El siglo XVIII, el final de la modernidad

Por . 27 abril, 2016 en Edad Moderna
Share Button

La llegada al trono español de una dinastía, francesa, la de Borbón, supuso el principal hito del arranque de un siglo que iba a estar marcado por la gran palabra del final de la Edad Moderna, de los estertores del Antiguo Régimen: Ilustración.

400px-La_familia_de_Felipe_V_(Van_Loo)Una dinastía que se estrenaba en España tras vencer en una guerra europea y desde luego civil, pues en ella se dirimió la sucesión a la Corona de los reinos españoles en un enfrentamiento entre los partidarios de la casa regia francesa y los de la antigua de los Austrias, mejor dicho, de los Habsburgo, la que gobernaba el Sacro Imperio Romano Germánico: poco españoles los miembros de la una y los miembros de la otra. La guerra tuvo un doble desenlace al igual que tuvo aquel doble carácter, uno internacional, en 1713, en el que se ponía fin al poderío, territorial, ya decreciente o casi extinguido de la Monarquía Hispánica y a esta misma, y otro interno, en 1715, por medio del cual, tras la derrota de los mallorquines y la de un año antes de los barceloneses irredentos, Felipe de Anjou, el nieto del rey francés Luis XIV, se aseguraba el trono de España como el quinto de los monarcas de nombre Felipe. Se aseguraba Felipe V el trono y aseguraba una forma de gobernar, que iba a ser la vía reservada, es decir, la vía ejecutiva: aquella en la que el rey gobernaba con los ministros, en todos sus reinos y posesiones. Era una manera de uniformar lo que ya se conocía como España en los escenarios de la diplomacia internacional, de la misma manera que su abuelo había hecho con Francia. España, como Francia, contenía estados dentro del Estado, lo que resultaba incompatible con la idea de monarquía absoluta que tenían los Borbones reinantes a uno y otro lado de los Pirineos.

Felipe V trató de imponerle a la realidad la idea de un Estado central y centrado, ajeno a los usos y costumbres de la extraña federación territorial consentida por los Austrias que le habían antecedido en el trono hispano, que no es que fuera una monarquía compuesta, como han dicho algunos historiadores, sino una monarquía patrimonial, es decir, una monarquía que gestionaba una herencia familiar, igual que lo hacían los grandes de España, o los duques del Imperio. Sólo que esta familia, coronada y ungida, extiende su poder sobre todos los súbditos, de señorío y realengo, de las órdenes militares y de los abades y obispos, pues todos le deben obediencia: la monarquía es la única fuente de legitimidad. Así gobernaron los Austrias, o mejor, los grandes con los Austrias. Y así debía gobernar Felipe V cuando llegó al trono en 1700 −las instrucciones de su abuelo no contenían nada nuevo−, pero la guerra puso en su contra a una parte de la nobleza y tras el conflicto tuvo que innovar: ya no serían los grandes, sino los ministros, que en muchos casos ni pertenecían a la nobleza, los que gobernarían con el monarca.

Un Estado central y centrado el del nuevo soberano, el de los nuevos soberanos, pero consentidor de un régimen foral y propio para navarros y vascos, ajenos a la rebelión de buena parte de los territorios de lo que había sido la Corona de Aragón, ya integrada por completo en los comienzos del XVIII en la maquinaria del poder político de la Casa de Borbón española.

Los Borbones del XVIII español pretendieron nacionalizar la Monarquía, y de esa manera quedaron a mitad de camino entre un patriotismo de origen medieval, étnico, propio de sus antecesores los Austrias, y el nacimiento del nacionalismo español, que llevarían a cabo los liberales ya en el XIX.

Hubo desde luego en aquel Siglo de las Luces, bueno, en el XVIII, recuperación demográfica y mejora económica, algo a lo que no debió ser ajeno evidentemente el conjunto de medidas reformistas de los monarcas que sucedieron a Felipe V, sus hijos Fernando VI, que reinó entre 1746 y el año de su muerte, 1759, y Carlos III, que hizo lo propio desde ese último año hasta su fallecimiento uno antes del muy histórico año 1789, el año clave para muchos cuando quieren fijar un momento en el que dar por comenzada la Edad Contemporánea, el año del estallido de la Revolución Francesa, el de la emblemática toma de La Bastilla parisina.

Conviene dejar claro, no obstante, que era del todo falsa o incorrecta cuanto menos la máxima de aquel despotismo ilustrado tan bien encarnado en los dos hijos del primer monarca Borbón español, aquello detodo para el pueblo… pero sin el pueblo. Porque no todo era para el pueblo, no todo era gobernar para los más humildes o para los que no gobernaban. Ni mucho menos. Aunque el reinado de Fernando VI ya saneó la Hacienda regia, la del país por tanto, el agro no lograba progresar ni la demanda despegar, agobiada como estaba por la auténtica realidad de las normas, del régimen de propiedad, de los obstáculos al crecimiento augurado por el capitalismo todavía en ciernes. Y si bien Fernando, y su hermano Carlos luego, están dispuestos a otorgar a sus ministros mando en plaza para acometer las reformas pertinentes que destruyan esas barreras, los privilegiados, el estamento de los que veían en el Antiguo Régimen el mejor régimen posible, no estarán mucho, ni poco, por la labor. Y el XVIII, que acaba en las manos del hijo de Carlos III, será así un mero anuncio de la lucha entre quienes pretenden reformar para que nada cambie, los que no quieren que nada cambie ni se reforme y, añadidos al conflicto cada vez en mayor número, quienes buscan que todo cambie para que casi nada permanezca.

Cuando se llega al final del siglo XVIII, la población española, excluida la de los españoles americanos (unos 17 millones en el año 1808), rondaba los 11 millones de habitantes, en una metrópoli que aun poseía un vasto dominio colonial, sobre todo en América. España era entonces aún una potencia mediana, de escasa importancia en la diplomacia mundial, muy vinculada a Francia para hacerse oír en el escenario internacional y con una actividad de la Inquisición relativamente poco importante pero todavía sustancial.

Los gobiernos de Carlos IV navegaban desde finales de la centuria en medio de una crisis que no parecía augurar no obstante la debacle del año 8, cuando la invasión napoleónica acabó por cercenar cualquier atisbo de crecimiento, cualquier sensación de que el país iba hacia algún sitio en aquella escala de progreso que los ilustrados habían querido ver allí donde el ser humano hacía prevalecer a la diosa razón.


Share Button

José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)