De la era del vapor al poder, 1979, el PSOE en la encrucijada

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Nuestro director editorial, José Luis Ibáñez Salas, ha publicado recientemente La Transición (Sílex ediciones), una síntesis histórica de un periodo esencial de la historia del presente.

Anatomía de la Historia te acerca un extracto en el que, entre otros asuntos relevantes, se aprecia la relación entre aquellos tiempos y la Segunda República española.

 

 

Retomo ahora aquello que apuntara Joaquín Arango al adelantarnos lo que necesitaba el PSOE para pasar de ser la alternativa de gobierno a convertirse en el sucesor de UCD al frente del país: “desprenderse de su retórica revolucionaria y de adherencias ideológicas propias de la era del vapor”.

la-transicionUn mes después del aldabonazo que supuso su victoria relativa en las elecciones municipales, el PSOE celebró su XXVIII Congreso, que dio comienzo el día 17 del mes de mayo de este año 1979 y al que asistieron más de mil delegados. Felipe González, que venía liderando el partido desde antes de la muerte de Franco, y que recientemente había impulsado y logrado la convergencia en el PSOE de otras agrupaciones y tendencias socialistas −como la encabezada por Tierno en su PSP, el cual como vimos se había incorporado a aquél en abril del 78, y como las tres facciones socialistas catalanas bajo la primera secretaría de Joan Reventós, que hicieron lo propio en julio del mismo año bajo la denominación de Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC-PSOE) −, había visto claro junto a sus más fieles seguidores que la auténtica razón de su nueva derrota por muy poco frente a Suárez se había debido a que el presidente del Gobierno había agitado como un espantajo ante los televidentes el último día de la campaña electoral el que era visto como un auténtico sambenito, el marxismo. Propuso por tanto en el XXVIII Congreso una línea socialdemócrata afín a la de los principales partidos socialistas de su entorno, el alemán sin ir más lejos. Planteó en ese orden de cosas el abandono del marxismo como definidor ideológico del partido, una seña de identidad que había salido reforzada en el anterior Congreso del PSOE − el del año 76, aquel que había definido al partido como un “partido de clase y, por tanto de masas”− y a la que González achacaba la imposibilidad real de gobernar el país, sabedor de que sólo era posible desde posiciones cercanas al centro político, al centro-izquierda en este caso, a la socialdemocracia, en definitiva. Pero comoquiera que la noche del 19 de mayo los delegados reafirmaran el marxismo (con un 61% de votos favorables que respaldaron la ponencia política del conocido como sector crítico), pese a proponer reelegirle como primer secretario del PSOE, Felipe González optó por jugar fuerte. Todo lo que pudo. Y la madrugada del día 20, el mismo González que en el año 76 propugnaba “un socialismo tan distante de las posiciones socialdemócratas como del centralismo burocrático”, dimitió, se negó a ser reelegido en las nuevas circunstancias y de hecho se marchó literalmente a su casa. Dado que los críticos fueron incapaces de crear una candidatura propia dotada de apoyos significativos, González regresó al Congreso del PSOE la mañana de ese 20 de mayo para decirle al auditorio una frase que habría de hacerse por aquel entonces famosa: “hay que ser socialista antes que marxista”, y criticar que en el cónclave socialista se hubiera dedicado a discutir “la mayoría del tiempo de la cuestión de principios y la minoría del tiempo de los problemas de esta sociedad”. Propuso y logró, qué remedio, que un congreso de carácter extraordinario tras la interinidad de una gestora al frente del partido sacara a éste del atolladero en que estaba. Una gestora que pasó a estar presidida por quien presidiera el XXVIII Congreso, el veterano militante y sindicalista socialista José Federico de Carvajal Pérez.

En esos meses subsiguientes al ajetreado cónclave de mayo y anteriores al extraordinario previsto para septiembre, lo que tuvo lugar en el seno del PSOE fue el enfrentamiento entre dos posturas: por un lado, la de los críticos, que no deseaba alcanzar el poder hasta que no estuviera perfectamente claro que ello supusiera una auténtica transformación social; y por otro, la de González y los suyos, que −tras haber liderado al partido hasta conseguir ser la fuerza hegemónica de las formaciones progresistas gracias a una práctica política basada esencialmente en la negociación con el Gobierno− pretendía derribar las barreras que impidieran el acceso democrático al poder como herramienta para llevar a cabo (y cito las palabras del máximo dirigente del partido en todos aquellos años) “un cambio que es ahora únicamente posible por la reforma, no por la revolución”.

