El nacionalismo catalán radical entre la dictadura y la Transición

Share Button

gfslibroLa dictadura instaurada tras la Guerra Civil aspiraba a construir una España uniforme eliminando la diversidad política, religiosa, cultural, lingüística e identitaria del país. En ese sentido, el franquismo persiguió a la «anti-España» (las izquierdas y los nacionalismos periféricos), configuró un estado centralista, hizo del castellano el único idioma oficial e instrumentalizó el nacionalismo español y sus símbolos. La forzada identificación entre la dictadura y España acabaría deslegitimando todo lo que sonara a «español».

Durante las décadas de 1950 y 1960 entró en escena una nueva generación de nacionalistas periféricos, muchos de ellos con formación universitaria, inquietudes sociales y una creciente preocupación por la lengua autóctona, considerada con frecuencia el fundamento de la nación. Estos jóvenes rompieron con sus mayores: no se adhirieron a los partidos nacionalistas históricos, ya fuera porque estos se encontraban en el exilio o porque cuando la nueva hornada se acercó a ellos, como fue el caso de la efímera convergencia del colectivo Ekin y las juventudes del PNV (1956-1958), salió escaldada tanto por su pasividad como por sus paternalistas ansias de control.

La dictadura, la represión, los cambios socio-económicos, los movimientos de población, el retroceso de las lenguas minoritarias, la fractura generacional o la relectura de la Guerra Civil como una invasión «española» fueron algunas de las claves que explican la aparición de los nuevos nacionalismos radicales de la periferia. En otro orden de cosas, también hubo una importante influencia del proceso de descolonización del Tercer Mundo. Por un lado, los grupos secesionistas se inspiraron en el nacionalismo revolucionario en el que se combinaban el maoísmo, autores como Frantz Fanon y las teorías de la colonización interna. De esta manera se introdujo un lenguaje novedoso, que barnizó con un marxismo sui generis su ultranacionalismo, dando lugar a una especie de etnosocialismo. Por otro lado, este sector tomó como modelo organizativo a los movimientos de liberación nacional: un frente interclasista dirigido por la vanguardia «obrera». Por último, el ejemplo anticolonialista trajo aparejada la revalorización de la «lucha armada» en el plano estratégico. Cuando fracasó la emulación de las guerrillas del Tercer Mundo, se optó por el sucedáneo del terrorismo.

 

El independentista FNC, Front Nacional de Catalunya, había aparecido en una fecha tan temprana como 1940, aunque tuvo un papel secundario y se fue diluyendo en otras fuerzas hasta que desapareció en 1982. En 1969 sufrió la escisión de un grupo de jóvenes radicales, que fundaron el PSAN, el Partit Socialista d’Alliberament Nacional, una formación ultranacionalista y pancatalanista. A su vez, en 1974, un sector crítico con la dirección del PSAN conformó el PSAN-p (PSAN-provisional), inspirado en el IRA provisional.

El éxito propagandístico de ETA llevó a otros grupúsculos a intentar emular la vía terrorista hacia la independencia. Así nacieron el Front d´Alliberament de Catalunya, de 1969, que asesinó al guardia civil Dionisio Medina Serrano dos años después, y EPOCA, Exèrcit Popular de Catalunya, de 1970, que causó dos víctimas mortales durante la Transición. En mayo de 1975 ETA político-militar firmó con el PSAN-p y la UPG, Unión do Pobo Galego, una alianza cuya finalidad era extender la «lucha armada» a toda España. La actuación de un agente de los servicios secretos infiltrado entre los polimilis (Lobo) permitió la práctica desarticulación de ETApm y el abandono de las ínfulas insurreccionales del PSAN-p y la UPG, uno de cuyos dirigentes (Xosé Ramón Reboiras, Moncho) murió en una redada policial. Dos de los polimilis detenidos (Txiki y Otaegi) fueron fusilados el 27 de septiembre de ese año junto a tres miembros del FRAP.

En 1976 el PSAN se declaró oficialmente comunista, lo que provocó que su ala menos izquierdista se escindiese: el Col·lectiu Català d’Alliberament. La confluencia de este sector con el Col·lectiu de Combat, un grupúsculo surgido del FNC, dio lugar al MUM, Moviment d’Unificació Marxista, partido que, aunque siempre detrás del PSAN, fue uno de los grupos más potentes del nacionalismo catalán radical. Con vistas a las elecciones generales de 1977 el MUM se alió con el Partido Carlista y el Movimiento Comunista para formar la Candidatura d’Unitat Popular cap al Socialisme. El FNC, que no consiguió constituir una amplia coalición catalanista de izquierdas, participó en el Pacte Democràtic per Catalunya, nucleado alrededor de la Convergència Democràtica de Jordi Pujol. La histórica (y minúscula) formación independentista Estat Català se unió al PTE, Partido de los Trabajadores de España, y a la entonces moderada ERC en la lista Esquerra de Catalunya-Front Electoral Democràtic. El PSAN prefirió no presentarse a las elecciones, dando libertad de voto a sus afiliados. EL PSAN-p, aún más intransigente, se mantuvo en la clandestinidad.

