De la distensión diplomática al renacimiento de la Guerra Fría

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En 1964, Stanley Kubrick dirigió la película Dr. Strangelove or: How I learned to Stop Worrying and Love the bomb, titulada en España ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Basada libremente en la novela de 1958 Two Hours to Doom, posteriormente publicada con el título Red Alert, escrita por el novelista británico Peter George, trataba en clave de humor negro el hecho de que el futuro de la humanidad estuviera en manos de unos pocos militares paranoicos y de sus decisiones en un momento determinado. Dos años antes, la crisis de los misiles de Cuba, como ya hemos referido anteriormente, puso al mundo al borde de una guerra nuclear. El miedo a esta destrucción mutua convenció a los líderes de las dos superpotencias de modelar una política de acercamiento. Sin embargo, en Estados Unidos seguía presente la obsesión por el expansionismo soviético. El miedo de que el comunismo se extendiera desde Vietnam del Norte a Vietnam del Sur y de ahí a todos los países del Sureste asiático, como si fueran fichas de dominó, llevó a las distintas administraciones estadounidenses, desde Eisenhower hasta Nixon, a embarcarse en la primera guerra que Estados Unidos no pudo ganar: Vietnam.

 

Vietnam: la guerra que conmocionó Estados Unidos

El incumplimiento de los acuerdos tomados en la Conferencia de Ginebra en julio de 1954 por parte del presidente de Vietnam del Sur, Ngô Dinh Diem, al negarse a celebrar las elecciones generales en 1956 para la unificación del país, así como la deriva de su gobierno hacia un régimen cada vez más despótico, dictatorial, arbitrario y corrupto, contribuyeron a que la zona fuera cada vez más inestable. El descontento dentro de las Fuerzas Armadas de la República de Vietnam ante la situación desembocó en un golpe de Estado liderado por el coronel Nguyen Chanh Thi y el teniente coronel Vuong Van Dong, el 11 de noviembre de 1960, que fracasó al no tener un apoyo mayoritario del ejército fiel a Diem, ni tampoco de Estados Unidos. A su vez, la guerrilla comunista del Frente de Liberación Nacional de Vietnam, fundado el 20 de diciembre de 1960, más conocida como Vietcong, comenzó un continuo hostigamiento contra las instalaciones militares estadounidenses mediante sabotajes y ataques guerrilleros contra el ejército de Diem. En Washington estas acciones se consideraron un intento del comunismo de apoderarse de Vietnam del Sur. Los informes que le dieron los consejeros militares estadounidenses al general Maxwell Davenport Taylor cuando visitó Vietnam en octubre de 1961 aconsejaban reforzar los efectivos de Estados Unidos en el país asiático amigo. El presidente Kennedy aprobó el aumento de la ayuda directa estadounidense a Vietnam el 11 de diciembre de 1960 con el envío de dos compañías de helicópteros y 400 hombres a Saigón, la capital survietnamita. El apoyo de Washington a Ngô Dihn Diem era por entonces incondicional, de tal manera que su personal militar en Vietnam del Sur aumentó hasta los 16.500 hombres. Sin embargo, la precariedad del gobierno de Diem era manifiesta, ya que cada vez había un mayor número de survietnamitas que apoyaban al Vietcong, e incluso en el ejército había un gran descontento, ya que el régimen de Diem se estaba endureciendo cada vez más, seguía siendo completamente despótico, con gran tendencia al nepotismo, al haber nombrado a su hermano Ngô Dihn Nhu como asesor suyo, aunque, en realidad, su poder era mucho mayor por controlar las fuerzas especiales del ejército survietnamita, que servían como una verdadera guardia pretoriana de la familia Ngô. Este malestar de las fuerzas armadas se materializó el 27 de febrero de 1962, cuando fue bombardeado el Palacio de la Independencia, residencia oficial del presidente de Vietnam del Sur, por dos pilotos contrarios al régimen. La desconfianza de Diem se dirigió hacia los estadounidenses, pues pensaba que estaban detrás de apartarlo del poder. No eran en absoluto infundadas sus sospechas, puesto que el gobierno de Kennedy pensaba que la corrupción y la brutalidad del régimen de Diem eran un problema añadido a la lucha contra el Vietcong. La escalada de protestas en Vietnam del Sur aumentó debido a la represión religiosa de los budistas en dicho territorio. Las imágenes del monje budista vietnamita Thich Quang Duc quemándose a lo bonzo en una calle de Saigón el 11 de junio de 1963 dieron la vuelta al mundo y aumentaron la presión internacional contra Diem. Las protestas de los monjes budistas continuaron y la represión por parte del ejército fiel al presidente fue brutal. El 21 de agosto de 1963 asaltaron varias pagodas, arrestaron a varios miles de monjes y causaron gran número de muertes. Ante estos desmanes por parte del envilecido y por momentos más tiránico régimen survietnamita, la administración de Kennedy dio el visto bueno para apoyar un cambio de régimen en Vietnam del Sur. La CIA, a través de su agente Lucien Conein, ofreció apoyo a los generales Duong Van Minh y Tran Van Don, que dieron un golpe de Estado el 1 de noviembre de 1963. Al día siguiente, Ngô Dihn Diem y su hermano Ngô Dihn Nhu fueron asesinados por el capitán Nguyen Van Nhung, obedeciendo órdenes de otro general sublevado, Duong Van Minh, que a la postre accedió a la presidencia de Vietnam del Sur. Pero, después del golpe de Estado, la situación en Vietnam del Sur no se normalizó, antes bien continuó deteriorándose.

Un acontecimiento en Dallas cambiará el rumbo de la política de Estados Unidos. El 22 de noviembre de 1963, el presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, es asesinado. El vicepresidente estadounidense, Lyndon Baines Johnson, juró su cargo como presidente ese mismo día a bordo del Air Force One, el avión presidencial, que transportaba los restos mortales de Kennedy. A comienzos de la presidencia de Johnson, la situación de Vietnam se envenenó. El 31 de julio de 1964 se produjo en el golfo de Tonkín el enfrentamiento entre patrullas norvietnamitas y el destructor estadounidense Maddox. Este incidente no tuvo mayores consecuencias. Sin embargo, el 4 de agosto volvió a producirse en el mismo lugar otro ataque, que fue tomado por Estados Unidos como un caso de agresión militar. El presidente estadounidense pidió al Congreso el 7 de agosto que autorizara el uso de todas las medidas necesarias para repeler cualquier ataque a las fuerzas estadounidenses por parte de las tropas norvietnamitas, por lo que fue aprobada la “Resolución del Golfo de Tonkín”. Desde Saigón, el presidente survietnamita, el general Nguyen Khánh, que había derrocado en un golpe de Estado a Duong Van Minh, el 30 de enero de 1964, solicitó una mayor colaboración militar de Estados Unidos para luchar contra las fuerzas del Vietcong. El 7 de febrero de 1965 fue atacada por tropas norvietnamitas la base militar estadounidense de Pleiku; en la ofensiva murieron siete soldados estadounidenses y 109 fueron heridos; los estadounidenses respondieron con bombardeos sistemáticos con sus B-52 sobre Vietnam del Norte. A la par, en Vietnam del Sur hubo un nuevo golpe de Estado que derrocó a Khánh, liderado por los generales Nguyen Cao Ky y Nguyen Van Thieu, que se mantendrán en el poder hasta la caída de Vietnam del Sur.

 

La escalada militar del presidente Johnson

A partir de febrero de 1965, Johnson inició la escalada militar en Vietnam de manera imparable. El 28 de julio de 1965 el presidente estadounidense anunció en una conferencia de prensa televisada que satisfaría las necesidades planteadas por el jefe de operaciones militares en Vietnam, el general William Childs Moreland. Por lo tanto, enviaría a la División Aérea Móvil y aumentaría su presencia militar de 75.000 hombres hasta 125.000 y ampliaría el llamamiento a filas de 17.000 reclutas a 70.000 al mes. Los bombardeos masivos de Vietnam del Norte continuaron, dentro de la operación “Trueno rodante”, Rolling Thunder. Sin embargo, esta táctica no dio los frutos esperados por el ejército estadounidense debido a que no había grandes núcleos urbanísticos al ser un país eminentemente agrícola. Aun así se intensificaron los ataques aéreos en las carreteras, vías férreas y puentes, así como en las instalaciones industriales y energéticas en torno a Hanói y Hai Phong. No obstante, la consecuencia inmediata fue el recrudecimiento de la resistencia por parte de las fuerzas norvietnamitas y del Vietcong, así como del propio pueblo vietnamita, principal perjudicado de las operaciones bélicas estadounidenses. La destrucción de las vías de comunicación convencionales no impidió el abastecimiento entre las tropas de Vietnam del Norte y los núcleos de oposición del Vietcong en el sur, ya que se utilizaba la llamada ruta Ho Chi Minh, una red de senderos y caminos ocultos que discurrían desde Vietnam del Norte, a través de Laos y Camboya, hasta Vietnam del Sur.

Ante la incapacidad de la potencia bélica de Estados Unidos para conseguir una victoria rápida en Vietnam, tal como habían pensado los dirigentes de Washington, se inició una escalada militar que tuvo gravísimas consecuencias. Se estima que 16.250 soldados estadounidenses habían caído en Vietnam hasta diciembre de 1967. En Estados Unidos se recrudecieron las protestas contra una guerra que cada vez era vista como más inútil y cuya posible victoria final se veía más lejana. En Vietnam se seguía la estrategia militar de “Búsqueda y Destrucción”, Seek and Destroy, que consistía en abatir el mayor número de enemigos, que alcanzó en 1967 la cifra de 186.000 guerrilleros comunistas abatidos. Sin embargo, el avance y ocupación de territorio vietnamita no avanzaba.

El 31 de enero de 1968 la guerra dio un giro total, al lanzar el Vietcong la ofensiva del Tet, la fiesta del Año Nuevo Lunar Vietnamita. El ataque conjunto del ejército norvietnamita y del Vietcong pilló por sorpresa a las fuerzas estadounidenses y de Vietnam del Sur. Lograron llegar en su avance hasta el centro de Saigón y ocuparon la ciudad imperial de Huê. A pesar del éxito inicial del avance de las tropas comunistas, el número de bajas sufridas, que ascendía a unos 40.000 hombres al mando del general Giap, no les permitieron mantener las ciudades tomadas en el ataque. Aun así, consiguieron aislar a más de 6.000 marines en Khe Sanh durante dos meses y medio. Al final, aunque las fuerzas estadounidenses sufrieron grandes pérdidas, la ofensiva norvietnamita fracasó. Sin embargo, las imágenes que los periodistas destinados en Vietnam ofrecieron a sus espectadores sacudieron la conciencia del pueblo estadounidense.

