De Júpiter a Cristo

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A través de la piedra de las calzadas y del surco del arado, bajo la coraza y la toga, en el foro y el pretorio, de la mano del latín y del derecho, los heraldos de la ciudad del Tíber llevaron también consigo su literatura y su arte, su pensamiento y sus creencias. No tardó mucho la cultura romana en arraigar con fuerza entre los pueblos indígenas, más aprisa allí donde los colonizadores fenicios y griegos habían sembrado con anterioridad las semillas del progreso; más despacio en las tierras más apartadas de la fértil ribera del Mediterráneo. La superioridad del latín desplazó enseguida hacia las márgenes de la corriente histórica a las lenguas autóctonas y, de su mano, la cultura de Roma se impuso entre los miembros de las clases dirigentes, que la abrazaron con entusiasmo y pasaron enseguida, en muchos lugares, de la simple asimilación a la producción cultural en toda regla. Las provincias que dieron césares al Imperio le regalaron también filósofos, literatos, geógrafos e historiadores.

 

Los dioses de la ciudad

Mayores resistencias hubo de vencer la religión romana. Los dioses indígenas no murieron de repente, como tampoco lo hicieron los prestados por fenicios y griegos. Su retirada fue pausada y desigual, pues Roma, tolerante, no pretendió nunca imponer sus divinidades. Antes bien, absorbió a menudo las ajenas, o, en el mejor de los casos, trató de asimilarlas a las suyas propias. Y así, en los campos y en los bosques, en los ríos y las fuentes, continuaron durante siglos los viejos ritos, las antiguas libaciones, las milenarias súplicas, y siguieron viviendo los terribles dioses de ultratumba y los benévolos protectores de la fecundidad y de la salud, los amables patronos de viajeros y artesanos y los violentos señores de la guerra. Mientras, en las ciudades se levantaban templos a Roma y al Emperador, cuyos orgullosos flámines apuntalaban con sus ritos la estabilidad política del Estado. La Tríada Capitolina era venerada en los foros por burocráticos augures y opulentos pontífices. Y en las moradas romanas los autoritarios padres se tornaban sacerdotes de los intangibles lares y los generosos penates. Sólo poco a poco ambos mundos se mezclaron y la convivencia prolongada fue vistiendo a los dioses autóctonos con ropajes romanos, aunque a menudo sin transformar más que su apariencia externa.

Porque aquellas divinidades de aspecto impresionante tenían sus limitaciones. Romanas unas, griegas otras, eran dioses de la ciudad, servidores intangibles de la estabilidad y la unidad del Estado. Protegían a la tribu, al grupo, a la familia, pero no se ocupaban del individuo. No había nada en ellos capaz de satisfacer el anhelo de trascendencia que anida en el interior de todo ser humano, y menos aún de ofrecerle consuelo o esperanza para arrostrar una existencia mucho más breve y mucho más insegura que la nuestra. Sirvieron a las polis griegas, como luego servirían a Roma, una polis más, mientras la vida del hombre permaneció encerrada en los estrechos límites de la ciudad. Luego, cuando el comercio y la navegación ampliaron los horizontes de los griegos hacia Oriente y Occidente, cuando las barreras mentales que las protegían empezaron a desmoronarse, las personas se sintieron desamparadas y emprendieron la búsqueda de consuelos más eficaces.

