La verdad sobre el caso Olavide

Por . 16 marzo, 2016 en Edad Moderna
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Olavide_RetratoA don Pablo de Olavide y Jáuregui (Lima, 1725-Baeza, 1803) se la tenían jurada las fuerzas más reaccionarias de la España de Carlos III. Pero todo el mundo sabía que sus amigos eran muy poderosos y que habían llegado hasta el rey para que el peruano tuviera un enorme poder, pues le iban a poner al frente de las reformas en los sectores más decisivos.

Amigo del conde de Aranda y de Campomanesla Trinca los llamaban en el Madrid de los motines contra Esquilache–, Olavide fue diputado del común del ayuntamiento de Madrid y director del Hospicio de San Fernando –la solución despótica del capitán general Aranda contra los pobres que Olavide debía vestir de ilustrada– y, antes de nada, el hombre de moda, el afrancesado amigo de Voltaire, el ilustrado que se había costeado el título de caballero con el dinero de su mujer, una viuda vieja y rica que casi le doblaba la edad.

Poco importaba que este hombre fuera un frívolo gozador de la vida que mantenía una tertulia entre mujeres guapas –su medio hermana Gracia, su prima Tomasita–, un “hereje” que se reía de los frailes y bromeaba con todo lo que oliera a incienso. Poco importaba, pues asegurados en el poder los triunfadores de los amotinamientos, iba a ser nombrado, en 1767, superintendente de las Nuevas Poblaciones y asistente de Sevilla, cargos que el rey engalanó –para que nada se interpusiera en la gran aventura ilustrada de Sierra Morena– con la máxima distinción en el terreno militar, nombrándole también intendente del Ejército de Andalucía. Nadie había tenido más poder que él sobre una vasta región española.

 

Reformas ilustradas

Con todos los poderes en su mano, en la España de los déspotas (más o menos ilustrados), Olavide iba a acometer, entre otros, dos proyectos que suponían la culminación de las Luces: el de las colonias de Sierra Morena, la Nueva Arcadia, en el marco de la reforma agraria según la idea de Campomanes basada en el pequeño propietario satisfecho, y el de la reforma de la universidad de Sevilla, cuyo claustro –prácticamente, una prolongación del cabildo episcopal– estaba dominado por las ideas más arcaicas de la clerigalla.

Cientos de libros traídos de Francia precedieron la llegada de Olavide a Sevilla, en 1768, y ya tuvo que dar explicaciones a la Inquisición, aunque desde una posición de autoridad, pues tenía permiso para leer libros prohibidos. Su poder le hacía intocable, así que los inquisidores se mantuvieron a la espera, complacidos en lo más hondo por la difusión en Sevilla del panfleto Vida de Guindo Cerezo, obra de un agustino que reaccionaba contra el reformador de la universidad. La tertulia que mantenía en los salones de los Reales Alcázares –un tanto mitificada por la presencia entre otros del joven Jovellanos– era lo más sonado de la ciudad; el mismo atractivo ofrecía la conocida hospitalidad de don Pablo en su palacio de La Carolina, en el que a menudo se regalaba a huéspedes ilustres, se leían versos y se filosofaba despreocupadamente.

Por si fuera poco, Olavide fomentó cuanto pudo el teatro, la fuente de los peores males como creían la mayoría de eclesiásticos, entre ellos el padre Eleta, confesor de Carlos III, que enterado de que se quería fundar uno en Cuenca, donde había vivido muchos años, decía que había en la ciudad “sobrada inclinación al vicio de la lascivia, conque si con el teatro que se pretende se aumenta el fomento, será acabarlos de arruinar en almas y cuerpos”. Todos reían con la cosas de este hosco fraile gilito, del Burgo de Osma, a quien los ilustrados llamaban Fray Júpiter del Cordón y Fray Alpargatilla, entre otras lindezas.

 

Pero no todos los que rodeaban a Olavide habían venido a este mundo a gozar de los dones que cuerpo y espíritu nos ha proporcionado Dios y que podrían materializarse en las Nuevas Poblaciones, en cuyo fuero, redactado por don Pablo, ya aparece la palabra felicidad como aspiración. Pues además de los colonos suizos-alemanes, católicos, llegaron los frailes. Olavide los admitió a regañadientes, pero era la solución para que los colonos pudieran confesarse en su idioma. Con este pretexto llegó a La Carolina, en 1770, fray Romualdo de Friburgo, un capuchino alemanote barbado que tenía aviesas intenciones: nada menos que convertir la obra del impío Olavide en un marianus foedus, algo muy medieval con la Virgen por medio.