La primera consecuencia política de la guerra de Vietnam fue la dimisión del secretario de Defensa estadounidense Robert McNamara, uno de los hombres clave, el 29 de febrero de 1968. Al mes siguiente, el 31 de marzo, el presidente estadounidense acabó con la táctica de la guerra de desgaste al paralizar los bombardeos masivos de Vietnam del Norte. A su vez, en Estados Unidos se produce un magnicidio que conmocionó al mundo. El asesinato del líder de los derechos civiles, Martin Luther King, el 4 de abril de 1968, provocó una serie de oleadas de violencia que se unieron a las que se venían produciendo en contra de la guerra.

El presidente Johnson, que había querido una victoria militar antes de las elecciones de 1969, anunció que no se presentaría como candidato a la reelección. Esto supuso la derrota de los demócratas y la llegada a la Casa Blanca del republicano Richard Nixon. Los republicanos iniciaron la “vietnamización” del conflicto, es decir, la retirada gradual de las tropas estadounidenses; asimismo abrieron negociaciones formales de paz en París, el 25 de enero de 1969. A pesar del propósito de conseguir un acuerdo pacífico para la finalización de la guerra, la administración Nixon volvió a la política de durísimos bombardeos masivos sobre el territorio vietnamita, fundamentalmente para romper la ruta Ho Chi Minh y evitar el envío de suministros al Vietcong en la zona sur de Vietnam.

Mientras, las manifestaciones contra la guerra se recrudecían en Estados Unidos. El Congreso, a su vez retiraba la “Resolución del Golfo de Tonkín” el 31 de diciembre de 1970.

Ante una guerra que no podían ganar, el 15 de enero de 1973 cesaron los ataques estadounidenses. El 27 de enero de 1973, Henry Kissinger, consejero del Departamento de Estado de Estados Unidos, y Le Duc Tho, por parte norvietnamita, firmaron los Acuerdos de Paz de París, por los que Vietnam del Norte podía mantener sus territorios ocupados en Vietnam del Sur, Estados Unidos terminaría su ocupación en Vietnam del Sur y finalmente Vietnam se reunificaría en un solo Estado. Sin embargo, el presidente de Vietnam del Sur, Nguyen Van Thieu, no aceptó las condiciones de los acuerdos de paz.

El 29 de marzo de 1973, las últimas tropas estadounidenses abandonaron Vietnam. En los dos años siguientes, Hanói se rearmó, mientras que en el sur se deterioraba la situación debido a la reducción de las ayudas estadounidenses. Al final, el 5 de marzo de 1975 Vietnam del Norte desencadenó el ataque final, que fue imparable. El ejército survietnamita se rendía a las tropas del norte el 30 de abril de 1975. La guerra de Vietnam había acabado. La imagen televisada de la retirada in extremis de los últimos estadounidenses saliendo de Saigón en un helicóptero desde la azotea de la embajada de Estados Unidos aquel día simbolizaba el duro golpe que suponía para la conciencia estadounidense una guerra en la que la mayor potencia bélica del mundo no pudo vencer a un pueblo indomable.

 

Oriente Próximo en el atolladero bélico

No era el Sureste asiático la única zona caliente a mediados de los sesenta del siglo XX. En Oriente Próximo la situación también era explosiva. Tras la Crisis de Suez de 1956, Egipto, así como el ejército sirio se habían rearmado con ayuda soviética. Por su parte, el Tzahal, las Fuerzas de Defensa de Israel, había reforzado considerablemente sus efectivos bélicos, ya de por sí los más poderosos de la zona, con el auspicio de Estados Unidos.

Para asegurar la precaria paz en dicho territorio, la ONU tenía destinado desde 1956 un contingente de su Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas o UNEF en la península del Sinaí y Gaza. Sin embargo, Gamel Abdel Nasser, el presidente egipcio, solicitó a las Naciones Unidas que se retiraran los miembros de la UNEF. U Thant, el presidente del organismo internacional, accedió a la petición egipcia el 21 de mayo de 1967. Desde ese momento, Egipto reforzó militarmente la península del Sinaí y las fronteras con Israel. Dos días después de la retirada de las tropas de la ONU, Nasser bloqueó el golfo de Aqaba por el estrecho de Tirán, lo que impedía la navegación de los barcos israelíes hacia el mar Rojo. Algunos miembros del gobierno de Levi Eshkol, primer ministro israelí, y los mandos militares eran partidarios de la acción preventiva, porque consideraban una declaración de guerra el bloqueo del estrecho de Tirán; no obstante, triunfó la vía diplomática. Sin embargo, un acontecimiento inesperado vino a enturbiar aún más las relaciones entre Israel y los países árabes limítrofes. El rey Hussein I de Jordania, de tendencia hasta ese momento pro occidental, viajó hasta El Cairo para unirse a Nasser en su política antiisraelí. Este fue un duro golpe para Israel, cuyas fronteras se habían convertido en potenciales áreas de conflicto bélico, tanto las de Egipto, como las de Siria y ahora las de Jordania. Ante esta situación, Israel no se iba a quedar de brazos cruzados, sino que inició la guerra preventiva que habían preconizado los más beligerantes del gobierno y del ejército israelí.

En la mañana del 5 de junio de 1967, las tropas del general Moshé Dayán iniciaban la “Operación Focus”, cuyo objetivo era destruir en un ataque sorpresa la mayor parte de la fuerza aérea de Egipto. Los aviones del comandante israelí Mordejai Hod realizaron impecablemente su cometido en una suerte de “Pearl Harbor” egipcio entre las 5 y las 9 horas de la mañana del 5 de junio. Por la noche, la aviación israelí bombardeó las vías de comunicación en torno a Port Saíd y Suez. En el frente del este, el ejército jordano atacó Jerusalén y ocupó el monte Gólgota. Este fue uno de los escasos logros del ataque del ejército conjunto árabe. Aun así, el ejército israelí inició la invasión de la península del Sinaí, que el día 7 de junio estaba ocupada por completo, incluida la ciudad de Sharm el-Sheij, la puerta del golfo de Aqaba, y la Ciudad Vieja de Jerusalén, Nablus, Judea y Hebrón. Los ejércitos egipcio y jordano habían sido derrotados. El día 8 de junio se firmó una tregua que no fue aceptada por Siria. Israel ya solo tenía un frente: el sirio. El avance del ejército israelí hacia su frontera norte fue imparable. Mediante un ataque en pinza desde el norte y desde el sur, ocupó los Altos del Golán y la ciudad siria de Quneitra. De esta manera tenía la ruta hacia Damasco expedita, pero los carros de combate israelíes no se dirigirían a la capital siria. El Consejo de Seguridad de la ONU presionó para que se aceptara un alto el fuego el día 10 de junio de 1967. A esta fecha, una semana después de que empezara la guerra, Israel se había anexionado la franja de Gaza, todo el Sinaí, Jerusalén, Cisjordania hasta el Jordán y los Altos del Golán. Pero la paz total entre árabes e israelíes era todavía una mera utopía.

 

Las revueltas del 68

Debido al coste de vidas humanas, a la brutalidad de las escenas emitidas por televisión y al desgaste por su duración, la guerra de Vietnam ocasionó una oleada de protestas en Estados Unidos que se fueron recrudeciendo desde 1964 hasta el final del conflicto. Al principio, las voces contra la guerra partieron de círculos intelectuales y universitarios cuyo germen lo encontramos en la Universidad de Michigan en Ann Arbor, en marzo de 1965, aunque ya anteriormente, en 1960 el SDS (Estudiantes por una Sociedad Democrática) había iniciado unas protestas aún muy débiles. A estas reivindicaciones se les fue añadiendo otro movimiento contestatario nuevo, abanderado de la contracultura, que empezó a desarrollarse en el barrio Haight Ashbury en San Francisco. Estos jóvenes, conocidos como hippies, representaban un movimiento que se oponía al modo de vivir establecido y buscaba nuevas alternativas, propugnando el amor libre, la experimentación en el uso de drogas psicodélicas, el rechazo a las normas y estructuras sociales existentes y por un marcado pacifismo, patente en el principal eslogan de la contracultura: “Paz y amor”. Debido a esta postura antibelicista, los hippies se manifestaron contrarios a la guerra de Vietnam.

El incremento de la intervención estadounidense en Vietnam, que en 1965 pasó de 50.000 hombres a 200.000 a finales del mismo año, y que llegó a su cifra máxima de 540.000 soldados enviados a territorio vietnamita en 1968, la procedencia de los soldados, en su mayor parte del reclutamiento forzoso y de las minorías negra e hispana, aumentó el papel cada vez más protagonista en las protesta contra la guerra de Vietnam de la población afroamericana. El movimiento negro en Estados Unidos no tenía una postura uniforme ante el conflicto vietnamita. Mientras la Organización de la Unidad Afroamericana, liderada por Malcolm X, el Partido de las Panteras Negras de Huey Newton y Bobby Seale, y el Movimiento del Poder Negro, cuyo líder era Stokely Carmichael, eran radicalmente contrarios a la intervención estadounidense en Vietnam, el reverendo Martin Luther King, presidente de la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano, la SCLC, consideraba que era fundamental para los intereses de los afroamericanos mantener buenas relaciones con los líderes del Partido Demócrata en el poder y con Lyndon B. Johnson, el presidente estadounidense, al apoyar sus medidas sociales. Sin embargo, a partir de abril de 1967, ante la presión de los jóvenes más radicales de la SCLC, entre los que se encontraba Jesse Jackson, uno de sus colaboradores más cercanos, la postura de King cambió radicalmente ante Vietnam. El pastor que postulaba por la desobediencia civil y la no violencia alzó su voz contra la guerra. El pueblo afroamericano, a pesar de sus divergencias en la acción, se manifestaba al unísono contra el conflicto vietnamita.

