¿Por qué los romanos expulsaron a sus reyes?

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Aunque la leyenda y la historia se mezclan casi de forma indisoluble en los primeros siglos de vida de la civilización romana, la existencia de la monarquía como forma de gobierno, podada de los numerosos mitos fundacionales que la envuelven, no está en cuestión. Ahora bien, ni por asomo debemos imaginarnos a aquellos primeros monarcas romanos rodeados de la pompa y el boato que en casi todos los tiempos, con las limitaciones impuestas por la prosperidad de sus reinos, han rodeado a los reyes.

Roma era, entre los siglos VIII y VI a.C., poco más que una mísera aldea de casuchas de adobe que se arracimaban a las orillas del Tíber, una pequeña corriente de agua que avena las tierras del centro de la península Itálica, en nada semejante a los orgullosos ríos del próximo y el lejano Oriente en cuyos ricos valles la humanidad había dado el salto de la barbarie a la civilización.

Y eso es lo que fue durante mucho tiempo, como no fueron sus habitantes sino humildes agricultores y sencillos pastores que apenas dedicaban su tiempo, sus preocupaciones y sus esfuerzos a la artesanía o al comercio, mucho más desarrollados entre sus vecinos los etruscos.

Bastante tenían aquellas gentes con sobrevivir, tomando, como escribieron los propios historiadores romanos, ora la espada ora el arado y reuniéndose en asambleas cuando así lo requería la importancia de los asuntos sobre los que había que decidir, para aceptar sobre sus cansados hombros la pesada carga de un monarca de verdad.

Sus reyes eran, en realidad, primeros entre iguales, tan labriegos como ellos, que dirigían humildes las plegarias a sus dioses; dirimían, con más sentido común que conocimientos legales, los raros litigios que podían surgir en aquella sociedad atrasada, y marchaban al frente de las tropas a una guerra en la que su sangre corría tanto riesgo de derramarse como la del último de sus súbditos.

Pero, como resulta fácil imaginar, no fue así durante mucho tiempo. Si Roma quería sobrevivir entre vecinos más fuertes que ella, debía rendirse a las mismas fuerzas que lo habían hecho poderosos. Permeada por las influencias de su entorno, la pequeña ciudad junto al Tíber se dejó al fin seducir por la modernidad. La población se incrementó; la artesanía comenzó a desarrollarse, y los intercambios comerciales se multiplicaron.

Con todo ello, la sencillas relaciones que los romanos mantenían entre sí empezaron también a cambiar. La igualdad casi perfecta que existía entre ellos se debilitó. Junto a los campesinos y pastores, pobladores originarios de la ciudad, surgieron pronto artesanos, comerciantes y trabajadores, quizá muchos de ellos inmigrantes ajenos a la comunidad romana original. Los primeros, llamados patricios, fueran más o menos ricos, se reservaron para sí los derechos políticos que siempre habían disfrutado y negaron al resto, conocidos como plebeyos, la participación en las asambleas que decidían los asuntos que a todos afectaban.

Ya sabemos que en Grecia había sucedido algo semejante y cómo había terminado todo. Legisladores o tiranos, abrieron sus oídos a la frustración política de los apartados del poder y se apoyaron en ellos para cambiar la constitución de sus ciudades. Algo parecido ocurrió en Roma, pero no fueron aristócratas quienes lideraron la lucha por la extensión de la participación, sino los mismos reyes.

Apoyándose en los plebeyos, muchos de ellos ricos pero todos excluidos del poder, sometieron a los patricios; privaron de autoridad a las asambleas tradicionales, y dieron forma a los llamados comicios centuriados, en los que la primacía absoluta correspondía a la riqueza, y no a la sangre.

La democracia campesina dejaba paso a la plutocracia, y los reyes lo sabían. Por ello, trataron de conservar de su lado las simpatías de los artesanos y comerciantes ricos. Trazaron calles, construyeron alcantarillas, erigieron monumentos, dotaron a la ciudad de su primer foro y sus primitivas murallas y, deseosos de incrementar a un tiempo su poder y el de sus amigos, se lanzaron a la guerra, expandiendo sin cesar las fronteras de Roma.

Servio Tulio, el más grande de los reyes romanos, introdujo una reforma constitucional que poco tenía que envidiar a la propugnada en Atenas por Clístenes. Su resultado fue una timocracia, esto es, un sistema de gobierno en el que el poder correspondía a los ricos, sin distinción alguna basada en el origen.

Pero semejante reforma no podía por menos que irritar a los patricios, la aristocracia tradicional, que basaba su dominio en su sangre y no estaba dispuesto a compartirlo con unos advenedizos, por muy opulentos que fueran.

Por ello, en el 509 a.C., doscientos cuarenta y seis años después de la fundación de la ciudad, tras un violento golpe de Estado, expulsaron al último de sus reyes, Tarquino el Soberbio, y proclamaron la República.

Pero no debemos engañarnos. Lo que de verdad había triunfado en Roma no era la democracia, sino la oligarquía. Llevaría tiempo que esa oligarquía volviera a integrar en sus filas a los plebeyos ricos, como había pretendido Servio Tulio, para dar origen al sistema de gobierno característico de la Roma de los siglos II y I a.C. Y mucho tiempo más que los equilibrios tan costosamente alcanzados volvieran a romperse. Pero esto corresponde ya a la siguiente pregunta.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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