Cada uno buscó a su manera. Unos, los más cultos, renegaron de cualquier religión y trataron de encontrar en la razón la respuesta a sus inquietudes; probaron, en fin, a comprender la naturaleza para dejar de temerla. El mito se batió en retirada frente al logos; la superstición comenzó a ceder ante la razón. Así nació la filosofía. Al principio, condicionados aún sus servidores por sus inercias religiosas, buscaron bajo la apariencia del mundo y su infinita variedad un principio único; dieron en ver en el agua, en el fuego, en el cambio o en la inmutabilidad la esencia misma del cosmos. Luego, el hombre fue elevado a medida de todas las cosas, como si deseara liberarse de una sumisión de milenios a las potencias divinas que había venerado sin recibir a cambio sino angustioso silencio. Por fin, los grandes filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles, quisieron hacer de la sola razón el fundamento último del orden natural y moral de las cosas. El individuo se entiende ya a sí mismo como algo distinto de cuanto lo rodea; se sienta frente a la naturaleza, la mira cara a cara e intenta comprenderla, como primer paso para someterla a sus designios. Así, la razón deviene potencia fundamental del entendimiento humano, herramienta primordial del alma, espejo capaz, en fin, de reflejar el cosmos en su exacta realidad. Con tales postulados, Occidente daba un paso trascendental hacia la definición de su propia identidad.

Pero para la mayoría de los mortales era demasiado pronto. La razón apenas ofrecía consuelo. Más que reconfortar el espíritu ofreciéndole seguridad, a menudo sembraba en él la zozobra y la duda. Por eso, muchos simplemente cambiaron una superstición por otra más satisfactoria. Abrazaron cultos distintos; veneraron dioses capaces de brindarles el alivio que anhelaban, dioses cercanos, con los que se podía establecer una relación personal, divinidades que prometían la salvación y, con ella, un poco de seguridad en esta vida y esperanza en la venidera. Dionisos y Orfeo, los misterios de Eleusis y el oráculo de Delfos pronto ocuparían en el alma de muchos griegos el lugar de Zeus y su parentela divina.

Roma atravesó idéntica evolución. La vertiginosa rapidez de las conquistas y los cambios sociales y económicos que llevaba aparejados pronto diseminaron entre los romanos la vacilación y la incertidumbre. Víctimas de la guerra continua, sometidos a un servicio militar interminable, privados de las tierras que habían labrado durante generaciones, incluso adormecidos por los violentos espectáculos y los repartos de grano gratuitos con que las nuevas clases dirigentes trataban de comprar su voto y su silencio, seguían necesitando algo en lo que creer. Soldados y comerciantes, campesinos y artesanos, cansados de un culto prosaico y árido, deseosos de magia y de consuelo frente a un mundo en descomposición, volvieron así los ojos hacia el seductor Oriente y adoptaron con ansia sus exóticas y arcanas divinidades, sus ritos secretos y místicos. Isis, Osiris, Serapis, Cibeles y Atis, Mitra e Ishtar fueron uno tras otro alzándose a los altares, desplazando al inepto y decadente culto estatal. Todas ellas divinidades salvadoras, que redimían con su muerte los pecados del hombre y le daban con su resurrección la esperanza de una vida inmortal; dioses de cultos intensos, vivos, teatrales, que conducían a los iniciados al paroxismo y al éxtasis en los que creían encontrar la comunión con la divinidad, la vía para la superación de las miserias de este mundo, alimentaron una llamarada intensa pero breve cuyo interés principal fue servir de puente para la llegada del cristianismo.

 

 

…que obedezcan a la fe todos los pueblos

La fe de Cristo viajó, quizá, como el resto de las religiones venidas del Oriente, en el petate de los soldados veteranos que cambiaban de destino, o en la sentina de los mercantes que, como en todas las épocas, descargaban de tanto en tanto en los puertos, junto a sus pesadas cargas, las ideas, las modas y los gustos nuevos de allende los mares. En sus orígenes, el cristianismo parecía llamado a ser tan sólo una secta dentro del judaísmo, uno más entre los cultos orientales. Y así hubiera ocurrido, quizá, de no ser por el apóstol Pablo, su verdadero fundador. Fue él, antes perseguidor de cristianos, quien, imbuido de la fe enérgica del converso, intuyó el enorme potencial del mensaje originario de Cristo y supo hacer de él una religión para todos los hombres, capaz de satisfacer los anhelos más íntimos de las personas de toda raza y condición.