A partir de enero de 1968, cuando se inicia por parte del ejército norcoreano y el Vietcong la Ofensiva del Tet y se intensifica la guerra de Vietnam, se recrudecieron las protestas antibélicas con un carácter cada vez más violento. El presidente Johnson se convirtió en el blanco de todas las iras de los grupos contra la guerra, al ser considerado el responsable máximo de este conflicto, como le demostraban todas las noches los jóvenes activistas que le cantaban ante la Casa Blanca Hey, hey, LBJ, how many childs did you kill today?, “Hey, hey, LBJ, ¿cuántos chicos has matado hoy?”. Lyndon B. Johnson fue la gran víctima política de la guerra de Vietnam; al ser superado por las circunstancias, a finales de marzo de 1968 anunció su retiro de la campaña para la reelección. El candidato demócrata a las elecciones a presidente fue Robert Francis Kennedy, el hermano del asesinado presidente John F. Kennedy, claramente partidario de que terminara la guerra de Vietnam.

 

Un sueño roto: el asesinato de Martin Luther King

Un terrible acontecimiento enturbió aún más las agitadas aguas de la revuelta social. El 4 de abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado en Memphis, Tennessee, por James Earl Ray.

El doctor King inició su actividad a favor de los derechos de la población afroamericana cuando era pastor de la iglesia bautista en la ciudad de Montgomery, capital del estado de Alabama, tras un acontecimiento que, a simple vista, parecería anecdótico. El 1 de diciembre de 1955, una costurera negra, Rosa Parks, de camino a su casa, se sentó en uno de los asientos de un autobús reservados a los blancos; tras ella, tres pasajeros de color imitaron su gesto. Cuando el conductor avisó a la policía, Rosa Parks se negó a levantarse de su asiento; ante su negativa a obedecer las órdenes de los agentes, fue arrestada. Martin Luther King, al conocer el incidente, incitó a los ciudadanos negros a que no utilizaran los servicios de transporte público, si no les dejaban sentarse libremente en cualquier sitio. El boicot a los autobuses en Montgomery por parte de la población negra, que era su usuaria mayoritaria, fue un éxito. La noticia del plante de los afroamericanos se extendió por todos los medios de comunicación del país. Las presiones para acabar con la segregación en los autobuses llevaron al Tribunal Supremo de Estados Unidos a declarar su inconstitucionalidad el 21 de diciembre de 1956. Ese fue el primer paso para la igualdad de la población negra en Estados Unidos. Martin Luther King no paró en sus reivindicaciones; continuó con las protestas pacíficas para acabar con la segregación racial en las cafeterías, los bares, los parques, las piscinas e incluso en las iglesias. La población negra utilizaba como modo de protesta las manifestaciones no violentas y la resistencia pasiva mediante las sentadas. El reverendo King fue encarcelado y ultrajado un sinnúmero de veces, pero siempre salía reforzado ante la población afroamericana. Sus exigencias reivindicaban la plena igualdad entre blancos y negros; según él, ésta no llegaría en una democracia hasta que la población de color en su totalidad tuviera el derecho al voto en igualdad de condiciones que los hombres y mujeres blancos. Así, el 6 de agosto de 1965 fue firmada la Ley de Derecho al Voto por el Congreso de Estados Unidos. Un año después de que le fuera concedido el Premio Nobel de la Paz, el líder negro había conseguido consumar el sueño que ya anteriormente les había transmitido a los 250.000 conciudadanos congregados en el Lincoln Memorial de Washington, el 28 de agosto de 1963. Sin embargo, sus enemigos habían aumentado considerablemente, desde los segregacionistas más radicales, hasta el director del FBI, John Edgar Hoover. La muerte del reverendo líder del movimiento por los derechos civiles afroamericanos a manos de un convicto blanco desató las más fuertes olas de violencia racial en la historia de Estados Unidos. Para la población negra no había sido un simple fanático estadounidense el que había asesinado a Martin Luther King, sino que había sido todo el poder blanco de Estados Unidos, no sólo el gobierno sino también la población blanca. Las revueltas callejeras se extendieron por diversas ciudades, fundamentalmente Washington, en la que se llegó a declarar el estado de sitio al día siguiente del asesinato del líder negro, ya que la ciudad se convirtió en un verdadero campo de batalla, entre los enfurecidos seguidores de Martin Luther King y las fuerzas del orden. Las masas se lanzaron al asalto de las calles, produciendo incendios y disturbios callejeros. Tras unos días infernales, los disturbios se saldaron con 10 muertos, 1191 heridos, 7.500 detenidos y 1.130 incendios en la capital federal.

No tardaría mucho la población estadounidense en sufrir otro duro varapalo. El 6 de junio de 1968 en el Ambassador Hotel de Los Ángeles es asesinado Robert F. Kennedy, inmediatamente después de que ganara las elecciones primarias de su partido a la Presidencia de Estados Unidos en California. Sirhan Bishara Sirhan, un palestino cristiano cometió el magnicidio debido al apoyo de Robert F. Kennedy al gobierno de Israel. El candidato republicano a las elecciones presidenciales, Richard Milhous Nixon, que había perdido las elecciones de 1960 ante John Fitzgerald Kennedy, aunque por una margen mínimo (un 49,71% frente a un 49,55%), el 20 de enero de 1969 juró como trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, tras su victoria electoral. El éxito en las urnas de Nixon se debió en parte a su mensaje “Ley y Orden” y a la escisión del Partido Demócrata, cuya ala más radical en contra de la política del candidato demócrata, Hubert Horatio Humphrey, a favor de los derechos sociales de los negros, había fundado el Partido Independiente Americano, cuyo candidato era George Wallace.

Nixon, ya en el poder, propugnó la política de “paz con honor” para terminar con la guerra de Vietnam. Como hemos visto anteriormente, la administración estadounidense se proponía iniciar negociaciones directas con el Vietcong y la República Democrática de Vietnam, con el fin de conseguir una salida política a la guerra, así como la retirada gradual de los soldados estadounidenses de dicho país asiático, dejando en manos del ejército vietnamita del sur todo el peso de la guerra, lo que se denominó la “vietnamización” del conflicto; sin embargo, durante los primeros años de su mandato se intensificaron los bombardeos masivos de Vietnam del Norte por parte de la aviación estadounidense.

Mientras, a lo largo de 1969 las revueltas se recrudecieron en Estados Unidos. El sector más radical del sindicato estudiantil SDS se escindió y creó los Weathermen, un grupo que utilizó métodos terroristas para luchar contra el sistema, al atentar con bombas contra el Capitolio, el Pentágono y el edificio Harry S. Truman del Departamento de Estado. Ante esta violencia terrorista, el gobierno de Nixon reaccionó con una dura represión de todos los grupos en contra de la guerra de Vietnam, tanto los que practicaban la violencia como los que abogaban por las protestas pacíficas. El año 1969 se convirtió en el más represivo; los principales líderes de los movimientos contrarios al conflicto fueron encarcelados, aun así, las manifestaciones continuaron a lo largo de 1970. No obstante, a fines de este año fueron decreciendo cada vez más hasta el fin de la guerra de Vietnam.

 

La masacre de Tlatelolco

Las protestas estudiantiles se extendieron como un fenómeno global por diversas partes del mundo. En 1968 México estaba preparado para celebrar los XIX Juegos Olímpicos, que iban a ser el escaparate en el que se iba a reflejar el país azteca como un modelo de sociedad avanzada y democrática. No obstante, en la Universidad Nacional Autónoma de México, los estudiantes iniciaron una serie de asambleas para pedir una reforma universitaria. Los movimientos de protesta estudiantiles se alargaron durante todo el verano, acercándose peligrosamente a las fechas de celebración de los Juegos. Desde agosto de 1968 las represiones policiales se multiplicaron por cada protesta estudiantil. El presidente mexicano, Gustavo Díaz Orgaz, y su secretario de Gobernación, Luis Echavarría Álvarez, no estaban dispuestos a que las revueltas en México, Distrito Federal, perturbaran el ambiente previo a los Juegos. Para garantizar la seguridad de éstos se creó un grupo paramilitar denominado Batallón Olimpia, cuyo principal objetivo se centró en la represión de las protestas estudiantiles. El 18 de septiembre el ejército, apoyado por el Batallón Olimpia, ocupó la ciudad universitaria de la UNAM. Ante este hecho, el rector Javier Barros Sierra presentó su dimisión, ya que la autonomía de la Universidad no había sido respetada. Con todo, los enfrentamientos entre estudiantes y soldados y granaderos de la policía mexicana continuaron. Más de 350 universitarios son detenidos. Tras esta masiva redada, el 1 de octubre de 1968, el ejército se retiró de la universidad.

Al día siguiente se produjo una multitudinaria concentración de manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas, también conocida como Plaza de Tlatelolco. La vigilancia de los más de cuatro mil participantes en la protesta fue férrea. Al ejército y los granaderos policiales se les unieron miembros del Batallón Olimpia que se infiltraron incluso entre los dirigentes de la manifestación estudiantil, con el fin de radicalizar las protestas. Este fue el detonante para la intervención de las fuerzas del orden. Desde diversos puntos de la Plaza de Tlatelolco los miembros del ejército y de los granaderos rodearon a los miles de manifestantes. Tras el lanzamiento de varias bengalas, desde algunos pisos de los edificios de la plaza se efectuó una serie de disparos, según algunos testigos, realizados por individuos que llevaban un guante blanco, distintivo propio de los miembros del Batallón Olimpia. Ante el desconcierto y el terror de la multitud allí reunida, la policía y los granaderos situados en la plaza comenzaron a disparar a la muchedumbre de manifestantes. El trágico resultado, según las fuentes gubernamentales, fue de 28 muertos y 200 heridos. Sin embargo, numerosos testigos de la matanza aseguran que los muertos superaban los dos centenares. La masacre de Tlatelolco fue la página más trágica de las revueltas del 68. El gobierno de Díaz Orgaz, que se había propuesto dar una imagen de modernidad democrática a todo el mundo durante los XIX Juegos Olímpicos, mostró la versión más horrenda de las más crueles dictaduras latinoamericanas.

