JFK. La sombra del padre

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La biografía de John F. Kennedy es indisoluble de su familia, “un clan al servicio de un hombre”, como diría André Kaspi. El futuro presidente será la encarnación de los valores norteamericanos, pero, paradójicamente, no puede considerársele un self-made man al uso. Desde su nacimiento, ha disfrutado de casi todas las facilidades económicas y sociales que puedan imaginarse. Sin embargo, eso no significa que su vida vaya a ser por entero un camino de rosas. Para llegar a la cumbre tiene que vencer importantes obstáculos, en especial sus agobiantes problemas de salud. Su familia resultaba de una ayuda inestimable, ciertamente, pero también una sombra de la que era muy difícil desembarazarse y que limitaba su libertad.

JPK_PhotoEn cierta ocasión, cuando un periódico se refirió a él como “irlandés”, el patriarca del clan, Joseph Patrick Kennedy, no pudo reprimir un estallido de furia. “Nací aquí. Mis padres nacieron aquí. ¿Qué demonios tengo que hacer para que me consideren americano?” La anécdota refleja, entre otras cosas, un vínculo débil con la tierra de sus ancestros, un hecho que estuvo a punto de jugar en contra de su hijo Jack cuando este se presentó para el Congreso en 1946. “Los norteamericanos de origen irlandés de su distrito habían dudado de si apoyarle o no por su falta de identificación con Irlanda”, señala el biógrafo Robert Dallek.

Por bien situados que estuvieran económicamente, los Kennedy siempre serían advenedizos ante determinados círculos por su origen emigrante. En cierto modo, era extranjeros en su propio país. Los irlandeses, en el Boston de principios del siglo XX, sólo merecían el desprecio de la aristocracia profundamente clasista de la ciudad, una élite de banqueros e industriales acostumbrada a educarse en Harvard, ajena a los problemas de los trabajadores, sobre todo si eran foráneos, algo que a sus ojos representaba ser una especie de intruso dispuesto a corromper la esencia nacional. Aquella casta de privilegiados resultaba tan endogámica que podía decirse, sin exagerar demasiado, que “los Lowell sólo hablaban con los Cabot y los Cabot sólo hablaban con Dios”. A la hora de hacer negocios pueden relacionarse con todo el mundo, pero después tenían sus propios espacios de sociabilidad, de acceso restringido para el común de los mortales, aquellos que no pueden jactarse de ser “caballeros”. El nombre que reciben, “Brahmanes”, da bastante idea de su espíritu corporativo, al hacer alusión al estamento dirigente de la India. Votan, como no podía ser menos, republicano.

Los irlandeses, en cambio, sufrieron desde su llegada todo tipo de discriminaciones. Se hicieron famosos los ominosos carteles con el acrónimo NINA (No Irish Need Apply), destinados a vetarles como candidatos a un trabajo o un alquiler. Durante su viaje por Estados Unidos en 1889, el escritor Rudyard Kipling tomó nota de los prejuicios que sufrían, frecuente objeto de todo tipo de comentarios denigrantes. Individuos que se presentaban a sí mismos presumiendo de su americanidad los definían como “los piojos de nuestras mantas”. Sólo había una solución para ellos, devolverlos a Gran Bretaña, porque les gustaba demasiado armar camorra y no brillaban por su laboriosidad. Pero también se decía que brillaban en la política por su carácter extrovertido, poseedor de “un don natural para la charla”, y su capacidad para “beber hasta tumbar a cualquiera”.

Como suele suceder en estos casos, el desprecio social llevará a los irlandeses a cerrarse en sí mismos, fortaleciendo un espíritu de “clan” que entre los Kennedy será especialmente palpable. Tampoco es inusual que esta actitud de repliegue se manifestara sus propios sentimientos racistas, en su caso contra negros, judíos o sudamericanos.