Ello fue posible porque el cristianismo brindaba lo mismo que los demás cultos orientales, consuelo, promesas de salvación, un vínculo directo con la divinidad. Pero ofrecía también otras cosas. Sus fundamentos se apartaban de la mitología politeísta en la que no habían dejado de moverse los seguidores de Isis, de Dionisos o de Mitra. Su profeta, Jesús, había sido un hombre de carne y hueso, un ser real, no un simple mito. Su palabra, lejos de limitarse a la elaboración de un ritual más o menos capaz de embaucar a las masas ansiosas de emociones místicas, ofrecía un sólido referente ético, una norma de conducta de validez universal. Y su organización pronto trascendió los estrechos límites de una misteriosa secta de iniciados para convertirse en una iglesia en toda regla, dotada no sólo de una liturgia y una teología elaboradas, sino también de un sólido entramado que se ocupaba por igual del culto y de la caridad, alimentando a un tiempo el alma y el cuerpo, colmando así las necesidades espirituales y materiales de las depauperadas masas del Imperio.jesusito-en-la-cruz

Por todo ello, poco a poco, el mensaje de Cristo se extendió por los confines del mundo romano. Primero en Oriente, donde surgieron nutridas comunidades cristianas en Palestina, en Siria, en Egipto y Asia Menor, luego en Occidente, en la propia Roma, que guardaría celosa los restos de Pedro y Pablo; antes en la costa, en los puertos, siempre abiertos a nuevas ideas, después en el interior, en los lugares menos accesibles, más apartados de las grandes rutas comerciales del Imperio; primero en la ciudad, más dinámica y propensa a los cambios, por último en el campo, más conservador y cerrado; al principio entre las clases más humildes, las más necesitadas de esperanza y consuelo, después también entre las más acomodadas, los artesanos, los comerciantes, los funcionarios.

Pero, mientras crecía, el mensaje originario se transformaba. Pronto surgieron discrepancias en la interpretación de la palabra de Cristo. Algunos quisieron ver en él un revolucionario que proclamaba la liberación de los humildes; otros, convencidos de que su reino no era de este mundo, olvidaron sus deseos iniciales de combatir sus injusticias por medio del amor. La creciente organización transformó el igualitarismo primigenio de las comunidades cristianas en una sólida jerarquía y terminó por confundir el interés de la fe con el interés de sus ministros, mezclando los asuntos de Dios y los del César. La Iglesia primitiva, la comunidad marginada y perseguida, pero henchida de fe, que esperaba con anhelo la segunda venida de Cristo, iba dejando paso a la Iglesia medieval, cómodamente asentada entre las injusticias de un mundo cuyo fin ya no creía inminente. La adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio, pronta a concluir la cuarta centuria de nuestra era, selló su destino durante siglos. Al hacerse cristiano, el tambaleante Estado romano bajoimperial ganaba una sólida base social, el firme apoyo de la extensa organización de la Iglesia y su valiosa sanción espiritual. Los obispos ganaban algo también. En adelante contarían con el respaldo del Estado para enfrentarse a las herejías, en especial las que cuestionaban el orden social vigente. Pero el cristianismo pagaría a cambio un precio muy alto. Prostituido en aras de los intereses de los poderosos, su mensaje se difuminaba y confundía. Oculto tras la pompa y el oropel de la liturgia, su potencial para convertir los corazones por medio de la caridad se deshacía. La verdad de Cristo, que debía hacer libres a los hombres, los animaba ahora a aceptar la esclavitud; su palabra, que había de despertar los espíritus, los adormecía. Los servidores de Dios servían ahora al César.

 

 

Las raíces de Occidente

Y, sin embargo, esa Iglesia desvirtuada estaba llamada a prestar a nuestra cultura un servicio impagable. Porque fue ella, y sólo ella, la que atesoró durante un milenio las esencias de la civilización occidental, preservándolas de la destrucción a manos de los pueblos bárbaros que precipitaron la caída del mundo romano a lo largo de la quinta centuria de nuestra era. No es, pues, exagerado, afirmar que Occidente no habría sobrevivido sin la Iglesia católica.