 

El Mayo francés

mundo-escindidoEuropa no fue ajena a la conmoción que se generó durante el año 1968. Hubo revueltas en Alemania, Italia, incluso en España, sometida al régimen dictatorial del general Francisco Franco, que no dudó en declarar el 24 de enero de 1969 el estado de excepción para todo el territorio nacional. Pero el movimiento estudiantil que se convirtió en el paradigma de todas las protestas en la Europa occidental fue el de los universitarios franceses durante mayo del 68. Las revueltas de los estudiantes franceses tuvieron su origen en la Universidad de Nanterre. El 8 de enero de 1968, el ministro francés de Juventud y Deporte, François Missoffe, se desplazó hasta ella para inaugurar su nueva piscina olímpica. Allí se produjo un enfrentamiento verbal entre el ministro y un estudiante hasta la fecha desconocido, pero que se convertiría en uno de los líderes de la revuelta inmediata. Dicho estudiante era Daniel Cohn Bendit, llamado “Dany el Rojo”, tanto por sus ideas anarquistas como por ser pelirrojo. A partir de entonces, el clima de agitación estudiantil fue aumentando. El 22 de marzo un grupo de estudiantes izquierdistas tomó la sala del Consejo de la Facultad para realizar una asamblea para protestar por la detención de un compañero. Allí nació lo que poco después se llamaría “el Movimiento 22 de marzo”. La agitación en la universidad no cesaba; el 29 de marzo, tras una concentración masiva de estudiantes, la Universidad de Nanterre fue cerrada durante dos días. Esto exacerbó aún más los ánimos de los universitarios. Un acontecimiento acaecido en Berlín aumentó las protestas en Nanterre. Un joven de ultraderecha, Josef Bachmann, le disparó tres tiros en la cabeza al líder de las revueltas estudiantiles berlinesas, Rudi Dutschke el 11 de abril de 1968. El caso Dutschke tuvo graves repercusiones, ya que los estudiantes de izquierdas, representados por el movimiento 22 de marzo, tuvieron violentos enfrentamientos con los estudiantes de ultraderecha del grupo Occidente. Estas confrontaciones llevaron a la policía a rodear el recinto universitario de Nanterre y a su posterior cierre el 2 de mayo. Al día siguiente, las protestas juveniles se trasladaron a la Sorbona parisina, donde se realizó una asamblea multitudinaria. El rector de dicha universidad, Jean Roche, solicitó a la policía que desalojara el edificio tomado para la asamblea. Tras la intervención policial, 596 alumnos fueron detenidos. Los alumnos desalojados protagonizaron los primeros enfrentamientos, que tuvieron su momento álgido el lunes 6 de mayo con la toma del Barrio Latino de París. Se levantan las primeras famosas barricadas del que ha pasado a ser conocido como el Mayo francés y se produce una verdadera lucha campal en las calles parisinas. Se vuelcan e incendian coches; se arrancan los adoquines del pavimento para ser lanzados contra la policía. El saldo de heridos se eleva a 800. Aun así, las manifestaciones continuaron. El martes día 7 una enorme multitud de estudiantes recorrió el centro de París hasta llegar a las inmediaciones del palacio del Elíseo, que estaba custodiado por un fuerte dispositivo policial. Todo apuntaba a que los enfrentamientos entre los manifestantes, si intentaban acceder al palacio presidencial, tendrían unas consecuencias fatales; sin embargo, no ocurrió ningún acontecimiento infausto. Al día siguiente se reabría la Universidad de Nanterre, pero la Sorbona seguía cerrada. Las protestas continuaron hasta llegar al momento culminante del Mayo francés. La tarde del viernes día 10 se organizó una multitudinaria manifestación de estudiantes, tanto de los liceos como de la universidad, en la que participaron casi 30.000 personas. Al llegar al Barrio Latino y comprobar el despliegue policial que había en la zona, iniciaron la reconstrucción de las barricadas. Por la noche, el barrio estaba en poder de los manifestantes, sin embargo, ya en la madrugada, hacia las 2:15, los policías arremetieron contra los estudiantes. Las refriegas fueron muy duras; los concentrados soportaron la represión violenta de las fuerzas del orden hasta las 5:30 de la madrugada, con el apoyo de los vecinos del barrio, ajenos a las protestas, que les ofrecían comida, bebida, paños con agua para protegerse de las bombas lacrimógenas e incluso dándoles asilo.

La crudeza de la violencia ejercida por la policía transformó la revuelta de mayo, ya que pasó de ser una protesta estudiantil a protesta social, cuando el día 13 los sindicatos franceses iniciaron una huelga y se unieron a los estudiantes en las manifestaciones. La unión entre los obreros y los universitarios tuvo su ejemplo más patente cuando ocuparon la Sorbona en una asamblea conjunta. Las huelgas obreras se extienden por las provincias durante los días posteriores, hasta declararse la huelga general el 19 de mayo, que fue masivamente seguida. Durante los siguientes días los huelguistas continúan ocupando fábricas por todo el país. La situación empieza a tener repercusiones políticas. El día 22 el gobierno francés salva, por un estrechísimo margen de votos, una moción de censura. El día 24 el presidente de la República, Charles de Gaulle, propuso un referéndum para llevar a cabo una reforma profunda (su primer ministro, George Pompidou, había declarado a la televisión: “Reforma, sí; desorden, no”) que sirviera para ratificar la confianza que tenía el pueblo francés en él. La respuesta de los manifestantes fue una segunda noche de barricadas. La situación política es insostenible. El 30 de mayo De Gaulle anuncia la disolución de la Asamblea y la convocatoria de elecciones para el mes de junio. Las huelgas y las protestas van cesando hasta el momento de la consulta popular. En un principio todo parece que va a cambiar tras las elecciones; sin embargo, De Gaulle basó su campaña electoral en el miedo, planteándole a su electorado una clara disyuntiva: o él y el orden, o la revolución roja. Su mensaje caló profundo en la sociedad francesa. El partido gaullista Unión por la Defensa de la República consiguió la mayoría absoluta (293 escaños de 487 posibles). Sin embargo, a pesar del triunfo por encima de todos los grupos políticos que habían confraternizado con las protestas de Mayo del 68, en el referéndum del 27 de abril de 1969 para la reforma de la Constitución que propugnaba De Gaulle, el 52,41% votó en su contra. De Gaulle, que había vinculado su permanencia en el poder al resultado de las votaciones, dimitió automáticamente y se retiró de la vida política.

 

La Primavera de Praga

En el bloque comunista también hubo una experiencia política inédita en el año 1968. El 4 de enero de dicho año se celebró en Praga, la capital checoslovaca, una reunión del Comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia presidida por Antonín Novotný, que ostentaba en su persona los cargos de presidente de Checoslovaquia y secretario general del Partido Comunista. Novotný era un férreo estalinista, fiel a Moscú, que a duras penas se había adaptado a los cambios propugnados a raíz del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. Aun así, en su país las tendencias más liberales dentro del partido se habían extendido y eran cada vez más fuertes. En la reunión de enero, los miembros del comité Central del Partido Comunista checoslovaco tomaron la determinación de separar los poderes que ostentaba Novotný, de tal manera que seguía siendo el presidente de la República, pero cesaba en su cargo de secretario general del partido. El elegido para este último cargo fue un eslovaco de 46 años, Alexander Dubček. Su elección fue muy bien vista por Leonid Brezhnev, el entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, ya que lo consideraba un hombre fiel a Moscú. El nuevo líder de la República Checoslovaca inició una suerte de medidas liberalizadoras que ya se habían ido planteando años atrás. Dubček liberalizó los medios de comunicación y puso en marcha una profunda reforma económica y social. Para llevar a cabo los nuevos planes económicos, el pueblo checoslovaco contribuyó, de una manera solidaria con el gobierno, trabajando voluntaria y gratuitamente en los llamados “domingos de Dubček”.

En Moscú, todos estos cambios empezaron a causar una cierta preocupación, que se puso de manifiesto en la reunión del Pacto de Varsovia en Praga el 24 de febrero de 1968. En ella participaron el líder comunista húngaro János Kádár, el búlgaro Todor Zhivkov, el alemán Walter Ulbricht, el polaco Władisław Gomułka y el soviético Leonid Brezhnev, que tuvo una seria confrontación con Dubček por el curso que estaban tomando los acontecimientos en Checoslovaquia. Los cambios seguían imparables en el país comunista. El presidente checoslovaco Novotný fue sustituido por el general Ludvik Svoboda, más partidario de las reformas. Dubček continuó con su programa de cambios que pretendía instaurar un “socialismo de rostro humano”. Para ello, el partido comunista checoslovaco aprobó el “Programa de Acción” el 6 de abril de 1968, mediante el cual el partido, aun manteniendo su papel dirigente, dejaba de tener el poder autoritario, ya que se separaba el Gobierno del Partido, por lo que el primero debería responder ante el Parlamento; se autorizaba a partidos no comunistas a expresar sus puntos de vista divergentes, para ello se abolía completamente la censura. Además se descentralizaba la economía y se adoptaba un sistema de autogestión, en el que las empresas eran dirigidas por los consejos de obreros y no por el partido comunista directamente. Aunque estas medidas escandalizaron a los dirigentes soviéticos, y a algunos de los restantes países del Pacto de Varsovia, el pueblo checoslovaco mostró un apoyo total durante la manifestación el 1º de mayo a sus dirigentes reformadores, Alexander Dubček, Oldřich Černík, Josef Smrkovský y Ludvik Svoboda. Pero las presiones de los países comunistas, con la Unión Soviética a la cabeza, eran cada vez más fuertes, aunque el comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia no cejaba en conseguir la instauración de un sistema con mayores libertades en todo su territorio. Sin embargo, el “socialismo de rostro humano” sucumbió el 20 de agosto de 1968, cuando las fuerzas militares del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia. Dubček pidió a su pueblo que no se derramara sangre, que no se levantara en armas contra el ejército invasor; todavía estaba en la memoria de todos la cruel represión de Budapest de 1956 y los líderes checoslovacos no querían que las calles de Praga se sembraran de cadáveres ante los tanques soviéticos y un contingente de 600.000 soldados del Pacto de Varsovia; sin embargo, fue inevitable el enfrentamiento. Checoslovaquia estaba bajo el poder de las tropas de sus “países hermanos”. La cúpula del poder checoslovaco fue depurada a finales de agosto de 1968. La “Primavera de Praga” había acabado.

La Revolución Cultural China

Las tensiones en el mundo comunista no se reducían a los problemas intestinos de los países del Pacto de Varsovia entre la Unión Soviética y sus países satélites. También durante la década de los 60 en la República Popular China se produjeron enfrentamientos entre las dos facciones del Partido Comunista chino y entre los dos colosos comunistas, China y la Unión Soviética.

