ascendieron de grado con la llegada de la Legión Cóndor alemana y las tropas italianas, que dando apoyo a 15 divisiones de infantería sublevada, tomaron el Ebro de nuevo tras intensos combates (al estilo “topetazo del carnero”, dicen las crónicas).

El 18 de noviembre los republicanos están ya fuera del Ebro, en la anterior línea de defensa de Ribarroja. Pese al triunfalismo del ¡Ay Carmela!, la Segunda República quedó prácticamente sentenciada a partir de esta fecha.

 

Marianne

La_liberte_guidant_le_peuple-620bLa libertad, también en femenino, fue la primera de las aspiraciones de la Revolución Francesa de 1789, expresada en el tríodo: “Liberté, Égalité, Fraternité” (lema oficial del país desde 1880), aunque fue otra la personificación nacional francesa salida de la revolución: la Marianne.

Los absolutistas monárquicos calificaban despectivamente de marianos a los revolucionarios republicanos porque se les suponía influidos por las tesis del jesuita español Juan de Mariana (1536-1624), conocido en Francia porque había ejercido como profesor en la Universidad de París entre 1569 y 1574. “El tirano es el que todo lo atropella y lo tiene por suyo”, había dicho Mariana en De monéate mutatione (1609), algo que le causó no pocos problemas con el duque de Lerma en España, del mismo modo que una obra anterior, De rege et regis institutione (1599), le había acarreado problemas en Francia por entender que pregonaba el tiranicidio (la obra se vinculó con el asesinato del rey Enrique III de Francia).

El apodo, no obstante, acabó siendo adoptado por los propios revolucionarios quienes llamaron Marianne a la patria francesa por la que estaban luchando y en nombre de la cual estaban dispuestos a llegar hasta el regicidio (como así terminó siendo en la persona de Luis XVI y su esposa María Antonieta de Austria). Marianne acabó por ser un sinónimo de Francia.

Curiosamente, otra explicación vincula Marianne con una canción occitana, La Guérison de Marianne (‘la recuperación de Marianne’, referida a su salud), que fue muy popular tras la Revolución Francesa para evocar la recuperación de la madre-Francia posterior al absolutismo.

Ya fuese con uno u otro origen, esta idea trasciende la historia y la memoria hasta que en el siglo XIX de nuevo es necesario “recuperar” a la madre patria. Así, la revolución burguesa de 1830 en París (los “Trois Glorieuses”, 27, 28 y 29 de julio), continuación de la española de 1820 que prendería la mecha de las revoluciones liberales que entre este año y el de 1848 recorrieron toda Europa, tuvo como “guía” una personificación femenina de la revolución pintada por Eugene Delacroix (1798-1863): La Libertad guiando al Pueblo (1830), una alegoría de la Marianne de la República Francesa, conduciendo de nuevo al pueblo levantado en armas para salvar la patria.

En este cuadro están presentes símbolos que se asociarán desde entonces a la República, como el gorro frigio (relacionado con el liberalismo y la masonería, y que se colocó enseguida a la Marianne) y la bandera tricolor francesa que porta en una mano.

Esos símbolos inspirarán igualmente las alegorías de las repúblicas españolas. Tanto la Carmela de la Segunda República, como la La Niña Bonita de la primera, una alegoría dibujada en 1873 por el caricaturista catalán Tomás Padró Pedret (1840-1877) en el semanario La Flaca. Revista liberal y anticarlista (publicada entre 1869 y 1876), donde firmaba con el pseudónimo “AºWº”.

La Niña Bonita mostraba los elementos propios del liberalismo (el gorro frigio y un seno descubierto), y añadía algunos elementos nuevos, como la figura alada (evocando a la Victoria-Nike griega), las tablas de la Ley (con la inscripción “RF”, la Constitución de la República federal española que no llegó a aprobarse) y la balanza de la Justicia. Libertad, Victoria y Justicia han sido representadas tradicionalmente con formas femeninas.

La Carmela de la Segunda República simplificará un poco todos estos atributos resaltando más la balanza de la justicia e introduciendo la bandera republicana tricolor. Es así como aparece en 1987 en la obra teatral del dramaturgo José Sanchis Sinisterra, titulada ¡Ay, Carmela! y que Carlos Saura convirtió en película, con el mismo título, en 1990.

 

Poppy (Amapola)

Amapola es un nombre femenino, como lo es también el de muchas flores: Rosa, Azucena, Margarita… nombre este que, además de una famosa bebida, también es con el que se conocía a las mujeres carlistas del siglo XIX que más tarde fueron las tradicionalistas que ayudaban a los requetés en la Guerra Civil española. Más tarde, en 1948, Margarita es un himno militar compuesto por el alumno Julio Salgado Alegre (1926-2003), estudiante de Derecho y Magisterio, en el campamento de la Milicia Universitaria (IPS) de El Robledo (Segovia). Ideado como una alegre canción de marcha, se convirtió en la más popular de las canciones de la Milicia Universitaria y del cuerpo de Infantería: “Margarita se llama mi amor / Margarita Rodríguez Garcés / una chica, chica, chica, pum / del calibre 183.”

También fue llevada al cine: Margarita se llama mi amor (1961) fue dirigida por Ramón Fernández con guión de Vicente Escrivá. El himno aparece, además, en otras películas españolas.

Pero volvamos al principio. Amapola, sobre todo con su pronunciación inglesa, Poppy, y en color rojo, es hasta hoy, el icono mundial con el que se conmemora el día de la firma del armisticio que puso punto y final a la Primera Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918.