Ello fue posible porque el cristianismo, a un tiempo hebreo, griego y romano, había sabido recoger de las tradiciones que en él se encontraron lo que cada una tenía de original, aquello que suponía un paso adelante en la tortuosa senda del progreso humano. Así, la Iglesia adoptó de la religión judía su valiosa visión ética del mundo, amputándola, empero, de su lamentable reduccionismo étnico para convertirla en universal, y humanizando su rígida moral mosaica para acentuar la tendencia a la caridad y el perdón, tan necesarios para cualquier ser humano, que habían imbuido en ella los profetas. Yahvé, dios de los hebreos, protector celoso y violento del pueblo elegido, acogió en su seno a los gentiles y, tornando su iracunda faz en benevolente sonrisa, se transmutó en dios de todos los hombres. No en vano hubo quien, como Marción, torciendo el mensaje de Cristo, dio en creer que no había un solo Dios, sino dos, el Dios de la Ley, que protagoniza el Viejo Testamento, demiurgo imperfecto y limitado, y el Dios del Amor, única divinidad omnipotente y venerable, que habría servido de inspiración al Nuevo. Como mucho antes habían comprendido los inspiradores de las primeras religiones con pretensiones universales, en Egipto y Mesopotamia, sólo un Dios de amor podía hablar a los corazones de todos los hombres.

Grecia sembró también en el cristianismo su fecunda simiente. Su filosofía sirvió a los padres de la Iglesia para tornar en religión organizada las sencillas palabras de un carpintero. De su mano, las dos o tres creencias básicas sobre las que se edificaba la fe desnuda de ritos de las primeras comunidades de creyentes evolucionaron hacia un elaborado cuerpo teológico, escatológico y ético que trataba de proporcionar respuesta a todas las preguntas y una norma de conducta válida para todas las situaciones de la vida. Gracias a ella, esa doctrina contó con armas con las que defenderse del embate decidido de los primeros discrepantes, fruto inevitable de las insoportables tensiones que se habían instalado en la conflictiva sociedad bajoimperial. Y fue su ayuda la que hizo posible que el mensaje de Cristo no se disolviera como un azucarillo en una interminable lucha de facciones enfrentadas sin remedio, prestas a aniquilarse entre sí.

No fue sencillo. La Iglesia primitiva tomó de los pensadores helenos tan sólo la forma, no el fondo. Sobre el papel, no cabía concebir dos visiones del mundo más irreconciliables. La filosofía griega había puesto a Dios en relación con el mundo, como inteligencia ordenadora, como causa primera y fin último o como Razón Cósmica; el cristianismo pondrá a Dios en relación con la Historia, lo convertirá en su protagonista principal, en su razón de ser, hará de su encarnación el suceso que otorga sentido a todo lo demás. Los filósofos de la Hélade habían concluido que la verdad absoluta no se halla al alcance del hombre, aunque cada hombre, cada escuela, poseen sin duda un poco de esa verdad; los pensadores cristianos se consideran en posesión de la verdad absoluta, porque les ha sido revelada por Dios, y desprecian como falsas el resto de las doctrinas. Para los primeros, es extraña la idea de un dios único, omnipotente y creador, que los segundos elevan a dogma principal de su fe, y no lo es menos la concepción del hombre propia de la Iglesia, que lo entiende libre y enfrentado a cada momento a decisiones de carácter ético que poco tienen que ver con la identificación entre el mal y la ignorancia que se había asentado con firmeza en la filosofía griega.