Mao Zedong, tras llegar al poder después de la guerra civil china, se había propuesto la reconstrucción nacional. Para ello aplicó dos reformas que regeneraran el sistema; en 1956 impulsó la “Campaña de las Cien Flores” y en 1958 el “Gran Salto Adelante”. Con la primera reforma, en la que las “cien flores” simbolizaban cien escuelas de pensamiento, Mao buscó la colaboración de las clases medias y los intelectuales, pero las críticas a las medidas propuestas por el partido comunista condujeron a una dura represión. Con el “Gran Salto Adelante” se produjo una gigantesca movilización de la sociedad para la construcción de infraestructuras y se llevó a cabo la socialización de la agricultura con la creación de comunas populares campesinas. Sin embargo, no se alcanzaron los objetivos, antes bien fue un fracaso al haber cambiado radicalmente el modo de vida y producción agrícola tradicional chino. Millones de campesinos fueron obligados a colaborar en fabricación de acero, en pequeños hornos que se diseminaron por todo el territorio. China sufrió una gran hambruna, que, unida a una grave epidemia, diezmó a los campesinos, provocando millones de muertos. Este fracaso debilitó a Mao dentro del Partido Comunista de China, provocando una lucha interna por el poder, entre Mao y sus seguidores y los opositores a Mao, entre los que destacaban Liu Shaoqi, segundo presidente de la República Popular China, y Deng Xiaoping, entonces secretario general del Partido Comunista chino. Ambos tomaron las riendas del poder para realizar cambios en las estrategias económicas, abandonando las ideas impuestas por Mao en la economía durante los años anteriores. Shaoqi, que tenía el apoyo del comité del partido, salió reelegido como presidente de la República Popular de China en enero de 1965. Sin embargo, Mao no se iba a quedar indiferente ante esta relegación del poder; estaba dispuesto a volver a conseguir el liderazgo que había perdido. Con este fin realizó una enorme campaña de desprestigio de los líderes opositores calificándolos de “revisionistas”. Esta ofensiva maoísta, que marcó el comienzo de la primera etapa de la Gran Revolución Cultural Proletaria, fue lanzada en noviembre de 1965. El líder comunista quería un mayor protagonismo del pueblo, frente a la burocratización del partido y del Estado. El ejército, con Lin Biao a su cabeza, apoyó al sector maoísta; asimismo, miembros destacados del gobierno chino, como su primer ministro Zhou Enlai, se mantuvieron fieles a Mao. El mundo cultural y universitario también se sumó a la Revolución Cultural de Mao. Las manifestaciones y mítines, así como la propaganda, contra los políticos y burócratas “revisionistas” se extendieron. Mao aprovechó este movimiento popular volviéndose hacia las masas, frente al inmovilismo del partido. A partir de julio de 1966, Mao movilizó a los “guardias rojos”, jóvenes comunistas, contra las críticas de los dirigentes del partido. Los “guardias rojos” estaban constituidos por asociaciones de estudiantes, que aparecieron por primera vez en la Universidad de Pekín y que se convirtieron en la punta de lanza de la Revolución Cultural, la cual fue comunicada oficialmente al país el 8 de agosto de 1966, al publicarse en el Diario del Pueblo de Pekín la Decisión en 16 puntos del Comité Central del Partido Comunista Chino. En ella se instaba a luchar contra “los derechistas burgueses ultrarreaccionarios y contra los revisionistas antirrevolucionarios” (punto 5), ya que “a estos hay que desenmascararlos a fondo, derribarlos, aplastarlos, desacreditarlos y eliminar su influencia” (punto 8). Estas consignas se extendían por todo el territorio chino, bajo la guía intelectual de las Citas del Presidente Mao, el volumen más conocido como el Libro Rojo de Mao. No obstante, en algunas ciudades y núcleos de población campesina hubo mucha resistencia a la Revolución Cultural que pretendían implantar los guardias rojos. En algunas poblaciones se produjeron verdaderos enfrentamientos armados entre las distintas facciones. Las universidades permanecían cerradas, las industrias paradas y la producción agrícola descendió hasta niveles mínimos. China estaba sumiéndose en el caos más absoluto. Mao, que ha asumido en su persona la figura del Gran líder, el Gran Timonel del Estado, el Gran Comandante Supremo del ejército y el Gran Maestro, decide la desmovilización de los guardias rojos, de aquellos que lo habían encumbrado en el liderazgo de nuevo, con la ayuda y la intervención del ejército chino, siempre fiel al líder. Era la única manera de volver al orden y la normalidad. Se reorganizó el gobierno, con fuerte influencia de los militares. La celebración del IX Congreso del Partido Comunista de China entre el 1 y el 23 de abril de 1969 selló definitivamente el fin de la Revolución Cultural Proletaria china.

 

La crisis de los dos gigantes comunistas

El enfrentamiento entre las posturas revisionistas y ortodoxas maoístas que se dieron durante la Revolución Cultural Proletaria china era una proyección a nivel interno de las discrepancias ideológicas que cada vez separaban más a la Unión Soviética y a la República Popular China. Aun así, diversas son las causas que condujeron al deterioro de las relaciones sino-soviéticas y a su posterior ruptura.

Stalin consideraba que, con el triunfo de la revolución maoísta, la Unión Soviética había ganado un gran aliado con China. Sin embargo, tras la muerte de Stalin y la llegada al poder de Nikita Jruschov, las relaciones entre los dos gigantes se fueron haciendo cada vez más inestables. El proceso de desestalinización que siguió a la celebración del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética supuso una fractura ideológica entre el gobierno chino y el de Moscú. Desde Pekín se consideró que los soviéticos se habían plegado a las exigencias capitalistas y que el revisionismo de la política de Jruschov les impedía seguir siendo el timón que gobernara el rumbo del comunismo en el mundo.

Asimismo, Mao consideraba que la Unión Soviética había traicionado a China al no prestarle el apoyo en la crisis del Estrecho de Taiwán de 1958 entre la República Popular China y la República de China, a la que apoyó Estados Unidos. Tampoco encontró China ayuda económica de Moscú durante la hambruna acaecida tras el fracaso del Gran Salto Adelante. Incluso la visita de Jruschov a China en septiembre de 1959 no sirvió para mejorar las relaciones, sino que, al contrario, los expertos soviéticos que estaban ayudando a los chinos a construir su propia bomba atómica fueron retirados, los estudiantes chinos que estaban en la Unión Soviética fueron repatriados y se interrumpieron los acuerdos de cooperación; la visita del líder soviético, que debía durar siete días en tierras chinas, acabó al tercer día.

A pesar de todos estos desencuentros y de las crisis entre las relaciones de China y la Unión Soviética no llegaron a ningún conflicto armado hasta el año 1969, en el que se produjeron una serie de enfrentamientos fronterizos entre tropas soviéticas y chinas en la zona del río Ussuri, un afluente del río Amur, que servía de frontera entre la Unión Soviética y la provincia china de Heilongjiang. Los conflictos fronterizos entre la Unión Soviética y la República Popular China provenían de la división de los territorios que se fijó en tres tratados entre la Rusia zarista y el Imperio chino durante el siglo XIX. A lo largo de la década de los sesenta del siglo XX los enfrentamientos se multiplican. Pero el incidente más peligroso y dramático llegará el día 2 de marzo de 1969. Ese día una patrulla fronteriza soviética fue interceptada por tropas chinas en la isla Damanski, para los soviéticos, o Zhenbao, según el nombre chino, situada en el río Ussuri. El resultado del enfrentamiento fue la muerte de 31 soldados soviéticos. El día 15 volvió a producirse otro conflicto fronterizo en el mismo lugar, cuando tropas soviéticas abrieron fuego contra los soldados fronterizos chinos, causándoles cerca de 800 bajas. La confrontación fronteriza estaba llegando a niveles muy preocupantes, por ello se sucedieron las protestas diplomáticas entre ambos colosos comunistas, pero no consiguieron parar los choques fronterizos. Otro incidente ocurrió el 13 de agosto de 1969 en la frontera entre la provincia china de Xinjiang y la República Soviética de Kazajistán cuando tropas chinas invadieron el territorio soviético. La escalada continuó con la instalación por parte de la Unión Soviética de un sistema de misiles antibalísticos en la frontera con Xinjiang, lo que parecía confirmar las sospechas chinas de que los soviéticos planeaban un ataque preventivo contra la instalación nuclear china en esa zona.

La sombra de la guerra planeaba entre la República Popular China y la Unión Soviética. Para evitar el posible conflicto, el 11 de septiembre de 1969, Alexéi Kosygin visitó Pekín para reunirse con Zhou Enlai, aprovechando el viaje por los funerales de Ho Chi Minh. En la reunión se trató fundamentalmente la resolución del conflicto fronterizo. Ambas partes llegaron a un acuerdo basado en tres principios, que eran mantener las fronteras en su estado actual, no emplear la fuerza militar para resolver los desacuerdos y prevenir futuros encontronazos bélicos. Aunque estas negociaciones consiguieron un leve progreso en las relaciones, el ejército soviético siguió aumentando su presencia en la frontera a lo largo de la década de los años setenta del siglo XX y el gobierno chino continuaba viendo este despliegue militar como una amenaza.

Por su parte, Estados Unidos aprovechó esta coyuntura de ruptura entre las dos grandes potencias comunistas para establecer sus lazos diplomáticos con China. El resultado de este acercamiento, conocido como la “diplomacia del ping-pong”, vio sus frutos a partir de 1971, cuando el 15 de marzo se suprimen por primera vez las trabas para que los ciudadanos estadounidenses viajen a China o con la invitación del equipo nacional de Estados Unidos de tenis de mesa a visitar el gigante asiático el 10 de abril. No obstante, el fortalecimiento de las relaciones sino-estadounidenses da el gran paso con la visita secreta de Henry Kissinger entre el 9 y el 11 de julio de 1971, que preparó el posterior viaje del presidente de Estados Unidos Richard Nixon a la República Popular de China el 21 de febrero de 1972. El acercamiento entre los dos países de tendencias políticas tan antagónicas fue el fruto también de la época de distensión que abrió nuevas perspectivas de paz para el mundo en la década de los años setenta.

 

En busca de la distensión

Antes de que se iniciara el proceso de distensión entre las grandes potencias durante los respectivos mandatos de Richard Nixon y Leonid Brezhnev, ya en la década de los sesenta se dio entre Estados Unidos y la Unión Soviética un cierto deshielo de sus relaciones. La crisis de los misiles de Cuba en 1962 puso al mundo al borde de una guerra nuclear. Esto condujo a los dirigentes de las entonces tres potencias nucleares, el presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, el primer ministro soviético, Alexéi Kosygin, y el primer ministro británico, Harold Wilson, a ratificar la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear. El peligro de la Destrucción Mutua Asegurada, así como la toma de conciencia por parte de Estados Unidos, la Unión Soviética y la República Popular de China, de que su poder era limitado, como demostró la Guerra de Corea, pero especialmente la Guerra de Vietnam para los estadounidenses, las tensas y a menudo frágiles relaciones sino-soviéticas y la ya mencionada crisis de Cuba entre los soviéticos y los estadounidenses, convencieron a sus líderes de la necesidad de una relación más estable y de colaboración. La distensión no suponía la sustitución de la Guerra Fría por una paz mundial, sino la gestión del conflicto de una manera más segura, sobre todo para las grandes potencias, y un mayor control de la rivalidad entre ellas.