Olavide acabó por dejar al rudo fraile por imposible y, con sus amigos –entre ellos los párrocos de las poblaciones–, orquestó burlas y gracejos, con su particular vis cómica, que provocaba la hilaridad cuando imitaba al barbudo. Pero Romualdo no reía… Escribía. Todo lo que oía –incluido lo que le recordaba a las ideas de los herejes protestantes que conoció bien en su Friburgo natal– lo iba pasando al papel hasta completar una minuciosa relación que al final hizo llegar a la Inquisición.

Pero ya sabemos que don Pablo y sus amigos eran muy poderosos y la delación no prosperó; tampoco prosperaban las de los demás amigotes de don Pablo. Aranda se burlaba también de los frailes y del mismísimo Santo Tribunal; incluso había hecho creer en Europa que le había limado las garras al monstruo, como dijo Federico de Prusia. En sus bromas, el conde aragonés, presidente del Consejo de Castilla, llegaba a meter a Carlos III y ponerle “vela verde” por proteger a ministros tan “herejotes” (contribuyendo así a forjar la imagen del rey ilustrado).

Pero en 1775, la delación del fraile llegó a lo más alto, al Tribunal de corte y al mismísimo confesor del rey, el padre Eleta. Y ahí sí, ahí iba a tener eco la larga relación de pecados graves de Olavide. Pero la razón no es que el confesor y el inquisidor –Beltrán, un prelado ilustrado– tenían ante sí el modelo perfecto del libertino, tal y como la historiografía hasta ahora nos ha hecho creer.

Las excelentes obras de Defourneaux, Dufour, Perdices, etc. se sustentan en las fuentes de la propia Inquisición y en algunas referencias que seguramente escaparon de la tinta borradora que empleó Campomanes en todo este asunto y en cuantos pudieran entorpecer los caminos de la gloria de Su Majestad, ensalzado ya en vida por sus ministros. Pues no era sólo un asunto de moralidad, sino que detrás de todo el espectáculo montado por la Inquisición estaba el clima político de la corte, tan enrarecido que se llegó a temer un motín como el de 1766, con un objetivo parecido: echar del poder a Jerónimo Grimaldi, ministro de Estado e íntimo de Carlos III, y traer al conde de Aranda de París: traer la A que rija, como decía un famoso pasquín.

 

Las otras piezas del caso

Cuando preparaba mi primer trabajo sobre el caso Olavide en el Archivo Histórico Nacional y en Simancas, en 2002, ya me di cuenta de que faltaban piezas y de que algunas pruebas que involucraban al rey no habían sido aportadas. Carlos III no se habría mezclado en el asunto y los ministros, incluso los amigos de Olavide, poco podían hacer una vez desatada la maquinaria inquisitorial. Todo el mundo se volvió mudo, incluido Aranda, como señaló Rafael Olaechea sospechando ya que no conocíamos más que una parte del triste caso y que lo grave estaba por descubrir.

Pues bien, así era en efecto, pues lo grave es que detrás del caso Olavide hubo una gran conjuración política cuyo origen estaba en la brutal oposición que había desatado Aranda, desde 1773 embajador en París, contra el gobierno de Jerónimo Grimaldi, el primer ministro que concitaba toda la confianza del rey.

Los mazazos del conde contra el italiano –“esa ladilla”, lo llamó el arandista y también aragonés Azara– llegaban a la corte en forma de pasquines, en 1775 y 1776, entre la derrota de Argel, que desató las iras de Aranda contra su antiguo amigo Grimaldi, al que hizo responsable, y la dimisión de éste, forzada por el conde.

Aranda se salió con la suya haciendo dimitir al abate italiano a costa incluso de involucrar al príncipe de Asturias y a su mujer –el futuro Carlos IV y María Luisa– en un “cambio de timón” que obligara a Carlos III a traerle de París para mandar, para enderezar el rumbo tan desviado de la Monarquía. Pero de ahí el triste conde no pasó.

Grimaldi y sus amigos, especialmente el ensenadista acérrimo Ventura Figueroa –el sucesor de Aranda en la presidencia del Consejo de Castilla– y el propio marqués de Ensenada, que no estaba tan callado en su destierro de Medina del Campo, no se iban a quedar mancos y reaccionaron contra Aranda.

Hay que “hacer algo ejemplar con alguno; no se trata de sangre, pero un destierro, un castillo: militares, pelucas o galones”, le decía Grimaldi a Ventura Figueroa el 30 de agosto de 1775, cuando arreciaba la bronca desde “la fragua de París” por la derrota de O’Reilly en Argel, y añadía: “En proponiéndolo al rey, seguramente Su Majestad lo aprobará”. Es decir, que el elegido no podía ser un Grande de España como Aranda, pues en ese caso el rey no lo aprobaría.