Al Congreso Extraordinario, que tuvo lugar los días 28 y 29 de septiembre, ya únicamente acudieron 421 delegados, pues el principal aliado de González, Alfonso Guerra, había logrado modificar en el transcurso del XXVIII los estatutos del partido de forma que, frente al sistema de asistencia que había prevalecido en los estatutos con que se organizara aquel cónclave, quedaron prohibidas las tendencias organizadas y las corrientes de opinión, así como suprimido el derecho de voto por cada agrupación local para sustituirlo por una delegación única por cada provincia con un único voto. Algo que, además de incrementar el peso de la muy afín delegación andaluza, dejaba en manos de una minoría fácilmente controlada por los órganos ejecutivos la aprobación de resoluciones y la elección de la misma Comisión Ejecutiva en juego.

Tal y como González pretendía, el resultado fue el refuerzo de su papel político, su reelección como secretario general (recuperando la tradicional denominación del principal cargo directivo del PSOE) y la significativa ausencia de la palabra marxismo en la definición ideológica de un partido que ya ocupaba el espacio que buscaban sus principales dirigentes, el que la socialdemocracia otorga allí donde existen partidos comunistas y partidos decididamente conservadores: el centro-izquierda. Apoyada su candidatura por el 86% de los votos, provenientes sobre todo de las delegaciones andaluza y catalana, en la Comisión Ejecutiva salida del cónclave socialista se añadieron partidarios suyos tan significativos en el futuro como José María Maravall, Javier Solana, Joaquín Almunia e Ignacio Sotelo. El propio Solana resumiría muy bien lo que se dirimió en septiembre del año 79 dentro del entonces principal partido de la oposición.

 

“Sabíamos que teníamos que pasar de ser un partido comprometido con las ideas a ser un partido comprometido también con la adopción de soluciones para los problemas de este país.

No podíamos conformarnos con tener 120 diputados que actuaran como férreos guardianes del tarro de las esencias. El desafío no podía consistir en que soñáramos el futuro para que la derecha gobernase el presente”.

Javier Solana Madariaga, en declaraciones hechas a Juan G. Ibáñez para El País: Memoria de la Transición, 1995-1996.

 

Lo que había tenido lugar en aquellos meses de 1979 fue que los más relevantes dirigentes del PSOE, encabezados por Felipe González, al verse como el principal partido de izquierdas, creyeron que lo mejor era pasar desde lo que se llamaba entonces habitualmente “espacios de libertad” hasta la ocupación de otros espacios, los “espacios de poder”. Si a los socialistas no les quedaban a su izquierda competidores habrían de buscar su necesaria expansión, la ampliación que les permitiera derrotar electoralmente a la UCD de Suárez, en la derecha. El camino pasaba por la conquista del centro. Y ese giro chocó con un sector dentro del PSOE al que se dio en llamar crítico, nacido sobre todo en el seno de la Federación Socialista Madrileña, que entendía que todo lo que venía cocinando González antes del XXVIII Congreso no era sino convertir al partido en la máxima expresión de una formación política electoralista y personalista. Santos Juliá dirá acertadamente que los críticos se erigieron en “guardianes de la pureza ideológica y de la dirección colegiada”. Pero fueron derrotados por un González que hizo valer su decidida apuesta por hacer “madurar” rápidamente al partido para ofrecer “cambio y seguridad”.

El PSOE, finalizo con Juliá, pretendió así volver a ser lo que ya había querido ser durante los lejanos años de la Segunda República, un partido para “vertebrar” España encargado de “racionalizar” la economía y “modernizar” la sociedad. Las tres palabras entrecomilladas pasaron a engrosar el lenguaje habitual de los socialistas. Vertebrar, racionalizar y modernizar.

Aquellos que habían defendido la pureza ideológica de PSOE y otra palabra, “marxismo”, quedaron excluidos o se excluyeron de forma voluntaria. Por cierto, la lista de los críticos en el Congreso Extraordinario, encabezada por el líder de la corriente, Luis Gómez Llorente, a la que también pertenecían destacadamente Pablo Castellano, Fernando Morán y Francisco Bustelo, únicamente obtuvo el 7% de los votos.


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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