 

De la taberna a la política

A mediados del siglo XIX, el hijo de un granjero acomodado, Patrick Kennedy, llegó a Boston con apenas veinticinco años. Se podía decir que era un privilegiado porque iba en busca de fortuna. Para la mayoría de sus compatriotas, en cambio, la emigración era cuestión de vida o muerte. Huían de la hambruna irlandesa: una plaga hacía que las patatas se pudrieran y el ganado alimentado con ellas enfermara. Más de un millón de sus compatriotas cruzó el Atlántico, hacinados en “barcos-ataúd” donde la insalubridad les exponía al tifus y otras enfermedades. Uno de cada diez moriría antes de llegar a su destino, Estados Unidos en casi la mitad de los casos. Patrick dejaba atrás una Irlanda pobre en lo económico, sometida a Inglaterra en lo político. Los católicos, por serlo, eran ciudadanos de segunda frente a los protestantes. La represión de los ocupantes, desde los tiempos de Cromwell, les había privado de cualquier institución capaz de generar un vínculo colectivo. A excepción, claro está, de la Iglesia.PJ_Kennedy

Patrick murió al poco tiempo. Sería el último en hacerlo en el anonimato, como gustan de repetir los biógrafos de los Kennedy. El menor de sus cuatro huérfanos, Patrick Joseph, trabajó primero como estibador y después adquirió una taberna. El negocio le fue bien ya que pudo adquirir un segundo y un tercer establecimiento, dedicándose también a la importación de licores finos, tanto de Europa como de América Latina, con los que abastecía a los mejores hoteles y restaurantes de Boston. Se convirtió así en un personaje popular entre los irlandeses, a los que siempre ayudaba con préstamos, regalos y consejos. Sabía escuchar y sabía guardar secretos, una cualidad muy necesaria para alguien como él, situado “en el centro de las noticias, las murmuraciones, las fiestas, las esperanzas y temores, los problemas y las tragedias del East End”.

Patrick aprovechó su fama y logró entrar en política como congresista de la Cámara Baja de Massachusetts, aunque no era buen orador. Se le daba mejor la actuación entre bastidores. Más tarde sería senador del mismo Estado. Su oficio le fue de gran ayuda: las tabernas, además de lugares de sociabilidad –eran los clubs de los pobres–, constituían un espacio en el que se decidían muchos votos a escala del barrio. Votos encaminados, por definición, hacia el Partido Demócrata, al que los Kennedy pertenecerán casi por herencia familiar. En esos momentos, el partido, más que una fuerza coherente, era una amalgama de intereses de barrio y de distrito a menudo enfrentados, dentro de una sucesión de alianzas que se tejían y destejían a gran velocidad. Sólo cuando aparecía un caudillo fuerte, aquel conjunto heterogéneo ofrecía una imagen de cierta unidad.

La política iba a facilitar el ascenso social del abuelo de JFK. No obstante, pese al éxito, siempre tuvo presentes sus orígenes. Al proclamarse la República de Irlanda en 1919, no dudó en participar en la compra de sus valores.

Su hijo Joseph, padre del futuro presidente, se presentará a sí mismo como alguien que había conocido la pobreza en su niñez. Así, acentuaba su imagen de hombre hecho a sí mismo que había llegado a la cumbre desde la nada. En realidad, dispuso hasta de la atención de sirvientes. En el hogar de los Kennedy se vivía bien. La familia no andaba escasa de dinero y tenía inversiones en una compañía carbonífera en un banco, el Columbia Trust. No obstante, la madre de Joe, Mary Augusta, para que aprendiera a valerse por sí mismo, le buscó un trabajo a los doce años. En las antípodas de un Oliver Twist cualquiera, su tarea era llevar los sombreros de lujo a las damas de la alta sociedad en un coche de caballos con un conductor vestido de librea. Por consejo materno, cuando le preguntaban su nombre respondía Joseph y no Joseph Patrick, para no delatar su ascendencia. Más tarde se dedicaría a encender los hornos de los judíos ortodoxos en la fiesta del Sabath, o sería vendedor de periódicos, una ocupación a la que años más tarde también se dedicaría su hijo Bobby. El niño que reparte periódicos “es prácticamente un símbolo norteamericano del niño emprendedor y ambicioso”, escribiría en sus memorias su futura esposa, Rose Fitzgerald. Muy pronto se dio cuenta de que hacer dinero era su gran talento.

 

El autor está escribiendo la biografía de uno de los protagonistas más deslumbrantes de la historia del siglo XX, el estadounidense John Fitzgerald Kennedy, que será publicada por Sílex ediciones. El segundo capítulo de esta documentadísima obra se titula ‘La sombra del padre’ y de él hemos reproducido su comienzo.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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