Si en los inicios de la Primera Guerra Mundial (tal vez la genuina última guerra “romántica”, y no, como se ha afirmado muchas veces, la Guerra Civil española) varios poetas laurearon la gesta, bien con grandes dosis de idealismo, como Guillaume Apollinaire (1880-1918), bien con ingenuo entusiasmo, como el del norteamericano Alan Seeger (1888-1916), autor del poema “Tengo cita con la muerte”, publicado póstumamente en 1917; también, puede culminarse con el romanticismo de un poema, “En los campos de Flandes” del teniente coronel John McCrae Alexander (1872-1918):

 

“En los campos de Flandes
se mecen las amapolas

entre hileras de cruces

que señalan nuestra tumba.

Las alondras cantan desafiantes pese a todo;

vuelan oyendo apenas el fragor de los cañones.

Somos los muertos

Hace pocos días vivíamos,

sentíamos el amanecer,

veíamos el brillo del crepúsculo,

amábamos y éramos amados…

Ahora yacemos en los campos de Flandes.

Resume nuestra lucha con el enemigo.

De nuestras manos inertes

te lanzamos la antorcha;

es tu tarea mantenerla bien alta.

Si faltas a la palabra

que nos diste a los muertos,

nunca descansaremos,

aunque florezcan las amapolas

en los campos de Flandes.”

 

Aunque la vinculación de la amapola (poppy) con el recuerdo de los combatientes parece que era ya una costumbre anterior a la Primera Guerra Mundial, es durante este conflicto cuando se generaliza gracias al poema de McCrae. Este profesor de Medicina en la Universidad McGill de Montreal (Canadá), ejercía de cirujano en un hospital de campaña en Ypres (Bélgica), escenario de una de las batallas más cruentas de la Gran Guerra. Allí, la muerte de varios jóvenes soldados, sobre todo la de su amigo Alexis Helmer, le inspiran el poema. Fue publicado anónimamente en la revista Punch el 8 de diciembre de 1915 y pronto dará la vuelta al mundo.

Pero si hoy conocemos la amapola o Poppy como la flor de esta asociación, es gracias a Moina Michael (1869-1944), la primera persona en lucirla en su solapa. Moina era una profesora de la estadounidense Universidad de Georgia, miembro de la asociación YMCA y volcada en la ayuda a los heridos de guerra, que descubre en Nueva York el poema de McCrae y el 9 de noviembre de 1918, unos días antes de la firma del armisticio, publica una breve respuesta a la última estrofa, un poemita titulado “Mantendremos la Fe”, donde viene a decir aproximadamente:

 

“¡Oh!, que los que duermen en los campos de Flandes no teman, que no han muerto en vano… sosteniendo en alto la antorcha como testigo y la roja amapola que florece por encima de los muertos en los campos de Flandes… mantendremos la fe… vamos a enseñar la lección que nos habéis dado… y luciremos la roja amapola en honor de los que murieron.”

 

El 15 de mayo de 1921 se formó en el Reino Unido la Legión Británica (a partir de 1971, Royal British Legion), una asociación de exmilitares y familiares de militares y víctimas de guerra, que pretendía ocuparse de todos aquellos que necesitaban una ayuda que no recibían del gobierno. La economía nacional era precaria, con más de dos millones de parados, cerca de 1,75 millones de excombatientes con algún tipo de discapacidad, y viudas, huérfanos y padres de los más de 725.000 soldados que quedaron en el frente, desamparados. La tarea era ingente y los ingresos escasos.

Anna Guérin, miembro de la asociación YMCA francesa y conocida de Moina Michel, llegó a Londres con las Poppy de tela que Moina había fabricado y vendido en Estados Unidos (la Legión Americana de Georgia fue la primera asociación en adoptar y vender la amapola en 1920). Su éxito fue enorme. En 1921, en los actos del aniversario del 11 de noviembre, se vendieron más de 9 millones de amapolas que ella misma se encargó de distribuir por todo el Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

En 1922, el mariscal de campo Douglas Haig (1861-1928), fundador y presidente de la Legión Británica (excombatiente en Yprés y en Somme), adopta la Poppy como emblema de la asociación, al tiempo que el mayor George Arthur Howson (1886-1936) crea la Disabled Society Poppy Factory, una fábrica de amapolas de tela donde los trabajadores eran exmilitares discapacitados. Esta empresa produce hoy cerca de 40 millones de amapolas cada año (también se fabrican en Escocia, en la Dama Haig Poppy Factory, fundada en 1926, algo diferente, con cuatro pétalos; y desde 1924 en la estadounidense Pittsburg, con el nombre de Buddy Poppy). Todas ellas siguen siendo elaboradas a mano por discapacitados y familiares de militares víctimas de conflictos armados. Y todas ellas siguen luciéndose en la solapa cada 11 de noviembre como símbolo de la memoria y la esperanza.


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Soy una vallisoletana de la generación del 63 y de vocaciones tardías. Mi nombre es Pilar López Almena, pero adopté un nombre “mediático” que ahora me identifica en la red como Alma Leonor López. Me diplomé en Educación Social y ejercí como voluntaria en una ONG impartiendo charlas en colegios y asociaciones y organizando cursos sobre Educación para el Desarrollo en el Centro de Profesores y Recursos de Valladolid. No tengo nada publicado. Para no mentir del todo, un querido amigo de la Universidad de Puerto Rico tuvo a bien publicar en la revista de su Departamento un artículo mío sobre la victoria de Obama. Pero eso es todo. Y tampoco tengo nada escrito. Para no faltar de nuevo a la verdad, sólo lo que publico de vez en cuando en mi blog HELICON, un lugar de ilusión donde todo tiene cabida, y en Pa Lo Que Hemos Quedao, un proyecto divulgativo y de compromiso social de la red.

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