Desde el motín de Esquilache, seguramente por influjo de su madre Isabel de Farnesio, Carlos III aumentó su desconfianza contra la gran nobleza, a la que la tuvo siempre a raya –empezando por el duque de Alba, al que odiaba–; por eso no hizo nada que les irritara. Como había hecho Luis XIV, para dominarles, Carlos III les dejó llevar una vida de frivolidades y vagancia, al margen de la política (la única excepción fue Aranda).

En medio de la agitación política, que azuzaban incluso miembros del gobierno próximos a Aranda como su primo Ricla, Muzquiz –que le debía su carrera–, González de Castejón, enemigo cerval de O’Reilly –“el general desastre” le llamaba–, el hábil abate Grimaldi supo por Manuel de Roda, ministro de Gracia y Justicia, que tenía ya, empapelado por la Inquisición, nada menos que a la hechura perfecta de Aranda, al frívolo, al manirroto administrador de las Nuevas Poblaciones, el experimento que cada día provocaba nuevas críticas y que había causado ya un distanciamiento entre Aranda y Campomanes, una brecha en el “equipo ilustrado”.

Olavide era la pieza más débil donde se dirigían los dardos que lanzaba una parte de la élite política, como por ejemplo el marqués de la Corona, fiscal del Consejo de Castilla, colega de Campomanes, que culpaba de todo a los “impíos” Olavide y Aranda, a los que conocía perfectamente, pues el marqués iba a la misma tertulia en Madrid. Ahora deseaba que Carlos III “arrojase de su servicio y encerrase en un castillo al presidente (Aranda), y a los fiscales (Moñino y Campomanes) y a cuantos hubieran intervenido (en el proyecto de las Nuevas Poblaciones)”, pues para el fiscal, la causa del fracaso estaba en “confiar la ejecución a una mano tan desacreditada como la de Olavide”. “Pobre rey y pobre España con ministros tan flacos y tan insensibles a su servicio”, remataba el fiscal.

Pero Grimaldi contó, además, con la ayuda inestimable de un antiguo amigo y colaborador de Olavide, Antonio de Capmany, a quien trajo a la corte a mediados de 1775 obteniendo de él una jugosa información sobre la vida licenciosa del superintendente.

Capmany, que declaró luego contra Olavide, le acusó de favorecer el vicio de la lujuria: “no se veía en dichos pueblos reinar otra cosa, a cara descubierta, que el amancebamiento y adulterio”. Seguramente, el que fue premiado con el nombramiento de miembro de la Real Academia de la Historia, en 1776, dijo más, así que no nos extraña ahora que pocos meses después, por orden del rey, Olavide dejara La Carolina para instalarse en Madrid, sospechando que la Inquisición le rondaba, pero sin saber, ni entonces ni después de su desgracia, el verdadero alcance de la conjura… política.

Con el “equipo ilustrado” dividido, con un Aranda colérico por estar alejado en París y con un rey al que Grimaldi y el confesor persuadían de que había que dar un escarmiento para frenar la conspiración política y dar un toque de atención sobre la relajación moral de las élites –que además serviría de disculpa para ocultar la verdadera razón–, Olavide fue elegido como la víctima perfecta.

Lo tenía todo: era peruano, plebeyo y libertino. Incluso, ahora se podría añadir que también era un delincuente, pues convivía con su concubina, su medio hermana Gracia, y quien sabe si también con su prima Tomasita de Arellano. Estos cargos acabaron por complacer a los que iban a celebrar que Olavide entrara en la cárcel el 14 de noviembre de 1776 y, durante dos años, “desapareciera del mundo de los vivos”.

Una semana antes, Grimaldi había dimitido y se disponía a salir de España; pero se iba orgulloso, ganador, hecho un duque, rico y con el nombramiento de embajador en Roma. Aún desempeñaría una misión en España: entrevistarse con el representante de los rebeldes norteamericanos, Arthur Lee, en Burgos para evitar que llegara a Madrid y complicara las relaciones de España con Inglaterra poco antes de la declaración de guerra por la independencia estadounidense. En ese viaje, Grimaldi aún pudo ver a su querido Ensenada antes de salir de España.

 

La humillación del conde de Aranda y el “odio de un partido”

¡Cómo celebrarían Ensenada y Grimaldi haberse vengado finalmente del conde de Aranda! Recordarían tantas afrentas pasadas. El conde, soberbio y mandón, había sido en 1763 el presidente del Consejo de Guerra que juzgó a los que perdieron La Habana, entre los que se encontraba el íntimo de Ensenada, el también riojano conde de Superunda, virrey del Perú, contra el que pidió pena de muerte.