Las elecciones generales de 1977 sacaron a la luz una Cataluña autonomista, con predominio de las izquierdas no nacionalistas y cierta presencia del catalanismo conservador. La primera fuerza política era el PSOE, que cosechó el 28,56% de los votos y obtuvo 15 diputados, seguido del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya, federado al PCE) con el 18,31% y 8, y UCD, con el 16,91% de los sufragios y 9 escaños en el Congreso. En cuarto y quinto puesto quedaron las formaciones nacionalistas que serían el germen de CiU: el Pacte Democràtic per Catalunya que alcanzó el 16,88% de las papeletas y 11 diputados (ninguno de ellos del FNC) y Unió Democràtica de Catalunya con el 5,67% y 2. Esquerra de Catalunya (4,72%) consiguió un diputado, Heribert Barrera, de ERC, el mismo resultado que AP. El nacionalismo catalán radical no solo quedó fuera de las Cortes sino que también era absolutamente marginal: la Candidatura d’Unitat Popular cap al Socialisme, en duodécimo puesto, solo concitó el respaldo del 0,4% de los votantes catalanes. No obstante, el prestigio personal de Lluís Maria Xirinacs, todo un referente para el nacionalismo catalán, que se había presentado como independiente, le permitió conseguir 550.678 sufragios y un acta de senador por la provincia de Barcelona.

El presidente Adolfo Suárez, con un decreto ley promulgado el 29 de septiembre de 1977, restableció la Generalitat provisional de Cataluña. El dirigente de ERC Josep Tarradellas, que retornó del exilio ese mismo año, fue confirmado como su presidente, cargo que ya ocupaba en el exilio. Fue una jugada maestra de Suárez: a pesar de que el PSC, Partit dels Socialistes de Catalunya, federado al PSOE, y el PSUC eran las formaciones políticas más votadas, no gobernaron, lo que fue diluyendo su protagonismo. Por supuesto, el nacionalismo radical negó que dicha institución fuera legítima.

Ausentes de las Cortes, a donde se había trasladado el escenario político, el FNC y MUM apoyaron la abstención a la Carta Magna, mientras que el PSAN y el resto del nacionalismo radical se posicionaron por el voto negativo (en lo que coincidieron con ERC). Sin embargo, el 91,09% de los votantes catalanes refrendaron la Constitución. Solo el 4,65% de las papeletas fueron negativas y se registró una abstención del 32,09%, unas cifras inferiores a las medias españolas (7,89% y 32,89% respectivamente). Era una prueba contundente del escasísimo eco del nacionalismo radical. Cataluña había apostado inequívocamente por el marco constitucional y el Estado de las autonomías que de él se iba a derivar.

La Asamblea de Parlamentarios de Cataluña, formada por los diputados y senadores elegidos en las elecciones de 1977, fue la encargada de elaborar el proyecto estatutario. En la negociación en la comisión mixta de las Cortes, el texto fue modificado en algunos aspectos, a lo que se opusieron Barrera y Xirinacs. El nacionalismo catalán radical, independentista a ultranza, se postuló abiertamente en contra del Estatuto de autonomía. El plebiscito se celebró el mismo día que el vasco, el 25 de octubre de 1979. El Estatuto fue aprobado por el 88,15% de los votantes catalanes, lo que suponía una nueva derrota para los nacionalistas intransigentes, así como, por supuesto, para el centralismo.

Los sucesivos fracasos políticos del atomizado universo del nacionalismo radical provocaron que un sector del mismo pusiera en marcha una ambiciosa iniciativa en pro de su unificación. Así, a finales de 1978 el MUM se integró en el BCT, el Bloc Català dels Treballadors junto a sectores provenientes del PTE, del PSAN y del Partit Socialista de Catalunya-Congrés, la mayoría del cual se había fusionado con la federación catalana del PSOE para dar lugar al PSC. El BCT, el PSAN y un buen número de independientes, entre los que destacaba Xirinacs, su cabeza de lista, conformaron una coalición para las elecciones generales de 1979: el BEAN, Bloc d´Esquerra d´Alliberament Nacional. Sin embargo, el agrupamiento de los independentistas no dio el resultado esperado. El PSC volvió a vencer con el 29,67% de los votos y 17 diputados, seguido por UCD con el 19,35% y 12 y el PSUC con el 17,38% de los sufragios y 8 escaños. La coalición conservadora CiU, Convergència i Unió, irrumpía como cuarta fuerza política de Cataluña (y la principal dentro del nacionalismo) con el 16,38% de las papeletas y 8 parlamentarios. ERC y AP repetían con un diputado cada uno. El BEAN se conformó con el modesto 1,59% de los votos y Estat Català con el 0,21%.