Y, sin embargo, lo irreconciliable se reconcilió, al menos en parte. Lo hizo cuando el pensamiento cristiano aceptó la fe y la razón como dos caminos solidarios hacia la verdad. Intellege ut credas, crede ut intellegas, escribiría San Agustín cuatro centurias después del nacimiento de Cristo. Entiende para creer, cree para entender. Aún no hay separación entre ambos mundos; uno lleva al otro. Será Santo Tomás, nueve siglos más tarde, quien deslinde los campos, quien proclame, ya para siempre, la autonomía de la razón frente a la fe. Pero la Iglesia ha dado ya el paso. Al no rechazar la razón, al aceptar que a través de ella es posible el conocimiento, al concebir también al hombre como ente distinto del cosmos, y no fundido con él, como en el pensamiento oriental, el cristianismo bajoimperial preservaba lo más esencial del pensamiento griego y hacía posible que, muchos siglos después, la razón volviera a desplegarse y a reclamar su protagonismo como potencia fundamental del entendimiento humano.

También la herencia de Roma sobrevivió en el cristianismo. La Iglesia había crecido al principio ajena al Estado, sin pretender conquistarlo ni soñar siquiera en derribarlo, convencida de que había de darse a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Luego prosperó a pesar de él, ocultándose de sus persecuciones, buscando en la cómplice oscuridad de las catacumbas la intimidad que requerían unos ritos que ahora se pretendían subversivos. Más tarde, cuando el Estado, huérfano de legitimidad, buscó recuperar su perdida trascendencia, no le negó su abrazo, aun al precio de olvidar que su reino no era de este mundo. Y así, llegado el momento de que aquel Imperio agonizante sucumbiera al fin, la Iglesia se proclamó su heredera legítima, conservando su sede en una ciudad que, habiéndolo sido todo, no era ya sino una urbe provinciana; preservando una lengua, el latín, que había servido y debía seguir sirviendo como patria común de los hombres cultos; asumiendo como propias la liturgia y las jerarquías romanas, y, en fin, guardando la idea misma del Imperio, levantando orgullosa la bandera de la universalidad en un mundo que, conmovido hasta los cimientos por el desbordamiento imparable de aquella verdadera marea humana, se fragmentaba en una variedad infinita de reinos prestos a defender su independencia con las armas.

Por último, había algo en el propio cristianismo que era sólo suyo: su concepción del hombre. El individuo es libre; elige obrar el bien o elige obrar el mal: puede actuar condicionado, pero no actúa determinado. En consecuencia, su propia naturaleza, distinta de la de cualquier otro ser, le impone una actitud ética ante el mundo y ante los demás. La posibilidad de elegir, la libertad, le obliga a plantearse en cada encrucijada de la vida, en cada decisión, cuál es el camino correcto y le asigna la obligación de tomarlo. Libertad individual y concepción ética de la vida son dos elementos básicos que la cultura occidental debe al cristianismo. Pero no es lo único. El cristianismo afirma la igualdad radical de los hombres ante Dios. Se trata, por supuesto, de una igualdad en esencia, no social, económica o política. Pero también es una idea novedosa. Para los griegos y los romanos, la igualdad no existía. No eran iguales los bárbaros, ajenos a la comunidad de ciudadanos sujetos de derechos civiles y políticos; no lo eran los esclavos, relegados a la condición de herramientas parlantes, más o menos sometidos a los caprichos de sus amos; no lo eran las mujeres, privadas de los atributos de la ciudadanía. Ningún filósofo griego, ningún poeta romano escribió pensando en hacer llegar su mensaje a todos los hombres sin distinción. Sólo Cristo lo hizo, y sus seguidores, aunque tarde y gracias, sobre todo, a los denodados esfuerzos del converso Pablo de Tarso, así lo entendieron y dieron al mundo el primer mensaje universal.

Ética judía, razón griega, pragmatismo romano, libertad del individuo, igual dignidad de los hombres. El cristianismo, al preservar todo eso, al guardarlo, casi intacto, durante centurias, permitió que la Edad Media, que podía haber sido el tiempo de la más completa oscuridad, el verdadero reino de las tinieblas, no fuera nada más que una larga noche, pero, eso sí, como escribiera Ernst Gombrich, una noche tachonada de estrellas.

 

 

Extraído de Historia de Occidente, de Luis E. Íñigo, de próxima aparición en Punto de Vista Editores.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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