La distensión en Europa tuvo su principal referente en el canciller alemán Willy Brandt. El político germano se propuso acabar con la “Doctrina Hallstein”, que toma su nombre de Walter Hallstein, secretario de Estado de Asuntos Exteriores del anterior canciller Konrad Adenauer, que propugnaba la ruptura de relaciones diplomáticas de la República Federal de Alemania con todos aquellos países que reconociesen a la República Democrática de Alemania. Era, pues, una política dura propia de los tiempos de mayor tensión entre los bloques durante la Guerra Fría. Willy Brandt inicio una política de acercamiento diplomático a la Europa del Este, conocida como Ostpolitik, con la que se pretendía normalizar las relaciones con el bloque comunista, fundamentalmente con la República Democrática de Alemania. Willy Brandt estableció una serie de acuerdos diplomáticos fundamentales dentro del marco de la Ostpolitik. Entre ellos, el Tratado de Moscú, firmado por el canciller alemán y por Alexéi Kosygin y Andréi Gromyko, por parte soviética, el 12 de agosto de 1970; el otro acuerdo de gran trascendencia fue el Tratado de Varsovia, firmado por Willy Brandt y el primer ministro polaco, Jósef Cyrankiewicz, el 7 de diciembre del mismo año. Mediante ambos tratados, la República Federal de Alemania, la República Popular de Polonia y la Unión Soviética se comprometieron con la no violencia y con el respeto de la frontera Oder-Neisse, que separaba a los dos primeros países, tal como se impuso a los alemanes tras la posguerra en la conferencia de Potsdam. Como ejemplo de buena voluntad, Willy Brandt sorprendió a todos con un acto de desagravio al arrodillarse ante el monumento conmemorativo al levantamiento del gueto de Varsovia contra las tropas nazis. Otra importante consecución de la Ostpolitik de Brandt fue la firma el 3 de septiembre de 1971 del Acuerdo cuatripartito sobre Berlín, en el que Moscú se comprometía a no realizar cambios unilaterales en la ciudad alemana, así como a permitir los desplazamientos de los ciudadanos alemanes entre ambos lados de la frontera.

Aunque en Estados Unidos no se veía con buenos ojos la Ostpolitik de Brandt, porque había sido implementada de un modo unilateral, es decir, sin contar con la administración Nixon, y, por ello, la consideraban un acercamiento a la Unión Soviética y un cierto distanciamiento de la OTAN que pudiera conllevar la salida de las tropas estadounidenses de sus bases en la Alemania Occidental, el gobierno estadounidense continuó con su política de distensión entre los dos bloques. Tras el viaje de Nixon a la República Popular de China, los soviéticos temieron que el acercamiento entre las otras dos potencias pudiera romper el frágil equilibrio entre el bloque comunista y el capitalista. Por lo tanto, apostaron también por buscar una distensión con los estadounidenses. El resultado fue la visita de Nixon a Moscú en mayo de 1972, durante la Cumbre de Moscú. Allí se firmó el Tratado sobre Misiles Antibalísticos firmado el día 26 de dicho mes, en el que ambas potencias declaraban su intención de lograr lo antes posible el cese de la carrera nuclear y tomar medidas efectivas para la reducción de armas estratégicas y del armamento nuclear; era la culminación de las llamadas “Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas” o SALT I. El fruto de estos tratados se materializó en la Conferencia de Helsinki, que tuvo lugar a lo largo de tres sesiones entre el 3 de julio de 1973 y el 1 de julio de 1975. Al final culminó con el Acta final de la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa, firmada por treinta y cinco países, entre ellos la Unión Soviética y Estados Unidos. Sus resoluciones supusieron un paso importantísimo para reducir las tensiones de la Guerra Fría y el momento cumbre de la deténte. No obstante, la imagen más icónica de la distensión, el acercamiento y la colaboración de las dos grandes potencias fue el primer acoplamiento espacial realizado el 15 de julio de 1975 por una nave estadounidense y una soviética en la misión Apolo-Soyuz. En la carrera espacial había tomado ventaja la Unión Soviética al enviar al primer hombre al espacio, el cosmonauta Yuri Gagarin, el 12 de abril de 1961. Posteriormente, Estados Unidos había superado a su competidor al conseguir que Neil Armstrong pisara por primera vez la Luna el 21 de julio de 1969. Sin embargo, ambas potencias llegaron juntas al primer acoplamiento en el espacio.

 

Movimientos terroristas en Europa

A pesar de que la Guerra Fría parecía conducir a un camino hacia la convivencia más pacífica entre las dos grandes potencias antagónicas al final de la década de los sesenta y durante la de los setenta, Europa sufrirá las consecuencias de una terrible escalada terrorista llevada a cabo por diversos movimientos revolucionarios. Las razones para este aumento de los grupos terroristas son obviamente distintas en cada caso; sin embargo, se puede establecer un germen en las revueltas del 68 como la raíz de algunos movimientos. El fracaso de las expectativas de los grupos de izquierda más radicales del 68 hizo que los elementos más extremistas continuaran su lucha por medio del terrorismo. Dos grupos terroristas europeos, la Rote Armee Fraktion, más conocida como los Baader-Meinhof, en Alemania, y las Brigadas Rojas italianas tienen su origen en estas revueltas. Ambas tienen en común que sus dirigentes querían romper con la sociedad que se había fraguado a lo largo de la Guerra Fría a partir de la generación de sus progenitores, culpables de haber llevado a sus países al fascismo y de haberlos abocado a la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, estos grupos terroristas siempre han sido minoritarios, con un apoyo popular exiguo o inexistente, centrado escasamente en los movimientos más extremistas de la izquierda.

Orígenes muy distintos tienen los dos movimientos terroristas independentistas, como el de ETA (Euskadi Ta Askatasuna) en España, o el IRA Provisional, Ejército de la República Irlandesa. Ambos se asienten en una cuestión territorial. En Irlanda la división del territorio por parte del Imperio Británico en 1921 entre el Estado Libre del Eire, que a partir de 1949 pasó a llamarse República de Irlanda e Irlanda del Norte, no solucionó la “cuestión irlandesa”. En los seis condados del Ulster, gobernados por la mayoría protestante, los unionistas leales a la unión con la Gran Bretaña conservaban incluso en la década de los sesenta del siglo XX una serie de privilegios frente a los católicos de dicho territorio, por ejemplo, en el reparto de viviendas sociales, o en la adjudicación de puestos de trabajo dependientes del gobierno de Irlanda del Norte. A partir de 1968 nació el Movimiento de los Derechos Civiles para acabar con estas discriminaciones sociales y políticas entre protestantes y católicos. Las protestas de los católicos del Movimiento de los Derechos Civiles fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas británicas desplegadas en Irlanda del Norte. Por otro lado, los enfrentamientos entre los unionista de la Orden de Orange, encabezados por el extremista reverendo Ian Paisley, y los católicos, obligaron al gobierno del Ulster a solicitar la intervención del ejército británico para acabar con los enfrentamientos. Con este fin, los paracaidistas llegaron a trazar una línea de paz mediante un muro de planchas metálicas que aislaba los guetos católicos de Falls Road, la calle principal de Belfast. En este caldo de cultivo de violencia, reapareció el IRA Provisional, que optó por la vía del terrorismo. La escalada de actos violentos se inició a partir de 1970 y tuvo su momento más brutal el 21 de julio, el “Viernes Sangriento”, durante el cual el IRA hizo explotar 22 bombas en el centro de Belfast, causando nueve muertos y más de cien heridos. La política británica para evitar la violencia en Irlanda del Norte se basó en una mayor represión, con el envío cada vez de más tropas y la aplicación de leyes de excepción, proceso al que se denominó “ulsterización”. Esta actitud extremadamente represiva volvió a dar como resultado otro día trágico para la historia del Ulster. El domingo 30 de enero, en la ciudad de Derry, también conocida como Londonderry, se celebraba una manifestación de la asociación por los derechos civiles de Irlanda del Norte. En principio, la marcha era totalmente pacífica hasta que un grupo de radicales católicos comenzó a lanzar piedras contra las barricadas donde estaban asentados los soldados británicos. Sin embargo, tras ser repelidos los alborotadores con botes de gas y pelotas de goma, miembros del Primer Batallón de Paracaidistas del Reino Unido abrieron fuego contra los manifestantes. El macabro resultado fue catorce muertos y más de treinta heridos. El “Domingo Sangriento” había pasado cruelmente a la historia del conflicto de Irlanda del Norte.

Por su parte, ETA nace como una escisión de las juventudes del Partido Nacionalista Vasco en 1958. ETA diseñó el ideario de la organización en las dos asambleas celebradas en mayo de 1962 y en marzo de 1963. En ellas establecieron sus objetivos fundamentales como la independencia del País Vasco, territorio constituido por las cuatro provincias vascas españolas, más todo el territorio de la Alta Navarra, en España, y el de la Baja Navarra en Francia, así como los territorio franceses de Labort o Lapurdi y Sola o Zuberoa. También establecieron como objetivo conseguir un sistema democrático representativo, en el que se respetaran los derechos humanos, rechazando tanto el fascismo como el comunismo; sin embargo, posteriormente la ya banda terrorista adoptaría principios ideológicos marxista-leninistas; la defensa de la lengua vasca era uno de las metas capitales del grupo así como la aconfesionalidad del futuro Estado vasco independiente. Para conseguir todos estos objetivos propugnaba la acción directa, la lucha armada como herramienta para luchar contra el régimen dictatorial del general Franco. Su primer atentado político premeditado y planeado por ETA tuvo lugar el 2 de agosto de 1968. Ese día acabaron con la vida de Melitón Manzanas González, jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa, cargo desde el que dirigió los interrogatorios de muchos opositores al régimen de Franco, y por lo que fue acusado de ser un torturador brutal. El atentado de mayor repercusión política de la banda ETA se produjo a las 9 horas y 28 minutos del 20 de diciembre de 1973, cuando acabaron con la vida del presidente de gobierno, Luis Carrero Blanco. Con su muerte moría también la posibilidad del continuismo de la dictadura franquista. La actividad terrorista de ETA no finalizó con la llegada de la democracia a España, antes bien se multiplicaron hasta llegar a las 829 personas ejecutadas. Entre los atentados más sangrientos destaca el que tuvo lugar en el supermercado Hipercor de Barcelona, el 19 de junio de 1987, que causó 21 muertos y 45 heridos. Tanto el IRA como ETA, han sido los movimientos terroristas que más han durado en el tiempo, debido al mayor o menor apoyo de una parte de la población local de sus respectivos territorios. Aun así, ETA anunció el cese de la actividad armada el 20 de octubre de 2011, mientras que, por el contrario, grupos disidentes del IRA Provisional, desmantelado el 3 de septiembre de 2008, contrarios a la paz, como el IRA auténtico, continuaron su actividad violenta, de “baja intensidad”.