Antes de las elecciones municipales, a las que se presentó en solitario, el PSAN abandonó el BEAN. La coalición quedó reducida al BCT y a los independientes afines a Xirinacs. Paralelamente, en 1979, el PSAN-p se unificó con la Organizació Socialista d´Alliberament Nacional, un colectivo secesionista del Rosellón (Francia), dando lugar a IPC, Independentistes dels Països Catalans.

En las elecciones autonómicas de 1980 hubo intentos infructuosos de conformar una lista única para los nacionalistas radicales. Al fracasar, se presentaron por separado y, por tanto, compitieron por el mismo electorado, el BEAN y Nacionalistes d’Esquerra, una candidatura posibilista y con vocación institucional formada por ex militantes de la extrema izquierda y del PSAN (como el luego dirigente de ERC Josep-Lluís Carod-Rovira). CiU logró el 27,68% de los votos y 43 parlamentarios, convirtiéndose en la primera fuerza de Cataluña, cuya renovada Generalitat presidiría Pujol. El PSC, que quedó relegado a la segunda posición, se conformó con el 22,33% de las papeletas y 33 escaños, seguido por el PSUC, con el 18,68% y 25, UCD con el 10,55% y 18, ERC con el 8,87 y 14 y el Partido Socialista Andaluz con el 2,66% y 2 parlamentarios. El nacionalismo catalán radical resultó, una vez más, extraparlamentario: Nacionalistes d’Esquerra obtuvo el 1,66% de los sufragios y el BEAN solo el 0,52%.

El estrepitoso fracaso electoral del BEAN propició que la coalición se disolviese al año siguiente. Nacionalistes d’Esquerra sobrevivió hasta 1985, año en el que confluyó con sectores de ERC e independientes para dar lugar a la efímera Entesa dels Nacionalistes d’Esquerra que en 1987 se integró en IpC, Iniciativa per Catalunya. Por otra parte, Independentistes dels Països Catalans y el PSAN convergieron (o, desde otro punto de vista, se reunificaron) en 1984 para conformar el Moviment de Defensa de la Terra.

Al mismo tiempo, entre 1978 y 1979, aunque no se dio a conocer públicamente hasta junio de 1981, había surgido la organización terrorista Terra Lliure. Se trataba de la mímesis catalana de ETA militar y recogía el legado (y parte de la militancia) del FAC y de EPOCA. Esta banda, que cometió varios cientos de atentados y un asesinato, se autodisolvió a mediados de la década de los 90. Remedando el proceso de reinserción social de los séptimos de ETApm y gracias a las medidas de gracia del Gobierno, un sector de sus antiguos activistas pudieron salir de la cárcel e ingresar en la ya entonces secesionista ERC.

 

Mutatis mutandis (el nombre de la patria), los ultranacionalismos de la periferia eran doctrinalmente muy semejantes. En general su extremismo les llevó a sobrevalorar sus propias fuerzas, despreciar con una alta dosis de sectarismo al resto de partidos políticos (incluyendo a los que ideológicamente tenían más cerca), enfrentarse de manera frontal al proceso de democratización que se estaba llevando a cabo en España y negarse a aceptar un estatuto de autonomía como una solución, siquiera temporal, al problema de la configuración territorial del Estado.

En el País Vasco los atentados terroristas de ETA y la represión policial habían creado un clima de crispación y tensión muy favorable para la «izquierda abertzale», que consiguió silenciar a los partidos vascos no abertzales, dominar la calle y experimentar un espectacular crecimiento electoral, aunque siempre se mantuvo por detrás del hegemónico PNV.

No ocurrió lo mismo en el caso del independentismo catalán, que actuaba en un territorio donde los partidos no nacionalistas eran mayoritarios, al menos hasta 1980. Durante la Transición el independentismo catalán fue totalmente marginal y estaba atomizado en un sinfín de grupúsculos, que no eran capaces de competir con las formaciones nacionalistas entonces moderadas: CiU y ERC. El panorama cambió de manera radical cuando, décadas después, estos dos partidos experimentaron una deriva que les llevó a abrazar el independentismo. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.gfs

 

Este artículo es un extracto del libro del autor titulado La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA (Tecnos. Prólogo de Florencio Domínguez). https://gaizkafernandez.wordpress.com/la-voluntad-del-gudari/


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)