En 1766, Aranda era el presidente del Consejo de Castilla cuando, culpado de instigar el motín, Ensenada fue desterrado a Medina del Campo; y, en fin, el conde aragonés había sido el opositor político que había conseguido la caída de Grimaldi entre pasquines y sátiras burlescas. Culpado de ser el que expulsó a los jesuitas, a los que tanto apreciaba Ensenada, el padre Luengo definió a este “infeliz conde” certeramente como el “hombre que ha servido la voluntad e intereses de otros, que lo han manejado”.

Les había hecho mucho daño el conde, pero se habían vengado de él (y de sus partidarios, que quedaban en muy mal lugar a los ojos del rey). Justo cuando Grimaldi dejaba Madrid y Olavide entraba en las cárceles secretas de la Inquisición, el sucesor en la secretaría de Estado preparaba el viaje desde Roma. El nuevo ministro era otro plebeyo, un abogaducho, un despreciable “cagatintas” en el argot de Aranda, José Moñino, al que Carlos III vistió el cargo con el título de conde de Floridablanca: una nueva humillación para “la A que rija”, como el ministro murciano tuvo pronto la oportunidad de manifestar a su subordinado, el embajador en París.

Mientras, un impávido Carlos III seguramente sonrió burlonamente pensando que se había vuelto a librar del terco conde de Aranda, dos veces Grande de España, de quien siempre procuró estar lejos y al que había mandado un recadito en la figura de su amigo Olavide. Todavía el rey mantendría a Aranda sirviendo la embajada en París hasta que le hizo volver, sin destino, en 1787, cuando ambos eran ya muy viejos y sabían que Pablo de Olavide, exiliado desde 1780 en Francia, adonde se fugó tras su condena en el autillo –ocho años de reclusión en un convento–, vivía relajadamente entre aristócratas y, aunque Voltaire ya había muerto y no era tan reverenciado, él seguía filosofando y recordaba ilusionado su viejo proyecto de las Nuevas Poblaciones, la Arcadia feliz. Todavía le dedicó un capítulo en su Evangelio en Triunfo, entre textos traducidos del francés de lo más anodino; ahí estaba su recuerdo idealizado de los buenos tiempos de La Carolina, pero nadie se fijó ya en ello y, al contrario, todo el mundo pensó que Olavide cantó la palinodia para ganarse el perdón del rey.

 

El “iluso de filantropía” en el escenario total de la política

Olavide, con el alma reconfortada y el cuerpo desastrado, volvió a España en 1798, se entrevistó con Godoy y aún quiso que el príncipe mediara en proteger su “invento”, de nuevo el invento de un iluso: un método para entender todas las lenguas y reducirlas a una sola que todos conocieran con facilidad. Ahí están las últimas cartas del peruano hablando del asunto, en el Archivo Histórico Nacional, demostrando que, cinco años antes de dejar este mundo, era todavía un “iluso de filantropía”, como le llamó Marcelino Menéndez Pelayo, que llegó a ver en él “cierta cándida y buena fe”, lo que no es poco cumplido viniendo del gran azote de la heterodoxia.

Quizás el único que le abrió los ojos al iluso fue Godoy, que escribió en sus Memorias que las ideas del superintendente eran las “de sus demás amigos, conde de Aranda, conde de Campomanes, O’Reilly, Ricardos, Roda, Ricla, Almodóvar y otros sabios literatos de aquella época”. Pero también reparó en que su desgracia había sido consecuencia del “odio de un partido”.

Así pues, Godoy nos dio la pista fundamental: el caso Olavide fue un caso político, el odio de un partido. La intervención de un tribunal tan político –y tan supeditado al rey– como la Inquisición desvió la atención de la trama fundamental: el enfrentamiento de los Grandes –antes cobijados en la Domus Regia, pero cada vez más marginales con los Borbones– contra los ministros plebeyos, los impulsores del Estado, la gran amenaza para los privilegiados. Aranda fue la última esperanza de ese partido de los Grandes, cuya esencia supo ver, al comienzo del reinado de Fernando VI, el duque de Noailles, buen conocedor de España, que escribió:

« L’orgueil des grands souffre de se voir subordonné et comme soumis a des personnes dont la naissance est si inferieure a la leur, et qu’il desireront fort voir revenir l’ancien gouvernement tel qu’ils etoit sous Charles V et Philippe II et leurs successeurs ».

Pero no lo consiguieron. Y en esa soterrada y constante lucha política, Olavide fue una víctima más. Siempre las víctimas del Absolutismo, desde Macanaz a Cayetano Soler pasando por Ensenada, fueron los plebeyos constructores del Estado, la amenaza de los Grandes, lo que tanto temieron … y temen. Por más que se disfracen de ilustrados.

Rousseau había escrito en sus Confesiones que “todo dependía radicalmente de la Política”. Y así era y así es.

 


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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