 

De la Masacre de Múnich a la Guerra del Yom Kippur

Otro de los grupos terroristas que más convulsionó el mundo durante la década de los setenta fue Septiembre Negro, grupo terrorista palestino que ganó terrible notoriedad al atentar contra la representación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. En el atentado, perpetrado entre el 5 y el 6 de septiembre de 1972, el comando terrorista asesinó a seis entrenadores y cinco atletas israelíes y a un policía alemán. Cinco de los terroristas fueron abatidos por la policía.

Como consecuencia de este acto terrorista, el gobierno israelí de Golda Meir dio luz verde a la Operación Cólera de Dios, también conocida como Operación Bayoneta. Consistía en una operación encubierta ideada y ejecutada por miembros de los servicios de inteligencia israelíes, el Mossad, que tenía como objetivo eliminar a los terroristas de Septiembre Negro que fueron responsables del atentado de Múnich y liberados posteriormente por la Republica Federal de Alemania: asimismo, también fueron objetivos de la Operación Cólera de Dios los miembros de la Organización para la Liberación de Palestina, la OLP, que pudieran estar implicados en la matanza, según las informaciones del Mossad.

Mientras Israel daba caza a los ejecutores y planificadores de las muertes de sus atletas, a las dos de la tarde del 6 de octubre de 1973 el ejército egipcio, bajo las órdenes de Anwar el-Saddat, atravesaba el Canal de Suez e iniciaba un duro ataque contra las defensas israelíes. Al mismo tiempo, las tropas sirias de Hafez al-Asad irrumpieron en los Altos del Golán. Israel se enfrentaba a una nueva guerra por cuarta vez contra los países árabes. Pero en este caso el ataque había cogido por sorpresa al ejército israelí, ya que había tenido lugar el día del Yom Kippur, la festividad del día de la Expiación, el día del arrepentimiento judío, el día más santo y solemne del año. El ejército israelí lanzó su aviación contra las tropas egipcias que se habían adentrado en territorio ocupado; pero al contrario de lo que había ocurrido en los anteriores conflictos árabe-israelíes, los aviones se encontraron con una barrera de misiles de fabricación soviética Sam-2 y Sam-3 que derribaron un gran número de efectivos de las escuadrillas aéreas. Además, los carros de combate de Israel eran inutilizados por misiles antitanque lanzados por la infantería egipcia. El ejército israelí comprendió que Anwar el-Saddat había reforzado y modernizado su ejército y la primera consecuencia fue que los israelíes debían batir en retirada su ejército. El frente abierto por los sirios también supuso un duro revés para las fuerzas de Israel que veían impotentes cómo el avance de los blindados de Hafez el-Asad era imparable en los dos días siguientes. No obstante, el 9 de octubre, se inició una ofensiva israelí con las divisiones blindadas contra territorio sirio al tiempo que la aviación atacaba objetivos militares y la central hidroeléctrica de la ciudad de Homs. El día 10 las tropas israelíes habían recuperado el terreno perdido al principio de la guerra. Las pérdida en material bélico por parte de los tres países enfrentados en la contienda eran tan numerosas que podían decidir el final de la guerra en cualquier momento; sin embargo, las dos facciones del conflicto eran apoyadas por las dos superpotencias antagónicas. Estados Unidos surtía de materiales militares a sus aliados tradicionales, los israelíes; por su parte, la Unión Soviética apoyaba con suministros bélicos a los árabes. De esta manera, la guerra podía seguir su curso. Los éxitos en el campo de batalla de Israel le permitieron soportar la lucha en los dos frentes. Otro factor beneficioso para los intereses de Tel Aviv vino de las desavenencias entre los generales sirios y egipcios, ya que estos últimos no lanzaron una ofensiva simultánea a la que estaban realizando los sirios. Esto permitió que las fuerzas israelíes rompieran las líneas sirias en dirección a su capital, Damasco. Hafez al-Asad pidió ayuda a Iraq, que envió sus brigadas acorazadas a los Altos del Golán. En el frente egipcio, los carros de combate avanzaron 30 km por la península del Sinaí abandonando la línea de seguridad que les proporcionaba sus misiles antiaéreos. Por ello, la aviación israelí pudo atacarlos tras dejar el frente de los Altos del Golán. La guerra dio un giro inesperado por una de las hazañas bélicas más destacadas de todo el siglo XX. El general Ariel Sharon, con sólo 400 hombres, sin apoyo aéreo, ni de carros de combate, cruzó el Canal de Suez y consiguió destruir las baterías de misiles antiaéreos egipcias. El día 18 de octubre la aviación y el ejército terrestre israelí tenían el camino libre hacia El Cairo y la ciudad de Suez. El día 22, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobaba una resolución que pedía el alto el fuego, auspiciada por el gobierno de Nixon para moderar la victoria del ejército israelí y conseguir que Egipto siguiera contando con Estados Unidos como un futuro aliado; Moscú también apoyaba dicha resolución para evitar la debacle de sus aliados árabes. Al fin, el día 27 de octubre terminaba el conflicto. A 100 kilómetros de Damasco había llegado la artillería de Israel y a 80 kilómetros de El Cairo los carros de combate israelíes. El 11 de noviembre Israel y Egipto firmaron el alto el fuego.

 

La primera crisis del petróleo

Dos días después de que empezara la Guerra del Yom Kippur o Guerra del Ramadán, tal como la denominaron los contendientes árabes, el 8 de octubre de 1973, la economía del mundo empezó a tambalearse porque los países miembros de la OPAEP, la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo, grupo de naciones árabes inserto dentro de la OPEP, decidieron unilateralmente, en una reunión celebrada en Kuwait, incrementar el precio del petróleo en más de un 70%. El precio del barril de crudo pasó de 3,01 dólares a 5,12, en octubre de 1973. Además, en otra reunión celebrada el 16 de octubre decidieron recortar la producción petrolífera en un mínimo del 5 % hasta que Israel se retirara de los terrenos ocupadas desde 1967 tras la Guerra de los Seis Días y hasta que se restituyeran los derechos del pueblo palestino. Algunos países optaron por no vender ni una gota de petróleo a todas aquellas naciones que apoyaban a Israel, entre las que estaban Países Bajos y Estados Unidos.

La OPAEP tomó estas medidas de espaldas a las grandes empresas petrolíferas, las llamadas “Siete Hermanas”: Exxon, Mobil Oil, Texaco, Gulf, British Petroleum, Socal/Chevron y Shell, que eran las que dominaban el mercado y por tanto las que fijaban el precio del crudo. Sin embargo, con la decisión unilateral de los países exportadores de petróleo árabes, el precio del barril regresó a su máximo histórico en enero de 1974, cuando volvió a subir de 5,12 dólares a 11,651. Con este aumento se estabilizó la situación y la primera crisis del petróleo se fue superando. Aun así, las repercusiones económicas en Occidente fueron muy duras. La subida de los precios de la energía elevó los costes de producción y los precios. Esto tuvo como consecuencias más directas la aparición del déficit público y una situación de paro masivo. Las economías entraron en un proceso de fuerte desaceleración; los años dorados de la década de los sesenta dieron paso a los “años de plomo” de los setenta; la era del pleno empleo había desaparecido. Las sociedades del bienestar se tambalearon al no poder hacer frente a la crisis, porque el gasto público se había disparado. Por el contrario, los países de Oriente Próximo productores de petróleo vieron cómo crecía su economía exponencialmente. La entrada de divisas enriqueció las arcas de los respectivos estados. Sin embargo, las diferencias entre la población se abismaron; la fractura social y económica era cada vez más grande, ya que los ricos aumentaron sus ganancias de manera vertiginosa, mientras las bolsas de pobreza crecían cada vez más.

 

Del sah al ayatolá

Uno de los casos paradigmáticos de este abismo social se dio con meridiana claridad en Irán. Durante el reinado del sah Mohammad Reza Pahlaví, un 10% de la población atesoraba la riqueza del país. Las divisas que entraban por la explotación de los fructíferos pozos petrolíferos, así como las ayudas de Estados Unidos para mantener en el poder al sah, no sirvieron para cohesionar un país cuya estructura social y económica era caótica. Reza Pahlaví lanzó una serie de medidas de modernización, llamadas pomposamente la “Revolución Blanca”, entre las que estaban el sufragio femenino, la tendencia al laicismo, la expropiación de los latifundios… A pesar de ser unas reformas de corte liberal, alcanzaron sólo a un pequeño núcleo de la población, es decir, únicamente se beneficiaron las clases sociales ligadas al poder. Mientras tanto, la gran masa de población campesina, con una agricultura totalmente devastada, había optado por emigrar a las grandes ciudades, fundamentalmente a la capital, Teherán, que había absorbido a una masa de miles de personas sin trabajo, desarraigadas y sin futuro. Pero, la gran obsesión del sah era mantenerse en el poder. Para ello, abolió el sistema de gobierno multipartidista, de manera que el sah ostentaba todo el poder de manera autocrática. La represión ejercida por el gobierno contra cualquier movimiento político contrario fue brutal. La temible SAVAK, el servicio de inteligencia iraní, asesorado y entrenado por miembros de la CIA, aparte de aplicar la censura sobre la prensa, los libros y las películas, se ocupaba de reprimir todo tipo de oposición al régimen. El núcleo de oposición más fuerte en Irán provenía de los mulás o ulemas, de los guías espirituales, que daban a la mayoría del pueblo iraní un mensaje de esperanza, cuyos principios morales y religiosos estaban fuertemente enraizados en el chiismo, que choca frontalmente con el laicismo del poder iraní, y la corrupción que rodeaba la corte del sah.

El imán que lideraba todas las protestas contra el régimen de Reza Pahlaví era el ayatolá Ruhollah Musaví Jomeini, que había sido expulsado de Irán en octubre de 1964. Era un hecho insólito que un gobierno expulsara a un miembro tan destacado del poder religioso. En su peregrinaje por el exilio, vivió en Turquía, de ahí pasó a la ciudad santa de Najaf, en Irak, de donde fue expulsado, hasta instalarse en Neaufle-le-Château, en Francia. Desde allí, aprovechando la libertad de prensa francesa, las soflamas de Jomeini contra el régimen del sah iban siendo cada vez más encendidas. Y las protestas de los seguidores del ayatolá, cada vez más numerosas. La mecha que encendió los desórdenes que dieron paso a la revolución islámica en Irán fue un artículo publicado el 6 de enero de 1978 en el periódico Ettela’at firmado al parecer por el ministro de Información y Turismo Daryoush Homayoun, con el pseudónimo Ahmad Rashidi-Motlaq. El artículo tenía por título “Irán y el Imperialismo Negro y Rojo”. En él se acusaba a Jomeini de ser un agente del espionaje británico; además se le menospreciaba al declarar el articulista que era “un poeta indio loco”; la difamación se debía a que su abuelo paterno Sayid Musawi Ahmad Hindi, pasó muchos años en la India. Pero los insultos más lacerantes fueron las acusaciones de ser un borracho e incluso un homosexual no declarado. Los estudiantes de la ciudad santa de Qom, seguidores radicalizados de Jomeini, se manifestaron violentamente; las protestas fueron salvajemente reprimidas por la policía, que abatió a disparos a 70 manifestantes. Pero la acción más cruenta perpetrada por la policía y el ejército del régimen tuvo lugar el 8 de septiembre de 1978, tras una serie de manifestaciones y protestas durante la primavera y el verano de ese mismo año, después de que se decretara la ley marcial. En la plaza de Yalé en Teherán, la capital de Irán, se habían concentrado miles de manifestantes contrarios a las políticas del sah. El ejército para disolverlos empezó a disparar, causando más de cien muertos. Estas muertes fueron la condena total del régimen de Reza Pahlaví, La situación política y social en Irán era cada vez más insostenible. Los manifestantes contra el sah, espoleados por Jomeini desde su exilio, multiplicaron los actos de protesta. En noviembre de 1978, más de un millón de personas se congregaron en las calles de Teherán para protestar contra el régimen del sah; un mes después, por todo el territorio de Irán se manifestaron más de nueve millones de iraníes. El ejército y las fuerzas del orden se vieron superadas por el cariz de los acontecimientos; asimismo, facciones del ejército se unieron a los revolucionarios, con lo que el sah perdió todo el control de la situación en su país. Únicamente le quedaba una salida. El 16 de enero de 1979, Reza Pahlaví, junto con su familia y sus más llegados colaboradores, partía del aeropuerto de Teherán en dos Boing 707 hacia el exilio, huyendo de Irán.

 

Irán se convierte en República Islámica

Jomeini regresó a Irán, triunfante y aclamado por las masas, el 1 de febrero de 1979. Con él se iniciaba la Revolución Islámica iraní. El nuevo régimen fue dominado por los líderes religiosos más extremistas, ya que los miembros más moderados del primer gobierno fueron depuestos. El 31 de marzo de 1978 se celebra un referéndum para elegir si se proclama la república islámica. El voto afirmativo venció por una aplastante mayoría absoluta; así se daba luz verde a la República Islámica. Jomeini encargó a un grupo de expertos en el islam la redacción de la constitución iraní. Se prohibió el derecho a la huelga, se conculcaron los derechos de las mujeres… El nuevo régimen dominado por los religiosos, depuró, encarceló o fusiló no sólo a los antiguos colaboradores del antiguo régimen, tanto militares como civiles, implicados o no en las torturas y represión ejercida por al anterior gobierno, sino a toda persona susceptible de ser un opositor, ya por sus ideas políticas o religiosas, a la República Islámica. De esta manera se persiguió todo cuanto tuviera relación con el laicismo, ya que se suponía que estaba infectado de las ideas occidentales del “Gran Satán”, es decir, Estados Unidos. En Irán no se perdonaba el apoyo que había tenido el sah en sus últimos años por el entonces presidente Jimmy Carter. El furor antiestadounidense tuvo su máxima expresión el 4 de noviembre de 1979, cuando varios centenares de estudiantes fanáticos asaltaron la embajada de Estados Unidos en Teherán y tomaron como rehenes a 52 estadounidenses durante 444 días. La reivindicación fundamental de los exaltados asaltantes era la extradición del sah, que se encontraba en Estados Unidos para operarse de un cáncer linfático.

Pero, además de la crisis de los rehenes, el gabinete de Carter tuvo que afrontar otra crisis que rompió el proceso de distensión establecido entre las dos grandes superpotencias durante la Guerra Fría. El día 27 de diciembre de 1979 el ejército de la Unión Soviética cruza la frontera de Afganistán y da comienzo la invasión del territorio afgano.

 

La Guerra de Afganistán

La revolución islámica de Irán fue un motivo de preocupación muy grande para algunos países con un número muy elevado de población musulmana, porque consideraban que el fundamentalismo chií podía influir en sus propios habitantes y alimentar revueltas que acabaran con los gobiernos en el poder. Los actos violentos protagonizados por los chiitas en diversos países árabes hacían temer lo peor. En noviembre de 1979, un grupo de guerrilleros asaltó la Gran Mezquita de La Meca. Los apoyos a los iraníes se sucedieron desde Arabia Saudí hasta Argelia. En Libia, manifestantes exaltados prendieron fuego a la embajada estadounidense en Trípoli el 4 de diciembre de 1979. La Unión Soviética, aunque había apoyado diplomáticamente la revolución de Jomeini debido a la política pro estadounidense del sah, también veía con gran preocupación la propagación de los movimientos islamistas más radicales, no sólo por sus propios territorios con una amplia población musulmana, sino por la República Democrática de Afganistán, donde, tras la Gran Revolución de Abril en 1978 y el derrocamiento del presidente Mohammed Daud Khan, se había instaurado un régimen comunista. En septiembre de 1979, había tomado el poder Jafizulá Amín, tras haber mandado asesinar al anterior presidente de la República Democrática de Afganistán, Nur Mohammad Taraki. Amín, líder de la facción comunista afgana Jalaq, en su mayoría de etnia pastún, contraria a la facción Parcham, también comunista, cuya mayorías étnicas eran tayikos, acaparó todo el poder al acumular los cargos de presidente del país, primer ministro y secretario general del Partido Democrático Popular de Afganistán. Dirigió el país con mano dura, acabando con todo atisbo de rivalidad. La represión se centró tanto en objetivos políticos, incluso dentro de las filas del partido comunista afgano, como religiosos. Las ejecuciones se contaban por miles. La oposición al régimen autoritario de Amín provenía tanto de las filas de su propio partido, como de las guerrillas islamistas de muyahidines.

La Unión Soviética veía cada vez con mayor preocupación la situación de Afganistán. Por ello, determinó intervenir directamente en el conflicto y envió a sus tropas el 27 de diciembre de 1979 a territorio afgano. Ese mismo día, tropas de élite soviéticas dieron un golpe de Estado que derrocó a Jafizulá Amín y puso en el poder al ex embajador afgano en Praga, Babrak Karmal, líder de la facción Parcham. Amín fue detenido, juzgado y acusado de crímenes contra el pueblo afgano. Fue ejecutado junto a su hermano Abdullah Amín, jefe del ejército del y su sobrino Assadullah Amín, el temido jefe de la policía secreta. Karmal se mostró en el poder conciliador y prometió la instauración de libertades, mejoras sociales para el pueblo afgano y diálogo con las facciones rebeldes. Sin embargo, la intervención soviética que había aupado al poder al nuevo presidente, provocó un mayor rechazo del nuevo régimen entre los rebeldes

La intervención de la Unión Soviética en la guerra de Afganistán motivó que el presidente estadounidense Carter llamara a su embajador en Moscú y se comunicara por el “teléfono rojo” con Leonid Brezhnev para que éste suspendiera el envío de tropas a Afganistán, a lo que el líder soviético obviamente respondió con una negativa, al justificar su acción ante la solicitud del gobierno afgano de ayuda material y militar para defender la revolución de afgana de abril de 1978, la integridad territorial y la independencia de su nación. Ante esta respuesta, el gobierno de Estados Unidos hizo que se aplazaran las resoluciones del tratado SALT II, que se proponían limitar la producción del Misil Balístico Intercontinental (ICBM), canceló la venta de 17 millones de toneladas de cereales pactada con la Unión Soviética, vendió armamento moderno y dio asesoramiento militar a Pakistán y a las milicias rebeldes afganas, suspendió los privilegios pesqueros a los barcos soviéticos en aguas estadounidenses, cesó la venta de tecnología así como los intercambios económicos y culturales con Moscú, lo que produjo el boicot de Estados Unidos a los Juegos Olímpicos de 1980, que se celebrarían en la capital soviética. Volvió, en fin, la mentalidad de la línea dura de la Guerra Fría. Había llegado el final de la deténte.

 

 

Lo que acabas de leer es el capítulo 4 de la obra El mundo escindido. Historia de la Guerra Fría, de Juan Carlos Herrera Hermosilla, publicada por Punto de Vista Editores.


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He de reconocer que llegué al interés por la Historia por el camino de la Filología Clásica, titulación que me sirve para vivir de la docencia. Mi interés posteriormente se ha centrado en el siglo XIX, lo que me llevó a publicar con Paracelso la biografía del médico Francisco Javier de Balmis, por la admiración que sentí ante su hazaña al transportar la vacuna de la viruela por el mundo. La inclinación por dicho siglo me empujó a traducir las memorias de Henri de Jomini, un coronel suizo que, bajo bandera francesa, luchó en nuestra Guerra de la Independencia; trabajo editado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. A la par que esto ocurría, el azar caprichoso quiso que tuviera un encuentro casual y afortunadísimo para mí con Nowtilus, de la mano de José Luis Ibáñez Salas (el entonces director de la colección Breve Historia y editor de esta Anatomía de la Historia que transitas), con quienes deseo tener una larga y muy fecunda relación editorial, de momento plasmada en mi Breve historia del espionaje.

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